sábado, 31 de enero de 2009

El café Tortoni de Buenos Aires

El Gran Café Tortoni de Buenos Aires, situado en la Avenida de Mayo de la capital del Plata, ha cumplido ya 150 años de fidelidad a sus clientes… y a sus viejos y queridos fantasmas, que se acodan en el mostrador, antes de que el café abra sus puertas, para beber el aguardiente canalla de las madrugadas.
En el Tortoni se desintegra de noche la greguería de Ramón Gómez de la Serna: “Hay que tener cuidado con la noche, porque nada más empezar está borracha de vino triste”.
El Tortoni es una institución de Buenos Aires. Como el obelisco de la Plaza de la República, la estatua de El pensador de Rodin, frente al imponente edificio neoclásico barroco del Palacio de las Leyes, y los portones amplios, limpios y umbríos de los versos de Mario Binetti.
El viejo café, señorial y familiar a la vez, es el detalle de Buenos Aires que aproxima esta ciudad sudamericana, tan europea, a otras que también tienen cafés antañones y famosos.
El Gijón de Madrid, el Select hemingweyano de París, el “Have a coffe on a coffin” del Soho londinense –en el que bebía uno hace muchos años vino en porrón de cristal valenciano, codo a codo con Dirk Bogarde-, el Brasileira de Lisboa –con las telas amarillentas en los muros húmedos, que tan bien describió el periodista y café-maníaco Joao Portela- o el Greco de Roma, con el ectoplasma de D’Annunzio estampado en “bleu d’horizon” contra la puerta, como un aldabón.
Escritores más o menos malditos, empleados de las oficinas cercanas, señoras mayores que van a tomar el té, periodistas, hombres de negocios, turistas, truchimanes, “brokers”, abogados, pintores, estudiantes y otros ejemplares de la fauna urbana toman a diario el café Tortoni como quien toma la barbacana de un castillo.
Famosa fue La Peña del Tortoni, que integraron, entre otros, Quinquela Martín, Tomás Allende Inagorri, Augusto González Castro, Pedro Herreros, Celestino Fernández y Ricardo Viñas. Casi todos esos pintores, músicos y periodistas que acaudillaba Quinquela Martín, venían de La Cosechera de Avenida de Mayo y Perú.
Por el Tortoni desfilaron Carlos Gardel, Enrique Santos Discépolo, Jacinto Benavente –que comandaba en Madrid una tertulia de lujo en El Gato Negro-, Arthur Rubinstein, Alfonsina Storni, Luiggi Pirandello…
Fue tema de un tango, “Viejo Tortoni”, de Eladia Blázquez y Héctor Negro.
En su sótano se despliegan todo tipo de actividades artísticas: exposiciones de pintura, conferencias, presentaciones de libros, recitales…
El rítmico flujo y reflujo de las bolas de billar, al fondo. Veladores de mármol. Café caliente y cócteles. A la hora del té, pastelillos de crema con canela.
Una de sus muchas anécdotas se centra en el escritor español Federico García Sánchiz, que más que escribir hablaba –y era muy pesado, el pobre-. Se autotitulaba charlista y usaba –habiéndoselo robado a Mariano José de Larra- el seudónimo de El Pobrecito Hablador.
Cuando García Sanchiz vino a Buenos Aires dio una charla en el Tortoni. Se extendía tanto que fue urgido a resumir. Pero él seguía hablando y hablando. Hasta que el historiador argentino Ernesto Palacio le interrumpió para recitar enseguida esta cuarteta:

“Señor García Sanchiz:
a esta horrenda perorata,
aquí la llamamos lata.
¿Cómo se llama en Madrid?”

Los versos de Baldomero Fernández Moreno:

“A pesar de la lluvia yo he salido
a tomar un café. Estoy sentado
bajo el toldo tirante y empapado
de este viejo Tortoni conocido…”

© José Luis Alvarez Fermosel
“Café con anécdotas”
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/12/ancdotas-de-caf.html)
“Aquellos viejos cafés de Buenos Aires…”
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/08/aquellos-viejos-cafs-de-buenos-aires.html)

Tres hombres duros

He aquí una estam­pa negra de una España negra -¿de qué época, de qué año, bajo qué régimen…?- cuyo recuer­do, por fortuna, se pierde en el tiempo.
Un hombre pobre -no un pobre hombre- ha cazado fur­tivamente una perdiz en una tie­rra que no es suya. La magra avecilla es la prueba del delito.
La prueba del delito Ese podría ser el título de esta foto­grafía que no hubiera desdeña­do el pintor tremendista español José Gutiérrez Solana convertir en cuadro. Por ese… delito (¿!), guardia civil caminera, lorquiana, se llevará al hombre pobre codo con codo.
Alguien -¿quién...?- tira una foto e inmortaliza la som­bría imagen para siempre; la cuaja en el tiempo, en claroscu­ros terribles e impactantes.
El rostro impávido del reo acusa cierta nobleza.Tiene una expresión de velado, pero laten­te desafío marcado por el oscu­ro cigarro, mantenido a ultran­za en una comisura de la boca.
Sus ropas misérrimas, la pana destrozada del pantalón que de­ja ver la pierna enjuta. Y entre las toscas manos de labrador, es­posadas, la perdiz mínima y desmadejada.
El hombre que va a ir preso guarda una compostura, una se­renidad, incluso una arrogancia contenida, natural, no agresiva, que lo identifica como un hombre duro: de los que no se agachan, de los que mueren de pie.
Los guardias civiles lo flan­quean, un poco a sus espaldas. ¿Se habrá adelantado instin­tivamente el preso, como si adi­vinara que iba a ser el personaje central de la foto, o habrá sido el fotógrafo quien le gritó: "¡Us­té, adelántese!"
Quizá los guar­dias civiles, que jamás retroce­den, lo hayan hecho en esta ocasión como un homenaje no menos instintivo a la dignidad, en la extrema pobreza, del achaparrado y recio campesino, que conserva puesta en la cabeza su gorrilla deforme y sobada, y en la boca prieta, que dibuja una mueca que es casi una sonrisa, su cigarro apagado.
Tres hombres duros en un paisaje duro, en un tiempo du­ro, en un país duro.
Los españoles somos así, siempre lo hemos sido. Duros. Y un poco crueles, por no decir bastante, también.


© José Luis Alvarez Fermosel

viernes, 30 de enero de 2009

Los pianistas de hotel

Todavía se topa uno en un bar elegante, o un salón de un hotel de cinco estrellas, con un pianista maduro y melancólico que recorre el teclado con dedos fáciles –como en los versos de El Caballero de la Rosa-, desgranando un repertorio que suele incluir el tango Caminito, alguna canción napolitana, el tema de la película Casablanca, un vals vienés, Garota de Ipanema y un par de boleros: Perfidia y Vereda tropical, casi siempre. ¡De ayer es la fecha!
Yo siempre he sido muy considerado con los pianistas de hotel. Quizás por recordar el cartel que había en todos los “saloons” del Viejo Oeste sobre la pianola desvencijada: “Se ruega no disparar sobre el pianista: el hombre hace lo que puede”.
Los pocos pianistas de hotel que quedan son, como sus antecesores –siempre citados por Vicky Baum-, serios, con una seriedad casi como la de Buster Keaton; tienen profundas ojeras, poco pelo, a veces teñido, y un ríctus amargo en la boca que empieza a sumirse.
Visten, o parecen vestir el mismo traje gris oscuro, un poco anticuado pero de buen corte, ligeramente brilloso; la camisa no está hecha a medida ni es de seda, pero siempre está limpia y, desde luego, usan gemelos.
A algunos los quieren vestir de esmóquin, pero ellos se resisten, no sea que al cruzar el salón para ir a la barra a echar un trago -la casa no les cobra- los tomen por camareros, lo cual no es probable porque los pianistas de hotel tienen cierta clase.
Casi todos conocieron tiempos mejores, antes de alquilarse por horas en un bar, o en un hotel, para interpretar al piano las mismas canciones a cuyo son bailaron ellos a la luz de la luna en Copacabana, Venecia, Madrid, El Cairo o Amsterdam con sus amantes, que terminaron dejándolos por millonarios norteamericanos.
Todos recuerdan esos amores contrariados y sus tiempos de bonanza económica, que los tuvieron, como lo atestiguan el anillo con un rubí o un zafiro tallado en cabujón, o el reloj de oro pasado de moda, que se supo de memoria el camino a varias casas de empeño y ya no lo aceptan en ningún sitio. Tocan del mismo modo, sin sacar el pie del pedal derecho (de resonancia), con ínfulas de virtuosos; y a veces tropiezan, pero enseguida vuelven a la carga y la nota sale, mal que bien.
Agradecen, con una sonrisa cansada, que uno les diga cuando se va: “Muy buen repertorio y muy buena ejecución”. Lo que no hay que hacer jamás es darles propina, porque se ofenderían, con todo motivo y fundamento. Lo suyo no es un servicio: es…arte.
Ya casi no se ven pianistas en los bares, ni en los hoteles. Ultimamente he visto algunos en Nueva York, e incluso un arpista en Punta del Este.
A mí me agradan, pero me ponen un poco melancólico. Ellos, no las piezas que tocan, que no son alegres, precisamente. Forman parte de un pasado que tuvo sus luces y sus alegrías -¡ya sé, no teníamos Internet!-.
Ellos también tomaron champán Veuve Clicquot –ahora toman whisky-, viajaron en barcos, recorrieron costas y estaciones de esquí y se hospedaron alguna vez en hoteles como en los que trabajan ahora.
Desaparecen, de pronto. Uno no pregunta nada. No son reemplazados. Ya no queda casi ninguno.

© José Luis Alvarez Fermosel

Ranas al agua

He hablado mucho de sapos en este blog. Hoy voy a hablar de ranas, o por lo menos de una que yo tuve una vez.
Mi rana no fue –el poco tiempo que estuvo en mi poder- como Jacinta, la rana de mi hija María Soledad, que se alimentaba de grillos.
La rana de mi hija era una rana de ciudad, de terrario: una rana doméstica. La mía era de campo, cimarrona, de charca; de regular tamaño, musculosa, flexible, de piel verde con pintitas naranja, como los ojos de algunas pelirrojas.
La capturé una tarde de verano, el implacable estío madrileño en el que el sol cae a plomo y calienta cornisas, hierros de barandas, balcones y picaportes hasta el extremo de no poder tocarlos sin correr el riesgo de quemarse las manos. El calor reblandece el alquitrán del asfalto. No falta un reportero gráfico que toma la foto de un par de huevos friéndose en la calzada ardiente, en la que algún chusco los tiró, después de cascarlos.
Paseábamos un día mi amigo Diego y yo por un tramo de campo reseco, erizado de ortigas, que se abría al horizonte a un extremo de la pomposamente llamada Avenida Trajano, devenida Pasaje Bellas Vistas.
Acostumbrados, si no indiferentes, al calor casi africano del verano madrileño, Diego y yo caminábamos a paso lento, a veces charlando, a veces en silencio.
Hasta que llegamos al aduar, o sea, a la charca, que era bastante grande y lo suficientementemente profunda como para que el agua no se secara al sol. Permanecía estancada, con un moho negruzco en la superficie.
Nos detuvimos junto a la charca y nos sentamos sobre unos yerbajos calcinados. Descubrimos unos juncos cerca del agua. Los juncos están siempre cerca del agua, ya lo sé.
Con velocidad y precisión de clavadista, tres ranas se lanzaron al agua, una tras otra. Una cuarta se quedó agazapada entre unas matas. Y eso la perdió porque yo, que ya la había visto, le puse una mano ahuecada encima y la trinqué.
Con ese sentido predatorio de los niños, que redunda en perjuicio de pájaros, ranas, saltamontes, lagartijas y otros animalitos de Dios, Diego y yo, contentísimos con nuestra presa, abandonamos la charca y nos fuimos rumbo a nuestras casas.
La rana palpitaba en mi mano derecha como un corazoncito. Conforme avanzaba bajo el ardiente sol de junio notaba que el pobre batracio perdía elasticidad y se resecaba. No tenía muchas posibilidades de sobrevivir, por más que la pusiera en una palangana con agua al llegar a mi casa, como me había propuesto.
Di la vuelta y desanduve lo andado, esta vez a grandes trancos, a pesar del calor. Diego me seguía sin entender nada.
Cuando llegué a la charca me incliné sobre ella y abrí la mano. La rana se precipitó instantáneamente en el agua verdosa.

© José Luis Alvarez Fermosel

Notas relacionadas:

“Cuando los sapos vienen marchando”
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/12/cuando-los-sapos-vienen-marchando.html)
"Más sobre sapos”
“¡Que no le falte agua a Gervasio!”

miércoles, 28 de enero de 2009

Toulouse-Lautrec, "gourmet"

Henry de Toulouse-Lautrec, una de las más brillantes figuras de la pintura universal, fue también un gran “gourmet”.
Al evocarlo, siempre se pone el acento en el desaforado consumo de alcohol que hizo a lo largo de su breve vida, y su devenir bohemio por teatros, circos, cafés y burdeles del París canalla y romántico de finales del siglo XIX.
Se arrastró por la vida con un dolor insoportable, por sus piernas quebradas varias veces y mal curadas, lo cual redujo notoriamente su estatura.
Buscó en los amores fáciles, el brandy y la acerada sátira a la sociedad de su tiempo, un lenitivo para la inmensa tristeza que le producía ser visto como un enano feo y deforme.
Fue un pintor genial, que manejó con mano maestra técnicas como la litografía, el grabado y la ilustración de carteles.
Poco conocida fue su condición de “gourmet”. A él se le deben platos como los garbanzos con espinacas –los españoles les añadimos bacalao e inventamos el potaje de Semana Santa-, la perca con anchoas y las ciruelas al ron. Dejándose llevar de su irreprimido sentido del humor, preparó alguna vez saltamontes grillados con sal y pimienta.
Varias recetas regionales, pertenecientes a lo más tradicional de la cocina francesa, fueron recogidas por su amigo Maurice Loyant en la obra La cocina del señor Momo, de la que se imprimieron 100 ejemplares en 1930. El libro fue reeditado en 1966 bajo el título El arte de la cocina, con ilustraciones del mismo Toulouse-Lautrec.
Paul Leclerc, en su Entorno de Toulouse-Lautrec (1921), describe al pintor como un selectivo “gourmet”, para quien el punto exacto de cocción, la calidad de la manteca y las especias eran algo fundamental a la hora de cocinar. (Como buen francés, no se olvidaba de la manteca.)
Era, sabido es, un “connaisseur” de toda clase de vinos y licores. Cuando chasqueaba la lengua contra el paladar y afirmaba que tal o cual vino hacía en la garganta, al llegar a ella, el mismo efecto que la caricia de una pluma de pavo real, el vino en cuestión era digno de beberse.
El asado del “gigot” o la preparación de la langosta a la americana, por ejemplo, no tenían secretos para él.
Leclerc también lo describe como poseedor de una apreciable capacidad de improvisación a la hora de mezclar bebidas espirituosas. En ciertas ocasiones, después de una ronda de tragos fuertes, preparaba unos extraños mejunjes color rosa que parecían más apropiados para alguna señora melindrosa que para sus habituales compañeros de correrías.
Toulouse-Lautrec –siempre según Leclerc- preparó una tarde una suerte de cóctel… “sólido” a base de sardinas, gin y vino de Oporto.
Fue un aristócrata que no ejerció, un pintor extraordinario y un hombre bueno y noble que, a pesar de sus tremendos problemas físicos y espirituales, supo gozar de los placeres terrenos.



© Jósé Luis Alvarez Fermosel

domingo, 25 de enero de 2009

Cafés famosos

El primer café de la historia fue Le Procope, que se inauguró en 1686 en el número 13 de la Rue de L’Ancienne Comédie Française de París, al que concurrían Moliére y Racine cuando la Comédie Française estaba en el 14 de la misma calle. Ahora Le Procope es un restaurante, muy caro, por cierto, como si hubiera que rendir tributo al hecho de que, además de célebres dramaturgos y otras no menos encumbradas personalidades, Napoleón Bonaparte fuera uno de sus clientes más asíduos.
El 29 de diciembre de 1729, Florian Francesconi abrió un local en la plaza de San Marcos de Venecia: el café Florian. Por sus salones, que conservan su elegancia, desfilaron escritores como Charles Dickens, Lord Byron y Marcel Proust.
Otros cafés que hicieron historia, y aún permanecen abiertos, son el Greco, el primer café de Roma, fundado por un emigrante griego en 1760. Uno de sus más notorios concurrentes, muchos años después de su fundación, fue Buffalo Bill. Músicos como Listz, Bizet y Wagner compusieron en sus mesas sus obras más destacadas.
Quizás los cafés más famosos sean los de París, ya que la Ciudad Luz es ciudad de cafés, como Londres lo es de pubs, Madrid de tascas y Munich de cervecerías.
Citemos el Cluny, La Coupole, Le Dôme, la cervecería Lipp…; la Closerie des Lilas, en el Boulevard Montparnasse, que guarda el recuerdo de Hemingway y Scott Fitzgerald; el Café de Flore, el favorito de Albert Camus y Jacques Prevert; Les Deux Magots (ver foto), en el Boulevard Saint Germain, cuyos clientes más connotados fueron Rimbaud y Verlaine y, posteriormente, André Breton, Sartre y Simone de Beauvoir; el Fouquet’s, en la esquina de Champs Elysées y la Avenida Jorge V, que congrega a directores y actores de cine -no es raro ver en su terraza a Gerárd Depardieu, Fanny Ardant, Isabelle Adjani y otras luminarias del séptimo arte-.
Un clásico entre los clásicos es el Café de la Paix, en la Place de la Opera. En Maxim’s –fundado en 1893- se come espléndidamente, pero hay que ser millonario, o poco menos, para pagar la cuenta. Fue comprado en 1981 por el modista Pierre Cardin.
No hay que olvidar el Select, donde yo me obstiné siempre en convocar –sin resultado positivo alguno- al fantasma de Hemingway, bebiendo un Bloody Mary tras otro. Un día me pareció verlo metiéndose en un espejo, pero creo que fue por el efecto del vodka de los Bloody Mary.
Ya que hablamos de Hemingway y de cafés, no podemos dejar de mencionar a Floridita y La Bodeguita de Enmedio de La Habana, donde el eximio escritor, y no menos eximio bebedor, hacía un consumo más que regular de mojitos y daiquiris.
La construcción del café del Museo Guggenhein de Nueva York empezó en 1942. El arquitecto Frank Lloyd Wright se encargó de las primeras obras, que finalizaron en 1959. Es un café muy concurrido, pero yo prefiero el River Cafe, bajo el Puente de Brooklyn, con su magnífica vista de Nueva York y su jardín lujuriante. A partir del atardecer siempre se escuchan las lánguidas notas de un piano lejano que interpreta viejas melodías románticas. Parece que de un momento a otro fueran a aparecer Humphrey Bogart, Marilyn Monroe o Ava Gardner. En el River Cafe…, pero como decía Kipling y nosotros hemos repetido hasta la saciedad, esa es otra historia…
El café por antonomasia de Lisboa es el Brasileira. Es un café de tertulianos. Van muchos escritores. A la entrada está la estatua de Fernando Pessoa, con su sempiterna taza de café.
Entre los cafés de Madrid –donde además de tascas hay algunos, aunque muchos van sucumbiendo- el Gijón, del que he hablado páginas atrás, El Comercial y el de San Millán –al que iba a veces con mi padre y con mi abuelo- ocupan un lugar de privilegio. Desaparecieron tiempo ha Fornos, la Granja el Henar, El Gato Negro, la botillería de Pombo, el café Varela…
El café del hotel Adlon de Berlín, situado enfrente de la Puerta de Brandenburgo, fue lugar de reunión de gente de cine en los años 20. A él acudían con frecuencia Ernest Lubitch, Charles Chaplin y Josephine Baker. En 1938 cayó sobre él una maldición, porque el partido nazi se apoderó de sus salones y los convirtió en la sede de su propaganda cultural. Fue uno de los pocos edificios que resistieron el bombardeo de los aliados en las postrimería de la Segunda Guerra Mundial.
En otro café de otro hotel, el del Pera Palace de Estambul, Agatha Crhistie escribió parte de una de sus novelas policiales más leídas, Asesinato en el Oriente Express. La escritora inglesa, creadora de los detectives Miss Marple y Hercule Poirot, se hospedó durante su estancia en Turquía en la habitación 410 del hotel Pera Palace, que se cita en la obra Orient Express del autor, también inglés, Graham Greene.
El Gran Café Tortoni de Buenos Aires abrió sus puertas en 1858, cuando la capital argentina se mantenía segregada del resto de la Confederación. Su primer dueño fue un francés apellidado Touan, quien le dio el nombre en recuerdo de un famoso establecimiento del Boulevard des Italiens, centro de reunión de la flor y nata de la cultura parisiense del siglo XIX. Está situado en la española Avenida de Mayo 825/9. Fue siempre reducto de poetas, letristas y músicos de tango y de otros artistas. Entre los escritores más destacados figuraron Jorge Luis Borges, Baldomero Fernández Moreno y Raúl González Tuñón.
Foros de debates, clubes de amigos, hogares fuera del hogar, testigos del desarrollo de las letras, otras artes, la política e incluso las ciencias, los cafés son instituciones donde tomar una, o varias tazas de café, es en realidad lo que menos importa, porque como muy acertadamente dice Alberto Figueroa, “están hechos para tramar revoluciones, escribir versos, crear sistemas filosóficos y aumentar ocios creativos de diversos géneros”.
Nada más grato que pasar un buen rato en un café, sólo o acompañado. Las maneras de pensar, escribir, hablar y formar tertulias ha cambiado desde finales del siglo siglo XIX y principios del XX, pero en una buena parte del mundo, y sobre todo en Europa, todavía se conservan lugares en los que reunirse a tomar un café y charlar fue siempre tan importante como hoy estar conectado a Internet, como dijo José Cabanach.
No hay lugar como el café para dedicarse a la que Plinio el Viejo definió como la más agradable de las ocupaciones: no hacer nada, mientras se ve, se escucha y… se aprende. El ocio de los cafés es el ocio inteligente, el “divinum otium” que propugnaban los antiguos romanos.

© José Luis Alvarez Fermosel

El gato y la paloma

El gato estaba a la entrada de la plaza, tomando el solecico de la atardecida, tan ricamente. Era un gatazo ne­gro, lustroso, de ojos color de ámbar que se le cerraban cada tanto.
Era evi­dente que el gato se estaba echando una siestecita, un poco pasada la hora de la siesta, pero no importa­ba, porque lo que Camilo José Cela cali­fica de yoga hispánico puede practicar­se a cualquier hora y en cualquier lugar, siempre y cuando éste reúna las mínimas condiciones de comodidad.
En la plaza ya no quedaba casi na­die. Un señor de pelo largo, gris, y una barba descuidada, leía un diario de Montevideo sentado en un banco, al fondo. Una pareja de novios se abraza­ba bajo un ombú. Otros gatos iban y venían, con cierto aire de preocupa­ción, de un lado a otro. Esperaban, seguramente, que llegara ese matrimonio viejecito que va todos los días a darles de comer.
El cielo se nublaba por Poniente. Olía a hierba húmeda –recién regada- y la tarde se prolongaba, remolona como el gato negro, que seguía hecho un ovillo con la cabeza entre las patas delanteras, ajeno al sordo rumor del tráfago callejero y al paso de la gente.
De pronto, una paloma cenicienta y pesada que vino volando de no sé dónde se posó sobre el lomo del gato, que se quedó impertérrito. Después de su aterrizaje, por así lla­marlo, la paloma, o el palomo, se es­ponjó tranquilamente, metió el pico bajo un ala, lo sacó enseguida y per­maneció inmóvil, mirando cada tanto a diestra y siniestra con sus ojillos oscu­ros, ribeteados de rojo.
Lamenté no tener una cámara foto­gráfica. De llevarla, habría podido ha­cer por lo menos una foto que me hubiera servido de prueba, porque di por sentado que cuando contara lo que había visto nadie me creería, como así fue.
Pero, en fin de cuentas, ¿qué tiene de particular que una paloma confraternice con un gato, siempre y cuando éste haya comido bien...?
Los animales, todos, in­cluso los que se consideran más fero­ces, no se comen los unos a los otros ni se agreden porque sí, como hace el hombre. Es cierto que el pez grande se come al chico, el leopardo a la gacela y otros a otros, pero sólo por extrema necesidad de subsistencia.
Precisamente, hablando de gacelas, volví a ver el otro día por televisión ese documental en el que un hipopótamo trata de salvar a una gacela, herida de muerte por las dentelladas de un cocodrilo, de cuyas fauces pudo escapar por milagro.
El hipopótamo salió del mismo río donde estaba el cocodri­lo que apresó a la gacela en la orilla, y que pudo zafarse del golpe de gracia del saurio y caer unos pasos más allá. El hipopótamo la empujaba con el ho­cico y le daba grandes lametazos, tra­tando de reanimarla. Pero, al fin, la pobre gacela murió y el hipopótamo, visi­blemente entristecido, volvió a meter­se en el rio.
Así que no es nada raro, creo yo, que una paloma decida de pronto posarse en el lomo de un gato que está durmiendo la siesta, y sestear ella también, mirando el paisaje urbano en la pesada tarde porteña, desde un gato bonachón, permisivo y somnoliento.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 24 de enero de 2009

Tus hijos no son tus hijos



Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti,
sino a traves de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.
Puedes darles tu amor,

pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,

pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual, tus hijos

como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinacion

en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

Brindis con flor a la luz de las velas

Pasaron cinco minutos de las ocho y media. La pareja cenó temprano, a la luz de las velas y con una flor azul lavanda entre ambos. Después de cenar brindan con champán, entre otras cosas porque quizás no haya bebida más noble para brindar.
Están solos. Sus atuendos y el mobiliario son muy sencillos. Las sillas son diferentes.
Rojos, grises y verdes. Colores definidos, no violentos. Un dibujo magnífico, esquemático pero precioso.
El candelabro tiene veleidades de arbusto. El rostro de la señora es ligeramente daliniano, al menos el ojo que se ve. Toma su copa con delicadeza. El es más rotundo, casi empuña la suya. Arden las velas. La flor azul se curva en el florero. La botella está tapada dentro del cubo con hielo, que parece una cara por voluntad del dibujante. El señor tiene un bigote de otros tiempos y usa una extraña perilla de gancho, podríamos decir.
Trazo moderno, suelto, seguro. Debe ser una acuarela, tiene todas las características. Parte de mi niñez transcurrió entre acuarelas, nevadas, el olor a café y a brandy de las sobremesas de los domingos, las novelas de aventuras y el regaliz.
Se ve que la señora propone el brindis, porque tiene la boca abierta, como si estuviera hablando. ¿Por qué brindarán? ¿Por un reencuentro, por un aniversario, por haber recibido una buena noticia o sencillamente porque pueden, quieren y les da la gana y tienen una botella de champán, o de vino blanco, a mano?
Hermoso, de cualquier manera, el brindis inmortalizado por un artista, desconocido para nosotros, que no pudo ser más expresivo ni tener más dominio del dibujo –tendente a la caricatura-, el escorzo y el color, al crear una imagen tan bella en su composición simplista y en la que, sin embargo, no falta un detalle. Ni tampoco sobra nada. Esto es lo bueno.


© José Luis Alvarez Fermosel




jueves, 22 de enero de 2009

Los cafés, islotes urbanos

El café, literario, de tertulianos, al paso, con barra de bar o sin ella, con restaurante y “cave” o sin uno y sin la otra, es un hito en la ciudad, un punto de referencia, un cenáculo, un ágora que no es ágora porque tiene paredes, un espacio acotado pero con puertas, un refugio para el “boulevardier”, el peregrino del asfalto y cualquier ser humano que quiera pasar un rato con amigos, o sólo con sus pensamientos.
Sea uno gregario o individualista, paseante u hombre de apenas salir de su casa, bebedor o no, conversador o no, igualmente hay que pasar en algún momento por el café: un lugar para todos, que no segrega ni selecciona. Un sitio donde uno, por ejemplo, puede hacer recuento de sus tesoros de sed y de esperanza, porque en los cafés no sólo se sirve café, sino también bebidas nobles de cierta graduación alcohólica.
El café ha salvado a mucha gente del aburrimiento y la misantropía y ha servido para hacer catársis, y contarle uno sus cuitas a otro parroquiano, o a su camarero de siempre. Los españoles vamos poco, o nada, al psicoanalista. Tenemos el confesionario y el café.
Todo lo que se necesita para ir al café es decisión de hacer cosa tan sabia y tener el dinero suficiente para pagar una taza del aromático brebaje, o ni siquiera, porque uno puede entrar sin un céntimo, pedir un vaso de agua y quedarse en el café el tiempo suficiente para echar un vistazo y disfrutar de su aroma de café, brandy, pan tostado y canela. Los cafés ya no huelen a humo de tabaco porque ya nadie fuma en ellos, está prohibido.
En algunos viejos cafés hay espejos, pero no conviene que nos miremos en ellos porque siempre devuelven una imagen que no es la nuestra.
Los divanes de los cafés –no se concibe un café sin divanes- están para que se arrullen las parejas a la cernida luz del atardecer. Ya lo explicaba García Guirao en la canción Café de Platerías: “La tarde moría en los espejos, soñaba el amor en los divanes…”.
En los cafés se ha discutido, amado, odiado, hecho negocios, pedido dinero, no recibido dinero, o sí, escrito cartas, corregido pruebas de imprenta, redactado testamentos, obras de teatro, guiones de cine, recetas médicas, versos, alegatos jurídicos...
Todo eso, y mucho más, se ha hecho en los cafés a la luz del día o de noche, bajo la luz mortecina de viejos globos amarillos o lámparas de caireles polvorientos.
Cada día quedan menos cafés, ya lo hemos dicho. Y es una lástima. Porque por ellos pasaba la vida.
El hombre, además de hijo de sus obras, es un poco hijo del café de su tiempo, dijo Josep Pla.

© José Luis Alvarez Fermosel
Notas relacionadas:

“Café con anécdotas”
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/12/ancdotas-de-caf.html)
“Aquellos viejos cafés de Buenos Aires…”

domingo, 18 de enero de 2009

Las piernas de mirada indiscreta

Viajaba yo el otro día en el metro –en Buenos Aires le llaman subte, apócope de subterráneo, como metro lo es de metropolitano; transporte subterráneo metropolitano-.
En enero, pleno verano en Argentina, el calor es asfixiante, el porcentaje de humedad en el ambiente muy alto y la presión atmosférica muy baja. Así que viajar en subte –desde ahora lo llamaré así- en esas condiciones no es lo mejor. Pero a veces tiene uno la suerte de que en su vagón haya aire acondicionado y, para colmo de bienes, no esté abarrotado de gente.
En cualquier ciudad en la que me encuentre siempre uso el metro como medio de transporte. Es el mejor, a mi juicio, el más rápido y el más directo. Algunos, como los de Madrid, París, Londres y Nueva Yorek, recorren casi toda la ciudad y prestan muy buen servicio. Dicen que el de Moscú es precioso. No lo sé. Nunca he estado en Moscú.
Pero vamos a los hechos, ya sin más dilación. Estábamos en que viajaba yo en el subte de Buenos Aires una tarde de verano, de una punta de la ciudad a la otra.
Mi vagón no estaba lleno, cosa rara. Dos filas de asientos, paralelas y una frente a la otra, mostraban un gran despliegue de piernas femeninas desnudas, correspondientes a mujeres, la mayoría muy jóvenes y muy monas.
Las piernas que la gente, y yo, veíamos frente a nosotros, estaban alineadas como soldados en una formación, o poco menos. Cruzadas unas, otras no, largas, esbeltas, otras más cortas, macizas, unas blancas, otras doradas por el sol y brillantes como si estuvieran barnizadas… Todas caían bajo el mismo denominador común: ¡eran hermosas!
No sé si será rigurosamente cierto que las mujeres argentinas sean las más bellas del mundo –yo creo que sí-. Pero no hay duda de que las piernas de todas son preciosas. Quedaba patente el aserto esa tarde en un vagón del subte de Buenos Aires de la línea D.
Excusado es decir que los pasajeros de sexo masculino de toda edad y condición admirábamos más o menos disimuladamente el interesante espectáculo.
Quien no disimulaba, de ningún modo, era un señor de cierta edad, sentado a mi derecha. Elegante, distinguido, con las sienes plateadas, un bigote recortado, miraba con extraordinaria atención las piernas de una muchacha morena, que no llegaría a los treinta años y el resto de cuya anatomía guardaba una armonía perfecta con sus extremidades inferiores -que decía aquél, que era un poco cursi-.
A la chica se la notaba molesta. Cada dos por tres se tiraba de la falda -que era muy corta-, hacia abajo, sin ningún resultado práctico, pues la tela no daba para cubrir ni siquiera una mínima parte de sus bronceados muslos, expuestos a pública subasta, por así decirlo.
El vagón se deslizaba rápidamente por las vías. Un airecillo que llegaba del túnel se colaba por las ventanillas abiertas. El tren paraba unos segundos en cada estación para dar salida y entrada a la gente.
El caballero de mi derecha, que debía pasar largamente de la cincuentena, vestía bien: traje de verano azul, de buen corte, sobre una camisa clara. La corbata, a rayas rojas y azules, no desentonaba, sino todo lo contrario. Zapatos negros, lustrosos. Un clasicismo ortodoxo ya casi periclitado.
De vez en cuando brotaba un chispazo del túnel, quizás producto del roce de las ruedas con las vías. Metal sobre metal.
En un momento dado la morocha de las piernas que tanto admiraba el caballero no pudo más. Le dijo, saltándole chispas de los ojos oscuros y rasgados:
-- ¡Señor, deje usted de mirarme las piernas!
El señor en cuestión enarcó una ceja que, si a la usanza de lejanas épocas hubiera apoyado un monóculo, éste habría caído sobre la inmaculada pechera de su camisa. Inmediatamente respondió, con voz campanuda:
-- ¿Sus piernas? Señorita, yo no miro sus piernas. ¡Son sus piernas las que me miran a mí!


© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 13 de enero de 2009

Los chiles, el color, el picor...

Una apoteósis de color… y de picor. El fotógrafo, ese fotógrafo que siempre está allí, que siempre tiene que estar allí, no se perdió la oportunidad de tirar una placa, como se decía en tiempos de Maricastaña. Y aquí estamos con los chiles.
Para el mexicano el chile es la medicina que todo lo cura, la droga que extasía y el consuelo que mitiga las penas. Sólo en su país de ori­gen, su consumo supera largamente las 500.000 toneladas al año, entre el fresco y el seco.
El chile es uno de los alimentos que México aportó a la gas­tronomía mundial, como el maíz, los frijoles, el cacahuete (ma­ní), el tomate, la calabaza, la papaya, la vainilla y el chocolate, entre otros.
El chile domina la cocina mexicana desde hace casi 8000 años. Cuando los descubridores llegaron al Nuevo Mundo los vieron parecidos a los grandes pimientos por su aspecto, pero los chiles eran y son muchísimo más picantes.
Los españoles los denominaron ají, agí o axi, términos adoptados de los araucanos. Los chiles estuvieron presentes en­tre los variados productos con que Colón obsequió a los Reyes Católicos (Isabel I de Castilla y Fernando V de Aragón). Europa carecía entonces de plantas con propiedades semejantes a las del chile. Lo que más asombró fue la amplitud de for­mas, variedades y usos que se hacía de él en Mesoamérica.
Quien mejor definió el significado que tenía el chile para los mexica­nos fue el prelado español Bartolomé de las Casas: "Sin el chi­le, los mexicanos no creen que estén comiendo". Esta afirmación sigue tenien­do total vigencia. Tanta es la importancia del chile en México que acostumbran a los niños a su picor mojándoles el chupete en chile molido.
Para algunos autores, el término chile proviene del náhualt chill. Para otros, el radical del término azteca chilli es chil, de origen desconocido.
Los chiles pertenecen a la variedad "Capsisum annum", dentro de la familia de las solanáceas, de la que son, también, la patata, el tomate, la mandrágora, el beleño, la belladona, el toloache y el tabaco.
Su sabor y picor va­ría según las especies, el clima y el suelo donde la planta se haya desarrollado. Los más consumidos son el costeño, el de árbor, el de onza, el chilcoxle, el de agua y el pasilla oaxaqueño.
Los mayas, méxicas, zapotecas y casi todas las culturas mesoamericanas lo emplearon también como ingredientes de preparaciones para acele­rar el parto, curar el dolor de muelas y las infecciones de oídos, sanar las enfermedades del aparato digestivo, la tisis y aliviar los dolores musculares y la tos.
La medicina actual ha reconocido que el chile contiene grandes canti­dades de vitaminas A y C y es positivo como laxante, contrairritante, anal­gésico y rubefaciente, amén de ser tonificante gástrico y estimulante. Ade­más, se ha comprobado que la "capoina", elemento químico que le da el picante, actúa como agente ante el dolor al reaccionar con un elemento lla­mado "Sustancia P", que participa en los mecanismos nerviosos de la trans­misión del dolor.


Secretos gastronómicos para disminuir el picor del chile:
Quitar las semillas y las membranas interiores -lugar donde se concentra el picante-, utilizando guantes de goma para evitar la irritación de la piel.
Cuando se usa el chile entero no hay que quitarle el rabo. Es prefe­rible hacerle una incisión lateral y extraer por allí la placenta –así se llama la parte unida al rabo en la que están agrupadas todas las semillas- junto con las pepitas y las tiras membranosas que están a lo largo del interior del chile. Luego, lavarlos bien bajo el chorro de agua para que éste desprenda alguna semilla que pudiera quedar.
Si el chile se va a utilizar cortado en rajas, hacer una incisión en círculo alrededor del cabo y quitarlo junto con la placenta. Después, abrir­lo a lo largo y desvenarlo (quitarle las tiras membranosas).

Precaución importante:
No tocarse los ojos con las manos que han estado en contacto con el chile, porque éste es muy irritante para la piel en general y los ojos en particular.

Datos curiososos acerca del chile:
El humo producido al quemar chiles secos se empleaba como arma de guerra en la época prehispánica.
El pepper (extracto químico del chile) se ha utilizado en la industria del tabaco para darle a éste sabor y picor.
El chile suele ser usado en la fabricación de repelentes e insecticidas. Mezclado con las pinturas marinas, el chile evita la adherencia de caracolillos a los cascos de los barcos.


©José Luis Alvarez Fermosel






domingo, 11 de enero de 2009

Whisky y arte

Un cartel publicitario que anuncie un whisky, por ejemplo, puede ser una obra de arte.
Véase la muestra que constituye el “affiche” que ilustra estas líneas. No sabemos quien fue su autor. Pero no nos cabe duda de que es un gran artista, eximio cultor del hiperrealismo, muy buen colorista y tiene un notable sentido de la composición.
El pintor cumplió perfectamente el encargo de la firma Dewar’s, que no es difícil de imaginar: un gran señor escocés no puede abrir en su “sancta sanctorum” una botella de whisky Dewar’s sin que sus antepasados, inmortalizados en cuadros, cobren vida, salgan de ellos y exijan ser invitados.
“¡Sírvenos un trago, no seas egoísta!", parecen decir sin palabras –bastan los ademanes- los nobles caballeros, pertenecientes a distintas épocas, a juzgar por sus vestiduras.
Al dueño de casa se le ve un poco impresionado. Y no muy decidido a compartir su whisky, a pesar de que inclina ligeramente la botella, como poniéndola al alcance de las ansiosas manos que se tienden hacia ella. ¡El Dewar’s es de todos: de los de antes, de los de ahora y de los que vengan después! Tal es el eslógan que sugiere el cuadro –pintado en 1902 y conservado en el Museo de Artes Decorativas de París-.
Detalles: la hermosísima alfombra, la caja de habanos y la jarra de cobre sobre la mesa, el escudo de armas bordado en los ángulos del tapete, el culto a la tradición del forzado anfitrión con su “kilt” -el atuendo que luce el escocés en determinadas festividades o acontecimientos-. Buen gusto. Distinción. Elegancia. Sibaritismo.
Un cuadro hermoso, perteneciente a un arte industrial como el modernismo, que cosechó magníficos frutos de la ilustración de libros y revistas y la confección de carteles. Hubo plétoras en todo el mundo, entre los siglos XIX y XX, de ilustradores, de cartelistas, como los españoles Ramón Casas, Hermenegildo Anglada Camarasa, Méndez Bringa, Cecilio Pla…
En el París del siglo XIX descollaron Toulouse Lautrec y Théophile-Alexandre Steinlen, de origen suizo, como Caran D’Ache.
Ilustradores posteriores –ya entrado el siglo XX- fueron el español Rafael de Penagos, de trazo elegante, que trabajó para la firma Gal, elaboradora de colonias y jabones; el alemán George Grosz, gran dibujante y caricaturista y el estadounidense Norman Rockwell, el dibujante más popular de los Estados Unidos durante cuarenta años. (Rockwell hizo su primer anuncio para neumáticos de bicicleta en 1919.)
En fin, que después de admirar por largo tiempo el original y bellísimo cuadro que publicita el whisky Dewar’s, me han entrado unas ganas tremendas de tomarme uno. ¡Lástima que no tenga ni una sola botella de esa marca!
El artista cumplió su misión de crear el deseo.


© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 10 de enero de 2009

Tintín, octogenario

Tintín y su inseparable perrito Milou fueron, si no los primeros, unos de mis más queridos héroes de historieta desde que mi abuela materna me enseñó a leer en un tiempo récord, siendo yo muy pequeño.
Antes veía los dibujos. En cuanto supe leer, disfruté de las historias: historias de historieta, valga el fácil juego de palabras.
Luego vendrían otros, no menos entrañables, a hacer compañía a estos dos –y su pequeña “troupe”- personajes del dibujante belga Hergé, como Cuto, Roberto Alcázar y Pedrín, Juan Centella, el Guerrero del Antifaz, Jorge y Fernando, Cubillo y un largo etcétera. Los últimos aparecían en España, en revistas infantiles que llamábamos “tebeos”.
Sus hazañas hicieron algo más que divertirme: me alegraron la vida. Sus protagonistas fueron mis primeros amigos de ficción y creo que en cierta medida contribuyeron a formar mi espíritu aventurero.
Hoy me entero de que Tintín acaba de cumplir 80 años. Me entero también de que se va a hacer una película –mezcla de realidad y animación- con este personaje inefable para chicos y grandes. Nosotros, los grandes, lo llevamos siempre en el recuerdo y en el corazón.
¡Feliz cumpleaños, “monsieur” Tintín!

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

“Tintín cumple 80 años”
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_7822000/7822210.stm

Gente que pasa (III)

Sacaron los bancos de cemento que había frente a la gran cristalera del estudio central de Radio 10. Pasó un año. Llegó el verano.
Una tarde con un sol de justicia. Treinta y cinco grados de calor. Menos mal que en el estudio hay aire acondicionado.
Como es verano, época de vacaciones, se ven menos coches y menos gente por la calle. Algunos de los de siempre siguen pasando por delante de la vidriera, como el viejecito que cruza lentamente la calle con unos manteles y unas servilletas, o el perro canelo que, a la misma hora, pasa raudamente por un trecho de la calle Nicaragua, quizás en pos de su amo que le espera, o de alguien que le da de comer. Es un buen perro, de pelo corto, callejero pero con cierto donaire. Parece joven.
Una abuela y su nieta. La primera lleva una bolsa de regalo. Va toda encorvadita, con una blusa floreada y una falda negra. La nieta es alta y rubia y luce con garbo un vestido blanco largo, que le deja al aire la espalda bronceada.
Un muchacho con una remera de un verde manzana muy chillón. Un hombre con un perro, exactamente igual al llamado “Baby” de la película “Clean slate” (“El síndrome de Korsakov” en español), pasa mirando en todas direcciones, como si temiera que lo siguieran. El perro va a su lado a paso de marcha, tan campante.
Un nutrido grupo de ciclistas, chicos y chicas. Se nota que van alegres, porque sonríen.
Un cartonero tira de un carro lleno de cartones y desperdicios. Parece mentira que pueda tirar de él, con lo abarrotado que está. Le acompañan dos niños. Todos están vestidos pobremente y no parecen muy limpios, pero se los ve alegres, como los ciclistas.
Una ancianita de negro con un perro del mismo color, raza perro, también muy viejecito y achacado, que camina sobre tres patas, pobrecillo, porque tiene una inútil, tal vez le atropelló un coche. Se ve que los dos viven juntos, que se quieren y se acompañan, sabe Dios desde hace cuanto tiempo.
Gente y palabras.


© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

“Gente que pasa (II)”
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/05/gente-que-pasa-ii.html)

Anterior:

“El sol ya es de color uva moscatel por la tarde”
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/10/el-sol-ya-es-de-color-uva-moscatel-por.html

Sainte-Beuve, escritor y "gourmand"

En el retablo de figuras y figurones del proteico y multicolor siglo XIX ocupa un lugar el escritor y crítico literario Charles Augustin Sainte-Beuve (1804/1869), elogiado y denostado –más lo segundo que lo primero- en un París de salones con marquesas, poetas, “bon vivants”, compases de “can can” y bellas “grisettes”.
Sainte-Beuve era un “gourmand” de tomo y lomo, frecuentador de restaurantes y organizador de banquetes.
Llegó a decirse de él, con cierta mala uva, que como escritor era un excelente gastrónomo.
Marcel Proust, en su ensayo “Contra Sainte-Beuve”, se opuso al método de crítica, basado en que la obra de un escritor es siempre un reflejo de su vida, que utilizaba Sainte-Beuve. La escuela formalista rusa y los críticos Ernst Curtius y Leo Spitzer coincidieron con Proust.
Sainte-Beuve habría convertido en realidad la teoría, tantas veces mencionada, de que los críticos literarios son literatos frustrados. Algunas de sus objeciones parecieron motivadas por la antipatía que sintió hacia los autores juzgados por él.
Alabó a escritores sumidos hoy en día en el olvido y criticó con ferocidad a otros de la talla de Charles Baudelaire, Stendhal u Honoré de Balzac.
Sainte-Beuve estudió medicina, carrera que no terminó, y se inició en el periodismo, colaborando en el diario “Le Globe” y, más tarde, en la “Revue contemporaine”. Después escribió versos, una cantidad enorme de críticas y cruzó una abundante correspondencia con otros escritores
Fracasó como novelista pero publicó varios estudios literarios interesantes, el mejor de los cuales fue “Port Royal”, que describe pormenorizadamente la historia de la Abadía de Port-Royal-des Champs.
Trabó amistad con Víctor Hugo, con cuya mujer, Adèle Foucher, mantuvo un idilio. A diferencia de Hugo, aceptó colaborar con el Segundo Imperio en 1852 y ocupó un escaño en el Senado hasta su muerte, en 1869.
Ahora bien, cuando se trataba de comer y beber, Sainte-Beuve sabía hacer magistralmente lo uno y lo otro.
Fundador de la peña Los Almuerzos de Magny, junto con los hermanos Goncourt, Sulpice Gavani, Ernest Renan, Ivan Turguenev y otros escritores y artistas de la época, fue uno de los concurrentes a las cenas de los miércoles de Alejandro Dumas.
Un Viernes Santo de 1868 ofreció un pantagruélico banquete a Hippolyte Taine, Gustave Flaubert, Ernest Renan, Edmond About y el príncipe Napoleón. Los invitados comieron, entre otras cosas, ensalada de cangrejos, trucha asalmonada, lomo de vaca en salsa de Madeira y faisán trufado. No se tiene noticia de los vinos que bebieron.
Al año siguiente, no sabemos si con la conciencia tranquila, pero indudablemente con el estómago satisfecho, Sainte-Beuve abandonó este valle de lágrimas.


© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 4 de enero de 2009

Canario sediento o acróbata

El canario se prende al grifo, o a la canilla, tratando de sorber una gota de agua que pueda salir del grifo porque esté mal cerrado, o no funcione bien y gotée. Da la impresión de que el pobre pájaro tiene sed y se empeña en mitigarla.
Uno sabe bien lo que es la sed, porque la ha padecido muchas veces. Sed, la normal, que sólo se sacia con agua: del grifo, de una botella, el agua tibia de una cantimplora recalentada por el sol, el agua no precisamente cristalina de una charca de un aduar, agua mineral con gas después de una resaca.
Por no hablar de otros tipos de sed, como la de venganza, la de justicia, la de amor -“Aquellos ojos verdes, de mirada serena, dejaron en mi alma eterna sed de amar…”-; una sed proveniente, casi siempre, de pasiones desatadas. (Hay una sequedad de boca, que no es sed y procede del miedo)
En momentos de extrema necesidad uno hace cosas inverosímiles, como el canario de la fotografía, que se aferra con una de sus delgadas patitas rosadas a la parte del grifo que gira y da paso al agua, y con la otra a la boca por donde sale y en la que no parece que haya ni siquiera una gota.
El pajarito no tiene fuerza para abrir la enorme canilla. Así que se va a quedar sin beber y, por tanto, con sed. Si es que lo que está haciendo lo hace por necesidad, y no es un juego, o una pirueta digna de un volatinero.
Tampoco sabemos si el canario se ha escapado de una jaula o campa por la vida por sus respetos, sin trabas ni limitaciones -¡afortunado mortal, si es así!-.
Parece ser un canario doméstico, y listo, que sabe que el agua sale de las canillas. Lástima que la suya, por así decirlo, parezca no soltar prenda, es decir, ni el clasico hilillo del grifo mal cerrado, o al que hay que cambiar el cuero, a no ser que salga y no se vea porque el canario se lo está bebiendo.
Vaya usted a saber.

© José Luis Alvarez Fermosel


sábado, 3 de enero de 2009

La Monna Vanna de Rossetti

Hay una Monna famosa, además de la Mona Lisa de Leonardo, que lleva una sóla ene. Es la Monna Vanna de Dante Gabriel Rossetti, un pintor y literato inglés perteneciente a la hermandad de los prerrafaelitas (“Pre Raphaelite Brotherhood”, fundada en 1848, y una de las más notorias expresiones artísticas de la época victoriana)
Los prerrafaelitas abogaban por la vuelta a una pintura limpia y pura, cuyo referente estilístico fue el arte medieval y los maestros italianos anteriores al manierismo de Rafael.
Entre ellos destaca Rossetti, que acusa influencias de Tiziano. Sus mujeres fatales eran claro exponente de la tortuosa relación que tuvo el pintor con el bello sexo a partir del fuerte “shock”, del que nunca se recuperó por entero, que le produjo el suicidio de su mujer, por la ingestión de láudano, después de alumbrar una niña muerta.
Rossetti padeció, a partir de ese momento, frecuentes crisis depresivas y pesadillas. Estudiosos y críticos de su obra sostuvieron siempre que bajo la opulencia de sus formas pictóricas es fácil apreciar una profunda tristeza.
Dante Gabriel Rossetti fue, además de pintor, poeta, ilustrador, traductor y un “dandy”, faceta ésta última que peculiarizó a muchos de los artistas que caracterizaron el movimiento prerrafaelita.


© José Luis Alvarez Fermosel