Mostrando entradas con la etiqueta Ciudades - Paisajes - Rincones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciudades - Paisajes - Rincones. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de enero de 2015

De rosquillas "listas" y "tontas" y otras cosas de Madrid



Las rosquillas que constituyen el dulce típico de las fiestas con que Madrid celebra el 15 de mayo en la Pradera de San Isidro el día de su patrón, San Isidro Labrador, se dividen en “listas” y “tontas”. La pradera en cuestión fue inmortalizada por Goya en su cuadro La pradera de San Isidro, que está en el Museo del Prado.
Los dos tipos de rosquilla están hechos de la misma manera, pero a las “listas” las cubre una capa del llamado azúcar glas y a las “tontas” no. Hay otras, las de Santa Clara, cubiertas por merengue seco.  
Los expertos dicen que las mejores de todas las clases se venden en la Antigua Pastelería del Pozo, fundada en 1830, en la calle del Pozo, 8.
Otra delicia gastronómica típicamente madrileña son los “soldaditos de Pavía”, unas tajadas de bacalao rebozado y frito que, junto con las croquetas igualmente de bacalao hicieron famosa a la centenaria taberna Casa Labra, en la calle de Tetuán, 12, frente a una de las entradas de El Corte Inglés de la calle Preciados.
Se llaman así porque los soldados que acompañaban al general Pavía, cuando entró a caballo en el Congreso de Diputados y puso fin a la Primera República (1874), llevaban uniformes amarillos, casi del mismo color dorado de estos bocaditos.
Junto con las rosquillas del Santo, los “soldaditos de Pavía” y el chocolate con churros, el manjar –porque es un verdadero manjar- emblemático de la Villa y Corte es el cocido, o puchero. Los mejores se comen en Lhardy, el hotel Ritz, los restaurantes La Bola y Malacatín y en casa de mi primo Antonio, hecho por él.

Leguarios y trampantojos

Un leguario es un mojón, o hito que mide la distancia en leguas: la distancia que puede andar una persona a caballo en un hora.
Pues bien, en Madrid hay un leguario, concretamente en Puerta de Hierro –sí, donde vivió Perón tantos años-. En una de sus caras se lee: “Al Pardo, una legua”, y en la otra: “A Madrid, una legua”.
Un trampantojo es una pintura mural que muestra una cosa que no es lo que parece, y de ahí viene su nombre, que quiere decir trampa para el ojo.
El mejor de todo Madrid está en la Carrera de San Francisco, muy cerca de la plaza de Puerta de Moros. Es un calco de la fachada de ladrillo rojo de una casa de cuatro pisos, que reproduce los balcones y otros detalles del inmueble con tal verismo que desde cierta distancia no se advierte la engañifa.

El pairón

El pairón es una columna de unos 4 metros de altura, hecha con bloques de piedra berroqueña. En la cima suela haber alguna pequeña escultura de un santo o una Virgen en un nicho y, rematándolo todo, una cruz de hierro.
Suelen estar a la entrada de alguna ciudad, con el fin de delimitar los términos municipales. Es común que los caminantes se detengan hasta el pairón para rezar unos minutos.
La diputación de Guadalajara donó un pairón de piedra arenisca rosa que se halla en la intersección de las calles de María de Molina y Serrano. A Guadalajara se sale actualmente por la calle de María de Molina. De ahí la localización de este hito, que alberga dos pequeñas esculturas de bronce dedicadas a la Virgen de la Hoz y a San Isidro y una placa en la que se explica el surgimiento y el porqué del pairón.
  
© José Luis Alvarez Fermosel

Fuente:
Los porqués de Madrid, de María Isabel Gea Ortigas

martes, 20 de enero de 2015

Los precios de Madrid



Madrid no está tan caro como otras ciudades europeas, entre las cuales París, Londres y Roma. Eso sí, a los argentinos y a los “espartinos” –mezcla de español y argentino, como este humilde cronista- se les plantea el problema de que cada euro que se gasten en la Villa y Corte, en el supuesto de que viajen a ella, les costará 10,38 pesos, o 16,03 según la cotización oficial o la del mercado paralelo. Esta cotización corresponde al momento de escribir y sube o baja –casi nunca se mantiene estable- casi a diario.
El salario mínimo en España es de poco más de 700 euros al mes, un sueldo medio oscila entre 1000 y 1500 y se considera alto de 3500 en adelante.
Los españoles, que están saliendo de la crisis, tienen a su favor que el dinero les rinde y su poder adquisitivo es grande.
En España, en vísperas de fiestas como las de Navidad y Año Nuevo, o cuando comienza el verano y los turistas caen en aluvión, se bajan los precios porque se entiende que así puede comprar más gente y con menos dificultades.
Para comer, comprar ropa o lo que uno quiera conviene ir a lugares que tengan buenos precios, claro está, como los llamados ya desde hace tiempo “outlets”, por ejemplo los que venden zapatos; casi todos están en manos de chinos.
En esos establecimientos se pueden comprar zapatos para mujer y para hombre por 15 o 20 euros. En otras tiendas más caras, o en El Corte Inglés cuestan más del doble, aun estando rebajados. 70 euros viene a ser el promedio.
En los bazares chinos que constelan la ciudad se encuentran buenas cosas y a buen precio.
Pero no se trata sólo de caminar bien calzado, también hay que comer, lo que puede hacerse, si se quiere comer fuera, ajustándose al menú fijo que ofrecen –cada día uno distinto- restaurantes, tabernas, mesones, cervecerías, bares y cafés.
Los precios por el menú, que incluye dos platos a elegir entre varios, pan, vino de la casa (una botella), gaseosa –por lo general “La Casera”- y postre, los precios, decíamos, oscilan entre 7,50 y 20 euros por persona.
Si antes de comer uno quiere tomarse un vaso de cerveza tirada o de vino con un aperitivo, casi siempre aceitunas, no pagará más de un euro con 30 centavos o 2 euros, sin contar la propina, que en esos casos suele ser de 20 ó 50 centavos.
Las tajadas de bacalao rebozado y frito de Labra (foto) –frente a una de las entradas al Corte Inglés de Callao- son deliciosas, lo mismo que las croquetas de jamón, y cuestan un euro y 30 centavos. Las croquetas salen por 0,90 centavos cada una.
Antes de almorzar se desayuna, claro. Por un café con leche en taza grande con churros o una tostada con manteca y mermelada, y un vaso de jugo –aquí le dicen zumo- de naranja no te cobran más de 4 euros, como mucho, antes de las once de la mañana.
Si se ha tomado un taxi para ir a desayunar o a comer al mediodía, es decir, entre la dos y las tres y media, horario en el que almuerzan los españoles, uno se habrá gastado 7 euros y, si la carrera fue larga, 10 ó más, depende, naturalmente, de la distancia. La bajada de bandera es de 2,05 euros de día y 2,2 euros de noche. Si se le deja más de un euro de propina al taxista o al camarero, nos cantarán el pasodoble “España cañí”.
Madrid está muy bien comunicado en la superficie, y bajo ella. De madrugada recorren la ciudad unos buses pequeños llamdos “buhos”.
Se puede ir en metro hasta el aeropuerto por un euro, más un adicional de 2,70 desde cualquier punto de la ciudad, más cómodamente, claro está, si se va ligero de equipaje, como en los versos de Machado.
El metro, como el autobús, cuesta un euro y medio y 10 viajes, 12,20.
Hablando de equipaje, lo que sí está barato en Madrid son las maletas. Una mediana no de buena calidad no cuesta más de 30 euros. 
Después de comer, si uno quiere tomarse un café tendrá que oblar de un euro con 20 centavos a 2 euros. Una copa de coñac, o de cualquier otro aguardiente vale entre 4 y 8 euros –en el último caso si el licor es importado-. Una copa de jerez fino, La Ina, Tío Pepe u otra marca similar está a 2,05 euros.
Si uno se resfría –cosa que no tendría nada de particular, porque el vientecillo del Guadarrama es muy cabroncete-, o le duele la cabeza, tendrá que comprar (40) sobrecitos de Espidefén a 9 euros la caja y tomarse dos o tres por día. La mejoría es casi inmediata.
Es público y notorio que el porteño –no ya la porteña, que es muy guapa y muy elegante- suele ser “cajetilla”, o sea, que le gusta vestirse bien. Pues que tome nota, si es que piensa viajar a Madrid. Un traje del diseñador Pedro del Hierro le costará en Cortefiel entre 250  y  450 euros. Si  se  llevan dos hacen precio y  cobran 400.
Una camisa de vestir tipo Zara vale entre 28 y 35 euros, un poco menos si es deportiva; una corbata de seda, 18 euros como mínimo.
La chaqueta denominada Teba –en honor del conde de Teba, que fue su diseñador- está en la tienda Canalejas, en la céntrica plaza del mismo nombre, a 110 euros. Son espectaculares y las hay en verde, tostado, azul marino y negro.
Una entrada de cine cuesta 9,20 euros. Hay descuentos para jubilados. El teatro es por lo menos dos veces más caro. En los museos la entrada es gratis.
El décimo de lotería de Navidad se remonta a 20 euros.
Una compra en un supermercado para todo el mes viene a salir por 300 euros,  según lo que se compre y según el supermercado, aunque la mayoría, por no decir todos, tienen los mismos precios.
Una docena de huevos de los llamados “large”, o sea, grandes, cuesta de un euro y 35 centavos, a 2 euros. El precio de un litro de leche oscila entre 0,75 centavos y un euro con 10, el de una botella de Coca Cola de dos litros no sale por más de 1,60 euros. Un litro de cerveza de la mejor marca vale un euro; un tetrabrik de vino, 50 céntimos –un vino bueno cuesta unos 14 euros y de ahí para arriba-; una botella de champán -¡perdón, de cava!-, está entre 8 y 25 euros.
Un litro de gasolina común vale un euro y 22 centavos; un litro de Diesel, uno con 19 euros; un diario, uno con 70 euros. El precio de una revista no excede los cuatro euros. Un corte de pelo para mujer o para hombre, 9 euros. Una tarjeta para hablar por teléfono celular, 5 euros.
El precio promedio de la estancia en un hostal digno es de unos 60 euros por día y por habitación doble. No faltan televisor, calefacción o refrigeración, teléfono, caja fuerte, Wi Fi y todo lo necesario. El alquiler de un buen piso amueblado en una zona céntrica de Madrid, o en la sierra, con no menos de tres habitaciones amplias, dos baños, cocina equipada con lavavajilla y lavarropas no baja de 500 euros por mes. Comprarlo en las mismas condiciones puede demandar 300000.
Un televisor plasma –no hay otros- de 32 pulgadas vale entre 650 y 850 euros. Una PC portátil puede adquirise por 400, 500 y 700 euros la más cara y un Ipad por 650. Un libro sale por 20 euros como máximo (las novedades), de bolsillo por menos de 10 y un CD llega a los 10 como mucho.
Me estoy mareando con tantas cifras, así que pongo punto final, que ya está bien, y me voy a la taberna Doña Juana a tomar un vasito de vino tinto del tiempo, es decir, no helado, como tienen ahora la manía de servirlo en España en vez de “chambré”, como mandan los cánones.

© José Luis Alvarez Fermosel

Investigación: 
María Soledad Alvarez Fermosel

martes, 13 de enero de 2015

Página de dietario



“¡Volver, volver, volver…!”, decía una vieja canción. Vuelvo consciente de que mi vuelta significa que dejé algo atrás que desde ahora mismo forma parte de mi pasado.
Ese pasado que no pasa nunca, que ni siquiera es pasado, según dijo Faulkner. El pasado es sólo una dimensión del presente. Lo recuerda Javier Cercas en su libro “El Impostor” –un extraordinario trabajo de investigación-.
Vuelvo de mi querida sierra de Guadarrama, donde pasé de niño inolvidables veranos. En San Rafael, Cercedilla, Navacerrada, El Escorial…; sobre todo, El Escorial. Mi abuelo paterno, Pedro Alvarez Díaz, restauró, pintando al fresco como Miguel Ángel la Capilla Sixtina, los techos del monasterio de San Lorenzo de El Escorial, siempre lo digo.
Este viaje, del cual fue artífice mi hijo Juan Ignacio, me permitió reencontrarme con gente muy querida.
El reencuentro más emotivo fue el mío con mi primo Antonio Sánchez Carvajales. No lo veía desde que, después de viajar varios años por Europa y el norte de Africa regresé a España.
La celebración incluyó el dionisíaco condumio de un cochinillo asado, entre otras “delicacies”, por parte de Antonio, su encantadora mujer, Elizabeth Francis –que es “argeñola”, mitad argentina, mitad española-, la mía, Maite, que también es encantadora y argentina y mis hijos Juan Ignacio y María Soledad, que también son encantadores y “argeñoles”.
El festival gastronómico celebratorio tuvo lugar a las 14 del 8 de enero del año de gracia de 2015 en El Plantío 35, carretera de El Plantío, Majadahonda. Que conste en acta.
Hablando de festejos, recordemos que Belén Briones se casa el 25 del próximo abril. No se confirmó que el padrino vaya a ser Fernando López de Castro, el personaje más conspicuo del mundillo hípico de la sierra de Guadarrama. Profesor de varias artes marciales y practicante de otros deportes –entre ellos la equitación, naturalmente-, abogado, hombre de mundo, es querido y admirado por todos por su caballerosidad y su arrolladora simpatía.

La sierra y su influencia

La sierra de Guadarrama jugó un papel importante en la vida de los madrileños. En algunos de sus pueblos se libraron varias de las batallas más cruentas de la Guerra Civil (1936/1939), como la de Brunete, donde ahora Maite Sandeogracias tiene el Club Ecuestre del Valle, con caballos de salto que entrena Juan Ignacio y cría perros Jack Russell.
Tuvimos oportunidad de conocer allí a Patricia Madrigal, madre de dos amazonas adolescentes, Mencia y Teresa, alumnas de Juan Ignacio.
La sierra se fue recuperando y reconstruyendo. Gente de clase media y acomodada compró chalés y pisos y surgieron las ciudades dormitorio. Ahora tiene una gran pujanza. Muchas familias han dejado Madrid para instalarse en Villalba, Moralzarzal, Manzanares el Real, El Boalo, Tres Cantos. Tardan entre 25 y 45 minutos en bajar a Madrid en coche, según donde vivan, para acudir a sus trabajos. Al regreso, y los fines de semana, disfrutan de una atmósfera sin polución y de los menús a precios más que razonables de los mesones, tabernas y restaurantes que han proliferado en la sierra.
Muchos argentinos vinieron a estas latitudes e instalaron asadores que ofrecen la carne cortada y asada a su estilo. Les va muy bien.
Leticia cría gatos de la raza Bosques de Noruega. Presenta a los mejores en exposiciones internacionales y ya ha ganado varios premios. Ahora viaja a Finlandia, creo que a Helsinki, a una exposición. Con ella y su marido, Valentín, celebramos Maite, Juan Ignacio y yo la Nochevieja y comimos las doce uvas.
Alejandro y Javier siguen bien, de lo cual me alegro mucho. Fue bueno verlos y compartir con ellos y sus primos, que son mis hijos, la cena del 24 de diciembre.
Fuimos invitados a otras cenas y agasajos. Recordamos con especial agrado los ágapes con Alejandro Morales y Sandrin, Manuela Gayo y su marido Eduardo Fernández, Christel Kaberghs  y sus bellísimas hijas, Laura y Sara y el entrañable Javier Junoy, fiel amigo desde hace muchos años. Nos invitó a cenar una noche en un restaurante típico, al que acudió con sus padres y su esposa, Laura Roncada, una buena moza que tiene sentido del humor.
A Juanjo Vinagre, que se dedica a la gastronomía con buena mano, debemos el placer que nos produjo la degustación de un exquisito queso manchego en aceite que nos regaló.  
Una mención especial para la tortilla de patatas de Salomé Simón, encantadora criatura que a pesar de sus pocos años es una excelente cocinera.

Caballos, perros y gatos

No podemos olvidarnos de quienes el santo de Asís calificó de “nuestros hermanos menores”: los animalitos de Dios.
Los caballos del centro ecuestre Tovarich reclaman su pitanza de la noche con sonoros relinchos, mientras la luna llena, que se asemeja a un remoto farolillo chino, ilumina un cielo que presagia que va a nevar. Pero esta vez no nevó en la sierra de Madrid, no hubo Navidades Blancas.
“Ratatouille”, la gata nómada de María Soledad, me tomó ley, a tal punto que una noche sí y otra también entraba en nuestra alcoba, se subía a la cama y me daba un lametón en la cara, con esa lengua áspera como la lija de todos los gatos. Algún día amanecía acostada a nuestros pies.
“Chiqui”, la Jack Russell adquirida por Juan Ignacio a los dos meses de su nacimiento, retoza por doquier. Es juguetona y tierna y da la impresión de que también va a ser traviesa, como corresponde a su raza.
Tuvimos la suerte de encontrar y saludar a los perros “Rufo”, a la labradora “Lady”, que ya está muy viejecita, y a “Laly” (otra Jack Russell, ésta adulta).
Yo me topé un día con un hermoso lagarto verde, naranja y azul que tomaba el sol tan ricamente sobre una gran piedra plana, pero se asustó al verme, salió disparado y no tuvimos oportunidad de saludarnos.
He vuelto, sí. Pero dentro de poco me voy otra vez: me voy a una isla remota en la que me espera el capitán Nemo, que me llevará a bordo de su Nautilus a recorrer veinte mil leguas de viaje submarino.

© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 24 de noviembre de 2014

El Chiringuito de Sitges



Al chiringuito, entrañable tenderete, merendero o puesto de bebidas al aire libre que jalona las playas españolas, no se le ha hecho justicia; y, lo que es peor, suele ser menospreciado por algunos, que opinan que es irrelevante y populachero.
No es así. El chiringuito tiene entidad, y más arquitectura y enjundia que los puestos callejeros de venta de salchichas de Manhattan, por poner un solo ejemplo.
Si uno, para su fortuna, está de vacaciones en verano en la encantadora ciudad marítima de Sitges, muy cerca de Barcelona (España) irá a la playa, como es natural, a nadar en el azul Mediterráneo.
Antes de meterse en el agua habrá tenido la precaución de encargar una paella, una cazuela de mariscos o una fritanga de pescado y una sangría a un chiringuito. El sol, el mar, el ejercicio dan hambre y sed.
El chiringuito deriva de chiringo, que es como se llamaba a un tipo de café en Cuba. El líquido filtrado por la manga era el chiringo, que se convirtió en el chiringuito, sinónimo de chorrito.
Un tal capitán Calafell fundó en 1913 el primer chiringuito, llamado precisamente así: El Chiringuito, con ce mayúscula. Competía con el Pabellón del Mar, que frecuentaban emigrantes que se habían hecho la América.
Sobre una mesa con azulejos escribía a mano allí César González-Ruano (¿Dónde habrá ido a parar aquella lujosa pluma estilográfica de ebonita y oro, que como la sortija sabía ir sola a la casa de empeños?)

Huésped del mar

De El Chiriguito salieron el libro “Huésped del mar”, de Ruano, más otros 10 títulos y los artículos que escribía para el diario “La Vanguardia” de Barcelona y la revista “Destino”. Todo escrito entre 1944 y 1946.
Sergi Doria dice que después de vivir en París y en Berlín “(…) Sitges brindaba a César el microclima que encandiló al Rusiñol de las fiestas modernistas”. Cita como los primeros amigos del escritor a sus cofrades Ramón Planas e Ignacio Agustí, y a los pintores Pere Pruna, Durancamps y Sisquella.
No es fácil describir una ciudad tan bella como Sitges. En una página del libro “Huésped del mar” se lee:”¡Qué difícil de situar este enorme mundo tan pequeñito en superficie! Sitges es una villa clara y pequeña. Pero limita al Este con las Indias de los virreyes, al Oeste con las costas romanas y las islas giegas, al Sur con Andalucía y Marruecos, al Norte con la Mairie de Montmartre”…
Alexander Lobrano compara a Sitges –también llamada la Blanca Subur- con Saint Tropez, Ibiza, Capri y la isla de Hvas en Croacia.
Sitges es la sede permanente del Festival Internacional de Cine de Cataluña, uno de los acontecimientos cinematográficos más importantes de Europa.
Hay que visitar el Museo Cau Ferrat, la Iglesia de San Bartolomé y Santa Teresa y el palacio de Maricet.
Y hacer los honores a las “delicacies” gastronómicas de la infinidad de chiringuitos que constelan sus playas.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 2 de septiembre de 2014

Del cafetín de Buenos Aires a las "happy hours"



La piqueta del progreso no ha dejado en pie casi ninguno de los viejos cafés de Buenos Aires, muchos de ellos inmortalizados por el tango y otros convertidos en atracción para turistas, como El Tortoni,  en reductos de una intelectualidad contestataria, como La Paz, o en el peor  de los casos en bancos.
En el cafetín de Buenos Aires “(…) mezcla milagrosa de bohemios y suicidas… aquél aprendió… filosofía, dados, timba y la poesía cruel de no pensar más en ti…”.
Ya no se aprenden esas cosas en las modernas cafeterías –en las “happy hours”-, ni en los “pubs” con chopera de cerveza negra y camareros jóvenes en mangas de camisa, que te llaman “papi”,  te tutean y cuando les haces el pedido aprueban: “ Me parece bien”.
Los viejos tangueros del Abasto –el barrio de Carlos Gardel- y los no menos veteranos y eternos glosadores de aquel Buenos Aires del diario “Crítica”, Canaro y su orquesta y una calle Corrientes que nunca dormía, caldean ahora su nostalgia con un whisky en modernos bares con mesas de acrílico y profusión de plantas artificiales.
Uno de los cafés más llorados cuando cerró sus puertas fue La banderita, que nació hace casi dos siglos como posada, pulpería y casa de postas para el cambio de caballos. Estaba en el barrio de Barracas, del que era un hito y un mito. Algunos de sus parroquianos fueron contertulios del letrista de tangos Juan de Dios Filiberto, el pintor Quinquela Martín y el poeta Horacio Ferrer.
A un costado de “La banderita” se hizo una pista para las cuadreras –de 700 metros de longitud- en las que se disputaron las primeras carreras de caballos, precursoras de las que hoy animan los modernos hipódromos de Palermo y San Isidro.

Se jugaba mucho dinero

Se jugaba mucho dinero y en el puesto demarcatorio del final –recuerdan los memoriosos-, los perdedores se consolaban de su mala suerte echando un trago, o sea, varios, en la pulpería de Salvador Troise, “El cohetero”, así llamado porque tenía una fábrica de fuegos artificiales.
A muchos viejos restaurantes también se los llevó la trampa. Algunos, remodelados y “aggiornados” como “Bachín” y “Pichín”, reabrieron sus puertas muchos años después y ahí están, sin el carácter, el color y el calor que tuvieron cuando la genta hacía cola en la noche porteña frente a sus puertas.
Las corcheas convivían en esos reductos del buen comer -¡y barato!- con las fusas…y los chorizos parrilleros, mientras las voces canoras y sonoras de poetas urbanos –e incluso suburbanos-, como Alejandro Vignati y Daniel Giribaldi rebotaban contra las ristras de jamones colgados del techo y los anaqueles, barrocos de una botillería abundante y lujosa que albergaba amorosamente los caldos vernáculos.
Ahora quizás se coma mejor en Buenos Aires, o al menos más variado, pero ni mucho menos barato; ni hay tertulias de café, ni corre la ginebra de barril, ni nadie recita versos “lunfa”.   
“Altri tempi”.
Yo voy a consolarme a Clásica y Moderna, que subsiste como una bandera que el viento haga flamear en el palo mayor de un elegante paquebote. En la Clásica hay de todo, incluso libros. Y, lo más importante, está Natu Poblet.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 26 de noviembre de 2013

Costas, galeones y filibusteros


El pirata inglés Francis Drake descubrió hace cinco siglos el saliente rocoso de la costa atlántica argentina conocido como Cabo Corrientes.  
Los peñascos que emergen del mar allí muestran pintadas amorosas, que no políticas-: Ramón ama a Helena –Helena con h, como la Hélade eterna-; Nidia y Roberto, en el centro de un corazón atravesado por una fecha; siempre te quise, Aurora… y firma Oscar, con melancolía de despedida.
Tonos castaño-rojizos, telúricos, de gruta del cuaternario en la milenaria roca color cáscara de huevo, que van carcomiendo las olas.
Fantasmas de piratas, con Francis Drake a la cabeza, aletean en el hábitat marítimo y romancesco.
Sobresale Cap Lob, batería rocosa que guarda recuerdos de naves con la bandera negra con la calavera y las tibias cruzadas, cañoneos, abordajes y tesoros en arcones de madera con flejes de hierro hundidos en el fondo del mar.
Drake tenía apenas 30 años cuando, en 1575, navegó por el Atlántico y pasó con su nao piratesca frente al actual paralelo 38 de la América India.
Arriscado, depredador y sanguinario, el filibustero a quien la realeza de la prepotente Britania otorgo patente de corso, fue un insaciable saqueador de estas costas.
Desvalijó los galeones españoles que hacían la ruta de las especias, tratando  de llevar a buen puerto los tesoros del Nuevo Mundo.

Mar del Plata

Drake recibió honores y riquezas de Inglaterra y se le tributaron homenajes póstumos, En San Francisco  (Estados Unidos) llevan su nombre una avenida, un gran hotel e incluso un colegio de enseñanza secundaria. En la ciudad alemana de Hornung una estatua perpetúa su memoria. El mar de Hoces, descubierto por el navegante español Francisco de Hoces en 1526, lleva su nombre.
Quizás haya sido Drake, por otra parte, el primer hombre blanco que fijó su mirada en un paraje entonces inhóspito en el que, andando el tiempo, se fundaría una ciudad llamada Mar del Plata.
A unos 400 kilómetros al sur de Buenos Aires, Mar del Plata es hoy la principal ciudad balnearia del país. En verano se convierte en la capital de la República, o poco menos.
Moderna, proteica, abigarrada y variopinta está teñida de romanticismo. En una de sus playas se suicidó, internándose en el mar, vestida de blanco y descalza, la poetisa argentina Alfonsina Storni.
Drake no era precisamente romántico sino, por lo contrario, muy pragmático. Recorrió estas costas y confeccionó su carta marítima –por lo general las robaba-  tomando como punto de referencia los accidentes geográficos más destacados.

“Cap Lob”

Un día divisó con su catalejo miles de bultos negros que se azacaneaban en un rocoso promontorio. Aproximó su barco y advirtió que los bultos eran lobos marinos. “¡Cap lob!”, gritó en su mal español. Y desde entonces aquello fue “Cap Lob” para él.
El pirata siguió viaje, llegó al Atlántico Sur y se convirtió en el primer inglés que cruzó el estrecho de Magallanes.
En el Pacífico prosiguió asaltando cuanto navio español se le ponía a tiro de cañón.
Al margen de sus principales actividades, que eran el robo, el degollamiento y los incendios de pequeños poblados indefensos, Drake descubrió el accidente costero que bautizó como “Cap Lob”.
Franncis Drake no murió espada en mano en la cubierta de su barco “Golden Hind”, aguardando un abordaje. Terminó sus días, a los 53 años, en Portobelo (Panamá) a causa de una disentería galopante.
Cuando se fundó Mar del Plata, en 1874, “Cap Lob” fue rebautizado como Lobería Chica.
Después el lugar se hizo habitable, incluso turístico, y se le llamó Cabo Corrientes.
Un gran poeta argentino, Julio Huasi, que conoció muy bien esos parajes, se inspiró en ellos para escribir un poema que comienza diciendo: “El maringote hizo motín, tomó su nave y se fue con su brujúla infernal rumbo a los ángeles.

© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Volvió el calor



De un invierno, o de las postrimerías de un invierno, más bien, que hace unos días parecía que quería quedarse para el diablo sabe cuándo, hemos pasado sin transición a un verano anticipado con una temperatura oscilante entre los 26 y los 34.5 grados centígrados en Buenos Aires.
Mientras tanto arden campos en grandes extensiones del país, incendiados por combustión espontánea –se dice-.
Pobre Argentina, país sufrido si los hay, que ni los fenómenos meteorológicos le dan tregua.
Las lluvias torrenciales, que se suceden con frecuencia, provocan inundaciones que se llevan vidas y dejan secuelas de destrucción y ruina.
Precisamente ahora se anuncian lluvia y frío para dentro de unos días.
Todo anda manga por hombro.
Tendremos que apagar los incendios, lo primero.
Y poner al mal tiempo buena cara.
Parecemos ingleses, hablando del tiempo.

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

viernes, 6 de septiembre de 2013

El invierno quiere quedarse



El invierno porteño, o de Buenos Aires, que es lo mismo, se empeña en resistir contra viento y marea hasta el fin de su mandato, y sabe Dios si no tiene “in mente” incluso prolongarlo, quedándole ya como le queda menos de un mes para irse con la música, es decir, con el frío a otra parte.
Lo que haría un político, aúpado a un sitial. Un político de cualquier cuño aquí  y en Pekín, al que desde hace ya algún tiempo se le llama Beijin y a uno le suena a beguin: “Beguin the beguin”, una vieja canción de Cole Porter.
Lo real, ya sin más zarandajas, es que hace frío por todas partes y abunda la gente resfriada:  acatarrada, con gripe, con anginas, con bronquitis.
Nos dicen que muchos hospitales y empresas de medicina privada tuvieron que ampliar sus guardias, porque no daban abasto atendiendo gente afectada por el  frío glacial.
En la calle la gente camina lo más rápidamente que puede, super abrigada y dándose a todos los diablos.
No faltan las cosas, llamémoslas… raras, propias de este mundo raro, y ésto también tiene música.
Una muchacha con una de esas parkas con capucha, “jeans”… ¡y los pies desnudos!, pedalea disciplinada y frenéticamente por la bici senda que le corresponde.
Tomamos un café en un “restó bar” –denominación acuñada en el remozado barrio capitalino de Palermo-, que por fortuna tiene barra y por lo menos un par de taburetes.
El local tiene nombre italiano, Spiga, y la decoración y el ambiente recuerdan a cualquier bar de Montparnasse-. Pero es de españoles.
En el centro del salón, para hacer honor al nombre del bar, unas largas espigas sobresalen de una especie de redoma de cristal oscuro.
Dicen que va a nevar.
Pues muy bien:  año de nieves, año de bienes.

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 9 de mayo de 2013

El Rastro, la magia de mil y un milagros menores (y II)

El Rastro, otra reminiscencia más del Madrid de los Austrias, como el viejo barrio que bulle a la vera de la Plaza Mayor, no lejos del centro geográfico de la Villa del Oso y el Madroño, es algo tan típico, tan madrileño como Las Vistillas, el parque del Retiro, el río Manzanares, la Cibeles, el Puente de Toledo o el Paseo del Prado. Inmutable al paso de los años y los regímenes políticos, más que por su pragmatismo comercial es popular, incluso famoso por su aire tan especial, tan característico, distinto al de los otros mercados y ferias; por su tipismo tan peculiar y ese constante vocerío que curiosamente no le ensordece a uno.
En la Ribera de Curtidores están los mejores anticuarios del Rastro. Cuando se baja desde la Plaza de Cascorro por la Ribera, en el lado izquierdo, están las Galerías Piquer, que llevan el nombre de su promotora, la popular tonadillera valenciana Conchita Piquer.
Las Galerías Piquer se inauguraron en 1950. Ocupan un edificio dominado por una torre, por cuya entrada se accede a un patio central. Los tejados son de pizarra. En su interior hay 70 tiendas de antigüedades.
Suelen verse en el Rastro personajes madrileños típicos, como el vendedor de barquillos, o un payaso vestido de colores, con su roja narizota, para la diversión de los niños. También pueden hallarse músicos desconocidos tocando sus instrumentos, rodeados de aficionados a la música en vivo.
A mitad de camino se abre la plaza General Vara de Rey, plagada de ropas y muebles. De ahí sale la calle de Rodas, con puestos con objetos antiguos: instrumentos musicales, artículos de cuero, herramientas, libros de segunda mano y revistas viejas. Hablando de libros, donde los hay a mogollón es en las cercanas calles del Carnero y Carlos Arniches.

La leyenda de las perlas

El Rastro es pródigo en leyendas, como la de la señora que compró a un vendedor, que dijo ser un marinero de Córcega, un par de muñecas de porcelana vestidas con ropas deslucidas y manchadas. La señora se fue a su casa con sus muñecas y empezó a lavarlas. Una de ellas se le escurrió de las manos y se cayó al suelo, haciéndose pedazos. Y, ¡oh, milagro!, entre éstos había un puñado de perlas legítimas y bellísimas.
La señora en cuestión fue al Rastro el domingo siguiente para entregarle las perlas al vendedor, pero éste había desaparecido misteriosamente y nadie supo darle su paradero.
El Rastro ocupa un lugar en la literatura, y hasta en un diccionario: el de Madoz, de 1847. Ramón de Mesonero Romanos lo cita en varias de sus obras, en las postrimerías del siglo XIX. Otro autor de esa época que describe el Rastro y su incipiente mercado es Fernández de los Ríos, en su primera edición de Guía de Madrid de 1876, denominándolo “mercado de objetos viejos”. Ramón Gómez de la Serna le dedicó en 1914 una obra monográfica.
El Rastro ha sido citado en canciones, entre ellas una de Joaquín Sabina en la que también menciona al barrio San Telmo de Buenos Aires. Se titula “Con la frente marchita”.
También fue llevado al cine. Se filmaron cinco películas. Las mejores fueron Domingo de Carnaval (1945), de Edgar Neville; Día tras día (1951), dirigida por José María Forqué y Laberinto de pasiones, de Pedro Almodóvar (1984).
Después de un largo recorrido por la Ribera de Curtidores es lógico que tengamos hambre y sed. En cualquiera de los restaurantes, tabernas, tascas, bares y cafés que circundan el Rastro podemos tomar unas cañas -vasos de cerveza tirada a presión-, con su correspondiente aperitivo, o café cortao, o solo. Y carajillos: café con coñac, o con anís.
Se echa en el vaso –porque el carajillo se toma en vaso- el café muy caliente, se añaden dos terrones de azúcar y se vierte sobre ellos un chorrito de coñac, o de anís. E inmediatamente se prende la mezcla.
Da gusto ver salir del vaso unas pequeñas lenguas de fuego azul, que se apagan enseguida. Pero ahora también ha cambiado la manera de hacer el carajillo, que se limita a echarle al café el chorrete de coñac o de anís y una cucharadita de azúcar, porque tampoco hay ya terrones de azúcar ni se practica el ritual del flambeado. Los vendedores del Rastro suelen beber cazalla –un aguardiente anisado muy fuerte- y vino tinto.
En verano la estrella es el tinto de verano: vino tinto, un poco de gaseosa dulce o zumo de lima-limón, unos cuantos cubitos de hielo y una rodaja de naranja. Es muy refrescante, muy rico, que es lo más importante, y quita la sed.
¿Y para comer? Nada como el cocido de Malacatín, que está ahí al lado, en la calle de la Ruda. En Malacatín y en La Bola se comen unos cocidos formidables, que llevan todo lo que se le echa a este condumio tan nuestro, tan madrileño.
Hay otros restaurantes y tabernas muy cerca, en las que pueden degustarse platos típicos madrileños como los callos, la tortilla de patata, el bacalao a la vizcaína, la paella, las gambas al ajillo, las judías con chorizo, y, naturalmente el jamón pata negra, cortado con hacha, si es posible; el lomo embuchado y el queso manchego, sin despreciar las sardinas en aceite y los boquerones en vinagre.
Los madrileños llevamos el Rastro en nuestro corazoncito. Y quién más, quién menos, tiene alguna anécdota que contar, o un recuerdo que guardar in mente, aunque sea tan mínimo como las notas de un chotis interpretado al organillo por una viejecita con un pañuelo negro a la cabeza; o quizás la música sea un viejo pasacalle zarzuelero: el de La Calesera, por ejemplo, que se nos queda en la cabeza durante algunos días, mientras soñamos con viejos y queridos tiempos.
Hasta que alguna mala noticia nos devuelve brúscamente a la realidad: nos dejamos olvidado el celular en una farmacia, nos han pagado un artículo con un cheque sin fondos, o se nos tilda la computadora, que se queda como muerta y nuestro técnico se ha ido a hacer un curso a Copenhague.
Y dejamos de ser el Garcín que tenía en el cerebro un pájaro azul del cuento de Rubén Darío.

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:
El Rastro de Madrid, la magia de mil y un milagros menores

miércoles, 8 de mayo de 2013

El Rastro de Madrid, la magia de mil y un milagros menores


 
Madrid. Estación de metro Tirso de Molina, abierta al público el 26 de diciembre de 1921 con el nombre de Progreso. El 10 de julio de 1939 se le cambió ese nombre por el de Tirso de Molina, en honor del fraile mercedario llamado en realidad Gabriel Téllez, autor de varias obras de teatro. Se le atribuyó la creación del mito de Don Juan Tenorio, pero fue más conocido por su Don Gil de las calzas verdes.
Se sale del metro, se camina un poco por la calle Duque de Alba y se llega a la plaza de Cascorro, presidida por la estatua de Eloy Gonzalo, un soldado español que incendió él solo un fortín enemigo en la guerra de Cuba, sabiendo que de esa acción no iba a salir vivo.
El rey Alfonso XIII mandó erigir la estatua que perpetúa la memoria del héroe, que también da su nombre a una calle que va de la glorieta de Quevedo a la de Iglesia.
Antes de empezar a recorrer la amplia zona triangular que ocupa el Rastro, delimitada por las calles de Toledo y Embajadores y la Ronda de Toledo, podemos hacer los honores a unos deliciosos pastelillos y un vaso de leche con canela en la cercana pastelería de la calle La Encomienda.
Así confortados, iniciaremos el recorrido del lugar que se llamaba Rastro porque allí se mataban reses para la venta de carne y, hasta hace poco también existían mataderos de cerdos. Los animales sacrificados dejaban un rastro de sangre. El humor negro español no encontró otro nombre más apropiado para este gran mercado al aire libre, que se fue configurando con el tiempo.
En las inmediaciones estaban las tenerías, o curtiembres en las que se trabajaban las pieles. Otra acepción de la palabra rastro es la del radio en que se extiende la jurisdicción de un lugar. La antigua plaza del Rastro constituía la comunicación del centro de Madrid y de la calle Toledo con el barrio de Embajadores.
Fue parada de ociosos, pícaros y lugar donde se pudo comprar y vender de todo. El tío Carcoma se hizo rico gracias al comerció de utensilios viejos. Poseía veinte casas en el barrio. Desayunaba una cebolla y un pedazo de pan, y en el almuerzo sólo comía un plato de verdura cocida. Vivió hasta los 98 años, en pleno uso de todas sus facultades mentales.
El Rastro de Madrid surgió aproximadamente en el año 1740, en las cercanías del Matadero de la Villa. Mercado de pulgas al aire libre, similar al Waterlooplein de Amsterdam, el Port Portesse de Roma o Portobello Road, en Londres, despliega su magia multicolor por la castiza Ribera de Curtidores.
Es quizás menos abigarrado, quiero decir, menos colorido que El Mercado de las Pulgas de París, o que los zocos marroquíes de Tánger, Casablanca y Fez, la ciudad blanca, -huele mucho mejor...-, pero no pierde tipismo en la comparación.

La cueva de Kim de la India

Mercado de los mil y un milagros menores, el Rastro madrileño es, en cierto modo, una suerte de cueva moderna del Kim de la India de Kipling, pero en barato. Todo es, todo significa, en teoría, una... "oportunidad".
Es el paraíso de la ganga, también teóricamente. Porque a veces la ganga resulta no serlo, razón por la cual es, o mejor dicho, era fundamental saber comprar.
El regateo, que no dejaba de tener su enjundia, y además había que saber practicarlo pertenece al pasado, como tantas otras cosas. Ya no se regatea, por lo menos en todos los tenderetes del Rastro.
La última vez que fui quise comprar un paraguas de esos enormes, que parecen hongos gigantescos cuando se despliegan. El vendedor, un hombre joven, cetrino y enjuto, con cara de pocos amigos, me dio un precio. Empecé a regatear con una media sonrisa, como respondiendo a un juego tácito, y el muchacho me arrancó de las manos el paraguas que estaba examinando; y me dijo, destempladamente: "¡No hay rebaja, el precio es fijo! ¡Paga lo que le pido y se lleva la mercancía o la deja!".
Me fui, antes de que enrollara el paraguas y me midiera las costillas con él. Han cambiado muchas cosas en Madrid, algunas no precisamente para mejor.
En el Rastro proliferaron antaño algunas galerías que conservan el estilo de ese zoco tan peculiar. Pero lo verdaderamente genuino son los puestos -que en número de 3.500, y visitados por unas 100.000 personas cada domingo-, se alinean uno al lado del otro y están regentados por personajes que parecen salidos de caricaturas de viejos periódicos.
Ahora también hay muchachas bonitas -ya sin una flor pelo-, con pantalones vaqueros y parkas de símil cuero, o jóvenes con tatuajes y una mosquita bajo el mentón. E inmigrantes de varios países latinoamericanos, incluso de Europa.
Todavía pueden encontrarse en el rastro gitanos, alguna matrona robusta y morena o un hombre con boina negra y el rostro atezado, que sonríe y se ve que le faltan algunos dientes, lo cual no le impide hablar con ese acento madrileño castizo que uno ha perdido ya.
El Rastro fue declarado Patrimonio Cultural del pueblo de Madrid en 2002. El mejor día, y la mejor hora para visitarlo es el domingo por la mañana, entre las 9 y las 15. A partir de las 11 o las 12 es cuando está en su salsa. Hay que recorrerlo despaciosamente, desde la llamada Cabecera del Rastro, o Cascorro, hasta el final, primero por una acera y una vez que se llega al final, por la otra, hasta volver al punto de partida.
Todo un mundo policromo y variado, típico pero sin "typical", capta al viandante con su indefinible encanto, fuerte como el aroma de un vino viejo. Todo lo imaginable, incluso lo no imaginable, está en el Rastro, así llamado también porque puede seguirse el rastro de cualquier cosa... ¡y encontrarla!
El Rastro tiene su público y sus compradores, como la Plaza Mayor tiene los suyos -la  mayoría de los cuales son filatélicos que aprovechan las ofertas de sellos los domingos por la mañana-.
Es un verdadero recreo para la vista contemplar la amalgama de las variadas y heterogéneas mercancías que se apilan en las veredas, a veces sobre mantas extendidas, otras en las añosas vidrieras de comercios heredados de padres a hijos, otras en puestos minúsculos donde se entremezclan relojes de todos los modelos y las épocas con antiguas cigarreras de plata, desvaídas acuarelas japonesas, lámparas de pie, pipas de espuma de mar, culatas damasquinadas de viejas espingardas, cajas de música, gorros cuarteleros, camafeos polvorientos, algún zapato sin pareja y hasta coloridos y locuelos vestidos de una tía de la época en que se bailaba el fox trot.
También hay clavos, que casi siempre van a parar a las manos de los incautos, o de los turistas. Pero son más las oportunidades que los chascos.
Algún descuidero, algún carterista se cuela de tanto en tanto entre la gente para terminar, casi siempre, en manos de la policía, porque agentes de la secreta se mezclan con el público.
En el Rastro huele a todo: a los calamares que se fríen en las tascas aledañas, al cuero de las talabarterías, el barniz de los cuadros, las castañas asadas, en invierno. No falta el aroma de un viejo perfume, Maderas de Oriente, procedente de una señora mayor y que le retrotrae a uno a épocas pasadas, porque su abuela usaba a veces esa esencia. En primavera huele a flor de naranjo.

© José Luis Alvarez Fermosel

Sigue…