martes, 29 de enero de 2013

Las calles siguen en su sitio



La calle la Palma, 70, 3º 1. En esa dirección se habrían recibido cartas de otro continente, de no haber habido Internet, y por consiguiente correspondencia electrónica.
Cartas como las que llegaban a otra calle de la misma ciudad: Sánchez Preciado, 9 –antes fue 7-, 1º 4.
Cantaba Raphael: A veces llegan cartas…
Os echo mucho de menos… Esto es muy distinto… Quizás el año que viene pueda viajar…
Iba pasando el tiempo. Hasta que la lejanía se hizo carne.
- Mitad emigrante, mitad embajador.
- Es usted muy amable.
- ¿Qué título tiene usted?
- Der Ausgang giebt der Taten ihre Titel? (1)
Se difuminaban paisajes lejanos. El templo de Debod –desde el que se contempla el atardecer como en ningún otro lugar-, los jardines del Campo del Moro (foto), las Vistillas, el parque del Retiro, el paseo de Rosales…
Las calles se iban a otros lados; pero, no: era que se le enredaban a uno en el recuerdo. Las calles siguen en su sitio. Las vimos, y paseamos por ellas alguna vez que fuimos -para volvernos a ir…-.
La calle Cardenal Cisneros. Allí llevamos a la paloma herida.
¿Qué calle será la última por la que uno transite?

Los árboles se metían en los portales…

Los árboles, como decía aquel poeta, se metían en los portales. ¿O el poeta nunca dijo eso y fue una ocurrencia de Adela?
El almendro del jardín florecía siempre antes de tiempo, justo después del deshielo de la última nevada, antes de que llegara la primavera .
La estancia se llenó del olor de la tierra caliente enfriada por el agua. Ginevra la aspiró fuertemente, como un perfume exótico y turbador…
Ginevra de Saint Clair –que no tenía nada que ver con la Ginevra de Camelot- había espiado para el Sur en la guerra norteamericana de Secesión. A su término, se instaló en Barataria Bayon, en la Louisiana, en una casa al pie de un enorme roble de cuyas centenarias ramas pendían, como jirones de materializada niebla, grandes masas de “musgo español”.
La novela se titulaba El exterminio de la “Calavera” y su autor era José Mallorquí. Ginevra muere en los brazos de César de Echagüe de un balazo de rifle, en una emboscada tendida por la banda de la Calavera.
El anillo Gladdagh: Let love and friendship reign… (2).
La penumbra de color amatista se ha convertido en una noche profunda.

1) ¿Acaso el resultado no debe decidir cuál ha de ser el título?
2) Que reinen el amor y la amistad.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 26 de enero de 2013

Un emblema dentro de un emblema



Si la canción “Alone” de la película “Una noche en la ópera” de los hermanos Marx es, o fue un “hit”, la escena del camarote que ilustra estas pocas líneas es un emblema dentro de un emblema y una de las más hilarantes de la cinematografía cómica mundial.

© J. L. A. F.

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viernes, 25 de enero de 2013

"Alone"



La primera vez que escuché la frase “Alone, alone with sky of romance…” (Solo, solo con cielo de romance…) no sabía que formaba parte de la letra de una canción de la película “Una noche en la ópera”, quizás la más disparatadamente cómica de los hermanos Marx.
Se filmó en 1935 y llegó a España por lo menos diez años después. No me acuerdo de cuando la vi yo. Lo que sí sé es que la vi varias veces, pues la reestrenaban con frecuencia, y tampoco se me escapó cuando volvieron a darla o la proyectaron en un cine club. Ahora la pasan cada dos por tres por televisión.
De chico me gustaban mucho los hermanos Marx, que siguieron gustándome de grande.
No voy a decir nada de “Una noche en la ópera”. Ya se dijo todo lo que se tenía que decir.
Sólo recordaré que fue la sexta película de los hermanos Marx, la primera que filmaron para Metro Goldwyn Mayer después de romper con Paramount y, también, la primera sin Zeppo.
Dirigida por Sam Wood, se considera que fue la mejor estructurada de todas.
Incluye once números musicales. El “hit” fue “Alone”, de Herb Brown –también autor del tema “Singing in the rain”-. Kitty Carlisle y Allan Jones la interpretaron magistralmente.
“Alone” se convirtió en la canción del año (1935).
Hay muchas versiones. Una muy buena se debe a los violines de George Melachrino.
La que he posteado aquí es de Allan Jones e incluye la letra en inglés. No la he traducido porque sé que todos, o casi todos leéis inglés.

© José Luis Alvarez Fermosel

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martes, 22 de enero de 2013

La rueda loca del disparate

En esta rueda loca de insensateces y disparates tan de moda entre jóvenes y no tan jóvenes, consignamos como “dernier cri” el “desafío de la sal y el hielo”.
El nuevo… "juego”, muy popular entre adolescentes, consiste en esparcir sal sobre la piel en cualquier parte del cuerpo, añadir hielo, apretar y resistir la mayor cantidad de tiempo posible.
Según Infobae.com –que cita un artículo del diario chileno El Mercurio sobre el asunto-, al llevar la sal y el hielo el punto de congelación a 17 grados Celsius bajo cero se producen quemaduras muy graves en la piel, que podrían llegar a inmovilizar la parte del cuerpo expuesta a esa tortura voluntaria.
Algunas lesiones se convierten en crónicas. Los hospitales de Argentina y de otros países se abarrotan recibiendo a practicantes de este nuevo “divertimento”.
La actual boga no desplazó a las que cultivan quienes saltan de un balcón a otro en hoteles, se arrojan a la piscina desde los pisos más altos o se precipitan de desde los puentes colgados con cuerdas, llegan casi a la asfixia –no durante el sexo, sino en casa con los amigos, por encapucharse con caperuzas de plástico, o la de las jóvenes diabéticas que dependen de la insulina y dejan de tormarla para mantenerse delgadas.

Ya no se bebe como antes

Tampoco se bebe ya como antes. Los jóvenes de hoy en día, es decir, los pertenecientes a familias de clase media y alta –que son los que tienen dinero- practican el “eyeballing”, consistente en “dividir” el tradicional “shot” de tequila –trago de jóvenes de “disco”-, que se toma con sal y limón: este último se lo echan en los ojos como colirios, la sal se aspira por la nariz y la tequila se bebe.
Lo último de lo último es instilar la tequila, el vodka o la bebida alcohólica que sea por cuanto orificio posee el cuerpo humano: menos por la boca, naturalmente.
Los que sigen a rajatabla estas “modas” o “juegos”, destinados a liberar adrenalina, cuanta más mejor, son legión.
Por fortuna abundan, para nivelar la balanza, jóvenes que se dedican  a estudiar, tienen novia, llevan vida de familia,  practican los deportes de toda la vida y –ellas, sobre todo- no se empecinan en adelgazar hasta caer en la anorexia.   
Son aquellos de quienes se dicen que no son “cool” ni “fashion”, y en los que muchos de nosotros hemos depositado la esperanza de que sean capaces de crear un mundo mejor.

Ese mundo mejor…

Son muchos los jóvenes que se ganan la vida honrada y esforzadamente trabajando en oficinas, talleres, fundaciones y otros que desempeñan desde adolescentes oficios como la albañilería, la pintura de paredes, la plomería, la carpintería o son enfermeros o conducen taxis.
No te piden un trapo nada más llegar como hacen lo mayores, ni abandonan de pronto el trabajo para ir a tomar la ginebrita, ni dejan todo después hecho un desastre. Limpian lo que han ensuciado y se van dejándote la casa como la encontraron.
Quizás ellos y los que estudian, y los que estudian y al mismo tiempo trabajan nos dejen ese mundo mejor con el que soñamos.
Nada bueno podemos esperar, en cambio, de tanto necio, mentecato, badulaque, fatuo, petulante, esnob y tilingo que juega a matarse y acaso un día lo consiga, o mate a alguien para ver si puede cometer el crimen perfecto, como soñaban Leopold y Loeb (1), o a para ver qué se siente.

(1) Estudiantes de leyes de adineradas familias de Chicago que asesinaron en 1924 a Robert “Bobby” Franks, de 14 años, con el único objetivo de cometer un crimen perfecto. Fueron descubiertos, detenidos, juzgados y condenados a cadena perpetua. El prestigioso abogado Clarence Darrow los salvó en su alegato final de la pena de muerte. Loeb murió a los 30 años de 58 heridas que le infligió con una hoja de afeitar en los baños de la prisión su compañero de celda, James Day. Leopold fue indultado después de 30 años de reclusión, rehizo su vida y murió a los 66 años de un infarto de miocardio.

© José Luis Alvarez Fermosel


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viernes, 18 de enero de 2013

¡Año tras año, qué cansancio...!



Uno fue y vino de aquí para allá, siempre ligero de equipaje –como dijo Antonio Machado en uno de sus versos-, y no pocas veces también ligero de bolsillo, lo cual no tiene la menor poesía, ni machadiana ni de ningún otro estilo.
Nuestra vida está marcada por idas y venidas, esperas en estaciones y aeropuertos a personas que nunca llegaron, no yendo a aeropuertos y estaciones a los que tenía que haber ido a encontrarse con alguien que acaso no acudiera a una cita concertada sin mucho entusiasmo, después de todo.
- ¿Por qué te fuiste?
- No, si es que no he venido.
Uno ha visto a un sinfín de gente que quería ver y a un sinfín de gente que no quería ver.
Vio ciudades, paisajes, rincones, lugares donde se reúnen hombres y mujeres a contarse sus penas y alegrías, otros donde se bebe y se discute y otros donde se bebe en silencio, cada uno con su copa y sus pensamientos. No es uno de ir a beber solo a los bares.
Uno ha corrido, también. Unas veces delante y otras detrás.
El río Watanay (ilustración), que surca el Cuzco, tiene tres nombres en quechua: “Plunim Waylla”, que significa el amarrador, porque al deslizarse por su cauce va atando paisajes.
Su segundo nombre es más poético: “El caminante de las praderas”, porque sus aguas son lo único que se mueve en la llanura inmensa. El río Watanay fluye por el Cuzco desde antes de la conquista. ¡Lo que habrá visto!
De ahí su tercer nombre: “Watan Watanay”, que quiere decir: “¡Año tras año… qué cansancio!”
 
© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 17 de enero de 2013

Los perros de las estaciones de tren



Los perros de las estaciones de trenes y autocares de larga distancia suelen ser de color canela y tamaño mediano.
Tienen los ojos ambarinos y la mirada resignada y fatalista de quien ya vio todo lo que hay que ver.
Zascandilean entre los viajeros distraídos y rondan la cafetería, a ver si pescan restos de una medialuna o un “sandwich” en el suelo.
Son perros sin dueño, nadie los cuida, carecen de afecto. Pero están hechos a su vida errabunda y bohemia. Al menos gozan de libertad. Y no sufren, como los callejeros.
Los perros se habitúan a vivir esa vida que se llama de perros, que a decir verdad es vida de hombres y no es vida ni es nada.
De raza indefinida, o mezcla de varias, casi todos parecen tener algo de ovejero alemán. Suele verse de vez en cuando un ejemplar más pequeño, de lanas sucias, echado junto a un poste indicador, como si esperara la llegada de un tren que le condujera a un destino mejor.

Nadie se fija en los perros de las estaciones

A alguno de esos perros le da de pronto por seguir a una familia en la que hay un niño al que llevan de la mano, que vuelve la cabeza con ganas de soltarse e ir a acariciar al gozque en la cabeza. Este lo advierte y sigue al grupo, al que termina por abandonar en cuanto ve que gana distancia y pronto desaparecerá de su vista para siempre.
Nadie, o muy poca gente se fija en los perros de las estaciones. Aunque en las cafeterías a las que me referí antes no es raro que alguien les dé de comer, y agua, lo más vital, lo que más les cuesta encontrar.
Es muy posible que el hecho de que nadie repare en los perros de las estaciones de trenes y microbuses se deba a que son pocos, están dispersos en recintos muy amplios y saben cómo ponerse a buen recaudo.
Si fueran más ya se le habría ocurrido a un obispo católico exterminarlos, envenenándolos, por ejemplo, un procedimiento de gran eficacia y precisión para borrar a un ser viviente de la faz de la tierra, muy utilizado por los príncipes de la iglesia en el pasado.
En Punta Arenas, Chile –la ciudad más austral del mundo, entre paréntesis-, el obispo católico Bernardo Bastres impulsó recientemente una masiva matanza de perros sin amo en nombre de Dios.

© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 14 de enero de 2013

Diez segundos


“Las cosas importantes pasan en diez segundos“.
Esto dijo el cantante y compositor español Alejandro Sanz en una entrevista que le hizo, algún tiempo atrás, Emilse Pizarro en la revista de los domingos del diario La Nación de Buenos Aires.
Al final de la entrevista hay una compilación –me parece que hecha por Daniel Balmaceda- de una infinidad de cosas, en varios órdenes, que pueden hacerse en diez segundos.
Si uno se pone a pensar, mientras mira el segundero de su reloj, puede llegar a imaginarse mucho de todo lo que puede hacerse en tan exigua cantidad de tiempo.
El tiempo es más elástico de lo que parece.
Por eso bastan diez segundos para encontrar dinero en el bolsillo, decir que sí, que uno quiere casarse, poner un coche en marcha, que el cajero automático te trague la tarjeta y pasar del chiste a la risa.
En diez segundos fue guillotinada María Antonieta y en el mismo tiempo se consumaron los asesinatos de Mahatma Gandhi, John F. Kennedy y su hermano Robert.

El duelo en el Corral Ok duró menos de treinta segundos

Entre las muertes trágicas y rápidas que hicieron historia se destacan las de Frank y Tom McLowery y Bill Clinton, abatidos por Wyatt Earp, sus hermanos Virgil y Morgan y John “Doc” Holliday en un duelo a revólver disputado cerca del Corral Ok, en la calle Freemont de la sepulcral ciudad de Tombstone (1), Arizona, Estados Unidos, el 26 de octubre de 1881.
El enfrentamiento comenzó poco después de las dos de la tarde y duró apenas 30 segundos. durante los cuales se dispararon 34 tiros de revólver y escopeta, datos que se deben al diario “El Epitafio” –editado entonces por John R. Clum-, cuyos reporteros  contemplaron la sarracina desde las ventanas de la sala de redacción, enfrente del Corral OK.    
Los Earp y Doc Holliday –todos menos Wyatt resultaron heridos, aunque no de gravedad- fueron sometidos a un juicio que se celebró el primero de noviembre de 1891. El magistrado Wells Spicer los declaró inocentes de culpa y cargo.
El duelo en el Corral Ok fue uno de los episodios más resonantes de la historia del Oeste americano. Innumerable películas y relatos lo inmortalizaron. Entre los últimos, una novela experimental del escritor español Camilo José Cela –premio Nobel de literatura 1989-, titulada “Cristo versus Arizona”
  
(1) Piedra de tumba, losa, lápida.

© José Luis Alvarez Fermosel

Notas relacionadas:

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