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jueves, 23 de octubre de 2014

Fangio, el mejor



El corredor de coches Juan Manuel Fangio fue el mejor deportista de la historia de Argentina, una brillante histora que incluye todos los deportes y que algún día se reseñará en un libro que hasta ahora, incomprensiblemente, nadie pensó en escribir.
Fangio (Balcarce, Provincia de Buenos Aires, 1911 – Buenos Aires, 1995) fue quíntuple campeón mundial de automovilismo de Fórmula 1 durante las temporadas de 1951, 1954, 1955, 1956 y 1957. “El Chueco”, o “El Maestro” –como le llamaban-, obtuvo 24 victorias, 35 podios y 29 pole positions en 59 Grandes Premios.
Fangio fue el piloto de mejor promedio de triunfos, el único que ganó campeonatos de Fòrmula 1 con cuatro escuderías y el campeón que más años permaneció en actividad: de 1929 a 1958.
Lo recuerda una encuesta de la consoltura Poliarquía adjunta al texto que antecede.

Por la transcripción: © J. L. A. F.

Nota relacionada:

domingo, 13 de julio de 2014

Argentina subcampeón mundial de fútbol



Mis más sinceras y calurosas felicitaciones a todos mis amigos argentinos, que son legión, y muchos de ellos están conmigo en Facebook. La selección argentina llegó hasta el final de este torneo con gran profesionalidad. Con honor. Con humildad. Hubiera merecido ganar, pero así es el fútbol y así es la suerte.
Quedar subcampeones del mundo no es cualquier cosa. El desempeño de la selección argentina en este campeonato fue impecable. El de todos y cada uno de los once jugadores que batieron el cobre en el terreno de juego.
Los estrecho simbólicamente en un abrazo. Y reitero mi felicitación.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 30 de octubre de 2010

Más vale prevenir que curar

No todos podemos, o queremos hacer deporte, un deporte fuerte, ordenado y sistemático, que sería lo ideal. Pero una buena caminata de una hora, o por lo menos 30 minutos todos los días, o cinco días a la semana está al alcance de todo el mundo, se tenga la edad que se tenga.
Es más, pasada la cincuentena, esta recomendación reviste características de tratamiento médico. Porque más vale prevenir episodios cardíacos, cerebro vasculares y otras afecciones por el estilo que curarlas. Algunos de estos trastornos dejan secuelas que determinan que nuestra vida ya no sea la misma.
“Hacer actividad física trae innumerables beneficios en cualquier momento de la vida. Pero a cierta edad, la intervención aeróbica es un tratamiento médico”. Esto dijo el doctor Fernando Taragano, presidente del 17º Congreso Internacional de Psiquiatría, recientemente celebrado en Buenos Aires, y responsable del área de gerontopsiquiatría de la Asociación Argentina de Psiquiatras.
La periodista Nora Bär, del diario La Nación de la capital argentina, entrevistó al doctor Taragano. Nora apuntó con buena visión de reportera, en los prolegómenos de la entrevista, que sorprende que se proponga la actividad física también para tratar de solucionar problemas psicológicos, cuando siempre se ha identificado la terapia psiquiátrica con el sillón de Freud.
La respuesta del doctor Taragano a ésta y otras no menos inteligentes preguntas no es como para perdérsela, razón por la cual traemos a este blog, como nota relacionada, un trabajo del máximo interés al que, a nuestro juicio, hay que dispensar mucha atención, en beneficio de nuestra salud.

© J. L. A. F.

viernes, 10 de septiembre de 2010

El revólver

El revólver es una excelente arma de defensa, por la sencillez de su manejo, la imposibilidad de que se trabe –siempre y cuando la munición esté en buen estado-, su poco peso y su fácil portación, sobre todo los de calibre mediano, como el 32 ó el 38.
Adquirir un revólver, u otra arma para protección en Argentina implica tener la tarjeta de legítimo usuario del RENAR (Registro Nacional de Armas), que se obtiene mediante una tramitación no demasiado complicada. Hay que pasar un examen psicotécnico, que tampoco es muy difícil, y esperar luego de 20 días a un mes. Lo que no se autoriza, salvo en casos muy especiales, es la portación de ningún arma de fuego, ni corta ni larga.
Las pistolas semiautomáticas (1), de mayor capacidad de fuego que los revólveres -14 ó 15 balas- son más adecuadas para las fuerzas de seguridad. Su manejo no es tan simple, pesan más, son más incómodas de llevar y siguen trabándose, digan lo que digan, aunque no con tanta frecuencia como antes.
Ya no es necesario cargar el revólver introduciendo una por una las balas en cada uno de los orificios del cilindro, que según el calibre y el modelo pueden ser cinco, seis u ocho. Hay una especie de cargador, con las balas unidas por una cinta metálica, que se mete de una vez en el tambor. El método es muy similar al de las pistolas. Ya no se pierde tanto tiempo como antes en la recarga de los revólveres.
El revólver desciende por línea directa de la pistola “pepperbox”, en la cual un haz de cañones individuales seguía una rotación sucesiva ante un mecanismo que provocaba el disparo.
De manera que Samuel Colt no fue el inventor del revólver, que se remonta a los tiempos del rey Carlos I de Inglaterra. Al coronel Colt se le debe, empero, la primera patente, registrada en Gran Bretaña, centro mundial de fabricación de armas, en 1835.
Su obra maestra fue el Colt 45, el más famoso revólver de la historia, el arma por excelencia del Oeste americano: el “peacemaker”, o pacificador, como se denominó al modelo “frontier” que se utilizó en los territorios fronterizos del Oeste.
El Colt 45 fue en principio de simple acción, o sea, que había que levantar el percutor con el dedo pulgar, a fin de montar el arma, y después apretar el gatillo. Para disparar los revólveres modernos, de doble acción, no se necesita más que apretar el gatillo, que va subiendo y bajando el percutor automáticamente.
Arma muy sólida, compacta, de grueso calibre, cuya bala pesa el doble que la de nuestro popular 9 largo, tiene un gran “stopping power”, o potencia de detención.
Por eso, y por la simplicidad de su mecanismo, sus piezas escasas y estar hecho para soportar las presiones de las pólvoras más fuertes –entonces no se conocía la cordita, o pólvora sin humo-, este legendario revólver fue la herramienta más eficaz en la conquista del “Far West”. De ahí que se le llamara “the gun that made the West” (el arma que conquistó el Oeste).
Probablemente no se haya fabricado nunca un arma como el Colt 45 en la que estuvieran previstos todos los detalles, hasta el mínimo. Una buena prueba de ello es que se produjo sin la menor alteración desde 1873 hasta 1947.
Al vencer las patentes Colt en los Estados Unidos, numerosas variedades de revólveres inundaron el mercado: Smith and Wesson –el mejor de todos ellos-, Witton and Daw, Adams, Webley, Tranter, Kerr, Westley, Richards, Remington, Savage…
Pero el Colt del 45 pasó a la historia. Y de Samuel Colt se dijo siempre: “Dios creó a los hombres…y Colt los hizo iguales”.

(1) La pistola semiautomática se llama comúnmente automática –sobre todo en las novelas y películas policiales-; pero no lo es, puesto que para que se produzcan los disparos hay que apretar el gatillo cada vez. En las armas automáticas, las ametralladoras, por ejemplo, basta con mantener presionado el gatillo para que los proyectiles salgan uno tras otro, en rápida sucesión.

© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 12 de julio de 2010

Repercusiones

La proclamación de la selección española de fútbol como campeona del mundo 2010 en Sudáfrica, al derrotar a la holandesa por un gol a cero, ha repercutido y está repercutiendo en todo el mundo, como puede verse en la web relacionada.

Notas relacionadas:

Desde Tokio hasta San Francisco, las celebraciones de los españoles por el mundo

Del autor:

España, campeón mundial de fútbol 2010

domingo, 11 de julio de 2010

España, campeón mundial de fútbol 2010

¡Hombre, estoy contentísmo, que no quede duda, con el triunfo de España en Sudáfrica, en el campeonato mundial de fútbol! ¡Somos campeones, qué alegría!
El hecho de haber jugado en toda mi vida sólo unos pocos partidos en el colegio –muy mal, por cierto-, y no gustarme el fútbol, me exime de todo comentario más o menos técnico. Quede eso para los que saben.
Me emociona la cantidad de llamadas telefónicas, mensajes de texto y correos electrónicos de felicitación que estoy recibiendo mientras escribo estas líneas, así como los bocinazos que escucho desde mi estudio de los automóviles de las personas que se han lanzado a las calles de Buenos Aires, a festejar la victoria de la escuadra de la bandera roja y gualda.
Mi emoción aumenta cuando me entero de que en Madrid, mi ciudad natal –y en todas las provincias españolas-, también han salido mis paisanos, acompañados por argentinos vestidos con la camiseta de su selección de fútbol, la celeste y blanca y ondeando la bandera española. Ha de haber también entre ellos más de un “argeñol” –quizás estén mis hijos, o al menos uno de los dos: acaso María Soledad, que vive en Madrid, no muy lejos del centro; Juan Ignacio sale muy poco de su “bunker” de la sierra de Guadarrama-.
Alcanzo a darme cuenta de que el partido entre España y Holanda por la copa fue reñido, duro, como suelen ser los de finales de campeonato, y más si se trata de un campeonato mundial. Se cometieron muchas faltas, pero es lo normal cuando se pone tanta garra. No se puede hablar de juego sucio.
Holanda le echó corazón y puso lo que hay que poner en estos casos. Destacaron en el encuentro los dos guardavallas.
Me da mucha pena que Argentina haya sido eliminada. Opinó al respecto Alfredo Di Stéfano, para mí el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos –y un señor-, que llevó al Real Madrid a ser quíntuple campeón de Europa, si la memoria no me falla.
Como se decía antes en las cartas que se escribían en papel timbrado y se despachaban por correo, pongo punto final, muy contento de haber visto otra vez a la selección de fútbol de mi patria derrochar su típica furia española en un campo de fútbol, nada menos que en un campeonato del mundo.


© José Luis Alvarez Fermosel


Nota relacionada:

Lluvia de premios

sábado, 19 de diciembre de 2009

En verano y en forma

Faltan dos días para el advenimiento del verano en el hemisferio sur y, como es natural, todos pensamos ya en las vacaciones; y, también, en lucir un cuerpo en buena forma en la playa o en la piscina, razón por la cual empezamos a no comer y nos precipitamos a los gimnasios.
Craso error, porque no hay que dejar de comer, sino hacerlo racionalmente. Y entender, de una vez por todas, que en los gimnasios no se adelgaza. Es más, a veces se aumenta de peso, al incrementarse la masa muscular –los músculos pesan más que la grasa-.
Si uno quiere quitarse de encima los kilos que le sobran, deberá practicar en el gimnasio ejercicios aeróbicos, como cinta o bicicleta. Las máquinas con carga y las mancuernas vendrán después.
Antes de comenzar a hacer ejercicio es imprescindible someterse a un exhaustivo reconocimiento médico, que incluirá un electrocardiograma de esfuerzo, y seguir una dieta racional y equilibrada.
Si el estudio sale bien y se adelgaza hasta conseguir el peso justo, habrá llegado el momento de empezar a trotar, o mejor a caminar entre 30 y 45 minutos en una cinta, en el campo o en la calle todos los días, o cinco días por semana. Hay que llevar ropa cómoda y zapatillas de deporte.
Antes, durante y después de la caminata es necesario hidratarse, tomando agua o cualquiera de las llamadas bebidas deportivas.
Hay que caminar con los pies paralelos; si se los tiene planos, pues qué le vamos a hacer, andaremos como los patos, pero eso sí, a paso corto y enérgico, con el peso del cuerpo distribuído entre ambas piernas, los músculos del abdómen sin tensar para no forzar los de la espalda, los glúteos contraídos y la columna recta, para lo cual hay que bajar los hombros y erguir el cuello y la cabeza adelantando el mentón, como si fueramos marionetas de las que tiraran hilos invisibles.
Los especialistas de verdad sostienen que caminar de ese modo es el mejor ejercicio que uno puede hacer en beneficio de su columna vertebral y, en general, del cuerpo entero. La cinta también sirve.
Si se va al gimnasio hay que ponerse en las manos de un buen entrenador que nos prepare una rutina adecuada a nuestro peso, edad y estado físico. Basta con seguir los ejercicios correcta y progresivamente tres veces por semana. No hay que olvidar hidratarse y practicar elongaciones entre ejercicio y ejercicio.
Inmediatamente después de la ducha que seguirá a la práctica hay que reponer las sales, minerales y otras sustancias del organismo que se pierden con la transpiración, mediante la ingesta de un alimento que contenga sal; no olvidarse de tomar agua, o una de las bebidas citadas antes.
Si en las primeras sesiones duelen los músculos, en cuanto se enfría el cuerpo, no hay que preocuparse: es normal. Ahora bien, si el dolor se agudiza y se mantiene en el cuello, los hombros o cualquier otra parte del cuerpo es que se ha producido una contractura, la inflamación de una articulación o una tendinitis, en cuyo caso no hay más remedio que suspender la gimnasia y acudir cuanto antes al consultorio de un traumatólogo.
Por último, nada peor que pasarse la semana sentado ante el escritorio y, en los ratos libres, en casa, echarse en la cama a ver televisión; ¡y matarse el domingo jugando al fútbol o al tenis con los amigos, antes del pantagruélico asado!

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

Pilates
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/01/pilates.html

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Sentadillas sí, sentadillas no

¿Cuándo se pondrán de acuerdo los expertos?
En materia de ejercicio físico, tan importante para la salud, muchos que dicen que saben desautorizan a otros tantos que, supuestamente, también saben.
Así, para unos nadar es bueno, para otros no; para unos lo mejor es caminar a paso rápido, otros aseguran que hay que correr. Algunos se inclinan por la marcha atlética, que viene a ser una combinación de las dos cosas.
Los partidarios de aumentar la masa muscular recomiendan la utilización de máquinas con carga o mancuernas. Otros dicen que de ninguna manera, que no hay nada tan pernicioso. Y así podíamos seguir “ad infinitum”.
¿En qué quedamos? ¿Qué es bueno, qué es malo? ¿Qué hay qué hacer, qué no hay qué hacer? ¿Qué es bueno para los huesos, qué es malo para los huesos?
¿Será que, como reza un viejo dicho español, lo que es bueno para el bazo es malo para el espinazo?
Señores expertos, hagan el favor de ponerse de acuerdo, que nos tienen sumidos en un mar de confusiones.
El New York Times se ocupa del tema en una nota, que traducida por Silvia S. Simonetti, publica el diario Clarín de Buenos Aires.

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

Cuáles son los ejercicios buenos y los que no sirven para los huesos
http://www.clarin.com/diario/2009/11/28/sociedad/s-02050427.htm

viernes, 27 de noviembre de 2009

"De a caballo"

El argentino -menos el porteño o habitante de Buenos Aires, o muchos de ellos, al menos- es “de a caballo”, lo cual equivale casi a una orden de nobleza.
Ser “de a caballo”, en toda la extensión del término criollo, significa ser un caballero.
El hombre y el caballo –uno de los animales más nobles- se compenetran a la perfección y conforman una bella estampa, ya sea galopando por valles, cañadas, praderas ardientes bajo el sol, al paso lento y ceremonioso de los desfiles o con el caracoleo de las exhibiciones, como las de la Escuela Española de Equitación de Viena.
A caballo se han hecho conquistas, batido récords, ganado y perdido –con honra- batallas y coronado cotas elevadas.
El jinete merece su caballo y éste su jinete. Si es verdad que a tal señor tal honor, a tal caballero tal caballo, y viceversa; así es ésta conjunción tan hermosa que trasciende lo deportivo y, ocasionalmente, comienza por lo deportivo.
En el último sentido, es notable cómo se ha extendido el deporte de la equitación en la gran Capital del Plata. La primera de las notas relacionadas –que firma Luciana Fava en el suplemento Countries del diario Clarín de Buenos Aires- informa con pelos y señales acerca de la proliferación de centros y clubes en los que se enseña la artística disciplina del salto a caballo.
En curioso paralelismo, en Madrid y sus alrededores hay ya muchos centros hípicos. Casi todos ellos están a cargo de jinetes argentinos que viajaron a España y sentaron allí sus reales.
Uno de los más completos y frecuentados es Tovarich (ver en Recomendados), que está en El Boalo, en la sierra de Madrid y regentan la pareja constituída por la belga Christel Kaberghs y el argentino-español Juan Ignacio Alvarez Fermosel, emparejada también en la vida real.
Ambos son “de a caballo”. Juan Ignacio ha ganado infinidad de premios en concursos de salto en Argentina y en España. Últimamente obtuvo la medalla de bronce en el Campeonato de la Comunidad de Madrid.


© José Luis Alvarez Fermosel


Notas relacionadas:

Los caballos, una pasión argentina
http://www.clarin.com/suplementos/countries/2009/11/21/y-02045355.htm

Del autor:

Crónicas de Madrid (IV)
Los argentinos en España
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2007/11/crnicas-de-madrid-iv.html

jueves, 10 de septiembre de 2009

¡A mover el esqueleto!

Otra de nuestras prédicas: el ejercicio físico, el que sea, en mayor o menor medida o intensidad, regularmente o no tanto, aeróbico o muscular, en la calle –una buena caminata de por lo menos media hora a paso rápido, cinco días por semana- o en el gimnasio, con aparatos, o mancuernas, o sin ellas, como sea, lo que sea, pero ejercicio, hay que moverse, no estarse quieto.
Caminar, nadar, andar en bicicleta, incluso bailar, cambiar fecuentemente de postura.
El tiempo se saca de donde sea, el tiempo es elástico, uno no puede retenerlo, no dejar que pase -¡por desgracia!- pero sí puede ganarlo en vez de perderlo.
Así que, hombres, mujeres, niños… ¡a mover el esqueleto, que vamos a estar hermosísimos! Y, lo que es mejor, sanísimos.
Nos remitimos a la interesante nota de Fabiola Czubaj, publicada en el diario La Nación de Buenos Aires.


Nota relacionada:

Gerontología / Los beneficios de caminar, nadar, pedalear y bailarUn estudio confirma que la actividad física prolonga la vida

Fue realizado en tres ciudades del país e incluyó a más de 300 personas de 80 años

> Ir a la nota
lanacion.com Ciencia/Salud Mi?oles 9 de setiembre de 2009

jueves, 9 de julio de 2009

Claves de protección

Hacer deporte, o al menos ejercicio físico, es muy bueno para la salud. Todos, sin distinción de sexo, edad y condición deberíamos, por lo menos, hacer una caminata diaria de una hora de duración, a paso de marcha –sin detenernos a mirar escaparates-.
Si el físico nos da para más, podríamos hacer cinta, bicicleta fija y algo de musculación con carga, o peso –mancuernas de un kilo para hacer determinados ejercicios de hombros, espalda, pectorales y brazos.
Lo ideal para los más jóvenes es practicar gimnasia de boxeo aunque no aprendan a boxear, porque es la más completa, a mi juicio.
Nadar es también muy bueno para aquellos que tienen problemas de columna.
Siempre hay que hidratarse adecuadamente; hacer ejercicios de elongación previos a la práctica deportiva propiamente dicha, utilizar ropa ligera y cómoda e incorporar al organismo los alimentos que correspondan.
Esto, y mucho más, nos explica Andrea Gentil –que parece que hace honor a su apellido- en su nota “Cómo evitar lesiones”, publicada en la revista Noticias de Buenos Aires.

Nota relacionada:

“Cómo evitar lesiones”
(
http://www.noticias.uol.com.ar/edicion_1697/nota_05.htm)



viernes, 26 de junio de 2009

Las reglas de Queensberry

El boxeo, al que algunos califican de brutal, lo era cuando los combates se desarrollaban a mano limpia y a “finish”. Hasta que alguien vino a regular el acto de dos hombres (ahora también mujeres) peleando con los puños frente a frente sobre un “ring”, intentando… “faenarse”, como dijo el escritor argentino Roberto Arlt.
El marqués de Queensberry, a quien llamaban El Negro porque era de tez morena, pasó a la historia como el creador de las reglas que le dieron fama, que aparecieron en 1867.
La verdad es que él no fue su autor, sino un tal John Graham Chambers, miembro del club Amateur Athletics de Londres, quien según la costumbre de la época, recurrió a un personaje de campanillas para que le patrocinase y diera su nombre a la reglas.
Queensberry era un hombre rudo, muy aficionado a los deportes, sobre todo a los violentos como el boxeo, así que aceptó de mil amores ese papel de patrocinador.
Al marqués se le complicaron las cosas por el “affaire” sentimental de un hijo suyo con el escritor británico Oscar Wilde. Corrían otros tiempos.
Lord Alfred Douglas, hijo de Que­ensberry, fue amante de Oscar Wilde. El marqués acusó públicamente a Wilde de corruptor. Este se defendió denunciando a Queensberry por difamación y hubo un juicio en el que el aristócrata salió absuelto.
En otro sonado proceso, Oscar Wilde fue juzgado y condenado por homosexualidad, lo que en la Ingla­terra victoriana constituía un delito extremadamente grave.
El inolvidable autor de La importancia de llamarse Ernesto, El abanico de Lady Windermere, Salomé y otras obras purgó una pena de dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading, donde escribió su famoso De profundis. A partir de ahí su vida fue un infierno y murió en la ruina y abandonado por todos, a la temprana edad de 46 años.
Las reglas del marqués de Que­ensberry, o de John Graham Cham­bers, son las siguientes:

1.- Prohibición de agarrar al con­trario -en especial por debajo de la cintura- y golpearle la cabeza contra cualquier sitio.
2.- Medición cronométrica del tiempo: tres minutos cada asalto, con un intervalo de un minuto entre “round” y “round”.
3.- Determinación de que el con­tendiente que caiga se levante antes de que el árbitro cuente hasta diez. De lo contrario, se declarará gana­dor al contrincante.
4.- Prohibición de que suba alguien al cuadrilatero mientras se encuentran en él los boxeadores. La prohibición se extiende a los segundos de los pugilistas.
5.- Obligación de calzar guantes de cierto peso y características. Determinación de que se con­sidere caído al boxeador que apoye las rodillas en la lona.


- ¿Reglas de Queensberry? -se preguntaba años ha en las tabernas de Londres cuando se iba a armar una pelea. Si la respuesta era afirmativa, las normas se seguían... más o menos fielmente, más bien menos que más.

© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 22 de diciembre de 2008

En emergencia (y IV)

Sobre armas

Mucha gente piensa, y no sin razón, que lo mejor para defenderse son las armas. Pero, pequeño detalle, hay que saber manejarlas.
De las blancas mejor no hablemos. Su aprendizaje no es fácil. Téngase en cuenta que así como hay una esgrima de sable, espada y florete –nobles armas utilizadas en los duelos, preteridos hace muchos años- hay también una esgrima de puñal, y quien dice puñal dice cuchillo, estilete de resorte y navaja. Hay que hacer un curso, que no es precisamente corto ni fácil.
Vamos entonces a las armas de fuego. Comprémonos una pistola o un revólver, legalicemos su tenencia y o su portación y asunto terminado.
Pero el caso es que el asunto no termina con la adquisición de un arma de fuego de puño; por lo contrario, apenas empieza.
Primero hay que decidir entre pistola o revólver. Para personas que carecen de experiencia en el manejo de las armas de fuego, lo más conveniente, en mi modesta opinión, es el revólver porque su manejo es muy sencillo. En el centro hay un tambor giratorio con seis orificios _los de calibre 22 tienen ocho y hay algunos, como el venerable pero eficaz Webley inglés, de cañón basculante, que cargan cinco-. En cada oquedad se introduce una bala. Para accionar el arma sólo hay que apretar el gatillo.
Una vez servidas todas las cápsulas, se acciona una pequeña palanca que hay al costado izquierdo y el cilindro se desplaza en esa dirección; se impulsa el extractor automático de estrella y éste sacará los casquillos vacíos en pocos segundos.
Antes había que recargar el revólver metiendo una por una las seis balas en el tambor; ahora vienen unidas por una suerte de cinta metálica con un dispositivo que permite introducir los proyectiles a la vez, en una maniobra similar a la que se hace para meter un cargador nuevo en la pistola semiautomática.
Aunque a las pistolas se las llama automáticas en algunas películas y en las viejas novelas policíacas, la verdad es que no lo son. Un arma de fuego automática –la ametralladora, por ejemplo- lanza sus proyectiles uno tras a otro, a una velocidad endemoniada, mientras se mantenga apretado el gatillo. Para que una pistola dispare hay que jalar el gatillo cada vez que uno quiera que salga el tiro.
Las pistolas, además, son más complicadas. Casi todas tienen un triple mecanismo de seguridad, hay que mover una parte del cañón –la corredera- para introducir la primera bala en la recámara. El cañón se desplaza y vuelve a su lugar cada vez que se dispara, expulsando el cartucho vacío e instalando otro.
Si la munición no es buena, o es vieja, la pistola puede trabarse, aunque ahora no se traban tanto. Un amigo mío decía: “Las únicas pistolas que no se encasquillan son las del cine”. Tenía razón.
Las pistolas –las de calibre 9 milímetros- cargan 14 ó 15 balas, así que son pesadas. Tienen más retroceso que los revólveres, por lo general.
Para que el peso de una pistola de grueso calibre cargada no nos haga bajar la mano y no se nos escape de ella al primer tiro, por el retroceso, hay que empuñarla con mucha firmeza; hay que tener pulso, o sea, fuerza en la muñeca.
Conviene, entonces, hacer ejercicio frecuente con una vieja plancha de hierro o una mancuerna de tres kilos durante varios minutos, a fin de tomar fuerza. También es necesario aprender a armar y desarmar la pistola –no con los ojos vendados ni en un tiempo récord-, y mantenerla siempre limpia y engrasada. Hasta que no se tiene práctica, no es fácil meter las balas en el cargador.
Por todo eso, para una persona común es preferible el revólver, que no tiene tanta complicación: uno del 38 largo, de pequeño tamaño y chato –como el Colt Cobra de hace algunos años, el que tiene la baqueta debajo del cañón-. Pesa poco, es muy manejable, fácil de llevar e ideal para espacios reducidos. Su alcance efectivo, eso sí, no pasa de los 50 metros.
Se dice que un arma de fuego es de calibre 38 largo, por ejemplo, no porque el cañón lo sea. Se toma como medida la longitud de la bala. Un 38 corto tiene la bala más corta.
Una buena arma de defensa es el pistolón de dos cañones, de grueso calibre y cartuchos de perdigones, como los de las escopetas de caza. Al dispararse produce un estruendo infernal, por de más intimidatorio.
Cuanto mayor sea el calibre, más fuerte será el impacto. Una bala del 45 derriba, una del 22 no detiene.
Una vez que uno está en posesión de un arma de fuego, sea la que sea, es necesario familiarizarse con ella y practicar con frecuencia el tiro al blanco en un polígono de tiro. Excusado es decir que la pistola o el revólver deben estar en la casa en un lugar fuera del alcance de los niños.
Y no olvidarse nunca de que es cierto que a las armas las carga el diablo.

© José Luis Alvarez Fermosel
Nota relacionada:

“En emergencia” (III): Cómo convertir objetos en armas
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/12/en-emergencia-iii.html)

jueves, 18 de diciembre de 2008

En emergencia (III)

Cómo convertir objetos en armas

Los objetos más domésticos y en apariencia más inofensivos pueden convertirse en armas letales, o casi, como un bolígrafo tipo BIC utilizado como un puñal y dirigido al cuerpo en horizontal, tendiéndose a fondo.
Hablando de puñales, ni éstos ni arma blanca alguna se usan blandiéndolos de arriba hacia abajo, como se ve en el teatro, entre otras cosas porque si nuestro blanco se desvía podemos herirnos a nosotros mismos.
Un libro –cuanto más pesado mejor- agarrado firmemente por el ángulo superior derecho y lanzado contra el puente de la nariz, de forma tal que el lomo golpée en ese lugar, es un arma ofensiva importante. También se puede asir con ambas manos –siempre del lado de las hojas- y embestir con él contra la nariz del agresor.
Quien dice un libro dice una revista que sea lo suficientemente gruesa, o un periódico enrollado dirigido a los ojos.
Un mondadientes introducido en el oído, hundiéndolo lo más que se pueda, produce daños desastrosos. Y ya que hablamos de palillos de dientes, no olvidemos que la mesa del café o del restaurante nos ofrece infinidad de posibilidades ofensivas, desde la taza de café caliente al rostro hasta una cucharada, o el contenido de un sobrecito de azúcar a los ojos, por no hablar de tenedores, cuchillos, saleros, tazas, vasos, botellas, etc.
Las patillas de las gafas contra los ojos, una manzana aplastada con fuerza contra la nariz o uno de los ojos también pueden hacer lo suyo.
En cuanto a las llaves, los mejor es agarrar una de ellas y desparrramar las otras con fuerza sobre la cara del enemigo. También se puede usar una, pero en una urgencia no es nada fácil hacer un con una llave un blanco que resulte satisfactorio.
Para que las manoplas de hierro, bronce u otro metal sean útiles hay que saber dar golpes de puño o tener nociones de boxeo.
Volvemos a lo que dijimos en una nota anterior. En un entrevero es necesario tener serenidad, conservar la mayor sangre fría que se pueda. Dominar al adversario, dándole siempre el frente, irguiéndonos sobre la punta de los pies, de modo tal que aumente nuestra estatura, que él se sienta más bajo o de cierta manera dominado.


© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

“En emergencia” (II): Lo que hay que hacer
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/12/en-emergencia-ii.html)


domingo, 14 de diciembre de 2008

En emergencia (II)

Lo que hay que hacer

Lo ideal sería que no hubiera que hacer nada porque no pasara nada. Pero desgraciadamente pasa de todo, y de todo lo malo; así que hay que estar siempre alerta y en condiciones de defenderse de quien pretenda atacarle a uno.
Si tuviera que neutralizarse una agresión en la calle lo ideal sería mantener la serenidad, ya que el pánico paraliza y bloquea y la bronca nubla la razón y la vista. ¿Qué hacer, entonces?
Como para obtener el cinturón negro de cualquier arte marcial uno tiene que pasarse en el “dojo” (1) cuatro o cinco años practicando tres o cuatro veces por semana, y luego seguir entrenándose y, además, el aprendizaje es caro, yo creo que lo más práctico y menos costoso, en todo los sentidos, es que tratemos de manejarnos en situaciones de peligro con recursos un poco de andar por casa, valga la expresión, pero que nos puedan servir para salir airosos en una pelea callejera.
Un ejercicio interesante, ya que hablamos de andar por casa, es entrenarse en ratos libres con la pareja de uno, con su hermano o un amigo: abrazarse fuerte, tratar de zafar, rodar por el suelo, sujetarse, trabarse, destrabarse, precipitarse el uno contra el otro, boxear como Dios le dé a uno a entender, acostumbrarse al cuerpo a cuerpo, a salir de agarres y trabas, inventar golpes… Y procurar mantenerse en la mejor forma física posible, del modo que más fácil le resulte a uno.
Así uno se acostumbrará al contacto físico con otro cuerpo, en situación de lucha, y si la cosa va de veras podrá ofrecer resistencia, sacudirse, tratar de escapar, forcejear y, una de las cosas más positivas, dar a entender que uno no está dispuesto a someterse sin resistencia. Si la lucha dura dos minutos, el atacante emprende la fuga.Todo esto en el caso de que nuestro oponente no exhiba arma alguna, de la clase que sea, no nos cansaremos de repetirlo.
Como no hay mejor defensa que un buen ataque, juguémonos el todo por el todo. Conviene recordar que la cara es el lugar más vulnerable y, en la cara, los ojos y la nariz; la frente, no: el frontal es uno de los huesos más duros del cuerpo, si no el que más, y un golpe en él puede doler, pero no aturde.
Es mucho mejor impactar en la nariz con el puño, el filo de la mano o la cabeza –el típico cabezazo tucumano-; o estrellar la mano con los dedos “en desparramo”, en un gesto similar al que hacemos para indicar que hay prisa y hay que irse. Así podemos impactar en la nariz y en un ojo, o los dos.
Los golpes en la nariz atontan y provocan epíxtasis, o efusión de sangre, y ya sabemos lo que impresiona la sangre cuando fluye, y más cuando es nuestra.
En cuanto a los ojos lo mejor es apretarlos con las yemas de los pulgares o con los dedos índice y anular, en el clásico piquete. Desplegar en este caso toda la fuerza que podamos, que no vamos a dejar ciego a nuestro agresor.
Si el asaltante viene de frente, en cuanto nos demos cuenta de sus (malas) intenciones hay que tratar de frenarlo extendiendo los brazos y girándolos como aspas de molino, mientras uno se desplaza de uno a otro costado y grita con toda la fuerza de sus pulmones.
Si tratan de pegarnos en arco con el golpe que en boxeo se llama “cross” o gancho, es decir, girando el brazo en semicírculo, levantemos nuestros brazos con los puños cerrados a la altura de las sienes, contrayendo los músculos. (Esto se lo recomiendo también a los hombres golpeados por sus mujeres, que son muchos –en España hay ya 50.000- y todo se les va en acudir a foros y hacer declaraciones en los medios. Si uno se cubre adecuadamente el rostro con los brazos los golpes no llegan a su destino.)
Las mujeres deberían llevar el pelo corto, o recogido de manera tal que no pudieran agarrarlas tirándoles de los cabellos hacia atrás. Si el ataque viniera por la espalda, precisamente, y la trabaran con los brazos pegados al cuerpo, la víctima debería agacharse todo lo rápidamente que pudiera, en un movimiento seco, hasta casi llegar con la cabeza a los pies.También podría echar atrás la cabeza y golpear con la nuca la nariz del atacante, o clavarle con toda su fuerza los tacones de los zapatos –si es que lleva tacones- en los pies.
Para pegar en la nuez de Adan hay que hacerlo con mucha fuerza y mucha precisión, cosa que no siempre es factible, pero bueno es que se sepa que ese es un golpe muy efectivo.
Asir las orejas y tirar con fuerza hacia abajo hasta desgarrarlas. No es probable que nos quedemos con una o las dos orejas del agresor en las manos, pero sí así fuera y esto le ocurriera a una mujer más vale maleante desorejado que mujer violada, o muerta.
Contra el agarre del cuello no hay nada mejor que tomar los dedos pulgares de nuestro agresor y tirar hacia fuera con violencia, los dedos pulgares o los que sean, pero tirar hasta que se descoyunten o se rompan. Si nos toman de la muñeca, hagamos un giro violento hacia fuera y nos libraremos del agarre.
Volviendo a las artes marciales, la que hoy en día resulta más práctica y más fácil de aprender es el Krav Maga, lucha de contacto usada por la milicia israelí (ver nota relacionada).
En el próximo capítulo explicaremos cómo convertir en armas objetos domésticos como llaves, lápices, libros, cucharitas de café…¡y hasta manzanas!

(1) Gimnasio
© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 13 de diciembre de 2008

En emergencia (I)

Lo que no hay que hacer

Nunca, jamás, de ninguna manera hay que enfrentar a alguien que empuñe un arma. Sólo un comando o un ninja pueden neutralizar la peligrosidad de una pistola o de una navaja y reducir a quien la esgrima.
No hay que dar patadas. Por lo general no saben darse, o no se dan bien. Que las llamadas “patadas voladoras” que vemos en el cine, “may geri” (patada de frente), “maguasi geri” (patada circular), “may ashi geri” (patada con pie adelante), “kecomi” (con el talón), y “keage” (con el empeine) queden para los “senseis” o maestros de “karate do”, “karate shoto kan”, otras artes marciales y, sobre todo, el “tae kwon do”. Este último es el que mejor enseña a usar las piernas para atacar desde todos los ángulos y distancias.
Lo ideal es patear en los genitales o en cualquiera de las dos rodillas, pero cuando no se tiene práctica, ni habilidad ni fuerza suficiente, no es conveniente hacerlo porque el golpe con cualquier parte del pie no llegará a destino, o no producirá ningún efecto; nos quedaremos apoyados en una sola pierna, en difícil equilibrio, y si nuestro atacante es rápido nos la tomará, nos la retorcerá y nos mandará al suelo, donde quedaremos casi indefensos.
Nada de golpes al cuerpo. Se necesita mucha fuerza y mucha precisión para llegar con efectividad a alguno de los puntos vitales que hay entre la cintura y la barbilla -entre ellos el corazón, el plexo solar o la boca del estómago, bajo el esternón o hueso del pecho y el hígado-.
Además, la grasa que suele recubrir el cuerpo y la ropa, sobre todo si es de invierno y, por consiguiente, gruesa, amortiguarían el golpe. Nuestro rival tendría que ser tan flaco que se le notaran todas las costillas y estuviera desnudo de medio cuerpo para arriba, o llevara una prenda de tela muy liviana. De cualquier manera, una mujer promedio no tiene la fuerza suficiente como para romper una costilla de un puñetazo.
No pedir socorro a gritos. Nadie nos lo prestará. Gritar con determinación, con furia, no con miedo. Y decir: ¡fuego!
Si uno lleva un paraguas enrollado, no tratar de atacar revoleándolo. Ese golpe es muy fácil de parar. Lo mejor es usarlo como una espada, en horizontal, tirándose a fondo.
El gas de mostaza, o de pimienta, no siempre es efectivo. Hay que calcular bien la distancia –un metro y medio- para que no nos afecte a nosotros también, si estamos demasiado cerca. Además, nos pueden arrebatar el pomo y usar su contenido contra nosotros.
En lo que se refiere a la actitud, no mostrar, dentro de lo posible, pánico ni sumisión, ni pedir tregua ni piedad. Mirar fijamente a los ojos del asaltante y hacerle entender que uno está dispuesto a luchar con toda la determinación y el vigor de que sea capaz.
En estas circunstancias el que da el primer paso lleva siempre ventaja. Los primeros segundos son vitales. Remontar la situación es difícil.


© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

“En emergencia”: Introducción
(http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/12/en-emergencia_13.html)

En emergencia


Introducción

Las sugerencias que aparecerán en estas páginas y en otras posteriores, referentes a la defensa personal, tienen un origen totalmente empírico.
Proceden de la práctica del boxeo “amateur”, artes marciales y otros métodos de defensa y ataque más heterodoxos en gimnasios, cafetines de puerto, tabernas de arrabal, descampados “extra muros” de la ciudad, plazas solitarias en la noche, favelas y un largo etcétera.
Esos conocimientos me vinieron muy bien en las muchas peleas que tuve en mi vida, bien en contra de mi voluntad, por cierto. No estoy orgulloso, ni presumo de ellas. Preferiría que no hubieran ocurrido. Eso sí, yo no provoqué ninguna, que recuerde; tampoco me fue posible rehuirlas.
Como tal vez le haya pasado a alguna de las personas que lean estas líneas, yo tuve desde muy pequeño una gran propensión a recibir hostias. Bofetada que se perdía, yo me la encontraba.
Todos me pegaban, como al pobre Vallejo (1), que dice en su poema “Piedra negra sobre una piedra blanca”, refiriéndose a él mismo: “…le pegaban todos, sin que él les hiciera nada; le daban duro con un palo y duro…”.
Me pasaba, también, lo que a Quevedo (2), que decía que se parecía como una gota de agua a otra a todos aquellos a quienes se esperaba de noche tras las esquinas para molerlos a palos.
Me las tuve que rebuscar. Y lo hice a conciencia. De ahí que mis recomendaciones para salir más o menos airoso de situaciones peligrosas tengan, en mi modesta opinión, entidad y fundamento, por lo menos en cierta medida.
Espero que les sean útiles a todos, hombres, mujeres –con harta frecuencia asaltadas por violadores- y niños en el caso de que se les presente una emergencia.

(1) César Vallejo, notable poeta peruano, considerado como uno de los grandes innovadores de la poesía del siglo XX.
(2) Francisco de Quevedo y Villegas, una de las luminarias del Siglo de Oro español. Gran poeta satírico.

© José Luis Alvarez Fermosel