domingo, 14 de septiembre de 2008

Historias de películas

“Historias de películas”, del escritor uruguayo Homero Alsina Thevenet, es un libro de gran interés para cinéfilos y, en general, para todo tipo de lectores, que descubrirán por su lectura no ya el “back stage”, o lo que pasa detrás de las cámaras durante los rodajes, sino también las relaciones -a menudo tormentosas- entre productores, directores, guionistas, actores y hechos y anécdotas que el espectador no imagina que pudieron haber ocurrido.
Es que la realidad de toda película se centra en el trabajo de equipo: realizadores, productores, guionistas, actores y técnicos.
También influyen factores industriales, políticos y sociales.
Alsina Thevenet, un enamorado del cine, sobre el que escribió varios libros, evidencia en éste su dominio del tema y su claridad de exposición, procedente del ejercicio del periodismo durante muchos años en ambas orillas del Río de la Plata y España.
En este detallado y sin embargo ameno trabajo de Alsina Thevenet se cuenta “la historia”, o “las historias” de 40 de las mejores películas de la Historia del cine, desde sus comienzos hasta finales de los años 80.
Y se cuenta de un modo tan atrapante que una vez que uno empieza a leer el libro no puede parar hasta llegar a la última línea.
“Historias de películas” fue editado por El Cuenco De Plata en 2007, mide 19 por 11 centímetros y tiene 320 páginas.


© José Luis Alvarez Fermosel







martes, 9 de septiembre de 2008

La dieta Quintana

Mientras los nutricionistas y otros expertos en adelgazamiento dicen una cosa y luego otra, y se entrecruzan sus prescripciones y ellos dan marcha atrás cada dos por tres, practicando el “donde dije digo, digo Diego”, se multiplica la difusión de dietas que nadie sabe de dónde vienen y proliferan los chismes y los mitos acerca de la mejor manera de bajar de peso.
La gente (gorda) ya no sabe qué hacer ni a quién acudir, ni qué dieta seguir para bajar de peso: si la de la luna, la de los astronautas, la de las bananas, ésta, la otra o la de más allá.
Yo, humildemente, me atrevería a recomendar la dieta Quintana.
“Jack” Quintana es un viejo y querido amigo. Hace mucho tiempo que no lo veo. Lo último que supe de él fue que poco tiempo después de perder a Florence, su esposa –que era inglesa y una mujer espléndida, como él-, se afincó en Brasil. Espero que siga allí y sea feliz.
Quintana era asiduo concurrente a los almuerzos de los miércoles del Club Francés de Buenos Aires, en los que nos reuníamos un grupo de políticos, diplomáticos, abogados, economistas, periodistas veteranos y alguno bisoño, como lo era yo entonces.
Presidía esos almuerzos mi entrañable amigo Mario Blanco, que nos dejó infaustamente hace algunos años.
Mario había recorrido el mundo, o al menos una buena parte de él como diplomático. Era un hombre inteligente, culto, distinguido, con sentido del humor, de palabra fácil y una vitalidad arrolladora.
A pesar de la diferencia de edad que nos separaba, nos hicimos muy amigos. Era un gran hispanista, lo cual nos unió todavía más.
Pero a lo que iba: a “Jack” Quintana. “Jack”, hombre de estatura media, estaba un poco metido en carnes, y no sin motivo ni fundamento, pues era persona de buen diente y, como tal, comía de todo en cantidades que podrían calificarse de considerables. Así que iba poniéndose cada vez más robusto.
De tanto en tanto se hacía un agujero nuevo en el cinturón. Un día descubrió que no se podía abrochar la chaqueta. Empezó a cuidarse, ¡pero aquéllos almuerzos del Club Francés, los asados de los domingos, la cervecita de media tarde con los maníes, los palitos, las papas fritas, cuando no el jamón cocido, el salamín, el queso, las aceitunas…!
Un día, pasado bastante tiempo, me lo encontré en la calle. ¡Era otra persona! ¡Había adelgazado una barbaridad! Se había convertido en un hombre esbelto; no tenía “enbonpoint”, como denominan los franceses a la barriga respingona, también llamada curva de la felicidad. Se podía abrochar todos los trajes. Se lo veía feliz, contento consigo mismo y con la vida.
- Pero, “Jack”, ¿qué has hecho? –le pregunté-.
- Adelgazar.
- Sí, ya lo veo; pero, ¿cómo?
- Comiendo menos.
- ¿Nada más?
- ¡Nada menos!
“Jack” Quintana me dijo después, ya sentados en un café, tomando unas cervezas, que cuando estaba a punto de convertirse en gordo decidió no serlo y se impuso una dieta.
- ¿Cuál? –le pregunté-.
- La dieta Quintana.
- ¿En qué consiste?
- Ya te lo he dicho: en comer menos. Si antes, por ejemplo, me despachaba con dos milanesas grandes, dos huevos fritos y una porción enorme de papas fritas, cuando decidí rebajar unos kilos empecé a comer una milanesa normal, sin huevos y menos papas fritas. Si tomaba, como estamos haciendo ahora, una cerveza, pedía una botella pequeña y unos trocitos de queso, y no una grande y una picada. ¿Te pongo más ejemplos?
- No, “Jack”; no es necesario, ya veo que la cosa funciona.
Así que ni la dieta de la luna, ni la del sol, ni la de las estrellas: la dieta Quintana. Y si se puede hacer algo de ejercicio aeróbico todos los días, mejor. Ir al gimnasio a “hacer fierros” no adelgaza.



© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

"La dieta de la rumorología alimenticia"
por Almudena Doménech (EFE):
(http://blogs.periodistadigital.com/vidasaludable.php/2008/09/01/la-dictadura-de-la-rumorologia-alimentic)

domingo, 7 de septiembre de 2008

Fantasía



¿Adónde vas, “mon capitaine”?

Me gustaría haber sido capitán de mar y guerra de un cuento de barcos y marinos de Joseph Conrad.
Barba en abanico, guerrera azul con botones dorados, pipa de espuma de mar; en la frente, una pálida cicatriz.
Un tomo de versos de Wodsworth sobre el cuaderno de bitácora. Un tucán disecado. Sextantes.
San Francisco. Taormina. El Pireo. Hong Kong. Panamá. Madagascar…
En el camarote, sobre una mesa de caoba, cartas marinas, una botella de ron, una esfera armilar, un revólver Lafaucheux y una gorra de plato con galón dorado; compases, una lanza malaya, un idolillo azteca de color siena.
Arriba, los palos, el velámen. Abajo, pistones, cobres, manómetros, relojes.
Las olas. Un albatros. Nubes.
Mar y cielo. Cielo y mar. Entre la bruma, el horizonte, de un rosa de acuarela.
- ¡Tierra!
- ¡Un cuarto a estribor!
El muelle. Gemir de sirenas. El áncora.
Un cafetín, en el puerto. Ginebra. Humo de tabaco de contrabando. Marineros de camisas a rayas. Música de acordeón. Una mulata antillana pregunta:
- ¿De dónde vienes, “mon capitaine”?
- Del mar
Un suspiro.
- ¿Adónde vas, “mon capitaine”?
- Al mar.
Tarde esmerilada, melancólica, con ojeras violeta como una daifa al alba. Un cielo loco de gaviotas.
El barco en la bahía, manchón gris entre harapos de niebla coagulada.




© José Luis Alvarez Fermosel




sábado, 6 de septiembre de 2008

Contadora


Una isla con historia

Contadora es una de las muchas islas que compo­nen el Archipiélago de las Perlas. Está situada a 35 mi­llas al sureste de Panamá. Mide 750 hectáreas. Al hotel principal, el Resort, de 300 habitaciones, se llega en 20 minutos en pequeños aviones, con capacidad para 15 o 20 personas, que parten del aeropuerto Albrook de Panamá, que fue una base norteamericana .
En este paraíso caribeño de ve­getación semiselvática hay 13 playas de arena blanca como la harina y aguas transpa­rentes. Las más importantes son Playa Larga, frente al hotel Contadora, Playa Galeón, al lado del hotel Galeón y Playa Cacique. También hay una playa nudista: Las Suecas. En todas se desarrollan actividades ecológicas y se practican el buceo, la pesca submarina y otros deportes.
En Contadora estuvieron asilados el sha del Irán Reza Pahlevi –cuando dejó de serlo- y, antes, el mexicano Benito Juárez (“El Indio Juárez", vencedor del emperador austríaco Maximilia­no en Querétaro, en 1867), el prócer cubano Antonio Maceo y el ecuatoriano Eloy Alfaro.
Contadora fue siglos atrás refu­gio de piratas y bucaneros, al igual que otras islas del Archipiélago de las Perlas. A sus pla­yas, sembradas ahora de zonas residenciales, arribaban los corsarios para hacer allí el recuento de sus botines y el reparto co­rrespondiente.
De ahí le viene a la isla el nombre de Contadora. Fue catapultada al turismo por Ga­briel Lewis Galindo, un magnate que, además, fue embajador de Panamá en Estados Unidos.
Galindo tuvo que anclar un día en Contado­ra porque su yate se había ave­riado. La increíble belleza de es­ta isla, su excelente clima y sus mil y una bondades le impacta­ron y deci­dió convertir esas pocas hectáreas en un centro turístico universal.
La isla Contadora cuen­ta con una fuerte empresa esta­tal que administra dos hoteles suntuarios y una gran cantidad de no menos lujosas mansiones. En unas viven millonarios y otras se alquilan a algunos de los 500.000 turistas que la visitan todos los años.
En la isla se reunieron varios presidentes latinoamericanos. En la casa de Lewis Galindo se realizaron intensas y muy difíci­les rondas de las negociaciones panameño-estadounidenses que concluyeron en 1977 con la fir­ma del tratado Torrijos-Carter, en virtud del cual se otorgó a Panamá la soberanía del canal, que pasó definitivamente a manos panameñas en 1999.




© José Luis Alvarez Fermosel

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“Aquellos viejos cafés de Buenos Aires…”

"Jeans": vigor, potencia, libertad...

El "bluejean", o los "blue jeans", o los pantalones vaqueros, o el "jean" por antonomasia ¿es la prenda más elegante que se ha inventado en los últimos años? ¿Tiene al menos significado, impronta, da idea de vigor, potencia, libertad...?
Manuel Lamarca, uno de los más conspicuos diseñadores argentinos de moda, sostiene que sí. Tal vez elegante no sea el término exacto para definir el "jean". Quizás ya nada sea elegante.
Lo cierto es que elegante, común, incómodo, inexplicablemente caro...-; prenda de andar por casa, por la calle y de llevar, combinada con el clásico "blazer" azul marino de botones metálicos hasta en las reuniones sociales, fue en principio el uniforme único del obrero norteamericano y desde hace tiempo cubre sin distinción de clases sociales ni costumbres las piernas de la mayoría de los jóvenes, y no tan jóvenes habitantes del mundo, desde Groenlandia hasta Ushuaia.
Los primeros "jeans", o los primeros en los que uno empezó a fijarse -y a preguntarse si no merecería la pena incorporarlos a su guardarropa-, los lucían en las películas Anne Margret -¡qué bien le sentaban...!-, James Dean y otras actrices y actores de Hollywood.
Alguno de los usuarios era patizambo, pero no importaba. Ese defecto, remarcado por el "jean", imprimía cierto carácter: daba la impresión de que llevarlo significaba haberse pasado la vida, o una buena parte de ella, montando a caballo en Arizona o en Jerez de la Frontera.
Al principio los "jeans" vinieron de los Estados Unidos en las maletas de los turistas. Enseguida se esparcieron por todas partes y pudo adquirírselos -eso sí, a precios siderales- en las tiendas de ropa que vendían prendas importadas.
Ser poseedor de un par de pantalones vaqueros entonces era casi como tener una joya de familia, valga la exageración.
Pronto se fabricaron en todo el mundo. En dos categorías: los de tela verdad y los de imitación, ya que como siempre, como en todo, el "ersatz", el sucedáneo surgió simultáneamente con el producto original.
Hasta el criollo, en pleno campo, reemplazó no ya a las antiguas bombachas, sino a los pantalones negros amarrados a la cintura con una cuerda de esparto por los "jeans" de tela verdad o de tela mentira, qué más da.
La tela verdad se logra por la decoloración que le produce el uso prolongado. Pero como ese proceso es lento, se aceleró hirviendo el "jean" en agua -como la tela loden impermeable, de origen austríaco, de los abrigos verdes de los ca­zadores de las campiñas britá­nicas-. O se restregó el duro lienzo azul con piedras para imprimirle una patina que se consideraba imprescindible, si uno pretendía lucirla en su quintaesencia.
Después se llegó al extremo de desflecar el "jean" por las bocamangas y de desgarrarlo a la altura de la rodilla, el muslo y el trasero, lo cual le dio un toque no ya desenfadado, sino “sexy”.
Dentro de ese estilo, los “jeans” fueron estrechándose, ciñéndose, casi convirtiéndose en una segunda piel. Y se hicieron todavía más “sexy”.
Es decir, los hicieron más “sexy” las mujeres, que además los “aggiornaron” y sofisticaron estampándoles flores de otra tela, o incrustándoles abalorios.
De tela de "jean" se confeccionaron también camperas, camisas, chalecos, incluso tra­jes –yo tuve uno hecho a medida que fue la envidia de todos mis amigos-, bolsos, cinturones, carteras e incluso tapas de agen­das para… ''la cartera de la dama y el bolsillo del caballero", hasta que salieron las agendas electrónicas.
Todo el mundo, cualquiera que sea su edad, se­xo y condición es afecto al "jean", que rompió todas las barreras y llegó a todas partes.
Ingresó en las ofi­cinas y las fábricas, forrando las piernas de las mujeres y marcándoles el traste, y ya lo llevan mujeres y hombres, incluso en los teatros de ópera y las fiestas de gala, combinado con blusas de raso o chaquetas de esmóquin.
Ni las bermudas, ni el pantalón pescador, ni los “shorts” ni ninguna otra prenda consiguió desplazar y mucho menos sustituir al vaquero.
Los hermanos españoles Marciano le dieron al “jean” americano el toque del diseño europeo.
Se nos ha uniformado de "jean", ya desde hace tiempo. No sé si eso es bueno. Tampoco lo habría sido que a los hombres se nos hubiera uniformado de frac con condecoraciones, sin tener en cuenta que no todo el mundo posee un frac y condecoraciones que prenderse en la solapa, como quien se pone una flor.
El eslogan "la arruga es bella" se lanzó por intereses industriales y económicos. Ciertos fabri­cantes de tejidos sabían que las telas que iban a colocar en el mercado se arrugarían más de lo normal, como la del “jean”, y decidieron hacer una moda de la arruga.
El modista español Adolfo Domínguez dijo al respecto que "aquello fue una especie de milagro, una feliz coincidencia. ¿Qué pasó con el eslogan, la conexión generacional, el aire de libertad...? La respuesta sigue siendo 'no se sabe’”.
Quizá la verdad en ésto de las vestiduras, los vestidos e incluso los revestimientos resida, como en tantas otras cosas, en el término medio.
Ni la arruga es bella, ni la arruga es fea, ni todo "jean" ni nunca "jean".
Que nosotros, los caballeros, imitáramos ahora aquí a Jorge Newbery o a "Macoco" Alzaga sería disparatado; como lanzarse "a rebours", a lo Jean Lorraine, en busca de la turbia emoción de los bajos fondos vestidos como George Clooney, que no se quita el esmóquin en los anuncios comerciales que protagoniza ni siquiera en las pausas.
En fin, que cada cual lleve lo que quiera -"jean" incluido-; pero, por favor, que vaya bien vestido, como dijo un día en Barcelona Jakob Kraus, presidente de la Federación Mundial de maestros sastres.
—¡Pero si ya no hay sastres!
—Tiene usted razón, señora; ¿le gustan mis nuevos, es decir, mis viejos "jeans"...?




© José Luis Alvarez Fermosel



Nota relacionada:

“El “jean” nació en plena fiebre del oro”
(http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/09/el-jean-naci-en-plena-fiebre-del-oro.html)

miércoles, 3 de septiembre de 2008

El "jean" nació en plena fiebre del oro

El "jean" fue inventado por un hombre práctico: Lewis Strauss, un sastre alemán que en 1849 emigró de Nue­va York a California, en plena fiebre del oro.
Allí ob­servó que no había pantalón que aguantara, con el uso que le daban los mineros. Y tuvo la feliz ocurren­cia de pedir a sus parientes que le mandaran al Oes­te la tela más gruesa que hubiera -lienzo para velas de barco-, con la que empezó a fabricar los pantalo­nes que pronto se harían famosos en el mundo entero y que todavía hoy llevan su marca.
Era una prenda de trabajo ideal para ser sometida al durísimo trato que le daban a la ropa los hombres de los campamentos mineros. Azul, con las costuras de hilo amarillo y con remaches de cobre. Así era, y así es el pantalón tejano: el "jean" que hizo millonario al se­ñor Strauss y desde 1870, cuan­do se usaba en todo el Far West hasta hoy, si­gue cubriendo nuestras piernas.



© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 2 de septiembre de 2008

Borges en la Puerta del Sol

Borges vivió en Madrid en 1920. Se instaló en la llamada Pensión Americana, en el número 11 de la Puerta del Sol, en el centro geográfico de la capital de España. El Ayuntamiento (Municipalidad) de Madrid mandó poner en el año 1997 la placa cuya fotografía puede verse más arriba.
En la puerta del piso sexto de la calle Maipú 994 de Buenos Aires, en el que el escritor argentino vivió muchos años, había una sencilla placa de bronce que decía escuetamente Borges.
En la Pensión Americana de Madrid escribió Borges sus primeros poemas ultraístas. El ultraísmo fue un tributo rendido a los movimientos vanguardistas de aquellos años.
Borges recibió el Premio Cervantes (El Nobel de las letras españolas) en 1980, “ax aequo” con Gerardo Diego.
Se mostró muy agradecido en esa oportunidad. Tenía 80 años.
“Este premio es un exceso de generosidad de los españoles”, me dijo en una entrevista en su pisito de la calle Maipú. No voy a repetir nada más que eso de lo mucho que charlamos en esa ocasión, y en otras. Ya se publicó todo. No voy a repetir nada. Todo el mundo lo ha hecho ya.
Traigo a Borges ahora aquí a colación porque no había publicado todavía la foto hecha por Maite en nuestro último viaje a Madrid –todavía no hace un año-, de la placa que recuerda que ahí, en la Puerta del Sol numero 11, vivió Jorge Luis Borges, nacido en Buenos Aires y muerto en Ginebra.
Estuvo en España. Y esa placa del Ayuntamiento de Madrid lo recuerda. Es de 1997. Se acordaron un poco tarde de ponerla. Más vale tarde que nunca.
La publicación de la foto de la placa es una curiosidad, un recuerdo de viaje que no sé si justifica estas líneas.

©José Luis Alvarez Fermosel