Lo único que nos faltaba era una invasión de escorpiones, o de alacranes –que creo que son lo mismo, o una variedad de los primeros.
Haciendo gala de su carácter, como en aquella historia, pronto se deslizarán ellos también con dificultad por las icónicas calles rotas de Buenos Aires, pero sin perder el rumbo que conducirá, puestos en lo peor, a nuestras casas, donde quizás ya tengamos murciélagos en los taparrollos, alguna rata –creo que tocamos a ocho por habitante- se nos cuele de rondón y en cualquier momento veremos cucarachas y hormigas en la cocina, por más limpia que esté.
He tenido varios encuentros con escorpiones. Uno de ellos en Aruba, en un hotel de 5 estrellas –ahora los hay de 7-. Me levanté de la cama, tantée con un pie para alcanzar la chinela y noté que se había vuelto dura como una caña de bambú; y lo más alarmante, ¡se movía!
No había bebido mucho la noche anterior. Me precipité, pues, de la cama, completamente fresco y descubrí que la chinela seguía siendo de cuero y por consiguiente inanimada. ¡Había pisado un escorpión de gran tamaño!
Ya sabía entonces que los más grandes son los menos peligrosos, pero de todas maneras me tomé la libertad de aniquilarlo, en contra de mis principios pacifistas.
No me preocupo por mí, sino por mi familia, compuesta por mi mujer y mi pequeña perra Dolce. Los seres humanos –salvo los niños y las personas muy mayores, quizás- no se mueren por la picadura de un escorpión, pero me temo que las mascotas sí.
Los escorpiones vienen marchando, como los santos de aquella canción. Un atractivo más para los turistas.
© José Luis Alvarez Fermosel
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