miércoles, 21 de mayo de 2014

El muelle más seguro



El bar ha sido mucho más útil al hombre que toda la sabiduría de Einstein, que en realidad no hizo más que jorobar, lo mismo con sus teorías que con su violín, sentenció una vez Rafel García Serrano, un escritor español aficionado a los bares, como uno.
Rafael sostenía, y tenía razón, que el bar tiene un aire silvestre, provisional, fronterizo. Entramos en él como si fueramos “cow boys” y hubiéramos dejado nuestros caballos atados a un poste, en la entrada. El bar tiene algo de campamento y nos recuerda al Far West.
En la barra del bar corren los dados, que es un juego de castro romano. El mostrador es como el espigón de un puerto, el muelle más seguro. Y allí nos amarramos entre viaje y viaje por los mares urbanos. Somos marineros y barcos al mismo tiempo. Todos podemos ir al puerto que nos dé la gana, pero en general nos matriculamos en el que más nos gusta. Uno se ha matriculado en varios.
Rafael y mi primo Antonio Sánchez Carvajales estaban matriculados en Ranea, un bar emplazado en una calle del epicentro del castizo barrio de Chamberí. Los hermanos Antonio y Pepe Ranea eran los dueños del bar. Yo fungía de práctico, el que lleva con su lancha los barcos a puerto.
El buen bar debe estar abierto a la vida por los cuatro costados. Tiene que ser un “pied à terre” siempre a mano.
El bar es cubierta de paquebote, veranda de casa grande abierta a la luna, que se asoma cada noche al gran cabaré estelar, según la greguería de Ramón Gómez de la Serna.
Las paredes del bar tienen que ser de madera y ha de tener lámparas y grabados ingleses, una réplica de un mapa antiguo y un teléfono de color verde inglés.

El café es otra cosa

Al bar no se puede ir como al café. El café es otra cosa. En el café se mantienen tertulias, se hacen proyectos, se juega al dominó -si el café es de provincias y está cerca de una estación de ferrocarril-, y hasta se hace una catársis de urgencia.
Me lo dijo una vez Analía Gadé: “Aquí (en Madrid) tenemos el confesionario y el café, sobre todo el café para hacer los descargos de conciencia que correspondan”. Por eso los españoles nos psicoanalizamos tan poco. El jamón serrano debe influir. Un consumidor habitual de jamón ibérico raras veces se siente inclinado, cuando se le plantea un problema, a recostarse en el diván del psicoanalista y contárselo a él.
Quien habla de bar también habla de taberna, invención que se calificó muy acertadamente de delicada, y que en Inglaterra se llama “pub”. Lo de “pub” viene de “public house” (casa pública).
En los “pubs” se bebe y se come. Y allí conviven tirios y troyanos, quienes reconocen jubilosamente que convivir es “conbeber”. En los “pubs” suele haber, en invierno, chimeneas con leños crepitantes, maderas oscurecidas por el humo, alfombras y cristales esmerilados, tras los que apenas se ven pasar apresurados transeúntes que caminan arrebujados en sus impermeables bajo la lluvia.
Ninguna definición del “pub” es mejor que la del escritor español Fernando Savater: “Los pubs son microcosmos, juntamente excluyentes y acogedores, cuya banda sonora la forman el entrechocar de las jarras de cerveza, el rumor risueño y a veces colérico de las charlas eternamente reiteradas, la risotada algo vulgar pero picante de una mujer un poco beoda y el acorchado golpe del dardo contra la diana”.
A estas alturas parece obligado referirse a las tascas españolas que jalonan la ruda geografía ibérica. Entrañables tabernas de vinazo y moscas, con sus mostradores de estaño, sus carteles de toros pegados a las paredes y todo un alegre y colorido despliegue de tapas en las barras o mostradores, que casi siempre son de madera de teca, ennoblecida por una pátina oscura que le imprimió el paso del tiempo.
En Buenos Aires abundan las  confiterías -que en España se llaman cafeterías- y  donde casi nunca se come otra cosa que “sandwiches” o “croissants”. 
En las “discos”, de la noche a la madrugada, los jóvenes hacen un consumo frenético de bebidas alcohólicas mezcladas de cualquier manera. También beben  tequila o vodka.
Recordemos aquello de “Edamus, bibamus, gaudemus: post morten nulla voluptas”, epitafio atribuído al rey asirio Asurbanipal, o Sardanápalo, que traducido literalmente del latín al español significa: “Comamos, bebamos y seamos felices,  porque después de la muerte no hay placer”.
“Comamos y bebamos, que mañana moriremos”, dice la Biblia.
            
© José Luis Alvarez Fermosel

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