jueves, 26 de junio de 2008

Camino, sol de invierno y nieve

Ninguna otra imagen podría reflejar el invierno con tanto realismo y, al mismo tiempo, con tanta belleza como ésta del pintor francés Camille Pissarro (1830-1903). El cuadro se titula “Camino, sol de invierno y nieve”. Fue pintado en 1860. Pertenece a la colección Carmen Thyssen Bornemisza.
Pissarro fue cofundador, guía artístico del Impresionismo y una de sus glorias. Coincidió con Monet en Londres, donde ambos hicieron estudios de edificios envueltos en niebla. Pissarro fue tradicional y se mantuvo escrupulosamente fiel a las premisas de la impresión de la luz y del color.
El cuadro que nos ocupa, pocos días después de haber comenzado el invierno en el hemisferio sur, no puede ser más impresionista.
Las notas, por así llamarlas, distintivas del invierno están ligeramente diluídas, pero con la habilidad suficiente como para que no pierdan presencia y comuniquen una impresión sin la fuerza extrema de una fotografía o de un dibujo hiperrealista, pero con gran expresividad.
Rastros de una nevada -no mucha nieve, ni en primer plano-, unos pocos árboles, el azul del cielo nublado en parte, duro; y, sobre todo, la lejanía, en la que se va a sumir un lento carricoche oscuro, muestran al invierno como sólo un genio del impresionismo podría hacerlo.

© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 22 de junio de 2008

Zapatos limpios, pensamientos claros

Un hombre de zapatos sucios difícilmente podrá pensar con claridad, dijo una vez Paco Umbral (1). Tal vez por eso tengo yo la costumbre de llevar siempre los zapatos limpios. De ahí que toda la vida me haya preocupado por tener a mano un buen limpiabotas en un bar, un café o una esquina céntrica.
En Madrid me lustraba los zapatos Faustino, que siempre estaba en el bar del club Miguel Ángel, del cual yo era socio. Faustino aten­día también a mis amigos Jaime de Mora y Aragón, el inolvidable “Fabiolo”, y Mario de Lozano y Villar. A los tres -y seguramente a otros amigos, porque lo éramos suyos, más que clientes- nos fiaba cartones de los cigarrillos que fumábamos entonces e incluso nos prestaba dinero, que le devolvíamos religiosamente al poco tiempo con una generosa propina, como era natural.
Después yo me fui a brujulear por Europa y al final recalé en Londres. Cuando volvi a Madrid me dio por fre­cuentar durante algún tiempo los cafés de la Gran Vía y, en particular, la cafe­tería del hotel Washington, donde Julio me limpiaba los zapatos vestido invariablemente con una tricota o camisa negras y pantalones del mismo color.
Julio fumaba cigarros puros y andaba a veces con la colilla de uno en una co­misura de la boca. Tenía el pelo oscu­ro, ondulado, con bastantes canas. Era servicial y amistoso. Había en él un no sé qué especial que no iba, que no casaba con su actual oficio. Habríase dicho que años atrás se ganó la vida de otra manera, hizo algo d¡stinto, llevó una vida rumbosa, vio cosas interesantes y conoció y trató a gente encumbrada e influyente.
Era un hombre bien educado, con gran sentido del humor. Estaba muy bien informado de todo y, especialmente, de la vida y milagros de la gente de cine que frecuentaba esos cafés de la Gran Vía ubicados en el tramo com­prendido entre la plaza Callao, donde está El Corte Inglés, y la Plaza de Espa­ña. Ibamos siempre los mismos: pro­ductores y actores con un proyecto en­tre manos, que casi siempre quedaba en eso, en proyecto; directores de se­gundo nivel, algún critico o cronista de cine y varios representantes de actores y actrices de reparto.
Volví yo a ausentarme de Madrid una temporada y a mi regreso no encontré a Julio en su lugar habitual, a la mitad de la barra del bar del hotel Washington, con su infaltable puro entre los labios. No lo vi más. Desapareció como si se le hubiera tragado la tierra.
En Nueva York me limpiaba los zapatos Jack, un negro enorme que trabajaba en un rincón de la Grand Central Station. Era muy simpático. Se reía por cualquier cosa, mostrando una dentadura perfecta, como la de casi todos los negros.
De otros limpiabotas de otras ciudades en las que he vivido, o por las que he pasado, no guardo memoria puesto que no fueron habituales.
En Buenos Aires, en la época en que trabajaba en Radio Continental, Lelio Riarte me dejaba los zapatos como espejos en el bar Pichín de la Avenida de Mayo donde su dueño, don Antonio, no pierde ripio, mañana y tarde. Don Antonio es espa­ñol, como yo.
Lelio era de estatura media, tenía el pelo blanco, abundante y bien cuidado y los ojos oscuros e inteli­gentes; gastaba unas patillas cortas que apenas le llegaban a los pómulos y representaba muchos me­nos años de los que tenía. Era, según se decía, muy buen bailarín, así que frecuentaba la milonga.
Desempeñaba su oficio a las mil maravillas y, lo más importante, siempre estaba de buen humor. Contaba chistes, charlaba –se expresaba muy bien-, lo mantenía a uno vibrante con sus chas­carrillos y la expresión de su concep­ción de la vida, por de más acertada e inteligente. Era muy trabajador. A veces daba una mano en el bar, o hacía algún recado. Era, también, sumamente respetuoso. Si uno iba acompañado y se sentaba a una mesa lo atendía ahí, en vez de en el mostrador, y guardaba un discreto silencio. Como era hombre de conceptos atinados y palabra fácil, don Antonio le colgó el remoquete de "El Filósofo".
Lelio dejó al morir prematuramente, de un infarto de miocardio, mu­jer y una hija que traba­jaba en una oficina. P
ersonificó a un tipo de hombre que, por desgracia, va desapareciendo y es sustituido por el llamado macho posmoderno, o macho posmo, que es un hombre de chicha y nabo.
Represen­tante de una clase trabajadora honrada y cumplidora, que siempre hizo buena letra, por utilizar una expresión del len­guaje familiar, tuvo el mérito, además, de contribuir con algo más que su gra­nito de arena a hacerle a uno la vida menos ingrata de lo que es, a levantarle el ánimo y alegrarle las paja­rillas del alma.
Lo recordamos con el mismo afecto que a Faustino y a Julio, o quizás con un poco más por estar más cerca en la memoria y, también, por ser tan leal, tan bueno y por haberlo tratado más. Su trato nos hizo bien.

© José Luis Alvarez Fermosel

Perros y helados

La escena me sorprende en la avenida Callao, casi en su intersección con la calle Corrientes, en pleno centro de Buenos Aires.
Un muchacho alto, fuerte, de “jean” color tiza y camisa azul, le está dando lo que le ha sobrado de un helado de cucurucho a su perro, un hermoso “setter” irlandés de pura raza. El perro se chupetea los restos del helado con delectación. Me pregunto por qué les gustarán tanto los helados a los perros.
Recuerdo a "Kiruna", mi queri­da perra “boxer”, a quien le encan­taban los helados -y las empa­nadas: un día se comió media docena de una sentada, no sé cómo no reventó-.
Me acuerdo también de "Watson", el “foxterrier” de mis hijos, al que llevábamos con nosotros a veces a la heladería de la esquina; siempre pedíamos un helado pequeño para él, que devoraba con fruición en la vere­da, fuera de lo que fuera, aunque me parece que le gustaba el de crema americana y frutilla más que ninguno otro.
“Slick", que tenía algo de “fox” y mucho de callejero, no le hacía ascos, precisamente, a los helados. En realidad, "Slick" no le hizo nunca ascos a nada, pobre viejo querido. Quise estar a su lado cuando le sacrificaron, con mi mano sobre su barriguilla rosada, sintiendo los últimos latidos de su corazón…
Bien..., que a los “setters” también les gus­tan los helados, me entero, quie­ra o no, en la avenida Callao. Es un dato.
Los cuatro perros “setter” de Ma­nuel Gil Navarro... El “setter” que le regala Maureen Stockfield al pintor Steed Vickers en la novela “Serás hombre”, de John Louis Cromwell: "...un ‘setter’ rojo fuego ‘pur sang’, recién nacido". ¿No era de esa raza "Binkie", el perro de otra novela, -“En tinieblas”, de Rudyard Kipling-, que siempre estaba al lado de su amo, el también pintor Dick Heldar? Se hizo una película que conservó el título de la obra de Kipling y protagonizó Ronald Colman.
Me escribe mi amigo Roberto Cazorla desde Madrid y me dice: "En otra carta te hablaré de la pérdida de mi perro, que durmió a los pies de mi cama durante diecisiete años y tres meses. Era pequeño, un ‘fox’ cruzado con 'grifón'. Con él se fue parte de mi vida. Ya hizo dos años y aún le sigo llorando".
(Cazorla es un periodista y poe­ta cubano de exquisita sensibilidad, que se asiló en España a finales de la década del 60, siendo casi un adolescente. Ha publicado li­bros de narrativa y poesía y gana­do premios en importantes certámenes literarios en varios países).
Los artículos de otro escritor, el español Antonio Gala sobre sus perros -los que murieron y los que viven-, son de una ter­nura conmovedora.
Hay gente que no quiere a los perros, que vive quejándose de ellos y haciéndoles mala prensa.
Los perros, como todos los animales o, al menos los domésticos, las mascotas, son nuestros hermanos menores; nos dan todo, incluso la vida, sólo a cambio de albergue, comida, un rincón junto al fuego y un afecto al que corresponden con creces. Se merecen nuestros cuidados, nuestro cariño y nuestra gratitud. Son guardianes y buenos y leales compañeros en nuestros buenos momentos y en los malos. Algunos los abandonan. Ellos no nos abandonan jamás. Permanecen a nuestro lado cuando ya nos ha dejado de lado todo el mundo.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 21 de junio de 2008

¡Cuidado con el "barman"!

Un “barman”, o “bartender”, o encargado de bar, para decirlo en español de una vez por todas, ¿puede ser un detective? Pues hombre, buen ojo no ha de faltarle, después de ver y tratar tanta gente.
Un detective, tal vez, podría camuflarse de “barman”. Lo primero que tendría que hacer sería aprender a mezclar y servir bebidas alcohólicas. Si queremos situarlo en la época actual, ese “barman” debería saber también preparar cócteles de jugos de frutas y verduras licuadas, pues el hombre de hoy en día no bebe alcohol, o en todo caso una cervecita aquí, un poco de vino con el asado de los domingos y una copa de champán, o dos como máximo en alguna fiesta.
Sería impresionante ir a tomarse una copa a un bar y ver que el barman empuña de pronto un revólver y encañona al ladrón de las perlas de la condesa –el hombre del traje color castaño (1)-, que está a nuestra izquierda. Muy Agatha Christie, ¿no? O quizás muy Ellery Queen. Pero, no; ahora que lo pensamos bien, Ellery Queen, no.
Sin embargo, el "barman" detective es un tema que interesó siempre a Ellery Queen (2), que dice al respecto:
"La idea de un 'barman' detective es tan regocijante como una ración doble del 'asunto que hará que un conejo escupa en el hocico de un sabueso'. Cuando uno se para a pensar en ello, ¿no es acaso el 'barman' una nueva arruga en la cáscara de la vieja nuez del 'detective de sillón'? Cierto es que el 'barman' puede andar seis pasos en este sentido y seis pasos en el otro, dentro de los confines de su mundo de caoba y de vidrio, pero a todos los efectos prácticos sigue siendo un objeto fijo, estacionario si no sedentario, en el sentido de que no le es posible visitar la escena del crimen, exa­minar las pruebas o interrogar a los testigos. ¿Y qué clase de gente se asoma a su mundo de caoba y de vidrio? Clientes o transeúntes son gentes con problemas, con preocupaciones, que se mueren por hablar, por contar sus problemas hasta el último detalle, por insignificante que sea. ¿No es ésa la fórmula clásica para un investigador del crimen y un cliente?"


(1) “El hombre del traje color castaño” es el título de una novela de Agatha Christie.
(2) Seudónimo que hizo mundialmente famosos a los escritores estadounidenses Manfred Lee y Frederick Dannay, que eran primos. Escribieron en colaboración centenares de novelas policiales, muchas de las cuales fueron llevadas con éxito al cine, la radio y la televisión. Se calcula que el volumen total de venta de sus obras sobrepasa los 50 millones de ejemplares. Anthony Boucher dijo en su semblanza sobre Lee y Dannay: “Ellery Queen es la novela policíaca norteamericana”.


© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 17 de junio de 2008

¿Ustedes remolonean?

El remoloneo es ese estado, pa­recido al estado de gracia, en el que uno vive una suerte de semi vigilia muelle, o duermevela soñado­ra y cuando se despierta por sí mismo sin despertarse del todo, deci­de quedarse un rato más amparado en la dulce tibieza del lecho, pensando, es decir, soñando entre dormido y despierto con cosas bo­nitas, como que se enamora de uno una chica preciosa de pelo ro­jo Tiziano y ojos verdes, o que gana el premio gordo de la lotería y pasa a ser millonario de la noche a la mañana.
Remolonear es uno de los pocos placeres que no exigen dinero, es­fuerzo o concentración. Basta con ser consciente de que uno no está del todo consciente y que, por tan­to, se puede permitir el lujo de no preocuparse por nada, de sentir que uno está en el limbo, que nada ni nadie podrá hacer que le suba la presión arterial o cargarle la conciencia con algo que le pese.
Mejor si hace frío, sopla el vien­to o llueve. En este último caso, el golpeteo de la lluvia contra los cristales de la ventana nos advertirá que mejor sería no salir a la calle, a la que tendremos que incorporarnos en muy poco tiempo pero que, mientras estamos remoloneando, se nos presenta como algo lejano e incluso irreal.
Remolonear no es hacerse el remolón ni eludir responsabilidades, ni dejar de sen­tir culpas. Es sólo darse una tregua, dejarse llevar por no se sabe qué ni quién, es decir, sí: por uno mismo, por lo poco que le queda de imaginativo, de soñador, de novelero en este mundo globalizado, más aún, virtualizado, que tecnifica cada día un poco más el bueno de Bill Gates.
Quien remolonea se atrasa sa­biendo que ese retraso no va a perjudicarle, sino todo lo contrario. El remoloneo es un ejercicio de retroalimentación, un remedio contra el estrés, un premio que no se saca uno en la rifa de la vida, sino que se ad­judica uno mismo, lo cual le hace sentirse intocable, acorazado, todo­poderoso, invencible y, además, en un estado seráfico.
Son sólo unos minutos: tal vez media hora, como máximo. Pero es suficiente. A la hora de afeitarnos, la expresión de nuestra cara nos dirá, desde el espejo, que vamos a resistir mejor el paso por el purgatorio cotidiano en el que entraremos unos minutos después de remolonear y permaneceremos hasta que regresemos a casa con la moral por el suelo y los nervios rotos.
Señora, señor, muchachos, ¿ustedes remolonean? ¿No? Pues pónganse a prac­ticar mañana mismo. Bill Gates -volvemos a citarlo- piensa reducir el tamaño de la cama, bajarla hasta el suelo y conectarla a Internet. Y todavía no se pue­de remolonear por la red de redes.


© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 14 de junio de 2008

Diccionario del amante del vino

Acaba de salir en Argentina, de ahí que lo presentemos en estas páginas con carácter de primicia, este interesante libro del periodista francés Bernard Pivot, con prólogo de Marcel Gorgori y dibujos de Alain Bouldouyre. El libro ha sido editado por Paidós y tiene 374 páginas.
Bernard Pivot nació en Lyon en 1935. Periodista y crítico literario, es conocido internacionalmente como director y presentador de programas culturales en la radio y televisión francesas. En 2004 fue elegido miembro de la Academia Goncourt.
Pivot es autor del conocido test al que el director del Actor’s Studio, James Lipton, somete a los actores y actrices del cine de Hollywood a los que entrevista en un programa de televisión que conduce en el canal Film & Arts.
Bernard Pivot dice:
“En este ‘Diccionario del amante del vino’ sólo hablo de lo que conozco, amo y me apasiona. Hay autobiografía, lecturas, recuerdos de fermentación, bodega, mesa… Sin embargo, lo fundamental es que el vino es tanto cultivo como cultura. Cultivo de la viña y también cultura para el espíritu. La ambición del libro consiste en recordar esta virtud de un producto universal de consumo, en una época en que el vino no goza de buena reputación.
¿Acaso puede resultar extraño que hable a menudo con un tono ligero y de un modo entretenido de un tema que humedece a la vez nuestro paladar y nuestra alma? Es mi manera de tomármelo en serio. Tengo el vino alegre. ¿Por qué mi tinta habría de ser ácida, áspera o pastosa?
En francés existe una expresión que traduce perfectamente la función social del vino: “vino de honor”. Este ‘Diccionario del amante del vino’ pretende ser un alegre vino de honor”.




© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 11 de junio de 2008

"Automat"

Vuelve Edward Hopper a estas páginas con una imagen sombría y desolada, muy de un estilo que define rotundamente, con gran expresividad, la soledad y la melancolía de ciertos personajes de las grandes ciudades: la gente marchita que espera a Godot en cafeterías solitarias iluminadas “a giorno”, entrada ya la noche, o en anodinos cuartos de hotel a la luz cansina del atardecer.
Dotado de una capacidad de síntesis y de un sentido del detalle que envidiaría más de un reportero, este magistral pintor estadounidense rubrica siempre sus obras con un toque no por vulgar (en apariencia), esperado o normal, menos expresivo y definitorio. Así, una escena trivial se convierte en una estampa aliñada con tintas oscuras que tiene un poderoso efecto impactante.
En el caso de la imagen que nos ocupa, la idea de la soledad la da principalmente, aunque parezca mentira, la silla arrimada a la mesa frente a la mujer con el sombrero tragicómico de alas caídas, que sin que nadie nos lo diga sabemos que no va a ser ocupada. Nadie va a venir. La mujer está sola y así permanecerá hasta que decida irse, arrastrando los pies, a la calle gris. El radiador de calefacción también dice lo suyo.
La expresión del rostro de la mujer, que está a punto de tomar un sorbo de un café que se adivina casi frío; las luces del techo que no dan color ni calor al ambiente desangelado, el fondo de ese azul gris oscuro característico de Hopper…
Un clima enigmático y desolado. Personajes que en su banalidad, en su inmovilismo, parece que de pronto podrían hacer algo que no tuviera nada que ver con sus apariencias adocenadas: algo extraordinario o poco común, como volcar una mesa o empuñar un revólver. Edward Hopper.
Ah, el cuadro se titula “Automat”.


© José Luis Alvarez Fermosel