El restaurante es una taberna venida a más. Está en un barrio popular. Los futbolistas lo frecuentaban en épocas pasadas.Se come estupendamente. Una de las especialidades de la casa son los callos a la madrileña.
Hacen muy bien toda clase de guisos, el pescado es fresquísimo. Entre las ensaladas destaca la de escarola, aguacate (o palta) y aceitunas verdes.
No tienen una bodega muy grande, pero los vinos están bien seleccionados y la carta permite siempre escoger uno que se deje beber.
La alegre porcelana azul y blanca de Talavera de la Reina, la madera, que es tan cálida y algunas telas rústicas forman parte de la decoración del comedor, que está bien puesto, con gusto.
Cuando vivía en Madrid iba de tanto en tanto con mi hermano a la barra del bar, a tomar unos vinos. Casi siempre nos quedábamos a comer. También solía ir yo con amigos, o con alguna señorita.
La luz entra a raudales
La luz entra a raudales por las amplias cristaleras durante el día. La calle estaba muy bien iluminada por la noche. Un día dejó de estarlo. Enseguida explicaré por qué.
El público de Cuatro Caminos se mezcla, o se mezclaba en ese restaurante con el de otros barrios. Gente sencilla, tranquila, de buen comer.
La primera vez que mi mujer viajó conmigo a España la llevé allí, a nuestro regreso de Málaga. Se quedó encantada, de modo que en nuestra siguiente estadía en Madrid volvimos, en esa ocasión de noche.
El local estaba cerrado, la calle sin luz. Había varios coches grandes, negros, con aspecto oficial, estacionados en las inmediaciones. Dos hombres vestidos con ropas oscuras, altos, de espaldas anchas y gruesos cuellos, con el pelo corto, paseaban despacio, haciéndose los distraídos. Se acercaron a nosotros.
La luz de la luna, imprudente, dio en la culata de una pistola enfundada bajo la axila izquierda de uno de ellos, al abrírsele por un golpe de viento la chaqueta, que tenía desabrochada.
El público de Cuatro Caminos se mezcla, o se mezclaba en ese restaurante con el de otros barrios. Gente sencilla, tranquila, de buen comer.
La primera vez que mi mujer viajó conmigo a España la llevé allí, a nuestro regreso de Málaga. Se quedó encantada, de modo que en nuestra siguiente estadía en Madrid volvimos, en esa ocasión de noche.
El local estaba cerrado, la calle sin luz. Había varios coches grandes, negros, con aspecto oficial, estacionados en las inmediaciones. Dos hombres vestidos con ropas oscuras, altos, de espaldas anchas y gruesos cuellos, con el pelo corto, paseaban despacio, haciéndose los distraídos. Se acercaron a nosotros.
La luz de la luna, imprudente, dio en la culata de una pistola enfundada bajo la axila izquierda de uno de ellos, al abrírsele por un golpe de viento la chaqueta, que tenía desabrochada.
Uno, curtido en el chaflán…
Avanzamos para entrar en el restaurante, de todos modos. Uno, curtido en el chaflán, iba con la mosca detrás de la oreja. Nos cortó el paso el más alto de los dos sujetos. Dirigiéndose a mí inquirió, y al mismo tiempo afirmó con esa voz átona, seca, cortante, que tienen:
- ¿Señor! - ¿Sí?
- ¿A dónde se dirigen ustedes? - ¿Por qué me lo pregunta? –le interrogué, a mi vez.
- Porque si van al restaurante he de informarles que el salón ha sido alquilado para toda la noche. - Por unos funcionarios del gobierno, ¿verdad? –dije yo, tirándome a fondo. Mi interlocutor permaneció inmóvil frente a mí, rígido, sin contestar. Su compañero se adelantó y metió baza:
- No nos comprometa señor. Hay otros restaurantes… En el fondo de la calle había otros dos hombres. Uno de ellos empezó a acercarse muy despacio. De nada sirve querer ganar un pleito que ya está perdido. De ahí que mi mujer y yo decidieramos no insistir esa noche y pasarnos al otro lado de la barricada.
Gente de machete y hacha
Volvimos, en tres o cuatro oportunidades. Nunca tuvimos la suerte de encontrar el lugar abierto, ni al mediodía ni a la noche. Siempre estaban presentes los mismos autos, u otros parecidos, todos con matrícula oficial y gente de machete y hacha, o de pistola de calibre 9 milímetros.
En la taberna de enfrente nos dijeron que el restaurante abría sólo para cierta clase de público.O sea, que cayeron los políticos en el restaurante, como manzana podrida en banasta. Hubo que ir a otros, lo que no fue problema porque si algo sobra en Madrid son lugares para comer y beber. Y muy bien, por cierto.
Los regímenes políticos no son tan malos como el ambiente que de buen grado o a la fuerza crean sus adeptos.
Los regímenes políticos no son tan malos como el ambiente que de buen grado o a la fuerza crean sus adeptos.
© José Luis Alvarez Fermosel
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