jueves, 8 de diciembre de 2011

El dolor de las cosas que pasaron... (y VI)

Juanito, que no necesitaba que le animaran, prosiguió su relato, después de encender un cigarrillo.
- Según el inspector Teixeira, Portela se recompuso como pudo, volvió a dirigirse hacia la cama, la alcanzó y se tiró sobre ella, es decir, sobre sus ocupantes. La cama se partió en dos, la escultora fue a parar a un lado y la mulata al otro.
- ¿Y él?
- Se quedó encajado entre las dos partes en que se dividió el catre, pero enseguida se incorporó y se abalanzó contra las dos mujeres, hecho una furia y tirando y rompiendo a su paso varios objetos y “bibelots”. Agarró a la mulata por una muñeca y le imprimió un meneo más que regular de derecha a izquierda, mientras gritaba como un energúmeno: “¡Cerdas, putas, tortilleras, cerdas, más que cerdas…!”.
- Eso lo habrás leído en el expediente…
- ¡Efectivamente, señor! Pero sigamos. Mientras la mulata oscilaba de un extremo a otro de la habitación, como si pendiera de un artefacto de parque de atracciones, Augusta llamaba a la policía por teléfono. Cuando colgó, se enfrentó con el bodeguero y le dijo, hecha una furia: “¡El domingo, imbécil, el domingo, te dije que el domingo y hoy es sábado…!”
El hombre soltó a la mulata, que salió disparada al otro lado de la estancia como una bala, rompiendo por el camino un jarrón que, según Teixeira, podría ser chino y valer una fortuna y avanzó hacia Augusta.
La estatuaria le madrugó, con técnica de pugilista, y le propinó un fuerte puñetazo en la nariz, rompiéndosela y lanzándole contra un bargueño. La sangre empezó a brotar a borbotones, manchándole la camisa y su impecable chaqueta “Black Watch”. Semi inconsciente, Portela se dejó caer sobre la cama rota, sin dejar de insultar a las dos mujeres. Así lo encontró la policía.
- ¿Y que pasó, al final? ¿Cómo termina el cuento?
- Teixeira mandó a las dos mujeres a cubrirse, porque continuaban como Dios las trajo al mundo. Cuando reaparecieron, vestidas, se llevó a los tres a la comisaría, donde prestaron declaración. A Portela, que se apretaba la nariz rota con un pañuelo ensangrentado, no se le entendía nada de lo que decía. Augusta le acusó de allanamiento de morada, destrucción de bienes, insultos graves, amenazas de muerte y la intemerata. El alegó que ella le partió la nariz, que tendría que operarse, y la broma le costaría un dinero; que le atrajo a su casa para hacerle participar en un “ménage à trois” –sin decírselo antes…- y no sé cuántas cosas más. Pero todo quedó en la nada, porque el supuesto intruso, que evidentemente es un caballero, retiró todos los cargos. En cuanto a los destrozos, firmó un cheque por una cantidad que Teixeira calificó de abultada. En fin, que se responsabilizó de todo y, ¡señores, aquí no ha pasado nada!
- Un caballero, Juanito, es cierto; un poco despistado. Si no se hubiera equivocado de día… 
- Habría pasado un buen rato, en vez de llevarse el sofocón que se llevó, pobre hombre, sin contar con la fractura de su apéndice nasal –como se dice en los partes policiales- y el dinero que tuvo que pagar por los vidrios rotos, nunca mejor empleada la expresión, mientras que ella se fue de rositas. ¡Qué cosas pasan en estos tiempos, señor!
- Han pasado siempre, Juanito,  pasaron toda la vida. Y no dejarán de pasar.
Salimos del restaurante. Había dejado de llover. La noche estaba tranquila y agradable. Caminamos unos minutos en silencio y al cabo Juanito paró un taxi y se ofreció a llevarme al Village, o a donde yo quisiera ir, pero le di las gracias y le dije que tenía ganas de pasear un rato. Me despedí de él hasta pronto, pues pensaba verlo en el Majestic durante el fin de semana, y siempre que volviera a Oporto.
Iba recordando la historia. La escultora y la mulata, ¿serían pareja, o el suyo se trataría de un asuntillo transitorio? El desafortunado Casanova tal vez recordara, andando el tiempo, el verso de Camöens, el gran poeta del siglo XVI portugués: “El dolor de las cosas que pasaron…”. Camöens también era un donjuán, como que sufrió exilio debido a una desafortunada aventura amorosa.
No pude evitar una ligera sonrisa, aunque me daba un poco de pena el muchacho Portela, conquistador frustrado, ¡y de qué manera! Nos puede pasar a todos.
Se había levantado una ligera brisa. El inevitable fado venía de no sé dónde, melancólico y lejano, como siempre.
El Majestic seguiría burbujeando, con sus grandes cristaleras azules, su aroma de café, Mandarine Napoleón y sus secretos.

(1) Rudolf Steiner (1861–1925). Filósofo austríaco, erudito literario, educador, artista, autor teatral, pensador social; creador de la antroposofia, la educación Waldorf, la agricultura dinámica, la medicina antroposófica y la nueva forma artística de la euritmia.

Nota: La acción de este relato transcurre en un Portugal ligeramente pacato y de hace algunos años, cuando todavía se podía fumar en los restaurantes, los cafés y otros lugares. Hoy en dia los tres personajes principales se hubieran… “arreglado”, por decirlo de alguna manera, a las primeras de cambio.
“O tempora, o mores!”.
FIN.

© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El dolor de las cosas que pasaron... (V)


Habíamos terminado de comer y estábamos tomando el café. Decidí que nos quedáramos un rato más. Pedí coñac –que desde hace varios años se llama brandy, con esto de las denominaciones de origen-. Escogí, entre los españoles que había, un Carlos I, porque no tenían ninguna marca francesa y el brandy portugués Aliança es intomable. Esperé a que el camarero nos trajera las copas y me dispuse a conocer el… “nudo y el desenlace” de lo que parecía ser una comedia de enredos provinciana.
- El bodeguero -continuó Juanito en cuanto tuvo delante su copa y el mozo se retiró-. se afiló los colmillos; se proveyó de una botella del mejor oporto de su bodega y de un ramo de flores que compró en un quiosco de la calle, cosa que no hay que hacer nunca, ¡si lo sabrá usted señor! Las flores se encargan en la florería y se pide que las manden con una tarjeta de uno al día siguiente de… lo que haya pasado. Bien, a lo que iba, que el tenorio de marras se fue a la casa de la escultora, llegó, abrió la puerta con la llave que le había dado, habrá pasado por un vestíbulo, u otra habitación y se encontró en un “loft”abarrotado de libros, cuadros, cachivaches y al fondo… ¡lo mejor!
- ¿Qué?
- Sobre una cama turca, completamente desnudas, abrazadas, retorciéndose como serpientes y gritando a todo pulmón estaban la escultora y una mulata, probablemente brasileña.
- ¡Aprieta!
- ¡Eso es precisamente lo que estaban haciendo!
- El visitante, el de los vinos…
- ¡Se había equivocado de día! ¡La chica le citó para el domingo y él se presentó el sábado!
- ¿Y qué hizo, al darse cuenta de su error, o ni siquiera se dio cuenta?
- ¡Se volvió loco, o poco menos!
- ¿Qué me dices?
- ¡Lo que oye, señor!
- Y tú lo sabes porque te lo dijo el inspector…
- ¡Teixeira, claro! Entre lo que leí, lo que me contó Teixeira, que es muy detallista…
- Y otro poco que pones tú de tu cosecha…
- ¡Que no, señor, que no, que yo no estoy inventándome nada, que ni siquiera estoy exagerando! “Cela va sans dire”. Verá usted. El bodeguero soltó las flores y la botella, que se rompió en mil pedazos contra el suelo, y se precipitó contra la cama. Pero tropezó en el camino con una columna con un busto de no sé qué pintor de la Grecia antigua y allá se fueron los dos, el comerciante y el pintor, o su cabeza, que menos mal que era de alabastro y no de bronce, que si no, sabe Dios lo que hubiera ocurrido, ya de entrada. Se rompió, desde luego, y uno de los pedazos le hirió en la frente.
- Las chicas…
- Seguían en lo suyo, señor, se ve que no podían parar.
- Es comprensible.
- Le dieron tiempo a Portela, que se levantó tambaleándose, con una mano en la cabeza, que le sangraba por la herida producida por un fragmento del busto de Fidias.
- ¿Era de Fidias?
- Podía ser de Apeles.
- Juanito, ignoraba que tuvieras una formación clásica.
- ¿Sabe cómo nos hacían estudiar los escolapios?
- Me imagino. Más o menos como los maristas a mí. Pero sigue, sigue, que esto se está poniendo muy interesante.

© José Luis Alvarez Fermosel

(Sigue)

martes, 6 de diciembre de 2011

El dolor de las cosas que pasaron... (IV)

Había empezado a llover con dulzura primaveral. De vez en cuando un relámpago azul rayaba el cielo, a lo lejos. Juanito volvió a la carga
- Verá usted, señor, todo empezó en el Majestic, como quien dice.
- Ah, ¿sí?
- Sí, señor. Tanto él como ella eran clientes asíduos del café.
- ¡Ah, pero es una historia de “él” y “ella”…! Sí que ha de ser interesante, entonces.
- No lo sabe usted bien, señor.
- Pues apea el tratamiento y empieza a contármela.
- El caso es que él es un hombre de cierta representación, y desde luego de mucho dinero. Se dedica al negocio del vino, creo que tiene una bodega en Vilanova. Divorciado, sin hijos, entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años, bien puesto, bastante presumido. Viste a la inglesa, como casi todos los portugueses de clase alta: trajes a rayas, “blazers”, camisas Oxford, corbatas de lana o de seda, tejidas… Es rubianco, con algunas canas. Se las da, o se las daba de donjuán.
- Juanito, veo que sigues tan observador como siempre. No se te escapa un detalle.
- Son muchos años de ver gente…, ¡y en tantos ambientes, señor!
- Tienes razón.
- Ella era una buena moza de pelo renegrido, ojos muy oscuros y tez blanca. Espigada, bonitas piernas, bonitas manos, muy fresca, muy natural. Apenas debía pasar de los treinta, si es que no había llegado ya a los treinta y cinco. Tenía la seguridad, la estabilidad y la aparente inteligencia con que la naturaleza obsequia a los primogénitos. Hablo en pasado porque no se la ha vuelto a ver por Oporto.
- ¡Hombre, qué bien te ha salido eso de los primogénitos!
- Se lo he debido oir a su tío. ¡Era tan inteligente, tan culto…!
- Bueno, sigue.
- Era simpática, pero tenía un carácter fuerte. Iba casi siempre a cara lavada, aunque a veces se daba un toque de “rouge” en los labios. Solía usar “jeans” y suéters de cuello volcado. Cuando venía el buen tiempo sacaba a relucir las blusas escotadas, los “shorts” o las minifaldas. ¡Ahí ardía Troya! Era soltera, por cierto.
- ¿Por qué lo das por sentado?
- ¡Es verdad! ¿Por qué pensaremos siempre los hombres que las mujeres jóvenes y guapas tienen que estar solteras?
- Es un juego del subconsciente. Queremos conquistarlas -¡como si los hombres las conquistáramos, si son ellas las que nos llevan al huerto a nosotros!-. Y cuando vemos una mujer que nos gusta pensamos que tenemos el campo libre, que está ahí para nosotros, a nuestra disposición, sin marido, sin novio, sin compromiso, sin nada. ¡Así son los chascos que nos llevamos!
-  Y los líos en que nos metemos cuando alguna, en esas cicunstancias,  nos hace caso…
- También es verdad, Juanito. Pero la muchacha de nuestra historia, o mejor dicho, de tu historia,  ¿qué hacía, a qué se dedicaba, de qué vivía? No me digas que…
- ¡No, no, señor, nada de eso…! Hacía esculturas con hierros viejos, esos amasijos sin pies ni cabeza que se ven en algunos parques, y en ciertas exposiciones, y su autor pone un cartelito encima que dice “Maternidad”, o “En los límites”. Me parece que no vendía mucho, si es que trabajaba para vender.
- Es raro, porque a alguna gente le gustan esos engendros.
- ¡Pues vaya gusto que tiene, señor!
- Ya te dije que dejaras lo de “señor”. Venga, sigue.
- Sí, señor. ¡Perdón!  El se llama Joao Portela y ella Augusta Gomes. Lo sé por el expediente.
- Conque hubo expediente.
- ¡Ya lo creo! No, si yo no he hecho más que presentar a los personajes.
- Bien, continúa.
- Continúo. El vinatero y la escultora se veían con frecuencia en el Majestic. Cada dos por tres se sentaban a la misma mesa, y mantenían largas conversaciones. Por eso dije antes que todo se gestó en el café. A veces él le tomaba la mano. Se notaba a la legua que le gustaba mucho. Ella le daba largas con mucha clase. Parece ser que alguna vez se encontraban en Ribeira y otros barrios de marcha. Pero no pasó nada. Hasta que un día... Mire, yo lo sé todo porque el inspector Teixeira, que fue el encargado del caso, me dejó leer el expediente, con las respuestas a los interrogatorios, y todo. Además, es cliente del Majestic, yo le atiendo siempre y hemos hecho una cierta amistad, por eso me contó cosas que no están en los papeles.
- Pero…, ¿hubo un caso, y un inspector, me imagino que de policía…?
- ¡De policía, señor, tal cual! ¡Pues menudo cisco se armó! Diga que el bodeguero tiene buenas aldabas. Las hizo sonar y salió bien librado. A ella podía haberle ido peor, si él hubiera querido levantar cargos por agresión. Pero, en fin, se echó tierra al asunto. La mulata desapareció como si se la hubiera tragado la tierra. A lo mejor se fueron las dos juntas, después de todo.
- ¿La mulata?
- Espere, espere usted, que ya nos estamos acercando a lo mejor. Una tarde ella le dio al bodeguero en el Majestic una llave, que resultó ser la de su casa. Yo lo vi con mis propios ojos.
- ¡Diablo!
- ¡Y usted que lo diga, señor! ¡El diablo metió la cola!

© José Luis Alvarez Fermosel

(Sigue)

lunes, 5 de diciembre de 2011

El dolor de las cosas que pasaron... (III)


Juanito era como de la familia. Eficiente, honrado a carta cabal, de una fidelidad a prueba de bomba, unía a sus muchas virtudes la de no tomarse nunca más confianza de la que se le daba.
Poco después de las diez de la noche salíamos del Majestic y enseguida llegábamos a Pimms, cerca de la Bolsa de Comercio. Pimms es un restaurante pequeño, muy bien puesto, con una reducida carta basada en la pasta y en la carne, pero con especialidades propias, como la sopa de pescado y el bacalao de la casa, que es delicioso.
Nos sentamos lejos de la puerta y encargamos unos vermús con ginebra y unas aceitunas verdes, para abrir boca. Juanito, con la soltura de un “boulevardier”, extrajo una delgada pitillera de plata de un bolsillo interior del bien cortado traje con el que había reemplazado el esmóquin de trabajo, y me ofreció un cigarrillo.
- No, gracias –le dije
- ¿Sigue fumando clavo negro de Java?
- No, Juanito, dejé de fumar.
- Claro, el deporte…
- No, no fue por eso.
- De cualquier manera, lo bien que hizo. Yo todavía no he podido dejarlo. Así toso como un perro, por las mañanas.
Juanito me contó que cuando se quedó… anclado en París –como en el tango-, y apenas sin dinero, decidió regresar a España. Al cruzar la frontera se fue directamenter al casino de San Sebastián y se jugó el poco dinero que llevaba a la ruleta. Ganó y probó fortuna después en la mesa de punto y banca, donde volvió a ganar, esta vez una respetable cantidad que le permitió entrar en Badajoz, su ciudad natal, por la puerta grande.
Se dedicó a hacer vida de familia durante unos días hasta que un amigo afincado en Oporto, que llegó de vacaciones, le dijo que el Majestic estaba buscando un “maître” con idiomas. Juanito hablaba muy bien francés y portugués y se defendía en inglés. De modo que sin pensarlo dos veces cruzó otra frontera y en poco más de una semana estaba trabajando en el Majestic.
Hablamos de mi tío y del resto de la familia, de lo cara que estaba la vida, menos en Portugal, como siempre, y de algunos otros asuntos más o menos triviales.
Hasta que no nos trajeron el “vinho verde” no me habló Juanito de la historia que, según él, había dado la vuelta a Oporto.
- ¿No sabe usted nada? – me preguntó.
- ¿Acerca de qué?
- Del “affaire” Portela.
- No, no sé nada.
- Como viene usted con frecuencia a Oporto y aquí lo sabe todo el mundo, yo pensé que…
- Pues no, no sé una palabra de ese… “affaire”, que adivino que estás deseando contarme.
Acababan de traer el traer el vino. Teníamos tiempo de sobra, así que me acomodé en mi silla y me dispuse a escuchar a Juanito.

©Jose Luis Alvarez Fermosel

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domingo, 4 de diciembre de 2011

El dolor de las cosas que pasaron... (II)


Son las nueve y media. Acaso un poco más, a estas alturas. Da la impresión de que el tiempo se ha detenido en el café Majestic y sus clientes se han congelado.
Los cafés, como los hoteles, son grandes farsas llenas de humo. Se prende uno a ellas, se queda unas horas y se va. Todos somos transeúntes, todos estamos de paso. Sentémonos a una mesa y observemos con atención lo que pasa. Allí los veremos a todos como personajes pintados en cuadros, como ficciones, sin semblantes propios, como muertos, sin que ellos ni siquiera se den cuenta. Europa está compuesta por cafés, dijo Steiner (1). Europa está llena de fantasmas.
Acababa de llegar de Lisboa. Me había hospedado en los apartamentos Victoria Village de la rua de la Vitoria, en cuyo estacionamiento dejé el coche con el que cubrí los 315 kilómetros que separan Lisboa, la hermosa capital de un país hermoso, Portugal, de su segunda ciudad, Oporto, tanto o más bella que Lisboa, al extremo de que fue designada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Ciudad de puentes –más de 50- y plazas, edificios antiguos e iglesias bellísimas, Oporto es en sí misma un monumento.
El río Duero es como un “leit motiv” del paisaje. Por el Puente de San Luis –proyectado por Gustave Eiffel a finales del siglo XIX- se llega a Vilanova de Gaia, zona de bodegas, ideal para catar el oporto enriquecido y pasear por parques y jardines de singular belleza.
Por lo que al oporto se refiere, las urgencias de la época llevan a apreciar los “rubys” –de menos de tres años-, en lugar de los “tawny” –añejados en toneles de madera de roble- y los “vintage” –vinos de añada, envejecidos en botella-, los mejores, y, naturalmente, los más caros.
En el muelle de Vilanova de Gaia, los anuncios luminosos centellean de noche en una desmesura que parecería darle la razón a Bernard Pivot, jactancioso como buen francés, quien asegura que hay más elegancia, más “tweed”, más discreción y menos “réclames” en el muelle de los Chartrons de Burdeos que en el de Vilanova de Gaia de Oporto.
Pivot reconoce, sin embargo, que Portugal tiene buenos vinos, además del oporto y el made, que son excelentes. De norte a sur hay 32 denominaciones de origen para ocho regiones, incluidas Madeira y las Azores, y cerca de 350 variedades.
Me senté a una mesa del fondo y pedí un gin tonic con Beefeater. El café bullía de gente. Era viernes, empezaba el fin de semana.
En una mesa próxima a la mía tomaban el té dos señoras muy distinguidas, acompañadas por un caballero vestido a la italiana con un traje verde oscuro, que lucía en el dedo anular de la mano izquierda la sortija de oro con piedra azul del doctorado de Coimbra. Una muchacha pelirroja devoraba en otra mesa con idéntica fruición la novela “El infalible Silas Lord”, del escritor belga Stanislas André Steeman y una “francesinha” de jamón con queso fundido por encima y salsa picante.
Pasó a mi lado un camarero con una bandeja repleta de tazas de café. En el centro del salón vi una figura que me resultó familiar, aunque estaba de espaldas. Al volverse le reconocí: era Juan Verdiguier, Juanito para mí.
Juanito Verdiguier perteneció durante varios años al servicio doméstico de mis tíos, María Fernanda y Ricardo Castro Núñez en Badajoz y en Madrid. Cuando destinaron a mi tío a París, Juanito fue el único que quiso irse con él. Había sido su ayuda de cámara y le respetaba y quería mucho.
Al morir mi tío, Juanito no volvió a España. Se quedó en París con un buen dinerito de sueldos ahorrados y ganancias del juego, para el que tenía buena mano. Cuando perdía a la ruleta se desquitaba con el póquer, que jugaba muy bien.
Mi tía le regaló varios trajes de mi tío –tenían la misma talla-. Así que Juanito Verdiguier, con la buena pinta que tenía, bien vestido y con dinero en el bolsillo se dio la gran vida en París… hasta que se gastó casi todo su dinero, principalmente en mujeres.
Me enteré de estos pormenores de su vida una vez que lo vi en Badajoz, cuando decidió regresar a España.
En un momento dado Juanito me vio y corrió enseguida a mi encuentro.
- ¡Señor…, qué gusto volver a verle!
- Yo también me alegro de verte, Juanito. ¡Pero, hombre de Dios!, ¿qué haces tú aquí, tan elegante, además?
- Ya ve señor, trabajando. Ya sabe usted lo que se dice: Coimbra estudia, Braga reza, Lisboa presume y Oporto trabaja. Pues bien, ¡soy el “maître” del Majestic! Entre paréntesis, el esmóquin era de su tío.
- Te felicito, hombre. Pero ya me contarás…
- Sí, señor, ya nos pondremos al día
- ¿A qué hora sales de aquí?
- Hoy, a pesar de ser viernes, puedo salir pasadas las diez, más o menos.
- Venga, pues te espero, salimos juntos, te invito a cenar y me cuentas.

© José Luis Alvarez Fermosel

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sábado, 3 de diciembre de 2011

El dolor de las cosas que pasaron...


Eran las nueve y media de la noche. El Café Majestic (ilustración), situado en el número 112 de la elegante calle Santa Catalina de Oporto estaba ya de bote en bote. Es una hora adecuada para ir al café, porque a las nueva y media el que tiene algo que hacer ya lo ha hecho, o lo dejó para el día siguiente.
El Majestic relucía como una joya, con sus globos de luz amarilla, sus espejos de marcos dorados traídos de Amberes -empañados por tantos alientos...-, su techo primorosamente artesonado y su piano de cola.
La decoración del Majestic, estilo “Art Nouveau”, es fastuosa. Joao Quiros diseñó el café, que abrió sus puertas el 17 de diciembre de 1921 con el nombre de Elite. Años más tarde se cambió por el actual. Remozado en los 80, fue el primer café que permitió la entrada a las mujeres.
Contó la historia del Oporto de la “Belle Èpoque” y fue centro de reuniones de políticos y debates acerca de las nuevas ideas. Pero ya nadie se acuerda de los clientes más notables de aquellos tiempos agitados y proteicos de literatos y artistas como Amadeo Sousa Cardoso, José Regio, el filósofo Leonardo Coimbra, Cavaco Silva…
Sí se recuerdan los más modernos: Mario Soares, Jacques Chirac y, por encima de todos, la escritora inglesa J. K. Rowling, que pasó muchas horas en el Majestic escribiendo páginas y páginas de su saga de Harry Potter, acoplada ya a la historia de Oporto al haberse filmado parte de ella en la librería Lello Irmao, fundada en 1906.
El inmueble cuenta con antiguas estanterías de madera, escaleras de dobles espirales, policromos “vitreaux”, pasamanos en la planta superior y un carril por el que circulaban las vagonetas cargadas con cajas de libros.
El café (la infusión) está muy arraigado en la cultura gastronómica portuguesa. Se le llama “bica” en Lisboa y “cimbadina” al norte, en Oporto. Los más típicos son el “pingado” (cortado) y el “meia de leite” (café con leche).
Con sus tazas con el nombre del establecimiento estampado en la blanca porcelana -al estilo del café vienés Drechsler-, el Majestic, considerado como el sexto café más suntuoso del mundo, sigue sirviendo Dolta, Carmello, Nicola, Buondi…: las marcas más conocidas del negro brebaje, cuyas semillas consumieron aquellas cabras de Arabia que pasaron inmediatamente después del aburrimiento al frenesí.

© José Luis Alvarez Fermosel

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jueves, 1 de diciembre de 2011

Una última oportunidad...


Cinco proyectiles y una última y casi perdida oportunidad.
La frase, de extraordinario impacto y con un alto grado de suspenso, campeaba en una página de un viejo periódico –nada hay tan viejo como un diario de ayer…-, en donde también se veía, bajo el título, la  fotografía en blanco y negro de cinco balas desordenadas sobre una mesa.
Las balas, de plomo, del 38 largo, pertenecían con toda probabilidad a un revólver Smith & Wesson pequeño, de cinco tiros, pero de los modernos, no de aquellos niquelados de cañón basculante y cachas de nácar que portaban los policías ferroviarios a finales del siglo XIX.
Las nueve palabras del texto, así como los cinco proyectiles, formaban parte de un anuncio que publicitaba una película.
A pesar del mucho tiempo transcurrido, no he olvidado la frase, tan inquietante; y a veces me parece estar viendo las balas, que eran de verdad y habían sido fotografiadas, no dibujadas, en un sombrío ambiente “ad hoc”.
Lo que no recuerdo es qué película –seguramente policiaca, o de acción- se anunciaba con esa frase y los cinco plomos tirados sobre una mesa como dados.
Tampoco me acuerdo del título del film, ni por qué no fui a verlo y me quedé sin saber la razón por la cual cinco balas de revólver constituían una última y casi perdida oportunidad, y para quién: lo más importante.
El anuncio, en su esquematismo, tan simplista y tan estudiado, creaba clima y, más aún, intriga. Era sencillo pero expresivo a más no poder. La foto y el texto se complementaban a la perfección.
Uno, que trabajó en publicidad varios años, hubiera querido ser el “copy writer” autor del aviso.
Se consuela pensando que a lo mejor la película era un pestiño. ¡Ah, pero el anuncio…! El anuncio era redondo.
El poder de la síntesis, lo más difícil.

© José Luis Alvarez Fermosel