martes, 31 de mayo de 2011

Investigar para crear

El escritor inglés John B. Priestley dio cuenta en el periódico The New Statesman and Nation de una visita que hizo a Stratford-on-Avon, la ciudad de Shakespeare.
En la primera parte de su artículo decía cosas tan bellas como ésta: “Las piedras de Costwold bañadas de luz…, el huerto de Shallow, bajo las pobladas ramas de los árboles…, las entonadas masas verdes y pardas, y a lo lejos, los descoloridos azules de una vieja acuarela… ¡Qué país, qué maravilla…!”
Manfred B. Lee –eximio escritor de novelas policíacas, que junto con su primo Frederic Dannay hizo universalmente conocida la rúbrica Ellery Queen-, se preguntó si esa visita de Priestley a Stratford sugirió a su siempre activa imaginación algo más importante que la mera descripción impresionista del paisaje.
Por ejemplo, un drama o una novela histórica, dada la doble condición de dramaturgo y novelista de Priestley.
Al autor de Ha llegado un inspector, Hora radiante y El tiempo y los Conway, por no citar más que tres de sus obras más famosas, le vino a las mientes, acaso, su inquietante inspector Goole, que le dictó la siguiente reflexión:
“Podría escribirse una buena novela policial acerca de un sabio que, sumido en el estudio de los tiempos isabelinos, es asesinado. La policía no consigue resolver el caso. Un excéntrico detective privado descubre que el asesino es un emisario del Concejo Deliberante de Stratford-on-Avon que estaba a punto de revelar que Shakespeare no escribió nada de lo que se le atribuyó”.
Hasta hoy se dice que Shakespeare copió sus obras a otros escritores. Se lo puso en tela de juicio. Se dudó de su sexualidad, de su afiliación religiosa, se dijo que fue un estafador, que padeció de cáncer, que murió de una borrachera. Vamos, lo que se dice normalmente de un escritor -y alguna que otra cosilla más-, o de quien sea que tenga éxito.
De cualquier manera, si Shakespeare hubiera vivido en la actualidad habría investigado todo lo habido y por investigar, e incluso habría navegado por Internet, a ver si descubría el secreto de la locura, o el gérmen del crimen.
Manfred Lee sostiene en un capítulo del libro En el salón de los Queen, titulado Y lo mismo en literatura, que el autor de Hamlet sería hoy tan realista como lo fue en su tiempo.
“Inspirado por ciencias que en su época no se conocían, ¿no hubiera seguido hoy la corriente el buen Will? ¿No es perseguida la demencia por el diagnóstico? Y pisando los talones al homicidio, ¿no tenemos al detective moderno? Pues lo mismo en literatura…”.
La investigación acicatea el impulso creador: la inquietud por descubrir al criminal, si el que indaga es un detective, conocer el verdadero carácter de un personaje difícil o saber donde está la noticia, si el que averigua es un reportero; o para un médico hallar la enfermedad real, encubierta por síntomas que la enmascaran.
También releyendo viejos libros el redactor de un dietario, que no otra cosa es un blog, puede sacar a relucir alguna curiosidad, o imaginarse una situación poco común.

© José Luis Alvarez Fermosel

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Ellery Queen

Ellery Queen

El equipo formado por Frederic Dannay (Nueva York, 1905-1982) y Manfred B, Lee (Nueva York, 1905-1971), conocido universalmente como Ellery Queen, escribió más de cincuenta libros, -incluídos los publicados originalmente bajo el seudoseudónimo de Barnaby Ross-, y editó casi otros tantos.
Un cálculo prudente sitúa sus ventas totales, en las diversas ediciones, por encima de los treinta y cinco millones de ejemplares.
Millones de lectores y espectadores celebraron que la TV Guide concediera al programa de Ellery Queen el Premio Nacional como el mejor espectáculo de misterio de 1950.
Ellery Queen ganó cuatro Edgars -el premio de la Sociedad Nacional de Autores de Misterio norteamericanos, similar al Oscar de Hollywood- anuales y las Gertrudes de oro y plata que otorgaba Pocket Books por las ventas de ediciones, que en el caso de Ellery Queen superaron un millón de ejemplares para un solo título, o los cinco millones de ejemplares colectivamente.
Quizás las obras que tuvieron más éxito de Ellery Queen fueron El propio caso del inspector Queen y Buró de Investigación Queen.
Dannay y Lee se hicieron también internacionalmente famosos como editores. Su colección de revistas policiales fue la mejor del mundo en su género. Sus investigaciones editoriales dieron origen a antologías tan leídas como 101 años de entretenimiento y La literatura del crimen.
Desde 1946 se editaron anualmente los Premios Ellery Queen, volúmenes integrados por relatos ganadores del concurso de cuentos que convocaba todos los años la Revista de Misterio de Ellery Queen.
Anthony Boucher –también del gremio- dijo una semblanza de Manfred B. Lee y Frederic Dannay que Ellery Queen es el relato detectivesco norteamericano.
Sea esto exagerado o no, lo que no se les puede negar a Lee y Dannay –que, por cierto, eran primos- es que trabajaron como negros. Y lo que también tiene su mérito: no bajaron nunca el nivel de sus narraciones.

© J. L. A. F.

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sábado, 28 de mayo de 2011

La mesa del buscón

“Nunca jamás, en ningún otro país del mundo se comió cerdo con tanto fervor como en España. ¡Le iba a uno la fama y casi la vida por un trozo de tocino desdeñado! Prohibido, declarado inmundo por judíos y musulmanes, el gusto de tocino de cerdo, el entender de butifarras y jamones, el volverse loco por una morcilla y estar dispuesto a todo por un chorizo es el mejor pasaporte del viejo cristianismo”.
Este párrafo corresponde al libro La mesa del buscón, de Xavier Domingo, editado en 1981 por Tusquets.
Es posible que en alguna librería de viejo de la ciudad se encuentre un ejemplar. Estaría bien, porque el libro no tiene desperdicio. Tampoco lo tuvo su autor
Es cuestión de ponerse a buscarlo un día de lluvia, que es cuando mejor se buscan, y se encuentran, los libros en las librerías de lance.
Xavier Domingo fue un compatriota y colega mío, brillante, especialista en gastronomía, entre otras cosas.
Los dos trabajamos en la Agence France Presse (AFP).
Un día gris -tan frecuentes en la Ciudad Luz-, lunes, por más señas, Xavier, que andaba cerca de una boca de metro, observó que todo el mundo salía a la calle de mal humor y con cara de sueño. ¡Naturalmente! ¿Quién sale sonriente del metro para ir a trabajar un lunes, después de haberse levantado al amanecer, o poco menos? Encontrarse con que va a llover tampoco ayuda a levantar el ánimo.

Champán contra las murrias

Xavier Domingo, ni corto ni perezoso, se fue a un bistró que empezaba a abrir sus puertas, contrató a un camarero y se lo llevó al metro, provisto de un cubo con hielo, unas botellas de champán y unas copas. A cada persona que salía le ofrecía una copa.
No se me ocurre, de momento, otra manera mejor de empezar a trabajar un lunes.
Xavier Domingo, un sibarita si los hubo, tenía una excepcional capacidad de aguante para la bebida.
Eduardo Chamorro documentó por escrito que Xavier Domingo y Julio Ramón Ribeiro se bebieron una tarde, de arriba abajo y de abajo a arriba, la lista de cuarenta cócteles del bar de la Closérie des Liles y se llevaron recíprocamente a casa.
Quizás en la segunda vuelta, o a partir de un momento dado, el barman rebajo sin que ninguno de los dos monstruos se diera cuenta la cantidad de alcohol de cada cóctel.
De cualquier manera, hay que tener resistencia
¡Qué pena que te fueras tan pronto, Xavier, amigo!

© José Luis Alvarez Fermosel

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viernes, 27 de mayo de 2011

¡Cosas que dicen...!



jueves, 26 de mayo de 2011

Negligencia criminal

Diecinueve personas murieron en Kinshasa (Congo) al precipitarse a tierra un avión en el que apareció un cocodrilo que provocó un pandemonium.
El saurio se escapó de la maleta en la que le llevaba un pasajero que eludió todos los controles.
Cuando apareció en el avión provocó el pánico general. La gente, enloquecida, se desbandó, tratando desesperadamente de refugiarse en la cabina de los pilotos. Se produjo un desequilibrio en la aeronave que determinó su caída.
Cuesta trabajo pensar que tantos controladores aéreos hayan sido capaces de incurrir en una negligencia que resultó criminal.
El hecho, estremecedor, pone una vez más de relieve la estupidez de esta sociedad posmoderna, cuyos integrantes vagan por sendas perdidas, que diría Heidegger.
Los seres posmodernos son torpes –menos para manejar los “gadgets” de la informática-, irresponsables; se manejan con valores devaluados y una indiferencia y una estolidez rayanas en la debilidad mental. Hay excepciones, por supuesto.
Todos los días nos enteramos de barbaridades como la que hoy comentamos. Los medios informativos suelen ocuparse de ellas por poco tiempo y con gran “nonchalance”.
El factor humano sigue fallando. Los hombres, el hombre posmoderno, para ser exactos. Las mujeres no cometen tantas estupideces, ni de tan grueso calibre.
El presente está completamente degradado. No sé qué podemos esperar del futuro.
La tendencia a reducirlo todo al mínimo común denominador impulsa hacia los pensamientos débiles, las ideas elementales y las filosofías del “statu quo”.
Aunque todo esto parezcan disquisiciones para andar por casa, tiene que ver con la decadencia de los valores del ser humano posmoderno.

© José Luis Alvarez Fermosel

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Un cocodrilo escondido en un avión mata a 19 personas en un vuelo en el Congo

martes, 24 de mayo de 2011

"Infoxicación" y virtualización

La sobredosis de información que recibimos a diario por las redes sociales, los correos electrónicos, los mensajes de texto y otros artefactos informáticos, más el “struggle for life” y otras lindezas está llevando nuestros niveles de estrés a cotas altísimas.
Hemos llegado ya a la “infoxicación”, como la denomina un conocido físico especializado en nuevas tendencias.
En lo que a tendencias se refiere, no nos dejemos en el tintero la virtualización, que ha revolucionado el cada vez más complejo mundo de la informática.
Leamos atentamente las notas relacionadas con este texto. Una se refiere a la “infoxicación”, otra a la virtualización… Pero no nos descuidemos porque podemos recibir en cualquier instante un SMS, una cadena por e-mail o una solicitud de amistad virtual.
Cantan los pájaros en los árboles del cercano bulevar, se remansa el sol triste de la tarde, viene de no se sabe dónde una melodía bellísima, huele a tierra mojada.
No importa, no podemos disfrutar de nada de eso arrellanados en un sillón, fumándonos un habano –una botella de champán se aburre en la nevera-.
En cinco minutos tenemos que hablar –entrecortadamente- por Skype con un “broker” de Oslo e inmediatamente después habremos de dedicarnos a rediseñar nuestra web.
Esta noche vuelven a dar “Casablanca” por la televisión. La verdad es que nos gustaría verla por enésima vez. Pero no vamos a poder, porque tenemos que postear en nuestro blog una información que será distribuída al mundo entero, aunque sólo le interesa a un amigo de la Coruña, que no estará, mientras nosotros tecleamos aquí a toda prisa, comiendo sardinas con cachelos y bebiendo un vino de Albariño fresco, sino pendiente de la computadora.
¡No hay que perder ripio!

© José Luis Alvarez Fermosel

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lunes, 23 de mayo de 2011

Roald Dahl, un ejemplo

Roald Dahl es un ejemplo de cómo puede vencerse a la adversidad, vivir una existencia plena y activa, sentir alegría y llevársela a los niños con cuentos llenos de originalidad y encanto.
Este escritor británico (Llandoff 1916-Oxford 1990), perdió a su padre -de origen noruego- a los tres años y sufrió los rigores de la estricta educación inglesa de la época, que incluía castigos corporales.
Más interesado por la acción y las aventuras que por los estudios universitarios que le imponía su madre viuda, a los 18 años se hizo explorador, siguiendo el ejemplo de su compatriota Henry Morton Stanley, aunque no llegó tan lejos.
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) le sorprendió con 23 años y su espíritu aventurero intacto, por lo cual se alisto en la R. A. F. (Real Fuerza Aérea Británica) y combatió en los cielos de Grecia, Siria y Libia.
Su avión fue alcanzado varias veces por el fuego enemigo y derribado en una ocasión.
Gravemente herido, tuvo que ser retirado del frente. Una vez recuperado, se le destinó a Washington en 1942, donde se desempeñó como asesor de combate aéreo y después como agente del servicio de Información de su país hasta 1945. Otro escritor de novelas de acción que fue cocinero antes que fraile.

Historias de aviadores y aviones

Contó su visión de la guerra en periódicos y revistas. En 1940 recopiló sus artículos en los libros Sobre ti y Diez historias de aviadores y aviones.
Dahl era de los padres que cuentan cuentos a sus hijos. Empezó contándoselos de viva voz y después los escribió con mano maestra. Y así surgieron Los gremlins, Charlie y la fábrica de chocolate, Matilda y Amélie.
De casi todos se hicieron películas. La más taquillera quizás haya sido Matilda. También escribió Dahl guiones para films de James Bond.
Dahl estuvo casado con la actriz Patricia Neal, que sufrió varias enfermedades graves y estuvo a punto de quedarse inválida y ciega. Por fortuna se recuperó totalmente.
Antes, en 1962, había muerto su hija Olivia. Su hijo Theo sufrió un accidente de tránsito y resultó con graves daños en el cerebro. También se recobró, gracias a los esfuerzos de su padre, que llegó a inventar una especie de válvula para extraerle líquido del cerebro.

Cuentos

Nada de eso amilanó a Dahl, que siguió adelante con su vida y su familia, sin dejar de escribir relatos para niños y también para adultos, de tanto interés como La venganza es mía, Historias extraordinarias, El gran cambiazo y Mi tío Donald.
Pero lo más destacado de su producción literaria fueron cuentos para niños, con sus personajes buenos y malos, su moraleja y por encima de todo una fantasía que es lo que les da sazón e interés. Parte de su narrativa infantil y juvenil está considerada como la mejor del mundo.
Roald Dahl sufrió los horrores de la guerra, heridas graves, la casi insoportable tensión de la vida del agente secreto, que en muchas ocasiones ha derivado en el alcoholismo –como en los casos de Philby, Sorge, Burgess, Maclean y otros espías famosos- enfermedades y muertes de seres queridos.
Nada pudo amargarle la vida y privarle de ese maravilloso don de captar el interés de los niños y emocionarlos con cuentos escritos con un sentimiento tan profundo como su valentía y su fuerza moral.

© José Luis Alvarez Fermosel