domingo, 30 de marzo de 2008

Blues de bar

El bar ha sido mucho más útil al hombre que toda la sabiduría de Einstein, que en realidad no hizo más que jorobar, lo mismo con sus teorías que con su violín, sentenció una vez Rafel García Serrano, un escritor español aficionado a los bares, como uno.
Rafael sostenía, y tenía razón, que el bar tiene un aire silvestre, provisional, fronterizo. Entramos en él como si fueramos “cow boys” y hubiéramos dejado nuestros caballos en la puerta. El bar tiene algo de campamento y nos recuerda al Far West.
En la barra del bar corren los dados, que es un juego de castro romano. El mostrador es como el espigón de un puerto, el muelle más seguro. Y allí nos amarramos entre viaje y viaje por los mares urbanos. Somos marineros y barcos al mismo tiempo. Todos podemos ir al puerto que nos dé la gana, pero en general nos matriculamos en el que más nos gusta. Uno se ha matriculado en varios.
El bar, el buen bar debe ser como un “bunker” abierto a la vida por los cuatro costados. Tiene que ser un “pied à terre” siempre a mano.
El bar es cubierta de paquebote, veranda de casa grande abierta a la luna, que se asoma cada noche al gran cabaré estelar, según la greguería de Ramòn Gómez de la Serna.
Las paredes del bar tienen que ser de madera y ha de tener lámparas y grabados ingleses, una réplica de un mapa antiguo y un teléfono verde inglés.

- Oiga, ¿y cómo hay que ir a los bares?
- Señora, a los bares hay que ir con los bemoles bien puestos y el corazón alegre (Recordemos aquella ronda de nuestros años infantiles: “Alégrate, corazón/aunque sea por la tarde/corazón que no se alegre/no calienta buena sangre/”); al bar hay que ir como quien va a la universidad, al templo o al gimnasio: con manos ágiles y alegre corazón, como en los versos de “Rosenkavalier”. No se puede ir al bar con el ánimo flojo y los zapatos sucios, ni con una mujer desaliñada, ni con un amigo tacaño.
- ¿Con quién ir, entonces?
- Con una novia en trámite, con un viejo periodista de buen saque, con una actriz rubia que acaba de llegar de San Francisco, con un amigo del alma, con la vecina del tercero -¡que este año mata!-, con el abuelo de uno, con el nieto de uno, con un acreedor comprensivo, con un cantante de boleros uruguayo, con una “scort” pelirroja...
- ¿Y cuándo hay que ir al bar?
- ¡Siempre que uno pueda, señora!

Al bar no se puede ir como al café. El café es otra cosa. En el café se mantienen tertulias, se hacen proyectos, se juega al dominó -si el café es de provincias y está cerca de una estación de ferrocarril-, y hasta se hace una catársis de urgencia.
Ya me lo dijo una vez Analía Gadé: “Aquí (en Madrid) tenemos el confesionario y el café, sobre todo el café, para hacer los descargos de conciencia que correspondan”. Por eso los españoles se psicoanalizan tan poco. El jamón serrano debe influir, también. Un consumidor habitual de jamón ibérico raras veces se siente inclinado, cuando se le plantea un problema, a recostarse en el diván del psicoanalista y contárselo a él.
En Argentina hay mucha afición por el... “análisis”. Infinidad de gente pasa muchas horas de su vida en el diván del analista. A Buenos Aires se la llamó en una época “Villa Freud”. En todo el país hay un psicólogo por cada 650 habitantes. En Estados Unidos hay uno por cada 2200. Psicología es la tercera carrera más elegida en las universidades públicas.
Quien habla de bar también habla de taberna, invención que se calificó muy justamente de delicada y que en Inglaterra se llama “pub”. Lo de “pub” viene de “public house” (casa pública).
En los “pubs” se bebe y se come. Y allí conviven tirios y troyanos, quienes reconocen jubilosamente que convivir es “conbeber”. En los “pubs” suele haber, en invierno, chimeneas con leños crepitantes, maderas oscurecidas por el humo, alfombras y cristales esmerilados, tras los que apenas se ven pasar apresurados transeúntes que caminan arrebujados en sus impermeables bajo la lluvia.
Ninguna definición del "pub" es mejor que la del escritor español Fernando Savater: “Los 'pubs' son microcosmos, juntamente excluyentes y acogedores, cuya banda sonora la forman el entrechocar de las jarras de cerveza, el rumor risueño y a veces colérico de las charlas eternamente reiteradas, la risotada algo vulgar pero picante de una mujer un poco beoda y el acorchado golpe del dardo contra la diana”.
De poco tiempo a esta parte se han abierto muchos "pubs" en Buenos Aires, sobre todo en la zona del Bajo. En varios de ellos se come muy bien, en particular en el “Druid’s Inn”, donde hacen un estofado irlandés riquísimo y otros platos de la Verde Erin. Suelen ir jóvenes ejecutivos de los bancos y oficinas cercanas, casi todos visten de traje y corbata y portan maletines de cuero.
Cosa curiosa –o quizás no, en los tiempos posmodernos que vivimos-: casi todos beben gaseosas o agua mineral con la comida, no importa cuán sustanciosa sea o cuán especiada esté. Muy poca gente bebe hoy en los "pubs" whisky, algún trago fuerte o cócteles; se suele beber cerveza.
A estas alturas parece obligado referirse a las tascas españolas, que constelan la ruda geografía ibérica. Entrañables tabernas de vinazo y moscas, con sus mostradores de estaño, sus carteles de toros pegados a las paredes y todo un alegre y colorido despliegue de tapas en las barras, que suelen ser de madera de teca.
En Buenos Aires abundan las confiterías -que en España se llaman cafeterías- y donde no suele comerse, por lo general, más que “sandwiches” o medias lunas. Se toma café, té o gaseosa y, como mucho, cerveza. Como aperitivo, agua mineral “Perrier” con gas y una cortecita de limón. O Coca Cola “diet”, sin ron ni gin, por supuesto.

- ¡Es que ya no se bebe como antes, señora!



© José Luis Alvarez Fermosel
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Algo contigo

Las notas dulzonas de un bolero acarician los cristales del balcón, perlados por la lluvia. Sería demasiado obvio hacer referencia a "Esta tarde vi llover". Pero uno ha caído en la tentación y la obviedad ya está en letras de molde. Y vivo el recuerdo del mexicano Armando Manzanero, a quien muchos consideran como el sucesor de su compatriota Agustín Lara.
La tarde -tarde de otoño- se va por Poniente dando una larga torera, que dijo el poeta. Tarde, otoño, bolero...
Ninguna melodía como el bolero sirvió tan a la perfección de marco al amor: al amor que comienza, al amor que murió, al amor traicionado, al amor imposible, al amor lejano: "Contigo en la distancia", "Perfidia", "Nosotros", "Vereda tropical", "Algo contigo", "Cuando vuelva a tu lado"...
Género eviterno. Así podríamos calificarlo. El bolero nació y nunca morirá. Se habla de la vuelta del bolero. Regresan los “lentos” a las discos.
La vieja y entrañable melodía no deja de dar vueltas desde su nacimiento en Cuba, donde Pepe Sánchez compuso, en 1883, el primer bolero titulado "Tristezas".
El más destacado compositor cubano fue Ernesto Lecuona, quien supo combinar magistralmente el ritmo de su tierra con lo académico, difundiendo y universalizando la música de Cuba y, en particular, boleros como "Estás en mi corazón", "Noche azul", "Damisela encantadora", "María la O", "Para Vigo me voy" -donde se puede hallar una referencia al gallego inmigrante que se hizo la América y un día volvió a su Vigo natal- y "Siboney", que es algo así como el himno del indio cubano, el que inventó el fumar metiéndose dos cañas en horquilla por la nariz.
El bolero es caliente, tropical, dulce como el azúcar de caña y machazo como el ron. Es melancólico, también, como los atardeceres de Cuernavaca o de Jalisco, allá donde cantaba Jorge Negrete.
México fue la cuna de un excepcional bolerista: Agustín Lara, a quien se deben piezas hermosísimas, como "Mujer", "Noche de ronda", "Amor de mis amores", "Arráncame la vida", "Piensa en mí", "María Bonita", "Granada"... Quizás haya sido Lara el más destacado e importante compositor del bolero latinoamericano. Aventurero, galanteador, enamoradizo, sus composiciones llevaban la amargura del despecho, la ilusión del encuentro, la ternura del primer enamoramiento y la plenitud del amor compartido.
Después de Lara, Rafael Hernández fue quien más aportó al mundo latino del bolero. Además de autor de boleros lo fue de piezas rítmicas como "Capullito de alelí", "El Cumbanchero" y "Cachita". Sus boleros más conocidos son "No me quieras tanto", "Ausencia", "Lamento borincano", "Amigo" y "Despecho".
Cuba no sólo fue la meca del bolero, sino también centro de muy buenos cantantes. Recordemos al Trío Matamoros, Antonio Machín -que triunfó por todo lo alto en España en los años '40 y '50-, René Cavel -denominado el "Tenor de las Antillas"-, Benny Moré y Olga Guillot, entre otros.
Tras la revolución de 1959, el bolero fue relegado en Cuba por ciertas causas político-ideológicas. Algunos dijeron que parecía representar el pasado dictatorial, pero esa vinculación está muy traída por los pelos. Después se impuso la nueva trova y sus máximos exponentes fueron Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.
Si hablamos de México, sería injusto que nos dejáramos en el tintero a intérpretes tan brillantes como Juan Arvizu, Pedro Vargas -la voz que nunca envejeció en el mundo de la música romántica mexicana-, José Mojica -que fue sacerdote-, Pedro Infante y últimamente, Luis Miguel. También hubo en México conjuntos magníficos como el Trío Calaveras y las orquestas de Luis Alcaraz, la Santanera y la de Pablo Beltrán Ruíz, autor del bolero "Somos diferentes".
El famoso Trío Los Panchos tuvo la particularidad de haber estado integrado por artistas de varias nacionalidades. Los primeros componentes fueron dos mexicanos, Alfredo Gil y Chucho Navarro y un puertorriqueño, Hernando Avilés. Formado en Nueva York en 1944, el primer Trío Los Panchos cosechó notorios éxitos hasta su disolución en 1952. Los más destacables fueron "Sin ti", "No me quieras tanto", "Contigo", "Nuestro amor", "Perdida", "Bésame mucho" y "Rayito de luna".
El aporte de Los Panchos al bolero fue enorme. Tras su época dorada se multiplicaron los tríos que, siguiendo su estilo, trataron de captar su magia. No siempre lo consiguieron, mejor dicho, casi nunca.
Si bien no hubo mujeres boleristas propiamente dichas, no podemos pasar por alto privilegiadas intérpretes de melodías románticas, que cantaron de todo, incluso boleros de cuando en cuando. Destacaron entre ellas la italiana Mina, la mexicana Lola Beltrán, su compatriota, la desgarrada y turbulenta Chavela Vargas –aunque la especialidad de ambas fue la ranchera-, la española Gloria Laso, la peruana Chabuca Granda, las argentinas María Martha Serra Lima, Estela Raval, Andrea Tenuta…
El bolero ha hecho amar, soñar, suspirar e incluso llorar en las tres Américas a gente de toda edad, sexo y condición. A su ritmo han bailado mejilla con mejilla jóvenes y no tan jóvenes de Puerto Rico -que después de Cuba y México fue el país que más artistas dio a ese ritmo tan tropical-, Venezuela, Chile, Argentina, la República Dominicana -no hubo un intérprete de "Aquellos ojos verdes" que pudiera igualar al dominicano Eduardo Brito-, Ecuador, Bolivia, España -donde el tenor lírico Plácido Domingo interpreta con regularidad piezas románticas de Agustín Lara y Ernesto Lecuona- e incluso en los Estados Unidos, donde el cantante mexicano-americano Andy Russell popularizó piezas como "Te quiero, dijiste", y "Amor, amor, amor", que se tradujeron al inglés como "The magic is the moon light" y "Love, love, love".
Frank Sinatra y Nat King Cole interpretaron con frecuencia el conocido bolero de Consuelo Velásquez, "Bésame mucho", como "Kiss me much". Nat King Cole grabó muchos boleros en español que se convirtieron en "hits", como "Quizás, quizás, quizás", "Acércate más", "Perfidia", "Tres palabras" y un largo etcétera. El también estadounidense Perry Como popularizó un tema de Armando Manzanero traducido como "It's impossible".
"Ya galopa la noche en su yegua sombría, derramando espigas azules sobre el campo", que dijo Pablo Neruda. Ha dejado de llover. Plácido Domingo canta "Sin ti".

"Sin ti,
no podré vivir jamás
ni pensar que nunca más
estarás junto a mí..."

© José Luis Alvarez Fermosel





sábado, 29 de marzo de 2008

La alegría de vivir

Iba yo un día por la calle San Bernardo de Madrid -la ex calle Ancha, donde estuvo muchos años la Facultad de Derecho; allí hice yo mi primer curso-. Iba hecho un demonio, agobiado por mil y un problemas, sin un céntimo, o casi: bah, con un poco de dinero que no me alcanzaba para casi nada, y muy pocas probabilidades de tener más en un futuro inmediato. Todo me había salido mal en los últimos tiempos, no tenía motivo alguno para sentirme bien, todo andaba manga por hombro.
Caminaba a grandes trancos, con un pesado portafolios que, en realidad, era la caja de Pandora: si lo hubiera abierto habrían salido de su interior todos los males y no sé si hubiera quedado en el fondo la esperanza.
De pronto, ya cerca de la Plaza de Santo Domingo, me encontré con un teatro que anunciaba en una cartelera enorme: "La alegría de vivir", por Alfonso Paso. "¡Pues hombre, sí que estamos bien -me dije airadamente-, la alegría de vivir, nada menos!". Y con el egoísmo y la soberbia de la juventud, me pregunté a renglón seguido:
“¿Pero es que hay alguien que sienta alegría por vivir?”
Al cabo de algunos segundos, un resto de cordura que, evidentemente, me quedaba, me hizo pensar que quizás no me hiciera mal, en mi estado, ver esa obra de Paso, gran comediógrafo y gran persona, por quien yo sentía mucha simpatía. A lo mejor barría alguna de mis tristezas, me infundía cierto optimismo, me hacía ver las cosas de otra manera. Así que conté el dinero que llevaba en el bolsillo y descubrí que me bastaba para pagar una butaca en la platea y darle propina al acomodador. La obra estaba a punto de empezar. Pasé por la taquilla, conseguí mi entrada y me metí en la sala.
La comedia estaba muy bien hecha, muy al estilo de Paso, nada transcendental, ni tremendista -claro, era una comedia-, ni, en el otro extremo, demasiado frivola. El argumento se centraba en la vida y milagros de un joven abogado exitoso, adinerado, con una mujer guapísima, un socio estupendo y una secretaria muy eficiente y muy leal.
Tras una serie de incidentes el letrado descubre que su mujer lo engaña con el socio y que los dos le han arruinado con la complicidad de la secretaria.
El tipo, después de acusar el impacto con mucha clase, los reúne a todos en su casa, los invita a una copa de champán, brinda con ellos y les dice, más o menos: "Me habéis quitado todo, el amor, dinero, el trabajo, la paz; pero hay algo que no me habéis quitado y que ni vosotros ni nadie me podrá quitar nunca, en tanto en cuanto yo lo quiera conservar, y ese algo es nada menos que la alegría de vivir".
La verdad es que Paso tenía razón. Y recordar, gracias a él, que ninguno de mis problemas me podía quitar a mi tampoco la alegría de vivir, si me empeñaba en tenerla por encima de todo, me hizo mucho bien.
Me fui a casa andando, pues me había quedado sin dinero y no podía ni siquiera tomar el metro. En cuanto llegué tiré el portafolios a un rincón, me quité la chaqueta, me aflojé el nudo de la corbata, me senté a una mesa y me puse a escribirle una carta a Alfonso Paso, agradeciéndole por haberme hecho ver algunas cosas claras con su comedia y, sobre todo, por haberme levantado el ánimo.
Algún tiempo después recibí esta carta de Alfonso, que conservo en mi archivo de recuerdos y cuyo texto transcribo a continuación.


Granada, 24 de junio de 1962
Sr. D. José Luis Alvarez
Mi querido amigo:
Me mandan su carta a Granada y ello motiva el retraso con que contesto a sus magníficas líneas. Créame, no merezco el elogio que hace de mi teatro y la benevolencia y generosidad con que lo juzga. Tampoco merezco ese don del cielo que es haber impresionado el corazón y la mente de un contemporáneo mío en la medida que Ud. me describe en su carta. Pero todo ello lo acepto porque si es cierto que le devolví la alegría de vivir con mi modesta obra, misivas como la suya me acrecientan esa alegría hasta el límite posible. No le preocupe que el teatro tenga "doctores". Ud., el público, es el único doctor con título legal para tomar el pulso a nuestra obra o dictaminar sobre ella. Sus líneas constituyen la más bella crítica que de mi obrita se ha hecho y, como tal, las guardo ya entre mis cosas mas queridas.
Confidencia por confidencia: cuando escribí "La alegría de vivir" acababa de ser objeto de la traición más inmunda, más dura y más terrible para un hombre que se precie de serlo. Acababa de ver mi campo sentimental asolado por la plaga de
traidores más cruel que jamás tropecé. Ni la más querida intimidad me fue respetada. Y lo que es peor, ni siquiera podía gritar mi razón porque mis razones despertarían la risa y la burla de los demás, tal vez justificadamente. Yo también salí a la calle, comencé a pasear, con mis dos hijas cogidas de la mano y, de pronto, noté que nada se había acabado, que era preciso vivir, que el mundo está lleno de cosas bonitas, existan traidores o no, que oir los latidos del propio corazón es ya un bien tan magnífico que todo palidece y resulta ridículo a su lado. Aquí me tiene, riendo, descansando, lleno otra vez de alegría porque esa -recuérdelo- esa alegría "no nos la quitan". Esa hay que defenderla con rabia, con cólera.
Le prometo que cuanto escriba irá siempre alentado por mi alegría de vivir que quisiera -como en su caso- entregar a manos llenas a mis compatriotas.
Un abrazo de su buen amigo, ALFONSO PASO.

Ilustraciones:

Carta original y foto de Alfonso Paso.



© José Luis Alvarez Fermosel

Ají de aguacate (palta) - Colombia

Ingredientes:

2 aguacates pelados y picados
1 taza de ají de hierbas
2 huevos duros picados
El jugo de un limón

Preparación:


Se mezcla todo con una cuchara de palo (madera) y se sirve en un recipiente de vidrio.





Otras recetas:

17-02-2008: “Las pulseras de la abuela”
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/02/las-pulseras-de-la-abuela.html

17-01-2008: “Gazpacho”
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/01/gazpacho.html

28-10-2007: “Pan con tomate y jamón”
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2007/10/jamn-jamn.html

07-10-2007: “Duelos y quebrantos”
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2007/10/duelos-y-quebrantos.html

17-09-2007: “Estofado de rabo de buey”
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2007/09/estofado-de-rabo-de-buey.html

Comidas de otoño

El verano fue la época de la recolección de los cereales. En otoño nos vamos replegando. Bueno sería instalarse en una casona de piedra con un gran jardín que contemplar a través de un ventanal. Para confortarnos, los caldos y los guisotes de la abuela.
Estamos en una estación de tránsito y esto se refleja también en las comidas.
Poco a poco, van abandonándose las frutas de verano y los productos de la huerta que se pueden comer crudos.
Se empiezan a cocinar los potajes, las cremas y los purés ligeros.
Las proteínas y los cereales recobran su importancia y disminuye el consumo de los líquidos.
El otoño es la estación adecuada para modificar nuestros hábitos gastronómicos fuera de todo límite –como el excesivo consumo de proteínas animales y el escaso de fibras vegetales-. Tenemos a mano las legumbres y las hortalizas recién recogidas.
La zanahoria, la remolacha, los rabanitos…, son la base de varias de las comidas de otoño.
Las legumbres tienen también proteínas. Los incondicionales de la proteína animal pueden incorporar las que contienen las carnes blancas, los pescados y la caza.
Lo malo es que en Argentina no gusta el pescado, al menos en Buenos Aires. En provincias y, sobre todo, en el sur del país se pesca, se prepara muy bien y se consume el pescado que se extrae del mar y de los ríos.



© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 24 de marzo de 2008

Habría que reirse más

Yo creo que habría que reirse más. Habría que tener la risa más fácil. Todos tendríamos que reírnos más y mejor. La gente de risa fácil suele ser gente limpia de corazón. En Argentina se ríe uno del prójimo, no se le hace reir o se ríe uno con él. La prueba es que la cargada y la “cachada” son el deporte nacional, o por lo menos uno de ellos. Esta es una regla que, naturalmente, tiene sus excepciones.
Un día le hice reir hasta llorar a mi amigo Héctor López Ferreira: una mañana de invierno lluviosa y hostil, de esas en las que uno se maldice por no haberse quedado remoloneando en la cama con el pretexto de que está resfriado, en vez de lanzarse a la calle atrafagada y fría, con charcos en los baches de las veredas y gente con la cara verdosa yendo de mala gana de un lugar a otro, arrebujada en sus impermeables y bajo paraguas que da vuelta el viento.
Estábamos en una cafetería del centro de Buenos Aires. Era tan temprano que los mozos no habían terminado de bajar las sillas puestas sobre las mesas la noche anterior. Alguien lavaba el piso. Olía al café que se estaba haciendo y al hojaldre de las medialunas. Un olor reconfortante.
A López Ferreira y a mí nos habían dejado otra vez en la estacada. Quiero decir que no nos habían pagado un dinero que nos tenían que pagar por un trabajo que habíamos hecho conjuntamente. Yo estaba indignado, porque no termino de hacerme a la idea de que se considere natural -como hacen muchos-, que a uno no le paguen por su trabajo. El tiempo de un profesional vale dinero, aunque no haga nada.
Yo había escrito una carta de protesta -iqué ingenuo…!- que me proponía hacer llegar a los autores de la tranfulla. Era una carta muy sarcástica, casi vitriólica. En un momento dado la saqué del portafolios y se la di a López Ferreira, que estaba frente a mí, sentado a una mesa cercana a un ventanal del café, a través del cual se veía caer la lluvia, oblícua y fastidiosa.
López Ferreira se quitó las gafas de lejos y empezó a leer. Al tercer párrafo ya lloraba de risa. Yo sentí que mis tensiones se aflojaban y que mi indignación disminuía hasta que terminó por disiparse por completo. Mi amigo y yo no habíamos cobrado, ni ninguno de los dos iba a cobrar. Pero en una mañana tan desastrosa y con el ánimo tan bajo, yo había sido capaz de hacer reir a carcajadas a un ser humano. Le había hecho un regalo y, al reírme yo también, me lo había hecho a mí mismo.
Que uno se ría con frecuencia no significa que no sea serio, que no tome las cosas serias con seriedad.
Bienvenidas sean entonces las bromas y los chistes. El bromista, eso sí, no debe gastar bromas pesadas ni el contador de chistes contar uno tras otro, compulsivamente.
Reirse a mandíbula batiente, siempre y cuando sea con motivo y fundamento, claro está, no es una falta de seriedad ni una frivolidad, sino incluso algo que los médicos recomiendan.
Hacerle reír al prójimo, sobre todo en los tiempos que corren, es una obra de caridad.


© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 23 de marzo de 2008

Datos de una noche antigua

La mujer del pintor bebe Marie Brizard y come delicadamente palmeritas en la Villa Mouriscot, esperando a su marido que, como siempre, llegará tarde. Cambio de guardia en el Ministerio del Ejército.
El pasacalle de La Calesera:

“Yo no quiero querer a un chispero
que finge embustero,
palabras de amor,
y me cansan los majos de plante
que se echan p’alante
fingiendo valor…”

En la lotería de la calle Barquillo el señor del bigote blanco y el borsalino gris perla se queja porque esta vez tampoco ha ganado ningún premio. El “Trópico de Capricornio” de Henry Miller en el escaparate de la librería. La señora madura y elegante, de ojos claros, y el guapo muchacho del traje cruzado. La brisa cálida de la primavera trae aroma de colonia de Alvarez Gómez.
En la calle Echegaray, cerca de la sala de armas del maestro Afrodisio, han reñido dos chulos. Uno está herido de una puñalada trapera en un costado; va soltando gotas de sangre que caen como monedas rojas sobre el asfalto renegrido.
Fandanguillos en una taberna sevillana y el bocinazo insolente de un auto caro y raudo.
Madrid de noche, botijo y luna. Vermú con ginebra y cócteles de champán en Pidoux. La chica que vocea el diario: “¡El Liberal, El Liberal…!” El árbol triste, en la ciudad. La fulana cansada, pálida bajo el maquillaje barato.
El anticuario ha cerrado su tienda y se va a su casa. Su mujer ha preparado gazpacho, luego hay pescadillas que se muerden la cola y cerezas.
Chimeneas agrietadas. La luna en cuarto menguante. Huele a coliflor hervida y a lejía en las guardillas. Balcones con tiestos con geráneos. Está oscuro y hace calor. La modistilla se ha peleado con su novio, el carpintero segoviano.
Un señor elegante, con una flor en el ojal, baja por Peligros con una caja de “marron glacé” de La Mahonesa bajo el brazo hacia la calle de Alcalá.
En el café El Comercial se habla de política y de toros. García Guirao y su voz levemente cascada, como de conde tronado que ha fumado muchos puros.
Espejos sin azogue en Platerías y el fantasma de Villegas, médico truculento y desquiciado, trovador de la muerte.
Datos de una noche azul zafiro de Madrid que vienen rodando por la brisa como papeles rotos y llegan a la memoria, catalizando una nostalgia de no se sabe qué.
Una noche en la que no existíamos, que no hemos trasnochado. Alguien del pasado nos susurró algo al oído. Alguien del futuro nos hizo una seña desde un bar americano.
Notas de una noche antigua, inventada o soñada al compas del tic tac de un reloj que está parado, o que ni siquiera existe.



©José Luis Alvarez Fermosel