domingo, 14 de noviembre de 2010

Las mujeres no saben comprar el pan

Las mujeres, por regla general, no saben comprar el pan. No conjugan bien el maravi­lloso verbo ir por el pan.
A las mujeres, o a muchas de ellas, se les plantean problemas con el tiempo y con el pan, problemas que no suelen planteársenos a nosotros, los hombres, que ya desde pequeños sabemos ir a comprar el pan, como se ve en la foto que ilustra esta columna.
Infinidad de mujeres creen que el tiempo es de goma, y puede esti­rararse y encogerse a su antojo; o dicho de otro modo, para ellas puede hacerse en una hora lo que en realidad no puede hacerse antes de dos.
El tiempo las empito­na, como toro a un torero cuando éste se descuida, y las manda a la arena.
Y a nosotros a la consulta del neurólogo, con los nervios destrozados de tanto esperarlas en las es­quinas, en los cafés o en nuestras casas -cuando las mujeres son nuestras santas esposas-, a que terminen de maquillarse y podamos por fin salir con ellas a una reu­nión de padres en el colegio de los niños, al cine o a una cena.
No es, por tanto, que las mujeres, o muchas mujeres sean impuntuales, sino que carecen de la noción del tiempo, o son desordenadas. La gente que no tiene orden suele ser impuntual.
Piensan que el viejo e inexorable Cronos, cuyas sandalias son aladas, como las de Mercurio (últimamente estamos un tanto paganos), les puede hacer el favor de detenerse un ra­to, a fin de que ellas terminen de pintarse las uñas o de cambiar de una a otra cartera las mil y una cosas que llevan en ellas, tomándose su tiempo, como si el tiempo fue­ra sólo suyo, y no de todos.
Por eso las mujeres llegan siempre tarde a la panadería, concretamente cuando acaba de cerrar. Y nos dejan a los hombres sin el pan que, dicho sea esto de paso, en Buenos Aires no es tierno, dorado y crujiente, sino de goma, pero no importa, ya se sabe, es la humedad, es lo que hay. Es, sea como sea, el pan que tenemos que ganarnos con el sudor de nuestra frente.
Y hay que confor­marse con el pan de ayer, sí es que ayer sobró pan, pasado por el horno, recalenta­do, que no es como el pan del día. ¡Ni que hablar de los sábados y los domingos! El fin de semana es tiempo de galletas express, tostadas o ese pan de los americanos que nosotros llamamos lactal, o el otro, con el que se hacen los sandwiches de miga.
Es que las mujeres, ya digo, no saben ir por el pan. Lo cual es una lástima, porque como dice Paco Umbral –a quien cito tanto- si se sabe ir por el pan uno va por la calle con el pan en la mano, poniendo oro de pan en los gules del cielo, como un personaje de Magritte, el callado surrealista belga que pintaba panes voladores en el sol del mediodía.
Uno vuelve a su casa con la “baguette” bajo el brazo, como el niño de la foto, a quien se ve tan contento, tan alegre.
Porque es una delicia ir a la panadería y sentir en ella el olor del pan recién hecho, ver los panes brillantes, ordenados, diciendo “¡llevádme!”, apreciar su hermoso color dorado y, al traerlos a casa, recién comprados, sentir su tibieza a través del papel que los envuelve y hacernos la ilusión de que palpitan como pájaros.

© José Luis Alvarez Fermosel

Pensamientos, frases célebres, citas famosas

Si tenéis motivos para sospechar que una persona os está diciendo una mentira, aparentar que creéis todas sus palabras. Esto le dará ánimo para continuar y se entusiasmará de tal manera con sus afirmaciones que acabará por traicionarse. – Schopenhauer.

Arthur Schopenhauer (1788 – 1861) fue un filósofo alemán que desarrolló una concepción voluntarista de la doctrina kantiana del conocimiento. Viajó por Italia, Francia e Inglaterra. Fue alumno de Fichte y se relacionó con Goethe, cuyas doctrinas científicas defendió. Enseñó en Berlín durante algunos años. Consideró que la realidad en sí está determinada por la voluntad, en cuyos grados supremos de realización aparecen la conciencia y el universo de la representación. Afirmó que sólo el arte supera parcialmente el dolor asociado con la carencia y con el deseo; que la liberación completa reside en la suspensión de la voluntad misma de vivir.
Es autor, entre otras obras, de “Sobre la vista y los colores”, “El mundo como voluntad y representación” –considerada como su obra cumbre-, “La voluntad en la naturaleza” y “Los dos problemas fundamentales de la ética”.

© J. L. A. F.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Vestal paseandera

Hay una canción que es un clásico del jazz, Rata paseandera (“Muskrat Ramble”) compuesta en 1926 por Edward Ory, que usó toda su vida el seudónimo de Kid Ory.
Pues bien, yo me topé el otro día con una vestal (1) paseandera en la calle Corrientes.
Venía yo de comprar el pan –las mujeres no saben comprar el pan, y esto será tema de otra columna-, cuando la vi caminando a mi derecha.
Pasaría apenas de los cincuenta años. No era rubia ni morena, ni gorda ni delgada, ni alta ni baja. Tenía el rostro ligeramente atezado y las facciones borrosas. Sólo destacaban su ceño fruncido y su boca apretada, que parecía una cuchillada, tan finos eran sus labios.
Vestía una blusa azul, un pantalón de un tono amarillento y calzaba zapatos bajos, sucios.
Iba arrancando de todas partes los papelitos de las vendedoras de amor.
Las vendedoras de amor –llamémoslas así, siquiera por una vez- proliferan por doquier en estos tiempos de crisis.
Las más humildes se anuncian en Buenos Aires en la vía pública, en papelitos de aproximadamente 12 por 7 centímetros en los que aparecen fotografiadas, ligeras de ropas y en posturas provocativas.
Dan conocer las direcciones donde… “atienden”, los números de teléfono y ofrecen, por un óbolo modesto, el oro y el moro, ya ustedes me entienden.
En las esquinas de las calles céntricas, hombres de edad indefinida y talante sombrío ofrecen a sus congéneres esos volantes.
Otros similares constelan la ciudad, adheridos a las columnas del alumbrado, los semáforos, las cabinas de los teléfonos públicos y los muros, en los que campean grandes carteles con consignas políticas.
La vestal desgarraba los papelitos de las vendedoras de amor presa de una especie de rabia, lo mismo que se encarniza un niño con un muñeco, o pisotea un juguete. Luego se metía en un bolsillo los papeles rotos.
Marchaba con paso casi militar, como si integrara un pelotón policial que acudiera urgentemente a preservar el orden alterado por una manifestación de estudiantes.
En vez de rasgarse las vestiduras, tan anodinas como ella pero seguramente caras, como todas las vestiduras, la vestal rasgaba los papelitos de las practicantes del segundo oficio más antiguo del mundo –el primero es el de madre-.
Las que no se anuncian en las calles se mueven en niveles altos.
Algunas son universitarias. Muchas hablan varios idiomas, o por lo menos inglés. Otras proceden de estamentos no precisamente ancilares, y sus nombres y direcciones están en “books” guardados celosamente.
Viene a propósito de lo que estamos escribiendo el breve diálogo mantenido entre una señora despechada y el dramaturgo y poeta francés Alexis Piron:
- Entonces, ¿vos no hacéis el amor?
- No, señora; lo compro hecho.
Se había levantado un vientecillo cálido, aprisionado entre los adoquines y el cielo bajo, de color espliego.

(1) Según la mitología romana, las vestales eran sacerdotisas vírgenes que debían mantener constantemente encendido el fuego del templo de Vesta.

© José Luis Alvarez Fermosel

Lenguas de gato

Después de haberse ocupado uno durante tantos años de los grandes temas nacionales, y aun de los internacionales, gusta de cultivar la minucia, la nadería: hablar de nimiedades, de cosas en apariencia poco, o nada importantes, rarezas, si se quiere, pero bellas en su esencia, distante de la vulgaridad.
También se divierte uno -ahí está la madre del cordero- recogiendo en su bitácora temas similares de otros plumíferos, quienes acometen, con la sonrisa en los labios, los mismos emprendimientos, calificados de fútiles, por los que nos critican.
¿Nos critican? Pues muy bien, si nos “quitrican”, que nos “quitriquen”, “pa” lo que nos “potregen”…, que decía el gitano.
J. de Jorge nos revela en el diario ABC de Madrid el secreto de la lengua de los gatos, que se basa nada menos que en la física.
No ha de ser tan intrascendente este asunto, cuando de él se ha ocupado el Departamento de Ingeniería Civil y Ambiente del Instituto de Tecnología de Massachussetts, Estados Unidos.
En otro orden, hay unos chocolates alargados, muy ricos, que se llaman lenguas de gato. Los recomiendo con entusiasmo.
A ver si me van a decir también que el chocolate es una fruslería.


© J. L. A. F.

martes, 9 de noviembre de 2010

Cuadros disolventes

Ejercicio de asociación libre con cuadros raros, música popular y música programática. Así podría subtitularse este apunte.
Porque, ¿cómo puede asociarse un chotis con unos cuadros que, además de no ser cuadros, son disolventes?
El chotis es uno de los más castizos y aplaudidos. Figura en todas las antologías de la música popular española, y específicamente de la de Madrid.
Se titula “Con una falda de percal planchá”, y pertenece a la revista de finales del siglo XIX –todavía no se las llamaba comedias musicales- “Cuadros disolventes”.
El popular chotis no ha dejado de ir y venir desde entonces. Cuando se evoca la música madrileña, raro es que no salga a relucir. Carlos Arniches, que fue un aplaudido autor de sainetes, lo incluyó en “El santo de la Isidra”.
El chotis en general, cuyo origen es centroeuropeo, se puso de moda en toda Europa en el siglo XIX. En Madrid se baila en pareja, cara a cara, al compás del organillo. La mujer gira alrededor del hombre y éste sobre su eje. Se dice que un buen bailarín de chotis no necesita más espacio que una baldosa para lucirse. Suele bailarse en las verbenas.
El llamado apropósito cómico-lírico-fantástico-inverosímil en un acto “Cuadros disolventes”, con letra de Guillermo Perrin y Miguel de Palacios y música de Miguel Nieto, se estrenó en el teatro Príncipe Alfonso de Madrid, el 3 de junio de 1896.
Los verdaderos “Cuadros disolventes” forman parte de la prehistoria del cine. Se deben al inglés Harry Langdon Childe, que los exhibió por primera vez en 1840.
Son un efecto de linterna mágica consistente en instalar fuentes de luz detrás de paneles de cristal pintados y superpuestos. Los juegos de luces simultáneos con los cambios de placas daban la impresión de movimiento.
Tal vez los cristales, al deslizarse iluminados uno tras otro, se asemejaban a cuadros que se disolvían.
O el adjetivo disolvente se usó como sinónimo de algo heterodoxo, o que implica una cierta subversión o distorsión, como cuando se habla de la prédica disolvente de un político, o un agorero.
Más famosos fueron los “Cuadros de una exposición”, la suite de 15 piezas del compositor ruso Modest Mussorgsky: modelo de música romántica de programa, o programática.
Mussorgsky quiso hacer una versión musical, si es que así puede llamársele, de algunos de los diez cuadros del arquitecto y pintor Viktor Alexandrovich Hartmann, expuestos en una muestra póstuma. Un homenaje al joven artista –muy amigo de Mussorgsky-, que murió en 1873, a los 39 años.
La obra de Mussorgsky, escrita originalmente para piano, fue arreglada y orquestada por el músico francés Maurice Ravel –autor del ballet “Boléro”-.


© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

Chotis en tarde de otoño

lunes, 8 de noviembre de 2010

Otra vez el milagro azul

Han vuelto a florecer los jacarandáes.
Cada primavera y cada otoño consignamos con alegría el milagro azul que se produce con el florecimiento de estos árboles bellísimos, que apenas florecen se agostan, y dejan caer sus flores sobre la ciudad, envolviéndola de seda color lavanda, como si fuera un regalo.
María Elena Walsh canta la canción del jacarandá.


© J. L. A. F.
Ver vídeo:

http://www.youtube.com/watch?v=Y6ualZzcjjw

domingo, 7 de noviembre de 2010

La tienda estaba cerrada

No pude evitar pararme ante el escaparate de la gran tienda de lujo, frente a la plaza, muy cerca de la calle peatonal.
¡Cuántas cosas preciosas, todas confeccionadas con el noble cuero argentino! Carteras, cinturones, zapatos, chaquetas…
Prendas y objetos de piel de yacaré, el pérfido señor de los esteros del Iberá, o del carpincho del sur de la provincia de Buenos Aires, cuyo nombre autóctono es capibara, que en guaraní significa comedor de hierba.
Llamaron mi atención una cartera de granulada piel de ñandú, el velocísimo avestruz suramericano, y un facón de puño de plata. Si la tienda no hubiera estado cerrada, quizás habría entrado para ver de cerca la billetera, y acaso comprarla.
Escuché hablar a mi lado el portugués de Brasil, que me suena siempre tan raro. La ciudad está llena de turistas brasileños.
Se había levantado un vientecillo alborotador. El cielo estaba agitado a baja altura, como a orillas del mar cuando se anuncia una galerna.
De pronto la vi. Salió caminando con imperio desde un extremo de la vidriera, por dentro. Lenta, oscura, ominosa. La cucaracha.
Tomándose su tiempo, el insecto caminó por una callecita formada entre un cortapapeles dorado y un monedero de piel cruda.
A juzgar por su determinación, debía ser una hembra; quizás estuviera fecundada y buscara un lugar donde desovar.
Avanzó hacia un señalador de libros de cuero finísimo, teñido de azul.
En ese momento recibió un rayo del sol mortecino del crepúsculo, que se filtró por la cristalera y la convirtió en un repeluzno bruñido, de color pardo oscuro, con reflejos azufrados.
Sorteó un pequeño anotador y se dirigió hacia un par de guantes de carpincho, que ocupaban un rincón, a la derecha del escaparate. Se detuvo un instante y acto seguido se introdujo en uno de los guantes.
La tienda estaba cerrada.

© José Luis Alvarez Fermosel