lunes, 14 de junio de 2010

Apuntes para la historia del traje

MUSEOS
En el Museo Rocamora de Barcelona hay una notable colección de guantes, abanicos, y sobre todo medias antiguas bordadas de mujer y de hombre.
En el Museo del Calzado, que también está en Barcelona –en la plaza de San Felipe Neri, en pleno barrio gótico- puede observarse la evolución del zapato desde la antigüedad hasta nuestros días.
En París, en el Museo de la Mujer, en Neully Sur Seine, en el antiguo palacio del millonario chileno Arturo López, famoso por sus fiestas, hay una gran cantidad de guantes, abanicos, corsés y otras prendas que pertenecieron a mujeres célebres de la historia como María Antonieta, Sara Bernardt, Edith Piaff y bailarinas y cortesanas como Liane de Pougy, Cleo de Merode, Mata Hari, etc.
Es muy interesante visitarlo por el cuidado, un tanto fetichista, con que lo lleva su conservador, Jacques Daniot, viejo y famoso anticuario de la Rive Gauche.
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UNIFORMES Y FRAQUES
El traje masculino…”moderno” fue en principio el adoptado entre 1770 y 1780, que surgió en Inglaterra: calzón “beige” con botas de montar, chaleco de otro color, cortado en cuadrado y frac de paño liso, abotonado delante.
El sombrero de los cuáqueros americanos, de copa redonda y alta, se convertirá en la chistera, o la galera de la burguesía que dominó la sociedad en todo el siglo XIX..
El pantalón de los “sans-culottes”, que llevaba la gente pobre, guardará su carácter contestatario durante el primer tercio del siglo XIX. El ejército inglés lo adoptó como parte de su uniforme hacia 1806, pero nunca fue admitido como prenda elegante.
El frac ha sobrevivido hasta hoy como imprescindible en el protocolo de ciertas fiestas de gala, como la recepción del premio Nobel. Lo usan también los directores y músicos de orquesta en las funciones de ópera.
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INNOVACIONES
Las modificaciones que introducen en el traje masculino personajes de alto copete, soberanos, militares y “dandies” permanecen. .
Al rey Eduardo VII de Inglaterra se atribuye la creación del dobladillo o bocamanga del pantalón, al dárselo vuelta para no mojárselo en un día de lluvia.
El general Raglan, que había perdido un brazo en la batalla de Waterloo, inventó un abrigo con capelina que derivó en el corte especial de las mangas que lleva su nombre.
El también general Thomas Brudenell, conde de Cardigan, que como su colega Raglan luchó en la guerra de Crimea, usó por primera vez una prenda de lana larga abotonada delante, con bolsillos, que lleva su nombre.
Las chaquetas, entre 1850 y 1855, se cortan con una costura bajo el brazo. En 1895 se plancha la raya del pantalón.
Bajo el Segundo Imperio conviven el sombrero hongo, que en Madrid se llama bombín, y la chistera. La boina con visera, creada en Egipto para proteger del sol al cuerpo expedicionario francés, precursor de la Legión Extranjera, se hace pronto popular.
En ese período sólo los uniforme militares mantienen el esplendor que había acompañado al traje masculino durante el antiguo régimen; pero en su conjunto, el sexo masculino parece aceptar de buen grado su severo traje, como si así se distanciara todavía más de la condición femenina y de su desfavorable situación a lo largo del siglo XIX.
Ahora a los hombres les encanta vestirse de mujer, e incluso salen por la televisión anuncios publicitarios con modelos masculinos vestidos de mujer, sin que la firma anunciadora ni el producto lo justifiquen.
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EL “BLAZER”
El “blazer” azul marino con botones plateados o dorados deriva de las chaquetas cortas cruzadas del uniforme de los marinos ingleses del siglo XIX.
En el año 1873, el comandante de fragata Blazer daría la orden de confeccionar una chaqueta especial para ser lucida durante la visita de la reina Victoria: el “blazer” derecho que, a diferencia del cruzado, no procede del ámbito militar, sino que deriva de las chaquetas de club utilizadas en Inglaterra durante el siglo XIX
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TRAJES
En 1925, la Exposición de las Artes Decorativas de París sella un acuerdo buscado por creadores de todas las técnicas, a fin de imprimir un estilo moderno a la vida cotidiana y al traje. Un pequeño libro de consejos sugiere a los elegantes que sólo lleven trajes de tonos discretos: gris, azul marino o negro; que la “régate” (corbata de nudo) sea la única permitida, y que en bodas de alto copete y en determinados actos de los gobiernos –sobre todo a los que asistan reyes- se vista chaqué. No hay que olvidarse de los zapatos, que deben ser de primerísima calidad y estar siempre relucientes como espejos.
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© José Luis Alvarez Fermosel

La forense y su perro

En una de esas series televisivas de investigadores de escenas de crímenes y médicos forenses que vi el otro día, el detective y su “partner”, una trigueña espectacular, hablan de perros, o de un perro, que según parece tiene algo que ver con el asesinato que investigan. El diálogo transcurre en una morgue, donde se acaba de hacer la autopsia a un cadáver.
En un momento dado, la médica forense, una mulata de muy buen ver, también, dice que el perro del que se habla se parece al suyo.
- ¿Cómo, pero tienes un perro? –le pregunta el detective-.
- –le responde la forense, que debe ser soltera, o más probablemente divorciada-. Necesito tener a alguien vivo que me reciba cuando llego a mi casa, después del trabajo.
Los guionistas de ese capítulo de la serie le dieron vida y humanidad al personaje de la forense, que se pasa el día entre muertos y precisa que al llegar a su casa de noche, como no tiene marido ni hijos, ni ningún otro familiar, la reciba al menos un perro, que es un ser vivo.
Sería terrible que le aguardara un muerto en vida que no la dejara vivir. Hay mucha gente así, que no vive ni deja vivir.
Después de una larga jornada de trabajo dedicada a abrir muertos en canal, para una doctora joven y bella que vive sola debe ser reconfortante recibir al volver a su casa la vital, alegre, cariñosa y emocionante bienvenida de un perro, grande, pequeño, de raza, un chucho de la calle, lo que sea: un ser entrañable, todo vitalidad y calor que recobra al ser querido que creyó que le abandonaba cuando se fue, horas atrás.
Debe haber médicos forenses, hombres o mujeres, de una raza u otra, a quienes les pase en la vida real lo que al personaje de la serie en la ficción: que sólo -¡y nada menos!- tengan un perro en casa. No están solos. Les acompaña la vida.
¡Qué terrible que haya profesionales de la muerte, servidores de Tánatos cuyos únicos compañeros sean los muertos, que ni siquiera haya un perro en su vida!

© José Luis Alvarez Fermosel

De la estupidez y su persistencia

A la estupidez asociada con el poder, la burocracia, la tecnología y otras cosas tan de actualidad se refiere un libro de reciente aparición: “El poder de la estupidez”, de Giancarlo Livraghi, experto italiano en comunicación y publicidad, que habla de la navaja de Henlon, la ley de Cipolla, el principio de Peter y otras gilipolleces.
Todavía no hemos leído el libro, que viene muy publicitado, como es natural, pues el tema es apasionante.
Para nosotros, el compendio o tratado por antonomasia de una condición del ser humano tan manifiesta desde que el mundo es mundo, y tan rabiosamente actual, es “La historia de la estupidez humana”, del escritor húngaro Paul Tabori. El libro es un clásico.
Nosotros tenemos un ejemplar, que cuidamos como el oro, de Ediciones Siglo Veinte, de Buenos Aires, de 350 páginas, traducido por Aníbal Leal y con una magnífica introducción de Richard Armour.
El libro no tiene pérdida. Para nosotros es un incunable. Y para mucha gente, nos consta. Lo tenemos siempre en nuestra mesilla de noche. Lo releemos con frecuencia. Y lo recomendamos con entusiasmo.
El autor, al reseñar el tema destaca, entre muchas otras, la estupidez originada por la codicia, la duda, el conformismo, el legalismo, los mitos y mil y una otras formas descaradas o encubiertas.
Expuesta como está a la sátira y a la crítica, la estupidez ha sobrevivido a millones de ataques directos e indirectos; sigue cada vez más vigente, para nuestro pesar, luce triunfante y rejuvenecida. Ya Schiller había observado que hasta los mismos dioses luchan constante e infructuosamente contra ella.
Reproducimos parte del primer párrafo: Este libro trata de la estupidez, la tontería, la imbecilidad, la incapacidad, la torpeza, la vacuidad, la estrechez de miras, la fatuidad, la idiotez, la locura, el desvarío. Estudia a los estúpidos, los necios, los seres de inteligencia menguada, los de pocas luces, los débiles mentales, los tontos, los bobos, los superficiales; los mentecatos, los novatos y los que chochean; los simples, los desequilibrados, los chiflados, los irresponsables, los embrutecidos. En él nos proponemos presentar una galería de payasos, simplotes, badulaques, papanatas, peleles, torpes, bodoques, pazguatos, zopencos, estólidos, majaderos y energúmenos de ayer y de hoy. Describirá y analizará hechos irracionales, insensatos, absurdos, tontos, mal concebidos, imbéciles... y por ahí adelante. ¿Hay algo más característico de nuestra humanidad que el hecho de que el Thesauríts de Roget consagre seis columnas a los sinónimos, verbos, nombres y adjetivos de la "estupidez" y la "sensatez" apenas ocupa una?

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

sábado, 12 de junio de 2010

Vuelta a la vida

Un pintor es un hombre que pinta lo que se vende, pero un artista es un hombre que vende lo que pinta, decía Picasso.
El pintor argentino Darío Mastrosimone es un artista, porque está vendiendo muchos de los cuadros que pinta, aunque quizás tenga algo que ver con esto el hecho de que sea también contador público nacional, con estudio contable propio, y se le den muy bien los números.
El cuadro –que nos encanta- de Mastrosimone elegido para ilustrar este post se titula, muy acertadamente, Vuelta a la vida, pues el pescador, inmerso hasta media pierna en un agua color de lapislázuli, devuelve al pez recién pescado a su elemento natural y a la vida. Colores tranquilos: amarillos oscuros, algún verde parduzco, un poco de azul acá y allá, equilibrio y seguridad.
Mastrosimone estudió pintura con Tano Benedetti, un profesor del colegio Mariano Acosta, donde cursó su enseñanza secundaria; luego hizo taller con el acuarelista Daniel Salaverría. Por eso, quizás, sus cuadros al óleo tengan factura y alegría de acuarela.
Darío empezó a pintar, se presentó a varios concursos, ganó algunos premios y un día, nada menos que Georg Miciu, que había visto algunas pinturas suyas, le dijo: “¡Llegó el momento de quemar las naves!”.
Mastrosimone se despertó, según propia confesión, y empezó a pintar, olvidándose de la contaduría.
Sus cuadros, pintados con espátula, tienen un trazo firme y su temática es hermosa: caballos, el mar, ríos, tardes de invierno, figuras infantiles expresivas, graciosas…
El pintor administra muy bien luces, tonos, escorzos. Su estilo, mezcla de impresionismo y modernismo, es vigoroso y muy personal, con figuras bien resueltas, lo cual no es fácil pintando con espátula.
Mastrosimone se acuerda de Claude Monet, cuando el gran pintor francés dijo que iba a pintar la luz de las cosas.
Monet, entre paréntesis, sufrió apreturas económicas, como casi todo el mundo que se dedica al arte. Un día se le ocurrió jugarse los 100000 francos que constituían toda su fortuna a la Lotería Nacional francesa y ganó el primer premio, por lo cual pudo dedicarse desde entonces a vagar sin agobios por la campiña francesa, pintando paisajes.
No es el caso de Darío Mastrosimone, que por si las moscas habrá hecho bien si continúa manteniendo su estudio contable, aunque sea dirigido por otros.
Con la pintura va a llegar lejos, ya lo verán.


© José Luis Alvarez Fermosel

Dichos y dicharachos

ENTRA, PIDE, BEBE, CALLA, PAGA Y VETE
Divisa, por así llamarla, que algunos taberneros exponían antaño sobre la puerta de su establecimiento. Por extensión, este dicho recomienda no demorarse en un sitio más tiempo del necesario.
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LA HARINA DEL DIABLO, TODO SE VUELVE SALVADO
Esto quiere decir, figuradamente, que lo mal adquirido se dilapida pronto y en vano, lo cual es más grave si, como decía Tennesse Williams, “se puede ser joven sin dinero, pero no viejo sin él”.
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HOMBRE CHICO, VENENICO
Al igual que otros varios, este refrán afirma que los hombres bajos suelen ser punzantes y de lengua afilada. Al célebre pintor impresionista francés Henri de Toulouse Lautrec, rodeado una vez de circunstantes muy altos, alguien totalmente desprovisto de tacto vino a decirle que sin duda debía sentirse muy incómodo allí, dada su baja estatura. “En efecto, querido amigo –dijo al punto el genial pintor-: me siento como una moneda de oro entre un montón de calderilla”.
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LA UNION HACE LA FUERZA
Lema que figura en el escudo de armas de Bélgica y expresa la idea del esfuerzo mancomunado que se realiza en forma colectiva, uniendo las individualidades en procura de un logro.
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ARMARSE LA DE SAN QUINTIN
Formarse una gran riña entre varias personas. La comparación surge con la batalla de San Quintín (10 de agosto de 1557), festividad de San Lorenzo, por la que los españoles aniquilaron a los franceses, aun a costa de grandes bajas.
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CORTAR EL BACALAO
Ser el que manda en una sociedad o grupo de personas. El bacalao fue, durante mucho tiempo, un elemento básico en la alimentación de los pobras. Por eso la misión de cortarlo se reservaba a los jefes de familia.
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EL MOVIMIENTO SE DEMUESTRA ANDANDO
La frase expresa que llega un momento en el que sobran las palabras y hay que pasar a los hechos. Se atribuye al filósofo griego Diógenes el cínico, quien la habría pronunciado ante Zenón de Elea cuando éste negó ontológicamente el movimiento. Entonces Diógenes se levantó, se puso a caminar y dijo la frase.
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EL ZORRO PIERDE EL PELO PERO NO LAS MAÑAS
El zorro tiene la característica de padecer la caída del pelo, y tan importante es esta particularidad que la enfermedad, en el hombre, se llama alopecia, palabra tomada del griedo “alops”: zorro. La frase explica también que, por más que este animal pierda su pelaje, sus costumbres y mañas permanecerán inalterables. Lo mismo pasa con el hombres.
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© José Luis Alvarez Fermosel

Pérdidas


miércoles, 9 de junio de 2010

Restaurantes

Muchos artistas de cine, casi todos norteamericanos, han querido tener el oficio de “restaurateur” como segundo trabajo, afición, alternativa u otra fuente de ingresos.
A casi todos les ha ido mal, a la corta o a la larga. Es que estas cosas casi sublimes, me atrevería a decir, del “comercio” y el “bebercio” son muy difíciles de manejar, aunque cualquiera se crea capaz de hacer una buena tortilla de patatas, un “souffle” de queso y otros platos, y, además, convertir esa habilidad en un negocio bien saneado.
Los argentinos, todos, uno por uno, dominan magistralmente la técnica del asado de carne a la parrilla, para delicia de sus invitados. Pero no les suele ir bien cuando se deciden a profesionalizar ese amateurismo tan interesante, extramuros de sus parrillas.
Les pasa lo mismo a algunos divos de Hollywood cuando abren restaurantes, cafés, bares y otros establecimientos similares. Al menos eso nos dicen algunas estadísticas que hemos recogido en este blog.
Quizás esa mala fortuna se haya debido a que ellos, o quienes pusieron al frente de su negocios incurrieron en las falencias comunes a los restaurantes argentinos y a muchos de otras latitudes, algunas de las cuales incluimos también aquí. Todos quienes salimos con frecuencia a comer fuera padecemos esos y otros inconvenientes.
O a lo mejor todo, en unos casos y en otros, se debió a la mala suerte, que también acecha a cada quisque detrás de todas las esquinas, digan lo que digan los deterministas.
Acaso fuera mejor que cada uno se dedicara a lo suyo.

© José Luis Alvarez Fermosel