domingo, 7 de noviembre de 2010

Glasbergen

Randy Glasbergen, autor del chiste del “post” anterior, es uno de los humoristas estadounidenses más conocidos en todo el mundo.
Diarios, revistas, tarjetas de Navidad, libros, almanaques, “webs” y “blogs” están impregnados de su arte y su ingenio, en todas partes.
Tarjetas de la lotería del Reino Unido, calcomanías, esos cartoncitos magnéticos que se pegan en las puertas de las neveras, “shorts”, camisetas, cartas de restaurante, “displays”… ¡y abrigos para perros! muestran algún trazo de este polifacético historietista que empezó a trabajar por libre a los 15 años y ya no lo para nadie.
Randy, como le llama todo el mundo, estudió periodismo durante un año en Utica, Nueva York, y después de trabajar una temporada en Kansas City, se convirtió en “free lance” y ya no se mueve de su estudio, abarrotado de papelotes, lápices, pinceles, pinturas y tiras cómicas de Popeye, “The monkeys” y la memorabilia de GI Joe.
Vive en la zona rural del estado de Nueva York con su mujer y una legión de perros, gatos, cobayas y peces.
Cuando no está trabajando en su tablero de dibujo, da largos paseos con sus perros salchicha o hace vida de familia, lo cual no afecta su producción, para la tranquilidad de sus muchos seguidores.


© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 6 de noviembre de 2010

Hay que trabajar más


La escritura manual activa el cerebro

Quienes seguimos aferrados a la estilográfica, como un náufrago a un salvavidas, estamos de parabienes.
Escribir a mano cartas, apuntes, tarjetas, lo que sea, no va a ser a partir de ahora sólo cosa de románticos y nostálgicos –para algunos, tranochados-.
Ni de gente con avidez de coleccionista que acopia plumas compulsivamente, sino de personas avisadas que pretendan cuidar sus entendederas.
Porque el uso de la pluma estilográfica activa el cerebro. Lo han asegurado médicos y científicos en universidades. Entre otras, en la de Indiana (Estados Unidos). Isabel F. Lantigua recogió esa información y la divulgó en un artículo del diario El Mundo de Madrid, titulado “Las ventajas de escribir a mano” –con pluma, bolígrafo, “roller” o lápiz-.
Algunos preferimos las lapiceras fuente, que no hemos dejado de usar desde el bachillerato para firmar poderes, cheques, escrituras y otros documentos; y -lo mejor- para escribir cartas de amor o unas frases amables y afectuosas en pequeñas cartulinas que enviar, junto con un ramo de flores, a señoras de nuestra amistad.
Bienvenido sea el hecho de que “(…) al escribir a mano se activan más regiones del cerebro y se favorece el aprendizaje de formas, símbolos y lenguas”, como acaban de informar los sabios.
De todos modos, uno no va a recordar ésto, tan trascendente, al empuñar su estilográfica.
Predominará la grata sensación de caricia en los dedos que proporciona la negra ebonita pulida, suave y brillante de su lapicera, que se desliza sobre el blanco papel como al compás de un vals cuando escribe “te quiero”.
Somos muchos los amantes de la escritura manual, conscientes de que no tenemos demasiadas oportunidades de practicarla, porque el teclado de la computadora es el que manda.
Agradecemos que la ciencia nos avale, ahora. Porque a pesar de depender del teclado, siempre buscaremos la oportunidad de escoger una estilográfica de entre las que hemos ido juntando durante años, y trazar con ella aunque no sea más que algunas líneas en una hoja de papel y formar jeroglíficos que sólo podremos descifrar nuestra pluma y nosotros.
Simpático esoterismo doméstico y, según acaba de descubrirse, beneficioso.
Repitámoslo una vez más, gozosamente. Todos los plumíferos estamos de enhorabuena. Incluido el prestigioso médico argentino Fernando Monti, que no firma una sola receta si no es con pluma estilográfica.


© José Luis Alvarez Fermosel


viernes, 5 de noviembre de 2010

Qatar será Catar

La Real Academia Española (RAE) se expidió otra vez. Y otra vez fue más el ruido que las nueces.
La nueva edición de la Ortografía de la RAE pretende ser no sólo razonable y exhaustiva, sino también simple, legible, y sobre todo, coherente, afirma su coordinador, Salvador Gutiérrez Ordóñez en un artículo de Javier Rodríguez Marcos publicado en el diario El País de Madrid.
A falta de cosa mejor que hacer, la RAE se sacó de la manga cuatro naderías.
Por ejemplo, la “i griega” será “ye”, la ch y la ll dejarán de ser letras del alfabeto y varios acentos se irán por la posta.
Vale.

© J. L. A. F.

Nota relacionada:

La “i griega” se llamará “ye”

Del autor:

Palabras
Manuel Alvar
“Caprosta” y otras “fraslafras”
La RAE está rara

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Crisis y efectos

Estas extrañas crisis económico-financieras del tercer milenio, que sacuden a una buena parte del mundo, repercuten –siempre ha sido así, por desgracia-, en los sectores más humildes de la población; el sufrido pueblo llano, en una palabra.
Golpean en lo que más duele: la salud, la sanidad.
España está pegando fuerte, en ese sentido.
Emilio de Benito dice en un documentado e interesante artículo, publicado en el diario madrileño El País, que las crisis y la prestación sanitaria siempre han ido de la mano.
El déficit de los sistemas sanitarios supera ya en España los 11000 millones de euros.
En Argentina no están tan mal las cosas en materia de sanidad. Pero mientras escribo estas líneas me entero de que están por cerrarse tres hospitales públicos. Se empieza a edificar uno nuevo, que no se sabe cuando se terminará.
La última observación, que más que una observación es una perogrullada: a los poseedores de inmensas fortunas no les afectan las crisis. Mucha gente sostiene que son ellos quienes las provocan, a fin de ganar más dinero.
¡Qué Dios nos ampare!

© J. L. A. F.

martes, 2 de noviembre de 2010

Títulos y recogidos

El título, en los textos periodísticos, fundamentalmente, es importantísimo.
Un buen título, un título con garra, engancha; por eso se dice que “tiene gancho”, si es bueno; porque te lleva a leer inmediatamente el texto que va a continuación.
Arriba del título suele ir una frase no muy larga llamada volanta. Si va debajo, es una bajada.
No todos los periodistas, y me refiero a los que baten el cobre a diario, y escriben más que “El Tostao”, son buenos tituleros. Muchos de los que saben titular bien, redactan mal. Unos pocos privilegiados, de los que sirven lo mismo para un roto que para un descosido, hacen bien las dos cosas: redactar y titular.
Lo dicho sobre el título es aplicable al “lead”, copete, cabeza o primer párrafo, que debe redactarse de tal manera que, una vez leído, el lector se apreste inmediatamente a zambullirse en lo que sigue, a pesar de que en esos primeros renglones se dé a conocer el qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué del asunto que es lo que corresponde.
En los diarios y las revistas es común extraer del cuerpo de la nota un párrafo, que generalmente se pone al costado, con otra tipografía, y se llama “read out”, destacado o recogido. La nota, si además lleva subtítulos, sale así un poco más… “vestida”.
En ciertos libros, ese recogido se pone debajo de cada capítulo. En otros –antes, y específicamente en los folletines-, se explicaba en un par de líneas lo que el lector iba a encontrarse. Por ejemplo: capítulo XII, y abajo: “En el que el marqués descubre que su mujer le engaña con el jardinero”.
Esos redactores, como los solaperos, o escritores de solapas y contraportadas de libros, tienen un dominio extraordinario de su oficio y escriben muy bien.
Estoy releyendo un libro de Alain Guérin, titulado El general gris, sobre el general Reinhard Gehlen, jefe del Servicio de Inteligencia Federal (B. N. D.) de Alemania Occidental durante la Guerra Fría.
Hay unos recogidos, o destacados, bajo cada capítulo, que no es que resuman ni sinteticen nada, que en definitiva sí lo hacen, sino que catapultan al lector a la lectura inmediata del capítulo, muchos de los cuales, por no decir todos, tienen también una garra brutal.
No puedo resistir la tentación de transcribir algunos.
Por ejemplo, el capítulo VII dice: “Se llamaba Vlassov”. Y abajo se lee, entre otras frases: “Siempre entre dos orgías”, “Los vagabundos de la traición”, “Marionetas en el frigorífico”…
“Honor a los antiguos” es el título del capítulo XI, bajo el cual se evoca a la Viena del “Tercer Hombre” y a continuación se cita a “La pequeña villa del lúpulo”, el tesoro de las S. S. y se recomienda “tirar justo y llegar lejos”.
Bajo el capítulo XIII, titulado “Un pequeño estanque cubierto de nenúfares“, se lee: “El teniente coronel vendía cigarrillos”, “El ‘espionaje sindical’ ”, “Un proceso en El Cairo”…
Capítulo XV: “Una pistola del 7’65 marca Astra”, “El muro de la vergüenza contra la muralla de la paz”, “La cita en una piscina”…
En el capítulo XVII se menciona al barman del Expreso de Oriente, se recomienda “no dejarse acunar por peligrosos sueños” y se recuerda que “en un casino de Túnez…”
En otros capítulos hay destacados como “Una bala de revólver en un sobre vacío”, “Suicidio en el granero”, “Pierre se ha enterado de K-D2…”, “El centauro y el hipogrifo”, “Guardaba siete almas en su pecho”, “Un caballero asesino, de mirada particularmente franca”…
Lo mejor de todo es que el libro es lo suficientemente bueno como para no necesitar ninguno de esos incentivos, que son otras tantas cerezas en el pastel.
© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

El Simurg

lunes, 1 de noviembre de 2010

Los propósitos que nunca se cumplen

Dejar de fumar. (Quizás sea éste el propósito que más se cumpla, en los últimos tiempos.)
Empezar a ir al gimnasio. (O, por lo menos, empezar a hacer una caminata de una hora todos los días.)
Aprender inglés.
No quedarse de noche hasta muy tarde mirando la televisión.
Intentar salir antes del trabajo.
Reducir el número de llamadas por el teléfono celular.
Dejar de pasar la lengua por la tapa del yogur.
No echar Coca Cola al whisky.
Tomar menos Coca Cola.
Aprovechar el fin de semana para poner el archivo al día.
Enojarse menos.
Acordarse de saludar al entrar en el ascensor.
Suprimir el pan, el vino y el postre en las comidas.


© Por la transcripción: J. L. A. F.