miércoles, 24 de noviembre de 2010

Nuevas tendencias gastronómicas

En materia de gastronomía se está llevando, y parece que se va a llevar más, lo auténtico, lo de antes, lo que tiene origen, digámoslo así.
Paralelamente se desarrolla cada vez más la tendencia a buscar espacios que no sean precisamente restaurantes o cafés convencionales, en los cuales uno pueda reunirse con amigos y comer y beber cosas ricas informalmente.
En una vuelta al pasado que nos parece interesante, proliferan las tascas, los “pubs”, los “bistrós”. Regresa el “sushi”, pero más depurado y con más variantes, al mismo tiempo.
Todo esto pasa en Europa y, por la globalización, en Argentina y otros países del subcontinente.
Alvaro Castro toca el tema “in extenso” en un informe publicado en el diario El País de Madrid, una de las fuentes en que más abrevamos.
© J. L. A. F.

martes, 23 de noviembre de 2010

Laconismo y raciocinio

Hay gente que habla y habla sin cesar, esté donde esté y con quien esté, deba hablar o no. Esa gente suele tener poco o nada qué decir, pero no lo sabe, o no le importa. Su cháchara huera aburre espantosamente. Pero ellos no se dan cuenta, o quizás piensan que son amenos, si no brillantes. Creo que esto es lo más probable.
Otras personas hablan lo justo. Casi siempre, lo que dicen cuando rompen el silencio equivale a una sentencia. Hay otros que no teniendo nada qué decir, no hablan. Hacen bien. Hay un refrán muy popular que reza: El bobo si es callado, por talento es admirado.
Al último grupo, al de los callados, pertenecía una hermosa muchacha andaluza –de Sevilla, por más señas- cuyo trato, y el de unas amigas suyas, frecuentábamos hace muchos años una simpática pandilla de jóvenes estudiantes.
No es que la chica hablara menos que sus amigas, entre las cuales unas hablaban más y otras menos; ella no hablaba nada, cosa que nosotros le reprochábamos cariñosamente.
Un día se salió por peteneras y nos dijo más o menos en verso:
“Y yo pá que vi a hablá,
que vi a desí, pá no desí ná,
más vale estar callá”.
La explicación fue lógica, rotunda y sincera. Y no dejó de tener gracia.

© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 22 de noviembre de 2010

¡Señoritos míos...!

¡Señoritos míos tan piripis, no vayáis por la vida empujando a todo el mundo con la mochila! Viéndoos con esa excrecencia en la espalda, caminando a toda prisa y llevándoos todo por delante, me hacéis recordar a un dromedario corriendo por el desierto. Claro que en el desierto hay poca gente y los dromedarios no tienen oportunidad de chocar con nadie.
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Contesto tu pregunta, querido muchacho. No, no se llevan flores en la mano, y menos compradas en el quiosco de la esquina, a la esposa del amigo que nos invitó a cenar en su casa. Las flores se mandan al día siguiente, en número impar y con una tarjeta nuestra en la que habremos escrito unas pocas frases de agradecimiento por la velada.
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Vuelve a dejar en su lugar la revista que hojeabas en el consultorio del médico o el antedespacho del abogado, cuando llegue tu turno, y no en la silla donde estuviste sentado.
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Si vas a contar tu último viaje en una comida, o una reunión de amigos, no empieces diciendo, por ejemplo: ¿Alguien estuvo en Venecia?
Uno de esos nuevos ricos que cuentan siempre sus viajes –no sin hacer notar que se hospedaron en hoteles de siete estrellas y comieron en restaurantes de cinco tenedores-, hizo la pregunta fatal.
Uno de los invitados, un diplomático, dijo tímidamente sin levantar los ojos del plato: “Yo acabo de llegar, después de pasar allí cuatro años como cónsul de Argentina”.
Otro confesó que habiendo recorrido en su viaje de luna de miel varias ciudades europeas, se detuvo, naturalmente, unos cuantos días en Venecia. Años más tarde estuvo en Roma y se hizo una escapada a la ciudad del Dux. Otro… Total, que todos habíamos estado en Venecia.
No hay que dar por sentado que sólo uno viaja, alterna con gente influyente y tiene acceso a lugares exclusivos.
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Antes de ir a la comida a la que te han invitado, averigua quienes van a ir. A lo mejor asiste un amigo tuyo, o un enemigo. En cualquiera de los dos casos te resultará útil saberlo con anticipación.
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Si te sirven algo exótico, raro, o simplemente algo que no te gusta, haz un esfuerzo, come un poco en silencio y distribuye el resto hábilmente por el plato.
Y usted, señora, no pregunte: ¿Por qué no me come, no le gusta? o algo parecido.
¿Vale?


© José Luis Alvarez Fermosel

Notas relacionadas:

No es cuestión de dinero
Ensayo sobre los esnobs
Más sobre esnobs y otras hierbas

domingo, 21 de noviembre de 2010

Anécdotas de arte y cultura

Maupassant asistía a un casamiento en compañía de Henri Cazalis, destacado médico y poeta del simbolismo francés. Este le explicó que se trataba de un matrimonio de conveniencia.
- En efecto -observó Maupasaant-: la novia es muy delgaducha y poco agraciada. ¡Ni siquiera tiene busto!
- El muchacho estaba arruinado, perdido –explicó el otro-. Se casa como quien se tira al agua, porque ella tiene mucho dinero.
- ¡Ah, bueno! – exclamó el famoso escritor-. Ahora comprendo porque se casa con una tabla.
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Hablando de una actriz a quien no podía ver ni en pintura, decía una colega suya:
- Si le dieran el papel de lady Godiva, el caballo se llevaría todos los aplausos.
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Un magnate del cine oyó cantar hace muchos años, en una fiesta de Hollywood, a un magnífico tenor y dijo entusiasmado que sería un colosal hallazgo para la pantalla.
- ¿No sabe usted quién es? -le preguntó un amigo-. Su nombre es Lauritz Melchior (1).
- ¡Oh, eso no importa!- contestó el productor-. Podemos cambiárselo.
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El célebre dramaturgo francés Henri Bernstein salió maravillado de su visita a Hollywood -cuando a éste empezaba a llamársele la Meca del Cine-, y explicó, a su leal saber y entender, la situación allí reinante:
- Por cualquier parte que iba –suspiró- no hallaba más que genios. ¡Con lo que me hubiera gustado a mí toparme con algún talento!...
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El novelista francés Honorato de Balzac era un verdadero “bon vivant”. Así, cuando un tío suyo, viejo y tacaño, se murió y le dejó en su testamento una pequeña fortuna, Balzac dio a sus amigos la noticia de esta forma:
- Ayer, a las cinco de la mañana, mi tío y yo pasamos a mejor vida.
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El célebre pintor estadounidense James Whistler envió un día un mensaje urgente a Sir Morell Mackenzie, eminente otorrinolaringólogo británico, pidiéndole que fuera a verle inmediatamente. Sin pérdida de tiempo, el especialista se dirigió a casa del pintor y comprobó asombrado que éste le había llamado para que examinara a un perro enfermo. Morell Mackenzie no hizo ningún comentario; atendió al animal y se marchó. Al dia siguiente mandó llamar con urgencia al artista. Cuando éste llegó, presuroso, el facultativo le recibió con la mayor naturalidad.
- ¿Qué tal, señor Whistler? -le dijo-. Me alegro de que haya venido tan pronto. Deseaba verlo porque quiero pintar esa habitación.

(1) Cantante danés nacionalizado estadounidense, considerado el mejor tenor wagneriano. Su fama trascendió todas las fronteras. En 1931, 1933, 1942 y 1943 triunfó en el teatro Colón de Buenos Aires bajo la dirección de Otto Klemperer y Fritz Busch. Se retiró en 1950, pero participó en televisión, comedias musicales de Broadway y películas de Hollywood hasta su muerte, en 1973.

© Por la transcripción: J. L. A. F.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Reivindicación de la bofetada

Resuena en el Parlamento argentino el seco chasquido de las bofetadas.
La diputada Graciela Camaño le administró en plena cámara baja un sonoro bofetón a su colega Carlos Kunkel, de un partido distinto al suyo.
Esta vez no tuvo nada que ver la rivalidad política. Parece ser que Kunkel se pasó todo el año repitiendo, en plan de cachondeo, unas frases ya históricas, pronunciadas a finales del siglo pasado por el gremialista Luis Barrionuevo, marido de Graciela Camaño.
Lo que hace falta para que Argentina salga adelante es dejar de robar dos años seguidos. Nadie se hace rico aquí trabajando. Estas fueron, palabra más, palabra menos, las aseveraciones de Barrionuevo, que cobraron fuerza de sentencia. Muchos expresaron su total acuerdo con él. Unos pocos lo criticaron. Ahora aquellas frases fueron exhumadas por Kunkel, que se las enrostraba a Camaño un día sí y otro también, según declaraciones de la diputada que fueron ampliamente divulgadas por los medios.
La bofetada a Kunkel causó cierto revuelo, como era de esperar. La prensa se ocupó del hecho, también como era previsible, y los tremendistas de siempre montaron un cirio.
Pues, hombre, no fue para tanto. Bofetadas, trompicones, patadas y huevazos han volado por los parlamentos de Uruguay, México, Bolivia, y fuera de este continente en Alemania, Ucrania, Rusia, Corea… Hemos visto por televisión verdaderas batallas campales en el Congreso japonés.
Qué quieren que les diga: uno extraña la bofetada, la verdad. La bofetada espontánea, fresca, picante y activadora de la circulación de la sangre del rostro de quien la recibe.
La bofetada simple, o de un movimiento, o la de dos tiempos, derecho y revés; la rotunda y vibrante bofetada, bofetón, cachete, torta o bife –el mismo nombre tiene la pieza de carne más apreciada por los argentinos-, tenía mucha entidad y era muy práctica, aplicada con fundamento y oportunidad.
Se propinaba al que insultaba gravemente, o se burlaba de uno con ferocidad delante de otros, al acosador de oficina cuando uno se hartaba de su asedio, al que molestaba a una señora, al que nos había criticado injustamente a nuestras espaldas o al chisgarabís que, por una u otra razón, se la había ganado a conciencia.
El puñetazo es otra cosa. Un golpe de puño se le da a un hombre hecho y derecho. Es, además, el punto de partida para una pelea en la que se dirime algo trascendental. El puñetazo es contundente, pesado; lesiona, fractura. La bofetada es ligera. Tiene más de espuma, de encaje que de plomo. Es de salón.
Un buen par de bofetadas desestresa, descongestiona tanto al que lo da como al recipiendario.
El cacheteado suele quedarse más estatuario que el Comendador de don Juan Tenorio. A veces –la mayoría de ellas- porque sabe que se merece ese pequeño castigo. Otras porque no se esperaba que le llenaran la cara de dedos, como se dice en los barrios bajos de Madrid.
Las mujeres fueron siempre muy buenas dando bofetadas. Hay bofetadas históricas, como la que le atizó la infanta Luisa Carlota a la vista de varios cortesanos, en la antesala del dormitorio de Fernando VII, al ministro de Gracia y Justicia, Tadeo Calomarde.
La infanta Luisa Carlota era hermana de la reina María Cristina de Borbón, esposa de Fernando VII. El taimado Calomarde se apresuraba a cursar un codicilo -que acababa de firmar el monarca-, en el cual se anulaba el derecho al trono de la Infanta Isabel, hija de Fernando VII y María Cristina. Una pragmática había derogado anteriormente la Ley Sálica promulgada por Felipe V, en virtud de la cual las mujeres no podían acceder al trono.
El sopapeado Calomarde pronunció una frase que también se haría histórica, como las de Barrionuevo mucho después: “Manos blancas no ofenden”.
De nuevo en América del Sur, y más cerca en el tiempo, otro que recibió un buen par de bofetadas, en el hotel Alhambra de Montevideo, por más señas, y tambien ante una nutrida concurrencia, fue Raúl Odizzio, alcalde del departamento de Maldonado.
La agresora fue la bella y encantadora Celia Alvarez Mouliá, conocida como “Chela” Amézaga por su matrimonio con el abogado Juan José de Amézaga. El motivo fue una discusión por una ordenanza municipal que “Chela” entendió que perjudicaba a su familia.
La bofetada castigaba otrora una ofensa que daba lugar a un duelo. Fulgían los aceros o detonaban las largas pistolas de cañón octogonal. Y alguien moría o quedaba herido. Algunas veces los contendientes se reconciliaban sobre el terreno. No se podía insultar ni agredir impunemente.
Las bofetadas, naturalmente, ocuparon su lugar en el cine. La más famosa fue la que le dio Glenn Ford a Rita Hayword en Gilda.
“El que recibe las bofetadas” fue el título de la adaptación cinematográfica de una obra del dramaturgo español Alejandro Casona. Narciso Ibáñez Menta protagonizó la película en Buenos Aires, allá por el año 1947.
Todavía se dice en España que tal o cual hombre desmedrado y temeroso “no tiene ni media bofetada”, en alusión que no resistiría no dos, ni una, ni siquiera media, si las bofetadas pudieran partirse.
Como tantas otras cosas, la bofetada cayó en desuso. Y uno, que ha dado varias, la echa de menos, como quedó dicho.

© José Luis Alvarez Fermosel


miércoles, 17 de noviembre de 2010

El esotérico vaivén del espionaje

A tantos años de concluida la Segunda Gerra Mundial (1939-1945) y una de sus secuelas, la Guerra Fría, el esotérico vaivén del espionaje sigue trazando espasmódicamente líneas sobre los mapas de varias naciones y los mismos Estados Unidos, como si se las sometiera al juego del polígrafo.
La oscura y oscilante CIA y otros servicios de seguridad estadounidenses desclasifican homeopáticamente de vez en cuando informes que revelan secretos, a veces macabros, de pasados tiempos sombríos y crueles.
La impronta que dejaron fue profunda. Inevitablemente, los veteranos, que recuerdan, se estremecen. Los que se enteran ahora de lo que pasó, o de algunas de las cosas que pasaron, también.
El diario ABC de Madrid publica un despacho de su corresponsal en Nueva York, Anna Grau, en el que se revela que la CIA burló la justicia de los Estados Unidos para cobijar a criminales nazis.
El informe se refiere a la lucha feroz entre quienes pretenden que se blanquée todo, de una vez por todas, y aquéllos que se aferran al secretismo y sólo cuando se les pone entre la espada y la pared dejan caer con cuentagotas retazos de arcanos incrustados en la historia como forúnculos.
Quien más, quien menos, oculta en Estados Unidos un esqueleto en el armario –como dicen los mismos yanquis-.
Y algunos una calavera en un cajón del escritorio.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 16 de noviembre de 2010

En un pequeño café de barrio...

El dibujo –espléndido- de Carlos Freixas es una de las ilustraciones de la novela policíaca “El clan de los sicilianos”, de Auguste Breton, editada por Gallimard en 1961.
La estampa refleja con mucha expresividad una situación que no se plantea en la novela y nosotros interpretamos a nuestro aire.
El detective en la barra del bar, o del café de barrio, de un barrio no precisamente elegante.
La muchacha que atiende el café es de rompe y rasga. Rubia, con la melena sobre los hombros, en jarras, mira al detective con ganas de soltarle cuatro frescas, porque ya ha intuído que tras encender el cigarrillo va a empezar a hacerle preguntas que ella no tiene ninguna gana de contestar.
Lo que a ella le gustaría es que viniera al cafetín un chico alto, fuerte, rubio o moreno, no importa, buen mozo, que se acodara en la barra y justipreciara su belleza, que resalta entre las botellas y los vasos de vidrio ordinarios, en un local de regular, si no de baja categoría.
El investigador no pertenece a la policía oficial. Es un modesto pesquisante particular de edad mediana, que no se parece nada al Simón Templar (El Santo) de Leslie Charteris, el Phillip Marlowe de Raymond Chandler ni, mucho menos, el sofisticado Philo Vance de S. S. Van Dine.
Es un hombre vulgar, carente de apostura, con gafas, un espeso bigote negro –que vaya uno a saber, a lo mejor está teñido- y pelo gris y rizado, parte del cual se escapa de la boina que le cubre la cabeza. ¡Qué bizarro, un detective con boina! Quizás sea vasco, después de todo.
Se ve que mientras enciende su pitillo está pensando en la mejor manera de abordar a la rubia para interrogarla. La rubia no parece estar dispuesta al abordaje.
El dibujante no ha escatimado detalles. Al lado de la taza de café se ve el sobrecito de azúcar, roto, ya usado. La belleza del figurativismo, del dibujo hiperrealista de historieta.
Carlos Freixas fue un gran dibujante español, hecho al costado de su padre: Emilio Freixas, que alcanzó niveles de excelencia. Padre e hijo trabajaron juntos en algunas ocasiones. Carlos vivió en los años cincuenta en Buenos Aires, donde se dedicó por entero a la ilustración, destacando como historietista.
El dibujo que comentamos tiene movimiento y una concluyente fuerza expresiva. Y, quizás lo más importante, pone sobre el tapete –en este caso sobre el mostrador- una historia de café. Que cada uno imagine la suya.
Porque no es sólo que un transeúnte cualquiera haya entrado en el bar, pedido un café y esté encendiendo un cigarrillo, mientras una camarera rubia y guapa le mira con cara de pocos amigos.
Hay gato encerrado.

© José Luis Alvarez Fermosel