lunes, 31 de mayo de 2010

El español en Filipinas

El idioma español renace en las islas Filipinas, emergiendo del olvido mediante la aparición de ocho libros escritos en esa lengua a principios del siglo veinte, durante la ocupación de los Estados Unidos, informa Doris Calderón, de la agencia de noticias Prensa Latina.
La escritura de esos libros, de gran interés documental y su conservación hasta el presente es apasionante, tal como lo cuenta Doris Calderón.
La inclusión de dichas obras en un programa de difusión del español, que comenzará a desarrollarse este año, será un granito de arena que contribuirá al aumento del cultivo de una lengua que hablan actualmente cuatrocientos millones de personas en veintidós países de cuatro continentes.

© J. L. A. F.

Las crisis tienen ya su anecdotario

Pasan en esto de las crisis cosas que con buena voluntad, y para no inflar el perro, hemos dado en llamar anécdotas, y quizás tendríamos que haber entrecomillado la palabra.
Nos dan puntual cuenta de las anécdotas en cuestión los medios BBC Mundo, el diario El País de Madrid, 26noticias y Cotizalia. Hemos hecho una selección, porque la historia de las crisis, con la globalización, está en todos los medios gráficos, audiovisuales y, naturalmente, online. Y en boca de todos, “urbi et orbi”.

domingo, 30 de mayo de 2010

Es que no saben

“Hay una falta de cultura básica que ya da miedo”, ha dicho el escritor español Javier Marías (foto) en un artículo publicado en la revista de los domingos del diario El País de Madrid.
Según Marías, “muchos profesores, pedagogos, escritores, traductores, editores, periodistas, políticos y locutores, que son los principales administradores y distribuidores de la lengua escrita y hablada y de las nociones generales, no saben nada de nada.”
“Es ya frecuentísimo
–añade el escritor- encontrarse, en libros o en diarios, con que quien ha traducido o redactado ignora quién fue Calvino, al que se llama “John Calvin” al proceder del inglés la información de origen; o que “Burma” no es sino lo que en español se llamó Birmania, o “Nijmegen” Nimega, o “Köln” Colonia; que “San Giovanni” es San Juan en italiano, que el yelmo de Mambrino está en el Quijote y no puede ser vertido del francés, como “el casco de Mambrin”, o incluso que un “stained horse” no suele ser un caballo “manchado”, sino pinto. En estos casos –y hay centenares–, no es sólo que se traduzca mal, sino que hay una falta de cultura básica que ya da miedo. No digamos cuando aparecen referencias bíblicas o de la mitología griega o romana: he visto hablar del “dios Mars”, en lugar de Marte, o de “la ciudad de Bethlehem”, que no es otra que la de Belén, Jesús Santo.”
Prosigue Marías: Y de la lengua, qué decir. Desde que escribí mi anterior artículo sobre estas cuestiones (“Productos podridos”, hace siete meses y medio), mis ojos han caído sobre el verbo “remover” cien veces (en su exclusivo sentido inglés de derrocar o destituir o quitar), o sobre frases del tipo “En Nueva Orleans todos los intrusos serán disparados”, que obligan a preguntarse si allí habrá suficientes cañones para lanzar por los aires a tanta gente. He visto traducir “hacerse el amor a uno mismo” (una forma cursi de referirse a la masturbación) como “tener amor propio”. He leído que “encontramos un cadáver bañándose en su propia sangre”, cadáver peculiar, a fe mía, dotado de movimiento y dado a raras costumbres; que “las puertas se habían cerrado de par en par”, que “le propició una serie de bofetadas” (varias veces en el mismo texto), que “profundas arrugas le araban la frente”, y que “cuando ella le dio el sí, él la esposó”, esto es, le puso unas esposas, quizá para que ella ya no se le escapase. He sentido sacudidas que habrían quemado los cables electrodérmicos al leer cosas como “todos estaban al pendiente de lo que se decía”, o “ella sostenía sus ojos abiertos”, o “mantuvimos la oreja en el suelo y los ojos pelados” (?), o “este sitio no me gusta un comino”, o “sólo de verte me frunzo todo”, o “le vio dar un manotazo con el puño cerrado” (?!), o (en un novelista alabado) “se abrió paso entre la muchedumbre como Moisés en el Mar Muerto.
Para Javier Marías, para muchos, leer es desde hace tiempo un frecuente suplicio que destroza los nervios.

Por la transcripción, J. L. A. F.

sábado, 29 de mayo de 2010

El marido ideal

Uno pertenece a la generación en la que el hombre trabajaba fuera del hogar y la mujer lo cuidaba y criaba a los hijos. Mantenía viva la llama del viejo dios Lar.
Ahora el hombre tiene que colaborar estrechamente con la mujer en las tareas de la casa, a fin de que el matrimonio no se malogre.
Parece ser que esta modalidad es muy buena y que los matrimonios que comparten las faenas del hogar duran más, dentro de lo poco que duran los matrimonios hoy en día.
Saludamos con alborozo esta metodología, por así llamarla, que para los más veteranos es una novedad.
Ahora bien, que el hombre haga sólo y nada más que de ama de casa y la mujer trabaje fuera del hogar hasta la extenuación, me parece mal, francamente.
Hay muchos vivos con vocación de mantenidos que se limitan a realizar las labores -que a ellos les parecen menos fatigosas, lo cual no es cierto- que antes eran propias de la mujer, mientras que ésta trabaja de gerente, con un sueldo muy bueno, preside juntas, compite a lo macho con los varones en el terreno que sea, decide, manda y ejecuta, lo mismo en la oficina que en el hogar.
Es más, cuando se suscita una discusión, la mujer moderna, si se tercia, le propina un puñetazo –no una bofetada, como antes- a su marido y le parte la nariz.
En España, ya lo hemos dicho en alguna otra oportunidad, hay un gran porcentaje de hombres a quienes les pegan sus mujeres. Tan así es que se ha formado una asociación de maridos golpeados –ya pasan de los 60000- que reclaman penas para las agresoras en los tribunales.
El nuevo marido se amolda a sus nuevas responsabilidades y corre riesgos que antes eran menos frecuentes, como que la santa esposa le meta los cuernos, casi siempre con muchachos de 18 años en adelante, que son ahora los preferidos por las mujeres de 40 años en adelante. “Hélas…!”

© José Luis Alvarez Fermosel

Digital


viernes, 28 de mayo de 2010

Hace frío en el sol

No sé dónde escuché, o leí esta frase, que me parece espléndida. Es un prodigio de síntesis y una hermosa metáfora con una gran carga poética.
Hace frío en el sol. Muy bien podría haberlo dicho un niño. Los niños dicen cosas tremendas, y también dicen cosas preciosas.
Un niño cruzó de noche con su madre una plaza con una fuente bajo una farola. La luz daba en los chorros del surtidor. “¡Qué bonita es el agua iluminada!”, dijo.
Recuerdo la exhortación de aquella viejecita española a su marido: “Vámonos, Francisco, vámonos al hastial de la sala, que se está que da gloria estos días de sol y de frío”.
Yo he pasado días gloriosos de frío en el campo, con el sol arrancando reflejos de plata a la nieve que alfombraba la cespedera y cubría por entero tejados, techos, aleros, árboles, aperos de labranza y forraba con frío algodón los cables del tendido eléctrico, en los que no se posaba ningún pájaro.
El frío en el sol… Un sol que apenas conforta en los crudos inviernos españoles, en los que no es raro que nieve tres veces, de diciembre a marzo. En marzo florecen los almendros.
Año de nieves, año de bienes, suelen decir los campesinos.
Es verdad que en ciertas ocasiones, casi siempre después de una buena nevada, parece que también hiciera frío en el sol, o que el sol tuviera frío, porque se muestra avariento y uno piensa, irracionalmente, que es injusto que nos escatime su calor y lo derroche en otras latitudes en las que no sólo no nieva nunca, sino que todo el año hace calor y el sol se va sólo para dar paso a la lluvia.
Un poco de frío en el sol nunca viene mal. Si me lee algún ecologista dudará, racionalmente, de mi salud mental.
Pero el sol y el frío pueden aliarse, y lo hacen para producir, en amor y compañía, esa dulce solana que arrulla las siestas en invierno. La resolana de algunas tardes trae imágenes impresionistas y siembra dudas.
En la montaña es donde más se nota el frío en el sol, cuando éste guarda sus rayos en una bolsa, se la echa al hombro y se va. Al diluírse el blando fulgor ambarino que deja como un rastro, las sombras y el frío llegan a paso de lobo a la montaña, que se oscurece, al tiempo que su imponencia aumenta, cerrándose para guardar mejor sus secretos y tornándose un tanto aviesa, casi amenazadora.
Sí, puede hacer frío en el sol; de hecho, hace frío en el sol, en el sol del cielo y en ese otro cada vez menos ardiente, cada vez más tibio, que uno tiene en el alma.
Al principio, no se nota. Uno ni siquiera intuye que en cualquier momento puede llegar a sentir frío. Tienen que venir un poeta, una mujer o un niño y decírnoslo al oído para que nos demos cuenta de que puede hacer frío en el sol.

© José Luis Alvarez Fermosel

Lentejas

Si quieres, las comes; si no, las dejas. Las lentejas, claro.
Aunque se cocinen sin cargarlas de sabrosos embutidos, como el chorizo o la morcilla, y se hagan con franciscana sencillez para servirlas en una cazuela de barro, con su hojita de laurel, las lentejas salen siempre riquísimas y constituyen un guiso popular que ocupa desde tiempo inmemorial un lugar destacado no sólo en la historia de la gastronomía, sino en la Biblia y en la historia universal y la literatura.
Merecieron, también, la siguiente reflexión del gran poeta español Agustín de Foxá: “Después de comer, con el café, el habano y la copa de brandy, cambiaríamos la vida por la gloria de César; pero antes de comer se cambian cosas como la primogenitura por un plato de lentejas”. Se refería, naturalmente, a la historia de Esaú y Jacob.


© J. L. A. F.