Mostrando entradas con la etiqueta Arte y Cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arte y Cultura. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de abril de 2015

Premisas generales



La máxima aspiración de un filósofo es formular premisas generales cuya validez sea universal, no importa dónde ni cuándo.
Schopenhauer, Bergson, Kant, Hegel y otros pensadores de primerísimo nivel no alcanzaron ese objetivo.
Sus verdades sólo podían se relativas, dado que eran impugnadas por otros filósofos.
Estamos hablando de filósofos, no de licenciados, o doctores en Filosofía y Letras, o profesores de filosofía como el español Fernando Savater, a quien todo el mundo llama filósofo y él mismo dice: “Philosophe” es por antonomasia zascandil, opina sobre cualquier cosa sin ser experto en nada, es en resumen un “metomentodo”. Al Filósofo con mayúscula se le considera un personaje sumamente abstracto, un tipo que no se mete en nada. Admito que mi talante se aproxima más al de Voltaire que al de Zubiri”.
Filósofo –¡cuántas veces se ha dicho en todas partes!- es el creador de un sistema filosófico, o de una corriente de pensamiento.
José Ortega y Gasset, de quien José Pla dijo con corrosiva ironía: “¡Ortega, gran orador!”, seguía en su estilo literario todos los meandros que se le presentaban, como un conferenciante divagador, hasta que estaba tan lejos del tema inicial que ya daba lo mismo.
Francisco Umbral decía que en el caso de las divagaciones de Ortega, éste pensaba que lo mejor era dejarlo para otro día. El otro día orteguiano, como el de tantos otros, no llegó nunca, pero esto, que tanto se le reprochó, es lo que le hace más moderno, más actual, más vivo.
- Un sistema, Pepe, un sistema  –le decían en la tertulia.
Pero Pepe no tenía tiempo ni ganas de organizarse un sistema, de invertebrarse, cuando se pasó la vida predicando la Historia como sistema.

Más cerca de la verdad absoluta

Más cerca de la verdad absoluta estuvieron los anónimos prohombres de la cultura china, a quienes se debe el conocimiento y divulgación de tres grandes desgracias humanas:
Primera: amar y no ser amado. Segunda: querer dormir y no poder. Tercera: esperar y que no lleguen.
Otros filósofos menos importantes dijeron cosas como las siguientes: “La democracia es un pequeño y duro núcleo de anuencia colectiva, rodeado por una rica gama de diferencias individuales; una gran empresa es una institución que da órdenes terminantes y después impide cumplirlas; la consigna de todos los ejércitos del mundo es apresurarse y después esperar”.
El escritor francés Pierre Riffard reveló que algunos filósofos desplegaron simultáneamente otras actividades, como el inglés Francis Bacon, que fue conde, diputado, juez, ministro de Justicia y se le honró con el tratamiento de Sir.
Casi todos los filósofos fueron varones (99 por ciento) y comunicaron su saber mediante libros (98 por ciento), mientras estuvieron solteros (70 por ciento). Bastantes fueron huérfanos y expatriados (54 por ciento).
Un filósofo puede ser feo. El más feo de todos parece ser que fue Sócrates.
Según Riffard se puede llegar a ser rico con la filosofía. Séneca era poseedor de una gran fortuna en sestercios al morir.
Tampoco le fue mal a Northcote Parkinson, de nacionalidad británica, cuyos libros fueron traducidos a catorce idiomas y vendidos a carradas. Casi todos sus apuntes se refieren a la burocracia, de la que dijo, entre otras cosas, que “(…) todo gasto aumenta hasta cubrir el dinero que le fue asignado; la demora es la forma más letal de la negativa; los funcionarios se fabrican trabajos entre sí y la eficacia de una conversación telefónica está en proporción inversa al tiempo que consume”.  
Entre los filósofos de segunda fila destaca el nombre de Bernard Baruch, un financiero de Nueva York que asesoró a varios gobernadores estadounidenses durante el siglo veinte.
Este Baruch no tuvo nada que ver con el holandés Baruch Spinoza, cuya filosofía puede considerarse como la quintaesencia del panteísmo.
Para mí, y para muchos, el verdadero Filósofo –así, con mayúscula-, el pensador de pensadores, aquel cuyo sistema es infalible e indeleble, a quien un día se hará justicia, es el español Anastasio Zamora Barba, quincallero de Valladolid. Es el día de hoy que todavía se repite por doquier, traducida a todos los idiomas, su sentencia admirable, tan contundente y lapidaria en su claridad meridiana, resumen perfecto de su sabiduría:
“Acostarse temprano y madrugar es altamente higiénico, económico y moral”.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 15 de julio de 2014

Transparencia cromática



Llueve. Unos edificios como los de época, que tienen balcones con grandes cristaleras y barandas de hierro de los llamados miradores; y la torre con sus buhardillas, que a veces dan a la calle por pequeñas ventanas redondas como ojos de buey.
Poca gente en la rúa antañona, con el pavimento que el agua caída parece haber revestido de papel de plata.
Del mismo modo, el paraguas –de los grandes- del señor parece bruñido.
El autor de esta hermosa acuarela, el pintor argentino Oscar Faliero ha elegido poéticos tonos violeta. La lluvia no llega a velar las fachadas de los edificios con historia… e historias entre sus cuatro muros de piedra, que se destacan en un elegante rincón de la ciudad.
El señor del paraguas luce una corbata roja, lisa, que le llega hasta un poco más abajo del esternón, tal como la llevaban en las películas de policías y ladrones de los años cuarenta Humphrey Bogart, James Cagney, Edward G. Robinson y otros duros de entonces. “Bogey” usaba de tanto en tanto corbatas de lazo, también llamadas “de pajarita”, o “pajaritas”.
La señora rubia, de espaldas y en primer plano, ¿irá a encontrarse con el caballero del paraguas, bajo el que se cobijará ella también, y se irán los dos a un café del barrio?
¿Cómo termina la palabra que empieza por cole –o algo así- y se lee parcialmente en la parte de arriba de lo que parece ser una tienda de venta de ropa, casi enfrente de la señora?
La acuarela es una técnica de pintura sobre papel con colores diluídos en agua. A veces deja ver el fondo del papel, que aparece como otro tono, blanco, por lo general.
En las pinturas japonesa, china y coreana la acuarela fue siempre el medio pictórico dominante, realizado frecuentemente en tonalidades monocromáticas negras o sepia.
Ver el mundo a través del procedimiento acuarelístico es, para un pintor dotado de sensibilidad y de pupila diáfana, contemplar el espectáculo humano en una viva y permanente transparencia cromática, dijo una vez Julio Trenas en el diario Pueblo de Madrid.
Privilegiado observador Oscar Faliero, que reúne las condiciones necesarias citadas en el párrafo anterior para la contemplación de la humanidad como salida de una paleta tan sabia como la suya.
Faliero nos muestra una bellísima acuarela de suave colorido, con un rasgo de tersa melancolía de tarde de lluvia en la ciudad.   

© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 23 de abril de 2014

Los prometidos



Los retratistas de la primera mitad del siglo XIX exploraron amablemente el mundo de los afectos domésticos.
A Giuseppe Tominz (1790-1866), un clásico esloveno-italiano de la pintura figurativa provinciana del imperio habsburgués, se debe “Los prometidos” (1830), el cuadro cuya imagen ilustra estas líneas.
Se trata de una obra característica del estilo Biedermeier, que toma su nombre de un personaje de los diarios satíricos de la época: un tradicional y sumiso profesor escolástico de Suabia, típico representante de la burguesía alemana.
La época del Biedermeier vio nacer en Alemania, Dinamarca y Austria una rica e importante escuela de pintura, formada por artistas que caían bajo el común denominador de haber hecho un viaje a Roma y admirar al patriarca Thordvaldsen, conocido después de aparecer en el cuadro “Artistas daneses en una fonda” (1836), de David Conrad Blunck.
La pareja tan detalladamente plasmada en el lienzo por Tominz exhibe la pesada elegancia germana de la época. Se incluyen espejo, cortina, alfombra, mesa vestida con flores en un búcaro con pie dorado y una pequeña talla en forma de caballo alado en el suelo.
Si se examinan con atención las manifestaciones artísticas del Biedermeier, sobre todo la pintura, los muebles y la decoración se advierte que el código formal es parecido al neoclásico.
El Biedermeier  refleja las virtudes privadas y los placeres honestos.

© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 11 de diciembre de 2013

De intelectuales, mascotas y arbolitos



Al intelectual leído y… “escribido”, como mandan los cánones, que antes tenía tertulia en el bar La Paz –donde todo el mundo pedía guerra- y en otros de los llamados “cafés de artistas”, no le parece muy ortodoxo que quienes escriben lo hagan, aunque sólo sea alguna vez, sobre temas que él considera de escaso, o nulo interés como la gastronomía, perros y gatos –los de uno y los de otros-, obras de pintores famosos y atardeceres con árboles que un fotógrafo hábil y con buen gusto convierte en cuadros.
Hay que escribir sobre cosas serias como, en primer lugar, la política, la economía; y luego la filosofía, la literatura. Los arbolitos de Navidad bien están para los “Christmas”.
La literatura de ayer, de hoy y de siempre que cultivaron con excelsitud Proust, Thomas Mann, Milton, Fernando Arrabal y, ¡naturalmente!, James Joyce, con su “Finnegans Wake”. Borges, no: no fue lo suficientemente oscuro. Además, era de derechas.
La literatura es una cosa muy fuerte, no es cuestión de debilitarla con bagatelas. La literatura es privativa de los intelectuales.
Siempre que oigo la palabra intelectual, no es que saque la pistola –que no tengo-, sino que se me enciende el pelo.
Entonces me pongo a leer a Juan José Sebreli, un pensador que supo enfrentar, con conocimiento de causa y decisión, las corrientes políticas e intelectuales que metieron tanto ruido en su día, para caerse enseguida a pedazos, como recordó el periodista Jorge Fernández Díaz –lo cito casi al pie de la letra-. 

La cultura

Pacho O’Donnell, que escribe en estos días sobre treinta años en la vida y la cultura argentinas, sostiene que a pesar de que le han definido como intelectual de acción, aborrece la palabra intelectual. Asegura que, en todo caso, se identifica con Jauretche, que se definía como un intelectual reo, y dice de sí mismo que abjura de los preceptos y las pautas de la intelectualidad argentina, tan europeizada.
A O’Donnell -prestigioso médico argentino especializado en psiquiatría y psicoanálisis, historiador, político y escritor- no se le caerían los anillos por escribir un día sobre mascotas, o sobre gastronomía, si es que no lo ha hecho ya.
He leído -entre otras obras de O’Donnell-, un exhaustivo y emocionado relato de su exilio en Madrid, donde habla muy bien de los españoles, que le acogieron con los brazos abiertos y le dispensaron su simpatía y su afecto. Contaba anécdotas menudas, cosas de la calle y hechos de interés humano con un estilo suelto, sencillo y colorido.
Escritores de primerísima línea españoles, argentinos, latinoamericanos y de otras nacionalidades escribieron frecuentemente sobre cocina, mascotas y árboles de Navidad y de los otros, como Antonio Gala, Francisco Umbral, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Montero, Maruja Torres, Manuel Vicent, Xavier Domingo, Nestor Luján…; Nicolás Cócaro, Osvalo Soriano y Roberto Fontanarrosa –los tres argentinos, ya desaparecidos, por desgracia-; el peruano Vargas Llosa, el chileno Jorge Edwards, el mexicano Carlos Fuentes… 
Baudelaire escribión un poema titulado “Los gatos”.

La intelectualidad

La literatura es un arte y su instrumento es la palabra, o el conjunto de saberes que nos permiten leer y escribir correctamente. (Entre paréntesis, lo último es muy infrecuente, en la actualidad).
La literatura, los libros están presentes en la red de redes, que aglutina grupos de libreros y difunde mucha literatura.
- Pero, la Intelectualidad…, ¿qué es la intelectualidad?
- Para la revista “Noticias” –que se edita en Buenos Aires- la palabra, el concepto de  intelectual está más vapuleado que los títulos nobiliarios. Quizás quiera decir que la intelectualidad va y viene y los que se creen y autotitulan intelectuales son legión; y a ellos también los traen y los llevan, y los vapulean -¡en sentido metafórico, naturalmente!-.
A continuación, y después de repasar parte del brillante historial de Pacho O’Donnell, el semanario de Jorge Fontevechia califica el término intelectual aplicado a O’Donnell de mote.
Según el diccionario de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, intelectual viene de inteligente.
El poeta y dramaturgo español José María Pemán dijo en un artículo publicado en el diario monárquico español ABC: “El hombre, aun habiéndose intelectualizado y civilizado tanto, tropieza a menudo con seres animales, vegetales y minerales que parecen mejor dotados por la Providencia”.
No creo, pues, que sea desdoroso, fútil o frívolo para un intelectual dar una receta de cocina o escribir de vez en cuando sobre mascotas y árboles, que son, por otra parte, de mucha utilidad para el hombre, intelectual o no.

“… En Chicote un agasajo postinero,
con la crema de la intelectualidad,
y la gracia de un piropo retrechero,
más castizo que la calle de Alcalá.”

¿Por qué no definir la intelectualidad como la palabra que figura en la parte final del chotis “Madrid”, de Agustín Lara?

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 30 de noviembre de 2013

Bodegón de caza

El magnífico bodegón que ilustra, y da lustre a estas líneas se titula Bodegón de caza, hortalizas y frutas. Mide 68 por 89 centímetros. Fue pintado al óleo sobre lienzo en 1602 por el pintor español Juan Sánchez Cotán (Orgaz, Toledo, 1560 – Granada, Andalucía, Sur de España, 1627). Se conserva en el Museo Nacional del Prado de Madrid, España.
Dentro del Barroco, discípulo de Blas de Prado, Sánchez Catán pintó en principio cuadros de temas religiosos y retratos.
De tendencia manierista en la primera etapa de su pintura, le imprimió después ciertos toques naturalistas, bajo la influencia de Jacop Bassano. Fue considerado como el creador del bodegón español.
Los bodegones de Sánchez Cotán destacan por la sobriedad y humildad de las piezas que retrata. Fue un pintor ordenado y apacible.
Aunque en este cuadro hay un par de faisanes, el pintor no los lleva a un definido primer plano. Suaviza sus colores, manejando luces y sombras de tal manera que el cardo, los sencillos vegetales de la base y las frutas se convierten en protagonistas, absorbiendo toda la luz.
Otra de las peculiaridades de este pintor castellano es su afición a colocar geométricamente las piezas de caza y otros elementos.
Tenía predilección por el cardo, que como en el caso del cuadro que comentamos, ocupó un lugar protagónico en muchos de sus bodegones.
Influyó notoriamente sobre otros especialistas de épocas posteriores.
Juan Sánchez Cotán ingresó en 1603 como hermano lego en el monasterio de la Cartuja de El Paular (Madrid). Posteriormente fue trasladado a Granada.   
Pintó su Bodegón de caza, hortalizas y frutas un año antes de ingresar en el monasterio.


© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 11 de noviembre de 2013

La palabra difícil



Jitanjáfora es un término utilizado por el escritor y diplomático mexicano Alfonso  Reyes, que fue embajador en Argentina, Brasil, España y Francia.
Reyes quiso designar con esta palabra los efectos onomatopéyicos y fonéticos de expresiones de la poesía afro antillana que reproducen el ritmo de la música y la danza negras.
La palabra jitanjáfora está tomada, en este caso, de un artículo que el poeta y diplomático cubano Mariano Brull publicó en 1929. Brull fue uno de los más eximios cultores de la poesía nueva.
Jitanjáfora, según otra definición, es un enunciado lingüístico formado por palabras inventadas sin un significado concreto por sí mismas.
Su función poética se basa en sus valores fonéticos, que pueden tener un sentido en relación con el texto en su conjunto.
La poesía popular incluyó siempre en sus composiciones este vocablo, utilizado por algunos escritores del Siglo de Oro español, Lope de Vega entre ellos.
El abogado, político y escritor guatemalteco Miguel Angel Asturias (Premio Nobel de literatura  1967) la usó mucho en sus textos.
También figura en las obras de la poetisa argentina Alejandra Pizarnik, salpicando su obra La bucanera de Pernambuco, que además de su indiscutible valor literario tiene un título muy eufónico, ya que estamos hablando de sonidos.

© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 14 de octubre de 2013

El maestro de la intriga



He recibido el encargo de escribir una monografía, o algo parecido, sobre la vida y obra de ese genio del “roman feuilleton” que fue Alejandro Dumas. Y estoy trabajando con gusto, porque personajes de Dumas como el conde de Montecristo, Artagnan y sus amigos, el duque de Saboya, el caballero de Harmental y otros muchos me hicieron pasar muy buenos ratos en mi lejana niñez novelera y soñadora.
- ¡Dumas…! ¿A estas alturas?
- ¡Sí, Dumas! No podemos continuar girando en torno a Schmidt, Clauss Offe, Habermas, los posestructuralistas, los kojevianos, los neoweberianos y otros que también están pasados de moda, si a eso vamos. Hay gente a la que le gusta releer libros que leyó de niño, o de adolescente. Dumas es muy entretenido.
- Dumas, Stevenson, Mark Twain, Joseph Conrad, Bierce...
- ¿Por qué no? Stevenson escribió “La isla del tesoro”, pero también “El club de los suicidas”, y otras obras de no menor densidad. Fue uno de los escritores favoritos de Borges. Conrad también es apto para mayores. Ni que hablar de Ambrose Bierce, que además hizo de su vida una novela, entre paréntesis.
Alejandro Dumas fue un maestro de la intriga, procedente de su indiscutible habilidad técnica. De Montecristo se ocuparon muchos pensadores y escritores de diversas nacionalidades, entre ellos Antonio Gramsci, que vio en el conde a un precursor del Superhombre nitzscheano.

Literatura de corte novelesco

Su literatura de corte novelesco sigue viva en nuestro tiempo. Sus obras se reeditan constantemente y el cine y la televisión las adaptan una y otra vez.
Lo que puede discutirse es la abundancia de su obra original, ya que parece ser, o es, de hecho, que tenía cierta cantidad de “negros”, o “ghost writers” –escritores fantasmas, como los llaman los americanos- que le escribían parte de sus obras. La leyenda los magnificó, menos mal, pobre gente. Todos de buena pluma pero condenados a un eterno anonimato. Probablemente se exageró su número, también.
Lo que sí parece que escribió el solo, sin ninguna ayuda, fue su “Gran Diccionario de Cocina”, que incluye una receta de pata de oso asada y dedica unos párrafos al absenta, el licor maldito de los escritores malditos.
La revista rusa “Knizhol Obezremie” (Panorama Literario) aseguró recientemente que se halló en los viejos archivos del KGB –como se llamaba el Servicio Secreto de la Rusia soviética-, el manuscrito original de una novela de Dumas en la que aparecen el poeta ruso Alexander Puschkin y Edmundo Dantés, protagonista de la que para muchos fue la novela cumbre de Alejandro Dumas, “El conde de Montecristo”.
Pero la obra, si es que existe, todavía no se ha publicado, al menos que  sepamos nosotros.
Y vamos a la anécdota, cuando no. Una anécdota de los “negros” de Alejandro Dumas que he contado en otra parte. La repetiré aquí.
Cuentan que un día Dumas padre preguntó a su hijo –el autor de “La dama de las camelias”-:
- ¿Has leído mi última novela?
- No –contestó el hijo-, ¿y tú?

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 8 de octubre de 2013

La señora está leyendo, ¿qué leerá la señora?



Cabe suponer que la señora leía un libro de algún poeta simbolista cuando su marido, el escultor y pintor francés Paul-Albert Bartholomé (1848–1928) pintaba su retrato.
El cuadro –grises humo, dorados brillantes y algún verde seco- muestra a Prospérie (Périe), hija del marqués de Fleury, muellemente reclinada en un diván, leyendo con aparente interés, o haciendo que leía un libro que a lo mejor no era un libro, sino un dibujo.
Su esposo se adhirió al simbolismo, un movimiento que para unos fue el lado oscuro del romanticismo y para otros una reacción literaria contra la Naturaleza y el realismo.
Bartholomé, después de la muerte de su mujer, en 1878, abandonó la pintura, aconsejado por su amigo Degas, y se volcó a la escultura.
Su primera obra fue la erigida en la tumba de su esposa, en el cementerio de Bouillant Crépi-en-Valois.
La obra cumbre de Bartholomé, empero, fue el monumento a los muertos en la Primera Guerra Mundial de Crespi en Valois.
El simbolismo literario español, cuyos principales cultores fueron Salvador Rueda y Gustavo Adolfo Bécquer, dio lugar a un movimiento más general: el modernismo, que empezó en América Latina, donde tuvo representantes tan ilustres como el cubano José Martí, el mexicano Gutiérrez Nájera y algunos posrománticos como el argentino Leopoldo Lugones, el peruano José María Eguren y el nicaragüense Rubén Darío.
Périe salió tal cual era, bella y calma, en el cuadro que le pintó su marido, que aún hacía honor a la descripción objetiva de la que luego abjuró.

© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 12 de agosto de 2013

La Calesera


Las notas alegres del pasacalle de los chisperos (1) de La Calesera se meten en los pulsos en la lluviosa tarde de invierno, que da pena ver a través de los cristales del balcón.
La Calesera es una zarzuela con letra de Emilio González del Castillo y Luis Martínez Román y música de Francisco Alonso, universalmente conocido como el maestro Alonso. Se estrenó en el Teatro de la Zarzuela de Madrid el 25 de diciembre de 1925 y no ha dejado de reponerse en todas partes desde entonces. El pasacalle de los chisperos ha quedado como símbolo de la música española.
Es una historia de amor cuya acción transcurre en el Madrid romántico, en 1832, para ser exactos. Uno de los personajes es Luis Candelas, un bandido generoso tan popular en España en su día como Robin Hood en Inglaterra, Butch Cassidy y Sundance Kid en el lejano oeste de los Estados Unidos y, más cercano en el tiempo, Salvatore Giuliano en Italia.
Dos mujeres, la tonadillera Maravillas, también llamada La Calesera y una aristócrata, la marquesa de Albar se disputan el amor de un político liberal metido a revolucionario, Rafael Sanabria, que se queda con la marquesa dejando a la pobre Calesera sumida en la soledad y en la tristeza.

De calesas y caleseros

Una calesa es, o era un carruaje de cuatro, y más comúmente de dos ruedas, tirado por dos caballos, abierto por delante y resguardado parcialmente de la intemperie por detrás.
Una variedad, que hoy llamaríamos deportiva, era el calesín: una calesa ligera de un solo caballo, más consistente que el tílbury, que se le parecía.
Las calesas y sus aurigas fueron muy notorios y, por fas o por nefas, se les honró con la letra impresa y la música popular.
Recordemos al torero del pasodoble El relicario, que “(…) iba en calesa, pidiendo guerra”  cuando vio pasar a la muchacha de la que se enamoró y a la que pidió que pisara con su lindo pie un trocito de su capote para hacerse un relicario con él.
Un calesero antipático, o peor, grosero, era el del artículo ¿Entre qué gentes estamos?, de uno de los mejores, sino el mejor crítico costumbrista de España: Mariano José de Larra.
Juan Martínez Villergas dedicó a este personaje del costumbrismo romántico un artículo que tituló: El calesero.

Ni chisperos, ni majos…

Yo no quiero querer a un chispero
que finge, embustero,
palabras de amor,
y me cansan los majos de plante
que se echan p’alante
fingiendo valor...
  
Canta Milagros Martín con su hermosa voz de soprano. ¡Cómo nos han acompañado, en todas partes, esta zarzuela, este pasacalle…! ¡Cómo nos aviva, estemos donde estemos, la música regocijante de La Calesera  el recuerdo, la nostalgia de un Madrid que ya no es… aquel Madrid, nuestro Madrid, pero al que seguimos añorando!
La frase de la última romanza de La Calesera: “Tú me puedes olvidar, yo jamás te olvidaré…”.

(1) Perteneciente a las clases populares de los barrios bajos del norte de Madrid durante el Antiguo Régimen y hasta la segunda mitad del siglo XIX. Se usa como sinónimo de castizo, buen mozo, atrevido.

© José Luis Alvarez Fermosel

Notas relacionadas:

Vídeo:

viernes, 9 de agosto de 2013

Pensaban que no existía...



El escritor y doctor en Filosofía y Letras español –no filósofo, que no es lo mismo-, Fernando Savater cuenta en su Ensayo sobre Cioran que escribió su tesis sobre el pensador rumano-francés, tan poco conocido entonces en España que empezó a circular por los ambientes universitarios la especie de que Cioran no existía.
Savater le mandó una carta, señalándole: “Aquí aseguran que usted no existe. Cioran le contestó: “¡Por favor, no les desmienta!”.
Recuerda Gómez Calero en su delicioso libro Filosofía para bufones que Cioran siempre proclamó la inanidad de la existencia y la idea de que lo mejor de todo sería no haber nacido. 
El tan traído y llevado Cioran, cuyo nombre citan con frecuencia, llenándose la boca, tantos intelectuales; ese nihilista absoluto, cortesano del pesimismo, esteta de la desesperación, no tenía empacho en trazar su propia caricatura.
Se autocalificaba de sepulturero con un leve barniz de metafísico, triste por decreto divino, mortinato de clarividencia...
Se reía, o por lo menos sonreía con frecuencia, cómplice de sí mismo, entornados sus ojillos, siempre alborotados sus cabellos blancos en su rincón del Café de Flore del Boulevard Saint-Germain–des-Prés de París.  
Reconozcámosle sentido del humor a Ciorán, nacido en Bucarest en 1911 y residente como apátrida en París, donde escribió, llevó una vida serena, poco o nada acorde con su prédica disolvente y murió en 1995.
Había estudiado filosofía. Su tesis de doctorado se basó en el filósofo francés Henry Bergson, lo que le valió una beca del Instituto Francés.
Su obra es un compendio sistemático de virulentas diatribas contra todas las ideologías, religiones y filosofías creadas por el hombre para justificar su vida y sus obras.  
En Breviario de podredumbre- su primer libro escrito en francés- critica la carencia del sentido de la realidad y la tendencia a la exageración que confunden tanto al hombre moderno.
Silogismos de la amargura, La tentación de existir, La caída en el tiempo y Del inconveniente de haber nacido son sus ensayos más divulgados, escritos entre 1952 y 1973.
Otras obras suyas son Ejercicios de admiración (1986) y El crepúsculo del pensamiento (1991).
Manejó la paradoja, el silogismo y el aforismo tan bien como sus amados prosistas del siglo XVIII (Voltaire, Diderot, Marivaux, Rousseau…).
Para Cioran el hombre es totalmente execrable.

© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 7 de julio de 2013

Por el humo se sabe


Por el humo se sabe
donde está el fuego;
del humo del cariño
nacen los celos:
Son mosquitos que vuelan
junto al que duerme
y zumbando le obligan
a que despierte.

¡Si yo lograra,
de verdad para siempre,
dormir el alma!
Y, en la celdilla del amor aquél,
borrar el vértigo
de aquella mujer.

Por una puerta
del alma va saliendo
la imagen muerta.
Por otra puerta llama
la imagen que podría
curarme el alma.
Se me entra por los ojos
y a veces sueño
que ya la adoro.
Cariño de mi alma
recién nacido,
la llama extingue,
¡ay! de aquel cariño.

¡Vana ilusión!

En amores no vale
matar la llama,
si en las cenizas muertas,
queda la brasa.
El amor se aletarga
con los desdenes
y parece dormido,
pero no duerme.
¡Ay, quién lograra
de verdad para siempre
dormir el alma!
Y, en la celdilla del amor aquel,
borrar el vértigo
de aquella mujer
fatal. ¡Ah! fatal.

La romanza Por el humo se sabe de Doña Francisquita está considerada como una página lírica de singular calidad, que cobra excelencia en la privilegiada voz del tenor lírico español Alfredo Kraus, versión que ofrecemos aquí.
Doña Francisquita, basada en la comedia La discreta enamorada, de Lope de Vega, está considerada por sus características una ópera cómica. Es, en todo caso, un modelo del género grande.
La música es del maestro Amadeo Vives y la letra de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw.
Se estrenó en el Teatro Apolo de Madrid el 17 de octubre de 1923 y desde entonces no ha dejado de representarse y de ser aplaudida como un fiel retrato del Madrid romántico, pleno  de viveza, frescura y colorido. Sus autores no dejaron caer la obra en la mera recreación histórica.
La acción se sitúa en el Madrid del siglo XIX, durante el carnaval.

© J. L. A. F.

Vídeo:

domingo, 30 de junio de 2013

Más allá del vals



Acerca de los valses -de los que hablé en otro post- quizá sea necesario recordar que en aquellos tiempos de los valses de Viena no todo era azul, como decían los poetas que era el Danubio para los enamorados; ni tampoco color de rosa, ni estaba todo signado por la sofisticación,  ni todo era alegre, elegante y divertido.
Se libraban guerras que duraban 30 y hasta 100 años; el analfabetismo, la pobreza, la higiene y la incuria alcanzaban niveles muy elevados. Los nobles y los reyes no escapaban a las generales de la ley. El poder y el dinero no garantizan la buena salud ni son un seguro contra la adversidad, ni libran de la muerte.
Ya que Austria salía a relucir en mi otro post, recordemos a Francisco José I (1848–1916), emperador (ilustración) de ese país centroeuropeo, que fue sin duda uno de los monarcas más desdichados de la historia.
Su reinado de 68 años se vio comprometido por luchas con Prusia, Turquía, Rusia y la Primera Guerra Mundial (1939–1945).
Su esposa, Elizabeth Von Wittelbasch –la Sisí que encarnó en varias películas de los años 50 la actriz austríaca, nacionalizada francesa, Romy Schneider-, fue asesinada a los 60 años en Ginebra de una puñalada que le asestó el anarquista italiano Luigi Lucheni con una lima de carpintero.
El único hijo de Francisco José, el príncipe Rodolfo mató a su amante de un tiro de revólver y se suicidó acto seguido del mismo modo en su pabellón de caza de Mayerling.
Maximiliano, hermano de Francisco José, nombrado emperador de México murió en Querétaro fusilado por el indio Juárez. Su mujer, Carlota Amalia de Bélgica, hija del rey Leopoldo II de Bélgica se volvió loca en Roma a los 27 años. Murió a los 87, cerca de Bruselas.
Un sobrino de Francisco José, Luis II de Baviera fue arrebatado por la locura y se dedicó compulsivamente a mandar construir castillos por todas partes.
La cuñada del emperador, la duquesa de Alençon murió en el incendio del Bazar de Caridad.
Otro sobrino de Francisco José, el archiduque Francisco Fernando fue asesinado a tiros de pistola junto con su esposa Sofía por Gavrilo Princip en Sarajevo, el 28 de junio de 1914.
El magnicido adelantó la Primera Guerra Mundial, que causó más de nueve millones de muertos.

© José Luis Alvarez Fermosel

Notas relacionadas: