miércoles, 9 de junio de 2010

El casino planetario

La zona del euro se ha convertido en un casino planetario, en la opinión de analistas dignos de crédito.
Los más pesimistas temen que el sistema de moneda única europea empiece a hacer agua y el barco se hunda, o se quede al garete a corto plazo. Esperemos que llegue a buen puerto, aunque se descuenta que la travesía va a ser difícil.
Los hechos parecen dar la razón a nuestra teoría: los bancos, las financieras, los “traders”, los especuladores, los reguladores y, los peores, o sea, los ignorantes de siempre, que dijeron que sabían lo que se traían entre manos, al crear el euro como moneda comunitaria, provocaron la crisis económico-financiera global que conmociona al Viejo Mundo, o a una parte considerable de él.
La prestigiosa agencia de calificaciones Moody’s destaca declaraciones de Pierre Cailleteau, director del área de Deuda Soberana, en el sentido de que a su entender la gestión de los organismos reguladores para revertir la crisis no está dando resultado.
Los más culpables son gente de la calaña del financiero malversador estadounidense Madoff –que cumple una pena de 150 años de cárcel-, y sus émulos europeos. Madoff acaba de decir, refiriéndose a las víctimas de sus estafas: “¡Que se jodan!” (sic).
No sé si no son peores los ignorantes, los que dicen que saben y no saben, y nos metieron en este tinglado, y ahora no saben cómo sacarnos.
Josep Borrell Fontelles (foto), secretario de Estado de Hacienda y ministro de Obras Públicas en los gobiernos de Felipe González, ahora presidente del Instituto Universitario Europeo, habla en el diario El País de Madrid de la imprevisión y otros factores que generaron la crisis.
Entre otras cosas que no hay que perderse, Borrell se refiere a la gigantesca acumulación de la deuda privada en España, al incumplimiento del Pacto de Estabilidad por parte de Alemania y Francia, a los ajustes salvajes que pueden hacer perder la cohesión social y a lo que define como casino planetario: “Los gobiernos jugaron al póquer con los mercados y perdieron”.
Y pagaron justos por pecadores.


© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 7 de junio de 2010

En el Día del Periodista en Argentina

¿Qué mejor que extraer, en la celebración del Día del Periodista en Argentina, algunos conceptos del discurso de ingreso en la Academia Nacional de Periodismo de ese maestro y espejo de profesionales de la información que fue Martín Allica?
Evocamos a Martín, corpulento, barbado, jocundo, acaso pope en otra vida -su sortija de obispo, comprada en El Cairo-, Júpiter tonante de mentirijillas, cultísismo, poliglota, amigo nuestro desde que llegamos a Buenos Aires, con quien compartimos horas felices y otras no tanto, en la turbulenta marejada de los que quizas fueran los años más difíciles de la historia reciente de este ubérrimo país, sistemáticamente mal administrado y mal gobernado.
Martín nos dejo prematuramente, por desgracia, hace algunos años, cuando aún cabía esperar muchas muestras de su ingenio, su “savoir faire”, su calidad y su calidez. Porque era tan buen ser humano como buen periodista.
Martín Allica afirmó en su discurso –en el que tuvo la gentileza de nombrarme- que los primeros cronistas de la era cristiana fueron Mateo, Marcos, Lucas y Juan “(…) que no sabían de globalizaciones, sino de universalización en la Palabra de Vida eterna, ni dextrógira ni sinistrógira”.
Allica recordó que los cuatro evangelistas fueron tenaces hasta el martirio por defender los verdaderos derechos fraternos, a principiar por los pobres, los débiles, los enfermos, los desclasados y los considerados extranjeros y despreciables.
¡Qué bueno sería que, como los bíblicos reporteros citados, recusáramos la mentira, el lenguaje soez como prenda de la herejía (es un decir) reduccionista del idioma, la chismología, la chabacanería, el mercenarismo, el oportunismo, la difamación, el libelo, la extorsión y el exhibicionismo!
Para Martín Allica, la primera obligación del periodista tendría que ser proteger y ayudar con el don del concepto justo y el ejemplo existencial.
“Serían los recipiendarios de nuestra protección -enumeraba el académico en su discurso-, todos los sentenciados a remar en las galeras de la ignorancia, el abandono, la idolatría del consumismo, el trabajo indecente o ilegal, la cursilería que rebaja la dignidad del mensajero y el destinatario, el pauperismo y la discriminación de cualquier género, la indisponibilidad al diálogo, la desinformación ilustrada y aun la tortura psicológica del semejante premiada con una recompensa metálica, porque la misión del Maestro y de sus comunicadores sociales fue la de redimirnos y enaltecernos en la verdad y como vehículos de esa verdad que aproxima”.
Lo anterior forma parte de la deontología del periodismo desde el punto de vista de un hombre de acendrada fe católica que, empero, respetaba a quienes profesaban otros credos o posturas filosóficas, e incluso a los agnósticos.
Los periodistas somos la infantería de las letras, pero eso no nos exime, al contrario, ha de impulsarnos a hacer literatura, hablo de literatura en serio, no de lírica fácil, ni del pedantesco alambicamiento de los falsos intelectuales de gafas cuadradas con montura negra de Martin Nahra.
La verdadera literatura, como la auténtica delicadeza, está casi siempre en las cosas pequeñas, en apariencia poco importantes, en los detalles. Hay que peraltar el detalle, de modo de conseguir la mágica profundidad del cuadro vital. Stendhal decía que no hay originalidad más que en el detalle.
Otro querido escritor, que volcó quizás lo mejor de su producción en los periódicos, siempre extramuros de las redacciones, fue César González-Ruano, cronista tenaz y fascinante de la nostalgia y las pequeñas cosas de la vida.
Lo citamos con frecuencia en estas páginas porque tuvimos la suerte de conocerlo en Madrid y forjar una amistad, a pesar de la diferencia de edad que nos separaba. Aprendimos mucho de su andadura profesional y vital.
González-Ruano amparó siempre su labor literaria de escritor de diarios bajo esta frase de Racine: “Toute l’invention consiste à faire quelque chose de rien”. Toda la invención consiste en hacer cualquier cosa de la nada.
Si uno tiene la suerte de ser un periodista a quien sus mandantes le permiten que escriba de lo que quiera –después de haber hecho su noviciado-, debe preferir los temas pequeños a los grandes. Y, naturalmente, no ser objetivo, en contra de lo que predican los capataces del oficio. La clave está en la subjetividad.
Lo que le ocurre al periodista puede ser lo más interesante para el lector. González-Ruano decía: “Así como en la novela lo local puede ser exactamente lo universal, en el artículo o en la crónica dificulto que exista nada más general que lo personal, nada más objetivo que lo subjetivo”.
Para que un tema interese hay que partir de uno mismo. Lo general es lo subjetivo.
Por último, recuerdo en este Día del Periodista a los compañeros que ya no están. Unos fueron amigos del alma, con otros disentimos. Algunos, como Hemingway, supieron dejar el periodismo a tiempo. Otros murieron en acción. Otros siguen en la brecha, aquí y en la otra orilla. No olvidaré a ninguno de ellos.
A los jóvenes, a los que empiezan, les deseo que tengan aciertos y éxitos, que levanten una desusada bandera de concordia, sin que ello signifique que no tengan que denunciar lo que hay que denunciar y criticar lo que hay que criticar.
Mariano Moreno fundó La Gazeta de Buenos Ayres el 7 de junio de 1810, el primer periódico de la independencia, recuerda la web 26noticias. En ese primer número, Mariano Moreno escribió: “El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal”.
¡Feliz Día del Periodista para todos!

© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 6 de junio de 2010

Inmigrantes emprendedores

Los datos que siguen están contenidos en una crónica de la periodista argentina Silvia Pisani, una de las más brillantes de su generación, que estudió en España y en los Estados Unidos y ganó en Argentina el codiciado premio Konex. Silvia fue durante varios años corresponsal en Madrid del diario La Nación de Buenos Aires. Hace poco fue trasladada a los Estados Unidos.
Los argentinos son los inmigrantes más emprendedores de España. En 30 años desarrollaron 21000 empresas, con una inversión de 1000 millones de euros.
Quince de cada 100 residentes argentinos fueron capaces de generar su propio negocio. Otros 85 trabajan por cuenta de otros.
Estos datos surgen del informe GEM que elabora todos los años el Instituto de la Empresa de Madrid, a fin de medir el índice de la actividad emprendedora en España.
El estudio no especifica los tipos de negocios en manos de los argentinos, pero sí da a conocer el capital inicial promedio para ponerlos en marcha: 50.000 euros.
Esa cifra, combinada con los no menos de 21000 emprendimientos estimados, arroja la cantidad de 1000 millones de euros invertidos por argentinos residentes en España.
La cantidad asombra, pero hay que considerar que muchos argentinos viven desde hace varias décadas en España, un país con tasas de interés bajas, en proceso de desarrollo sostenido y con facilidades para la obtención de créditos. Al menos así fue hasta que se desató la crisis actual. Ahora hay españoles que emigran a la Argentina.
Silvia Pisani informó, cuando era corresponsal en España, que muchos de los inversores argentinos residen, como promedio, desde hace siete años en la península. En condiciones regulares y con su documentación en regla.
“Frente a estos datos, uno piensa que es lamentable que esa gran corriente de actividad producida por argentinos allende sus fronteras no pueda circular en Argentina, país que pierde constantemente recursos humanos”.
Así opina uno de los argentinos que lleva más años viviendo en España, Carlos Rodríguez Braun, entrevistado por Silvia Pisani. La corresponsal destacó en uno de sus despachos el espíritu empresarial de los inmigrantes argentinos en su conjunto.
“Entre quienes vienen de América Latina, los argentinos van claramente a la cabeza y son, incluso, más emprendedores que los propios españoles”, dijo el investigador jefe de la encuesta, Ignacio de la Vega.

© Por la transcripción, José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 5 de junio de 2010

Un "affaire" para recordar

Este blog dio el año pasado la primicia mundial del escandaloso “affaire” de la gripe porcina o gripe A, que no fue, que no es más ni peor que la gripe común y silvestre de todos los inviernos y no necesita tratamientos especiales, sofisticados ni costosos.
A decir verdad, la llamada gripe A es más benigna que la corriente, demostraron autoridades médicas competentes.
La gripe A fue un montaje, un fraude, y así lo reconocieron y lo denunciaron profesionales, especialistas y medios de comunicación social serios.
Cundió el pánico entre la población, el factor psicosomático causó sus efectos y, como suele ocurrir en estos casos, mucha gente inescrupulosa ganó, es decir, se hizo con grandes cantidades de dinero.
Acerca de las acusaciones que pesaron sobre quienes lanzaron la especie y las posibles sanciones a las que se hicieron acreedores, no se dijo nada, y nada se sabe.
Ahora saltan a la actualidad nuevas, aunque tibias denuncias que implican a laboratorios, industrias elaboradoras de fármacos y a la mismísima Organización Mundial de la Salud (OMS).
Hay que estar muy atento porque –esto es una cuestión de olfato- da la impresión de que está preparándose, de cara al invierno inminente, una nueva campaña.
Y en cuanto se produzcan los primeros casos de la gripe de siempre, ni A ni B, ni porcina ni conejil, volverán la especulación, el fraude, el chanchullo, la corrupción –moneda de curso ilegal tan corriente, en estos tiempos- y pagaremos el pato nosotros, la gente, la gente honrada que ya tendrá bastante con sufrir los incómodos efectos de los resfríos y la gripe como para llenarle la cabeza con malévolas fantasías que involucren a los cerdos, pobres animales que no tienen la culpa de nada.
La gripe A no es una pandemia, es una pamema.
El que avisa no es traidor. ¡Alerta, pues!

© José Luis Alvarez Fermosel

Bulimia

viernes, 4 de junio de 2010

El asiento del alma

La glándula pineal, o epífisis –llamada también “tercer ojo” por los monjes tibetanos-, es un órgano secretor del tamaño de un guisante, que pesa entre 100 y 200 miligramos y está situada en el techo del diencéfalo, en la fosa pineal, es decir, en el centro del cerebro.
Esta glándula segrega una sustancia llamada melatonina, que es el antioxidante endógeno (formado en el interior del organismo) más potente que se conoce. Coordina y regula los ritmos biológicos, potencia y estimula el sistema inmune y ayuda a prevenir enfermedades graves –incluído el cáncer-.
Profesionales de la Medicina de reconocida solvencia afirman desde hace tiempo que, además, la melatonina mejora la actividad sexual, favorece la función glandular, regula el sueño, calma la tensión y el estrés e intensifica la sensación de bienestar.
Científicos, filósofos, investigadores y estudiosos de diversas disciplinas se ocuparon desde siempre de la glándula pineal.
Se sabe de su existencia al menos desde el año 300, gracias a los médicos griegos Herófilo de Calcedonia y Erasístrato de Ceos, a quienes se debe la denominación de pineal por su parecido a una piña.
La obra de estos sabios de la antigua Grecia desapareció con la destrucción de Alejandría por Julio César, pese a lo cual algunos de sus conocimientos trascendieron gracias a las citas de autores posteriores, entre ellos Galeno.
En el siglo XVII, el filósofo y matemático francés René Descartes –el padre de la crítica del conocimiento- llamó a la glándula pineal “el asiento del alma” y se refirió a ella como activador psíquico y somático.
Lo cierto es, siempre según los científicos, que además de producir melatonina la glándula pineal controla todos los centros neuroendocrinos del hipotálamo y, en consecuencia, todos los factores liberadores e inhibidores que hacen funcionar el organismo.
El hipotálamo es una glándula que se ubica también en el diencéfalo, en el suelo de la fosa pineal. Se la considera centro integrador del sistema nervioso autónomo o vegetativo y regulador del equilibrio dinámico del organismo.


© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 3 de junio de 2010

Nuevos españoles en Argentina

Argentina vuelve a recibir inmigrantes españoles. Ahora no vienen en la tercera clase de un barco, vestidos de pana, con una mano detrás y otra delante, ni se hospedan, nada más llegar, en el Hotel de Inmigrantes, entre otras razones porque el Hotel de Inmigrantes es ahora un museo.
Vienen en avión, vestidos con deportiva elegancia, se alojan en hostales de tres estrellas, o en casas de amigos o conocidos que les precedieron. Traen unos miles de euros que, al cambio en pesos, les alcanzan para tirar varios meses sin pasar estrecheces, hasta que se ubican, cosa que están haciendo rápidamente. Más que inmigrantes podría considerárselos como turistas que a lo mejor se quedan aquí un tiempo largo.
Son muchachos de entre 25 y 35 años –no suele venir ninguna chica- con buena cultura general, algunos universitarios, casi todos con buen inglés, que se alejan de España empujados por la crisis del euro y están formando en Buenos Aires grupos que desarrollan con fortuna actividades relacionadas con el cine, el teatro, la publicidad, la fotografía y otras artes.
Se presentan en “castings” para hacer papeles de modelos publicitarios, o de actores españoles en coproducciones cinematográficas hispano-argentinas. Casi siempre es elegido alguno del grupo. Les pagan muy bien, pues muchos films publicitarios se ruedan en países latinoamericanos, en los Estados Unidos o en España, y les costean el viaje, el alojamiento y los gastos diarios en dólares o en euros, amén de su retribución pactada por contrato, que suele ser sustanciosa.
Son simpáticos, laboriosos, tienen muy buena pinta, casi todos se echan una novia de trámite a las primeras de cambio, en seguida se compran un coche o una moto, viajan, se interesan enormemente por la idiosincrasia y la cultura del argentino, con quien se entienden muy pronto.
Conforman la otra cara de la moneda, al cabo de tantos años, acuñada por aquellas inmigraciones en oleada de finales del siglo diecinueve y principios del veinte, que poblaron estas costas de españoles –casi todos procedentes de Galicia-, italianos del sur y polacos, fundamentalmente.
Casi toda aquella pobre gente –muchos se enriquecieron a fuerza de trabajar de sol a sol durante toda su vida, en tierra extraña- venían muertos de hambre, prematuramente envejecidos, presa de un profunda tristeza que no les abandonó jamás, ni siquiera cuando se se insertaron en una sociedad hospitalaria y generosa, como la argentina, y se ganaron la vida honradamente y con provecho.
La añoranza del terruño perdido les carcomió el alma, como un cáncer. Cuando al cabo de muchos años volvieron de turistas a sus pueblos de origen, nada era lo mismo; todo había cambiado: la novia se casó con otro, los padres murieron y, como dice Sabina, la taberna de las tertulias con sus amigos había sido reemplazada por una sucursal del Banco HispanoAmericano.
En cambio, estos chicos son alegres, deportivos, les consta que la globalización y la tecnología de punta los convierte en ciudadanos del mundo y que no necesitarán pasarse aquí la vida, ni trabajar hasta la extenuación para pasarlo bien e irse cuando quieran a donde les dé la gana, siempre con un duro en el bolsillo, cazadoras de piel de pecarí, camisas Oxford y “jeans” de firma.
Quizás alguno se quede y forme aquí una familia, después de todo.
Mientras tanto, aquí están, contrapunto simpático de una ciudad cosmopolita y variopinta, que les ofrece una variada y rica actividad cultural para disfrutarla o formar parte de ella.


© José Luis Alvarez Fermosel