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miércoles, 18 de marzo de 2015

La leyenda del demoledor de rocas



Las aventuras de Henry Morton Stanley (1841-1904) superaron las de grandes exploradores como Spruce, el Conde de Keyserling o el capitán Cook. Pasados los cien años de su muerte, sigue inflamando las imaginaciones.
Llamado por los africanos “Bula Matari” ("El demoledor de rocas"), este hombrecito de 1 metro y 63 centímetros, decidido y feo, nació con todas las de perder: era hijo bastardo de una criada en la dura Gran Bretaña del siglo XIX.
El futuro periodista y explorador nació el 28 de enero de 1841 en Denbigh; hijo ilegítimo, su madre lo anotó en los libros de la iglesia de Saint Hilary de Denbigh (Gales del Norte) como "John Rowlands, bastardo".
Sufrió a lo largo de toda su vida desdenes por sus orígenes "bajos" y deshonrosos", escribe John Bierman, autor de una de sus más recientes biografías aparecida en Buenos Aires, que  los lectores arrebataron de las librerías.
Rowlands, convertido en Henry Stanley en Nueva Orleans (Estados Unidos), trabajó como norteamericano -aunque no se naturalizó hasta 1885- para el diario Herald de Nueva York.
Se ganó a fuerza de puños notoriedad como periodista y explorador del  Africa negra. Incluso la exigente sociedad victoriana inglesa tuvo que reconocer sus méritos.
Posteriormente escribiría también en el Daily Telegraph de Londres, que le financió, conjuntamente con el Herald, algunas de sus expediciones.

Prisionero de los turcos

Antes de conquistar la celebridad, Stanley luchó durante nueve meses como soldado del Ejército Confederado en la guerra norteamericana de Secesión (1861-1865), fue tenedor de libros, aprendiz de impresor, minero, buscador de oro y peón de fundición.
Su sed de aventuras le llevó a navegar 1.000 kilómetros por las rápidas aguas del Río Plata, de Denver a Omaha (Estados Unidos) en una embarcación de fabricación casera. Después viajó a Esmirna (ahora Izmir), en la costa occidental de Turquía y fue hecho prisionero por los turcos.
De nuevo en Estados' Unidos, se incorporó a la expedición Hancock como explorador y rastreador. En el “Far West” conoció al famoso pistolero Wild Bill Hickok y fue testigo de las guerras indias. De todo esto informó en crónicas que publicó como “free lance” en varios periódicos.
Iba a sentar los cimientos de su fama cuando, ya contratado por el diario Herald de Nueva York, formó parte de la expedición de castigo que los ingleses enviaron contra Theodore, emperador de Abisinia (o Etiopía, Africa oriental), que furioso por un supuesto desaire de la reina Victoria, retuvo durante años a un grupo de diplomáticos británicos y sus familias.

¿El doctor Livingstone, presumo?

También cubrió Stanley en Madrid, en 1869, los alzamientos republicanos que entonces convulsionaban a España. Durante su estancia en la capital española vivió en la calle de la Cruz.
La hazaña que le hizo ingresar en la historia fue el descubrimiento del médico  David Livingstone (1813-1873) en las solitarias riberas del lago Tanganika, después de que el hasta entonces más famoso explorador de Inglaterra permaneciera perdido durante varios años.
Allí fue cuando Henry Norton Stanley pronunció la frase que le perseguíría hasta el resto de sus días y le definiría, incluso después de su muerte, ante millones de seres que quizá de otro modo jamás hubieran oído hablar de él: “Doctor Livingstone, presumo…” (“Doctor Livingstone, I presume?”).
Stanley descubrió en otras expediciones al Africa los lagos Victoria, Uganda, Alberto y Leopoldo.
Publicó once libros y centenares de folletos y artículos, se hizo mundialmente famoso, recibió premios y honores y fue honrado con el tratamiento de Sir.
Pero también se le calumnió, denostó y criticó acerbamente, relacionándose!e con el que según Bierman fue "el acto más importante de piratería geopolítica del siglo XIX: la creación del Estado Libre del Congo (hoy Zaire) con su patrón, el rey Leopoldo II de Bélgica (1835-1909)”.
En la pormenorizada biografía de John Bierman se califica a Henry Morton Stanley de ejemplo de las primeras exploraciones al Africa, que constituyeron para los ingleses del siglo XIX una aventura análoga a los viajes espaciales de nuestra era.
“Stanley fue un autodidacta que, imbuido del triunfalismo de la cultura británica, conquistó un continente con su audacia, los recursos económicos de sus patrocinadores y su simple afición a la lucha sangrienta”, dice Bierman.

Un confuso continente

En “La leyenda de Henry Stanley”, Bierman lleva al lector al interior del hombre y a la vasta tierra que él descubrió. En una región que, como decía el escritor inglés Graham Greene (1904-1991), permanece en muchas formas como lo que fue para los ingleses victorianos: “un confuso continente inexplorado con la  forma de un corazón humano”.
Bierman no quiere a Stanley y lo muestra en su libro. “Fue un símbolo de su época –dice-: era prepotente, fanfarrón, hipócrita y mentiroso", aunque se ve  obligado a reconocer que el gran explorador fue un individuo firme, valeroso, resistente, poseedor de infinidad de recursos...: un jefe inspirado.
Quizá la más larga y más difícil exploración del bastardo galés John Rowlands, o Sir Henry Morton Stanley, fue la que emprendió por su fuero interno desde los duros comienzos de su vida, huyendo de una sociedad en la cual se sentía profundamente incómodo y buscando siempre la dignidad propia.

© José Luis Alvarez Fermosel

viernes, 20 de febrero de 2015

Por la acera de Balvanera



Leo en la revista “Argentine” una nota de Viviana Coman titulada “Volver a la calesita”, con un recuadro de Carlos Manuel Couto. Ambos hablan con prosa enternecida de ese antaño sonoro y policromo jalón de la ciudad, que apenas gira ya ronca, rota, casi loca en algún barrio extra muros de la febril City porteña. 
El otro día vi desde un taxi una calesita en la Plaza Primero de Mayo, entre las calles Alsina y Pasco, aquí, en Buenos Aires.
El alegre "tiovivo" -como se le llama en España-, con sus caballos y cochecitos multicolores, que giraban lentamente al son de una agridulce musiquilla verbenera, fue acarreada en principio, como el organito, por un caballo: un jamelgo flaco y oscuro, eternamente cansino.
Luego adoptó la corriente eléctrica para impulsar ese dar vueltas y vueltas en pos de una sortija que, si se conseguía, daba derecho a una vuelta más.
La calesita le imprimía "clima" al paisaje yerto y desolador del mísero arrabal. Tangueros tan ilustres como Cátulo Castillo y Mariano Mores le pusieron letra y un compás de dos por cuatro:
"Grita la calesita/su larga cita/maleva.../Cita que por la acera/de Balvanera/nos lleva. Vamos de nuevo, amiga/para vos bailando...Vamos que en su rutina/la vieja esquina/me está llorando…/Vamos que nos espera/con tu/pollera marchita/esta canción que rueda/la calesita...".
Y aquello otro de “Carancanfú… vuelvo a bailar/y al recordar una sentada/ de tu enagua almidonada/ te grito ¡Carancanfú!.../y al taconear/y la “lustrada”/ cuando a tu lado, tirado/ tuve mi corazón...
Pasaba el tiempo, barrendero de ilusiones. La calesita se modernizaba. Automóviles aerodinámicos, “jeeps", "Sputniks", "Apolos" y “Challengers” fueron sustituyendo a los unicornios, cisnes, carrozas y diligencias. Nuevos ritmos, casi todos trepidantes desplazaron a los "fox trot", los pasodobles y los tangos de la "guardia vieja".
"Las vueltas que da la vida", de las que tanto hablan los… "mayores", se diluían en las vueltas de la calesita en una sordina poética, en un tempo que parecía eternizarse y tenía ya la pátina amarillenta de la nostalgia en su corazón azul...
La calesita estaba allí, con su cúpula escarlata, barroca de orlas y grecas de colores violentos, sus "breaks" pintados con purpurina, móvil la basta madera deslucida de su suelo tachonado de clavos toscos, goteando música, girando y girando bajo el cielo turquí…
Un día, de pronto, como tantas otras cosas, desapareció la calesita de la ciudad. 
Ahora los niños hablan de emoticones, “web mail”, navegación, “chat”, video llamada, cámaras de 1.3Mp, reproductores de MP3, “Bluetooth”, memoria de 512Mb, auricular stereo, cable USB, “home theatre” con “play station”…
Permítasenos una coda melancólica, con ritmo de “blues”, sostenida por los versos de González Tuñón: 
"La calesita en el baldío,/la calesita está con frío./Frío, frío./Los últimos pibes se fueron./La música también ha callado,/dejando en el aire un temblor/como cuando se muere un pájaro...".

© José Luis Alvarez Fermosel

viernes, 13 de febrero de 2015

Miseriucas de miserables



Se habla de imponer planes de ahorro a las casas reales en tiempos de ajustes que aprietan casi hasta la asfixia a países con regímenes democráticos.
La reina Isabel II de Inglaterra, unas de las soberanas más ricas del mundo, por su casa, se ha puesto a ahorrar. Deambula de noche con una linterna encendida por las habitaciones del palacio de Buckingham, donde reside, y apaga las luces que se han dejado encendidas. Aprovecha los sobres de las cartas que recibe para escribir en el dorso las instrucciones a sus empleados y personal de servicio.
Fuentes inobjetables informaron de este grotesco, que es una gota de agua en la inmensidad del mar de escándalos que dio la monarquía inglesa toda la vida.
Hace muchos años entrevisté, gracias a una gestión de Claus Von Bulow, al millonario estadounidense Paul Getty, el rey del petróleo, en su residencia de Sutton Place, cerca de Guilford, Inglaterra. Getty me cobró los cafés que mandó que me sirvieran durante cada uno de los tres días que duró la entrevista (media hora diaria).
No sólo los reyes y los millonarios, también otros seres destacados se distinguen por sus miseriucas.
Voy a traer aquí sólo dos de los ejemplos que recoge Francisco Umbral en su libro Las palabras de la tribu.
Miguel de Unamuno, el gran pensador español del siglo XX, junto con Ortega y Gasset, tras haberse dejado invitar continuamente por un amigo que lo visita en Salamanca, renuncia a que le pague el café de despedida en la estación, diciendo:
- ¡De ninguna manera, cada uno se paga lo suyo!
El escritor Gerardo Diego, de quien Borges decía, y con razón, que en vez de tener un nombre y un apellido, como todo el mundo, tenía dos nombres, era cobarde y avariento, según Umbral, que relata el siguiente sucedido:
En el café dio siempre cincuenta céntimos de propina a Pedro, el camarero. Incluso para la época era poco. Un día se le cayeron las cinco monedas de diez céntimos al suelo y le dijo al mozo, al irse:
-Por ahí se ha caído la propina. Búsquela.
Diego mandaba a los concursos literarios la plica en sobre transparente, de modo que los jurados leían “Gerardo Diego” y le daban el premio, todos los premios.
Desilusiona conocer personalmente a muchas lumbreras de las letras y otras disciplinas relacionadas con el arte, la cultura, la ciencia, ni que hablar de la política, la diplomacia, la farándula, el deporte y un interminable etcétera.
Uno se hace a la idea de que personalmente han de ser tal como escriben, o como brillan en otras actividades. Casi nunca es así, y uno se lleva grandes chascos. Y grandes alegrías cuando
se encuentra con las excepciones que confirman la regla.

© José Luis Alvarez Fermosel

viernes, 12 de diciembre de 2014

Presencias soberanas en un mundo global



Los reyes, los que quedan –que no son pocos-, ¿sirven de algo?, ¿respaldan con sus soberanas presencias los Estados de derecho?; ¿condicen, concuerdan con los pragmáticos tiempos globalizados que corren, tan… “progresistas?”
Podrían formularse más preguntas por el estilo. Los monárquicos dirían que sí, que los soberanos que hay, ya que están, son convenientes o, más aún, necesarios, considerando que ninguno reina de un modo absolutista, a la vieja usanza; ni siquiera reinan, sino que casi siempre juegan un papel más bien representativo que ejecutivo y, en una suerte de dorada retaguardia, los reyes son, o se los considera guardianes de la legitimidad constitucional.
Otros dirían que las monarquías son hoy en día unas antiguallas que sirven para muy poco. Además, cuestan dinero, porque el Estado tiene que mantenerlas.
Se dijo hace ya bastante tiempo que Juan Carlos I de Borbón, entonces rey de España,  conjuró el riesgo de un golpe militar al contribuir a abortar el “putsch” del teniente coronel de la Guardia Civil (1) Antonio Tejero, el 23 de febrero de 1981. Ahora se dicen otras cosas...
Los últimos tiempos del reinado de Juan Carlos I estuvieron salpicados por desórdenes y escándalos promovidos por él. Según la opinión general, le obligaron a ceder la corona a su hijo Felipe.

“¡Dios salve a la reina!”

“Cuando Inglaterra pierde una batalla, el culpable es el primer ministro, pero cuando resuenan las campanas de la victoria, todos los ingleses gritan a coro: ¡Dios salve a la reina!”. Así dijo una vez Winston Churchill, quien fue primer ministro durante nueve años y un gran admirador de la monarquía británica toda su vida.
No hay ningún otro país del mundo donde, en toda oportunidad, el pueblo dé tantas gracias a la reina: como si aún estuviera en sus manos la salvación, o al menos el bienestar de sus súbditos.
Isabel II de Inglaterra es en todo Occidente el símbolo por antonomasia de la realeza, pese a los escándalos que hicieron temblar su trono desde tiempo inmemorial, que no fueron pocos.
Monarquías como las de Suecia, Dinamarca y Noruega, cuyos reyes son Carlos XV, Margarita II y Harald V llegaron a ser más o menos populares. A Bélgica, regida por el rey Felipe I, no le afectó la eterna querella entre flamencos y valones.
La muy discreta, religiosa y políglota –hablaba cinco idiomas- Fabiola de Mora y Aragón, nacida en Madrid, se convirtió en reina consorte de Bélgica al casarse con el rey Balduino en 1960, el mismo año en que el Congo se independizó de Bélgica. La quinta reina de los belgas se retiró de la vida pública después de la súbita muerte del rey Balduino en 1993. Murió a los 86 años, gozando de la simpatía y el cariño del que adoptó como su pueblo.
(Fabiola tuvo un hermano que le dio algún dolor de cabeza: Jaime “Jimmy” de Mora y Aragón,   uno de los primeros animadores de la turística Costa del Sol española. Fue también muy querido, pues era un hombre ocurrente y jocoso; tocaba muy bien el piano, era un donjuán redomado,  divertido, travieso, pero una bella persona incapaz de cometer una mala acción, generoso y buen amigo.)
La corte holandesa se puso de moda con el matrimonio del príncipe Guillermo de Orange con la argentina Máxima Zorreguieta.
En Mónaco, el Estado más pequeño del mundo, situado entre Francia, Italia y el Mediterráneo, reina y gobierna el príncipe Alberto II. De los 36.000 habitantes de ese Estado soberano e independiente, sólo el 16 por ciento son verdaderos monegascos.
El Gran Duque Enrique I rige los destinos de Luxemburgo, un país también muy pequeño que fue gobernado alternativamente por Borgoña, España, Francia, Austria, Baviera, Hessen, Holanda y Bélgica.
Varios imperios se han eclipsado, como el de los Habsburgo en Austria y el de los Hohenzollern en Alemania, por citar sólo dos. Actualmente no parece haber mucho interés en que los reinos o principados existentes desaparezcan, pasen a otras manos o cambien de
regimen político.

Andorra

Hace algún tiempo se temió que  la futura constitución del microestado pirenaico de Andorra –cuyo gobierno se reparten Francia y España-, dejara a éste en manos de Francia, en detrimento de los intereses hispanos. 30.000  españoles –casi la mitad de una población de 65.844- trabajan en Andorra. La Caja de Pensiones y el Banco de Bilbao (Vizcaya, norte de España) controlan tres de las seis entidades crediticias que operan en régimen de oligopolio. La moneda actual de Andorra es el euro y el idioma oficial el catalán.
Los intereses económicos se entrecruzan a veces con los dinásticos. Quizás por eso hay todavía monarquías. Acaso tenga que actualizar pronto el Gotha (2). Porque si bien se ha prescindido de varios reyes, algunos de ellos –en el exilio o no-, o sus descendientes se creen con derecho a convertir ciertas repúblicas en monarquías y ponerse al frente de ellas.
No faltaron testas coronadas que acudieron al rescate de la democracia cuando ésta se había perdido, o estaba a punto de perderse.
Los monarcas actuales, a  pesar de que los lectores de las revistas del corazón –en cuyas satinadas páginas suelen aparecer- continúen sublimándolos, saben que los azarosos tiempos políticos que vIvImos les conceden un margen más amplio para el sentido común que para la grandeza.
Algunos de estos encumbrados personajes emergen de internas, “lobbies” y luchas partidarias como un símbolo de legitimidad y continuismo.

(1) Primer cuerpo de seguridad pública de ámbito nacional en España. Fundado por el Duque de Ahumada, Francisco Javier Girón y Ezpeleta el 13 de mayo de 1844, tuvo en principio el carácter de policía militarizada de vigilancia de fronteras rurales y estuvo encargada también de la represión del bandolerismo.
(2)) Anuario genealógico, diplomático y estadístico publicado en francés y en alemán en la ciudad germana de Gotha, entre 1763 y 1944.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 18 de noviembre de 2014

Desaparece otra buena persona



Desaparece Pepe Eliaschev, buen periodista, buen amigo, hombre de bien. Desaparece víctima de un cáncer de páncreas. Tenía 69 años. Era joven todavía. Podían esperarse aún muchas y muy buenas cosas de él. Desaparece siendo aún joven, ya digo, y dejando el recuerdo de su redundante bondad.
Tenía una buena pluma y una sonrisa triste que por elegante educación parecía alegre.
Muere de esa maldita enfermedad para la que, parece mentira, sigue sin haber remedio, con lo que ha avanzado la medicina en los últimos años.
Me cuentan que se enteró del mal que le esperaba para matarlo, agazapado en sus entrañas, haciendo su programa de radio. Me dicen sus compañeros que no se le movió ni un músculo de la cara y siguió con el programa adelante como si nada. Eso da la medida de un hombre.
De un hombre de otros tiempos, perteneciente a un grupo de colegas y amigos que hacíamos una fiesta de la vida, que queríamos escoger el camino más largo, como decía Platón. No es una frase. Platón no había leído a Oscar Wilde.
Nos deja Pepe, que escogió el camino de la integridad. Ni el más corto ni el más largo. El más difícil.

© José Luis Alvarez Fermosel

viernes, 10 de octubre de 2014

Detectives de hotel



Los detectives de hotel existen, fuera del cine y las novelas policíacas de estilo inglés. Los  sucesores de Allan Pinkerton, un ex tonelero escocés nacionalizado estadounidense, creador de la primera agencia de investigación privada, los enviaron a los hospedajes de lujo del gran mundo, hábitat favorito de los ladrones internacionales. 
Su trabajo, naturalmente, pasa inadvertido. Reciben diversos nombres: ejecutivos, supervisores, vigilantes, auditores internos. Suelen ser ex policías, o ex agentes de otros servicios de seguridad. Algunos están especializados en turismo y todos cuentan con aparatología computadorizada de última generación.
Su principal ocupación, en realidad, es mantener el orden interno: evitar incidentes que molesten a los huéspedes, atender sus reclamaciones, guardar lo que se dejan olvidado hasta que se les devuelva; descubrir los hurtos de los empleados y otros delitos e impedir que se
Porque ya no hay ladrones de hotel propiamente dichos. En los “roaring twenties” –y aún después- en el vestíbulo, el bar, el restaurante y los salones del hotel de lujo se reunían con frecuencia a tomar copas, o el té a la inglesa, los representantes de la todavía no denominada “jet set”, pero que sí era la nata y la flor de la sociedad. (Los escritores, pintores y otros artistas se encastillaron siempre en los cafés, muchos de los cuales se convirtieron en literarios.)

Acechantes como guepardos en la selva

Los ladrones internacionales fingían con gran habilidad ser aristócratas y millonarios. Les ayudaban eficazmente sus excelentes modales –muchos procedían de buenas familias, habían recibido una excelente educación y hablaban varios idiomas-. Se hospedaban en hoteles lujosos y caros, en los que acechaban a sus presas como guepardos en la selva a las gacelas Thompson.
Uno de los más conspicuos fue el ruso Serge Rubinstein. Se hacía pasar por conde. Operó en Tokio, Londres, Toronto, París, Zurich y Nueva York.
Otro... “aristócrata”, Víctor Lustig –uno de sus 23 alias-, timador norteamericaano de alto copete, tenía el estilo de un diplomático, el efectismo de un actor profesional y la voracidad de un tiburón. ¡Vendió dos veces la torre Eiffe! Y desconcertó a la policía en dos continentes durante 20 años.
No le fue a la zaga Stephen Weinberg, nacido en el barrio neoyorquino de Brooklyn y ciudadano del mundo. Vivía por temporadas en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York. Ladrón contumaz y asesino ocasional, murió en la horca.
La policía local, la Interpol y en algún caso agentes secretos, que contaron con la ayuda inapreciable de los detective de hotel, terminaron con las actividades delictivas de estos buscones internacionales. 
Gentes noveleras y aficionadas a las historias de los policías y los ladrones convencionales de las narraciones de Conan Doyle, Edgar Wallace, Agatha Christie o el comisario -¡no inspector, no le degraden!- Maigret de George Simenon gustan de los detective de hotel, que también pasaron por el cine.
A algunos los presentaban como cabezas locas que se reformaron y pusieron al servicio de la ley los conocimientos y habilidades que adquirieron en sus vidas de juerguistas. Otros se mostraban como graves señores de mediana edad, más bien gordos, con trajes oscuros brillantes por el uso, relojes de bolsillo y revólveres enormes enfundados en pistoleras axilares.

De origen polaco…

Vaya para los lectores imaginativos y chispeantes, que a veces tejen sus propias intrigas y aman el color local, un arquetipo de detective de hotel, más listo que siete brujas, que urde con astucia endiablada una compleja trama destinada a poner ciertas cosas en su sitio. El detective es Tony Reseck, de origen polaco “(…) de edad madura, bajito, pálido, barrigudo, de largos y delicados dedos que acariciaban el diente de alce que pendía de la cadena de su reloj de bolsillo; dedos largos y delicados, de ilusionista, bien delineados, de afilados extremos. Dedos hermosos. Tony Reseck se frotó las manos suavemente. Había paz en sus tranquilos ojos grisáceo.
La música le molestaba. Se levantó con singular agilidad, de un solo movimiento, sin apartar las manos de la cadena del reloj. Sentado con sosiegoen determinado momento, al siguiente ya estaba erguido, aplomado sobre los pies, completamente inmóvil, tanto, que el movimiento de levantarse se habría dicho acción imperfectamente percibida, error visual…”
Redeck, detective del hotel Windermere de Los Ángeles, es el personaje central de uno de los mejores cuentos cortos de Raymond Chandler: “Estaré esperando”.
En ese relato de Chandler no aparece su mítico detective Philip Marlowe.

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Estilo "dandy"



Los entendidos dicen que la moda masculina que viene no va a caracterizarse precisamente por el estilo “dandy” –palabra inglesa que la Real Academia Española se obstinó en desvirtuar, españolizándola, y le cambió la y final por una i latina, aunque peor fue lo que hizo con el whisky llamándole “güisqui”, con diéresis y todo-. Nadie lo dice ni lo escribe así. Ni mucho menos lo bebe así.
Siempre se identificó al “dandy” con un caballero elegante, y con razón. Pero el “dandy”, el hombre perteneciente al dandismo, fue algo más. Representó un movimiento que tuvo mucho que ver con la ética y la estética.
La ética, como se sabe, es la parte de la filosofía que trata de la moral y las obligaciones del hombre. La estética –término introducido por Alexander Baumgarten en 1750- es el estudio del arte, sus categorías fundamentales, sus tareas y sus relaciones con la naturaleza y el hombre.
El dandismo fue un estilo de vida, una actitud ante la sociedad. Más allá del buen vestir tuvo una significación y una trascendencia profundas y constituyó una metafísica, una postura particular respecto al ser y aparecer, directamente relacionada con la modernidad.
En el ocaso de una época, Charles Baudelaire identificó el dandismo como la última hazaña posible: un afán de hacer de la apariencia una aristeia (excelencia). No fue una simple frivolidad, como piensan algunos. Tanto más cuanto que implicaba una suerte de ascesis, una disciplina rígida y exigente, un refinamiento espiritual y un interés por lo artístico y cultural que venía del prerrafaelismo de Dante Gabriel Rossetti.
Hay quienes han calificado de “dandy”, en la actualidad, al futbolista inglés David Beckham, que es sólo, ¡y nada menos!, un hombre que se viste muy bien.   
Desde mucho antes, el (supuesto) prototipo del “dandy” fue George “Beau” Brummell, que tenía un físico privilegiado y a quien le sentaba muy bien la ropa, toda la que se ponía. Tenía muy buen gusto, eso no puede negarse, y gastaba en vestir a manos llenas.
Brummell revolucionó la barroca moda de las coloridas casacas floreadas de su época -finales del siglo XVIII y principios del XIX-, pero no dio la talla de “dandy”. Le faltó fibra. Por eso no supo nunca valerse por sí mismo. Cuando el Príncipe de Gales –futuro rey Jorge IV de Inglaterra- le retiró su mecenazgo empezó su declive, al que siguieron rápidamente la bancarrota, la huída de Inglaterra, acosado por sus acreedores, una existencia que de incierta pasó a  miserable y tuvo, como triste final, la locura y la muerte en Caen (Francia), a los 61 años.
“Dandies” fueron literatos y estetas como Lord Byron, Percy Shelley, John Keats, Théophile Gautier, Jules Barbey d’Aurevilly, Oscar Wilde, Jores-Karl Huysmans, que basándose en un personaje brillante, refinado y libertino, Des Esseintes, creó su excéntrico héroe de Au rebours.
En España fungió de “dandy”, en pleno siglo XX, César González-Ruano, un magnífico periodista, o un magnífico escritor en diarios, como Larra, otro “dandy”. Iba al Café Gijón de Madrid, donde escribía, y tiraba sobre el velador de mármol la pitillera de oro firmada por el rey Alfonso XIII y las cerillas de la cocinera. Eso era dandismo. Si hubiera depositado un encendedor de oro –que debía tenerlos- al lado de la cigarrera, ese gesto habría sido una ordinariez propia de un nuevo rico o el exhibicionismo pedante de un esnob adinerado de tres al cuarto.

Marrón y azul

En Argentina se tuvo por “dandies” –que nos perdone la Real Academia Española, pero nosotros seguimos aferrados al origen británico del término-, a varios caballeros, como el diputado demócrata progresista Horacio Thedy, parroquiano del Petit Café de la avenida Callao y creador del “clarito”, que se diferencia del martini –al que tan aficionados son los estadounidenses- porque lleva una corteza de limón en lugar de la clásica aceituna verde, que ahora son dos. Thedy supo combinar a la perfección los tonos azules y castaños en la indumentaria masculina.
También se consideró “dandy” a Borges, que vestía impecablemente a la inglesa. Pero a nuestro juicio el autor de “Ficciones” estaba más en la línea de un Catón el Censor o, dentro de la escolástica, de Scoto Erigena, fundador del Seminario de Oxford, piedra angular de la futura Universidad. Yo lo vi siempre más “dandy” a Bioy Casares que a Borges, pero la mía es una opinión muy personal y, por tanto, también muy discutible.
El “dandy” argentino por antonomasia fue Jorge Newbery, aviador, ingeniero, científico, deportista –excelente boxeador-, cuya merecida fama de “gentleman” y su valor físico le llevaron a figurar en muchos tangos. El más conocido fue Corrientes y Esmeralda (1933), con letra de Celedonio Flores y música de F. Pracanico, que alude a su predominio en peleas callejeras sobre los malevos que paraban en la esquina de la entonces Corrientes angosta y la calle Esmeralda, quienes solían tirar de cuchillo, pero no sabían boxear. El tango que citamos antes lo explica cuando dice, refiriéndose a la famosa esquina: Amainaron guapos junto a tus ochavas/cuando un elegante los calzó de “cross”/y te dieron lustre las patotas bravas/allá por el año… novecientos dos…
Quizás fue Albert Camus quien mejor explicó la quintaesencia del dandismo, cuando dijo que esa corriente se burló de las reglas y, sin embargo, siguió respetándolas. Las sufrió y se vengó de ellas, sin dejar de respetarlas. Es algo.
Para ser elegante basta con no intentar engañar, no pretender ser lo que no se es; la moda es la expresión de un modo de ser. Si la gente entendiera esto, dejaría de sufrir por su imagen. Lo dijo el notable diseñador español Tony Miró.

© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 20 de agosto de 2014

Al compás



Bajé a la recepción del hotel y pedí mi caja de seguridad.
Estaba en Miami, en un tiempo raro, como el mundo que se menciona en una canción. Había nubes de color rosa y amarillo en un cielo pálido. No hacía frío ni calor.
Me trajeron la caja de seguridad que había alquilado para guardar en ella un puñado de dólares.
La llave, en mis manos pecadoras, no abría la caja. Carezco por completo de habilidad manual. “You’re all thumbs” (eres un manazas), me dijo una vez un amigo norteamericano, y tenía razón.
Se llamó al encargado de las “boxes” del hotel, que llegó enseguida, tomó delicadamente la llave que yo le tendía y, con un floreo, se dispuso a abrir el tozudo receptáculo. Hay que saber. El hombre dio vueltas y más vueltas a la llave rebelde, con fuerza, con suavidad, siempre con maestría. Sabía abrir cajas, pero no pudo abrir la mía.
Hubo que llamar a un cerrajero supuestamente conocedor de toda clase de cajas fuertes, incluso las pequeñas, como las de los hoteles: las que hay en las habitaciones y las de la recepción, donde estaba la mía.
El especialista trabajó durante más de media hora. La caja permaneció cerrada a cal y canto.
Vino otro cerrajero, portando una pavorosa herramienta que parecía una de esas sofisticadas ametralladoras que se ven en las películas de ciencia ficción.
Empezó a  horadar lo que se había convertido en un féretro para mis dólares muertos.
Enterado de la situación, vino uno de los gerentes del hotel, por lo menos a hacer acto de presencia. En seguida se le unieron unas cuantas personas que, evidentemente, no tenían  nada mejor que hacer. Siempre pasa lo mismo.

El baile de los ancianos

Como me pareció que la cosa iba para largo, decidí dar un paseo por el vestíbulo del hotel, que era enorme. Un sol pálido, tamizado por los visillos de grandes ventanas rectangulares, largas y estrechas, resbalaba por el suelo moquetado de gris.
De uno de los salones venía una musiquilla ratonera, entre “country” y metálica.
Conforme iba avanzando, la musiquilla se acercaba, de modo que me dediqué a abrir las puertas de los salones cerrados y echar un vistazo a su interior. Me interesaba más el oculto chán chán que el chirrido de la broca perforando la caja fuerte.
Al abrir la puerta del tercer salón y asomarme, la música me golpeó. De ahí venía.
Varios ancianos y ancianas, casi todos con “jean” y zapatillas deportivas, alguno con traje, bailaban desparramados por el salón, bajo una cruda luz de neón que tornaba fantasmagóricamente rutilantes sus rostros y sus manos.
La sala no olía a “pequeño león”, que dijo Paul Morand, sino a flores a punto de marchitarse y a gente apiñada en un lugar cerrado.
Predominaba esa emanación a ropa de lana sudada, guardada con otras prendas intensamente perfumadas en un armario durante mucho tiempo y vuelta a sacar a relucir, que es un componente de ese indefinible olor dulzón de la vejez.
Los viejecitos ralentizaron su paso de baile y me miraron. Recordé una página de “El extranjero”, de Camus, en la que se hace una vívida descripción de los ancianos que concurren al velatorio de la madre del protagonista, Meursault, que ha muerto en un geriátrico. “Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor sin brillo en medio de un nido de arrugas”.
¿Qué música les haría recordar esa otra que no bailaban ya con zapatos de charol? ¿Los llevaría a otros bailes, a otras parejas, a otros tiempos? ¿Mirarían aún la vida con los ojos sin resplandor que citaba Albert Camus? ¿Qué vitalidad, qué empeño les impulsaba a bailar la danza de las horas en una sala de un hotel cualquiera de Miami Beach? ¿Recordarían algo lejano y hermoso que fue propiedad de ellos un día?
Quizás danzaban sin darse cuenta, también ellos, por no tener cosa mejor que hacer. Arrastraban lentamente los pies al compás de una música distinta de la de aquellas canciones románticas de sus verdes años.
Daba lo mismo quienes eran. Estaban todavía. Las voces sin palabras. El sueño que no viene. La primavera que se fue. Rescoldos. Recuerdos. ¿”La vie en rose”? La vida en sepia. El negativo de la foto.
Pero ellos bailaban, y si bien no parecían muy felices, tampoco se los veía desgraciados. Estaban dando su fe de vida. Era una fe ya débil, como un eco de otra fe. Débil y lejana, casi como la fe de quien no cree que la vida se le va, sino que él es el que se va.
El tiempo ha pasado borrando los colores, dejándolo todo bocetado en blanco y negro. Quizás esos viejecitos buscaban, al compás, los colores perdidos, emboscados en el jardín de la edad.  
De pronto, escuché un chasquido de aplausos. ¿Cómo, os aplauden, todavía os aplauden? ¿Quién? ¿Dónde? ¿Por qué?
Pero nadie aplaudía a los viejecitos danzantes. El pequeño grupo de gente congregado ante mi caja de seguridad celebraba con aplausos el hecho de que los cerrajeros, al fin, habían podido abrirla.  Mis dólares volvieron a la vida. 
Cerré la puerta de la sala y me dirigí al la recepción. Seguramente, los ancianos volvieron a enlazarse y a mover despacito los pies, calzados con juveniles zapatillas deportivas, al compas de la ratonera musiquilla.

© José Luis Alvarez Fermosel

viernes, 1 de agosto de 2014

Jorge: ya no podremos tomar ese café...



Murió Jorge Jacobson a los 78 años de un ataque al corazón en Buenos Aires.
Almorzaba  con hijas y nietos en un restaurante de la barriada porteña de La Recoleta.
Con él se nos va otro colega todo terreno, que trabajó en la mítica Crónica de Héctor Ricardo García y en otros medios gráficos y luego pasó a la radio y a la televisión, donde dejó muestras de su buen saber hacer, de su instinto periodístico, su fenomenal habilidad para captar la noticia, procesarla, redactarla y venderla. ¡Sabía hablar, además! ¡Se le entendía!
Entonces se hacía así. Las primicias, las exclusivas tenían mucha importancia, lo mismo que otros temas –no ya la política, la economía, el faranduleo huero y el fútbol-.
Nuestros jefes de redacción nos hablaban y no terminaban de las notas de vida, de interés humano, de las llamadas notas de color, de las entrevistas a los viejos ídolos, de la instantánea, del aguafuerte y, en materia de opinión del fondo –el artículo de fondo-, del editorial –no la editorial, como se dice ahora-.
Jorge era de los que no vacilaba en entrar por la ventana o disfrazarse de camarero, con tal de conseguir la noticia, o por lo menos la foto y si no lograba la entrevista, contaba como era el personaje y describía el ambiente con unos pocos trazos  impresionistas. Válido.
Era bueno, tenía un sentido del humor soterrado que parecía propio de gallegos. Solía decírselo y él se reía, un poco para dentro.
Fuimos amigos, caíamos bajo algunos denominadores comunes, como el amor a los animales. El tenía un gato recogido en la calle de recién nacido, con unas orejas enormes, a quien llamaba Alfredo. Tenían una relación maravillosa. A Alfredo no le faltaba más que hablar.
Trabajamos juntos en la misma radio –en programas diferentes-, nos cruzábamos por los pasillos, él siempre con prisas porque tenía que ir al canal.
El corazón le dio un día un zambombazo y lo internaron. Fui a verle. Me lo agradeció siempre.
La última vez que lo vi iba a entrar en su coche. Charlamos unos pocos minutos. Iba a llover. Ya no podremos charlar más, ni tomar juntos ese café que siempre nos prometíamos.
Se nos ha ido otro reportero de la vieja guardia. Y un excelente amigo.

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 31 de julio de 2014

Un elogio y una maldición



“George Sanders medía 1,92. Si lo cubrieras de basura, seguiría teniendo estilo”. Opinión de Ray Davies, líder de “The Kinks”, en la canción “Celluloid Heroes”, destinada a homenajear al cine de Hollywood clásico.
George Sanders (1906–1972), cayó en Hollywood, como tantos otros actores británicos entre  los años 30 y 40, entre ellos Melvyn Douglas, Laurence Olivier, David Niven y más tarde, Sean Connery, Jeremy Irons y Pierce Brosnan.
Después de una corta permanencia en Argentina, donde incursionó en la industria  tabacalera, regresó a Inglaterra. Fue contratado en Londres por una agencia de publicidad cuya secretaria, Greer Garson le instó a trabajar en el cine. 
Así lo hizo Sanders, que fimó 90 películas entre 1934 y 1972 -recordemos “Rebeca”, “El Hijo de la furia”, “Enviado especial”, “Soberbia”…-. Hizo algún protagónico en producciones de escasa importancia. Sólo en (El) “Cairo” su nombre figuró en el primer lugar de la cabecera del “casting”.
Fue premiado con el Oscar, como actor de reparto, por su magnífica interpretación del crítico de teatro Addison DeWitt en “All about Eve”, de Joseph Mankiewicz, que se dio en español como “Eva al desnudo” o “La Malvada”.
Podría haber llegado más lejos, pero el cine debió ser para él sólo un trabajo que le permitía pagar las cuentas de sus sastres ingleses, el champán y sus (cuatro) matrimonios y subsiguientes divorcios.
Se casó con Zsa Zsa Gabor y después con su hermana Magda. Fue amante de las actrices más hermosas de su tiempo: Gene Tierney, Hedy Lamarr, Lucille Ball, Dolores del Río…
Grabó el  disco “George Sanders Touch”: Songs for the Lovely Lady”. Había cantado antes en “Llámeme señora” y “El libro de la selva”.
Escribió dos libros, dos “best sellers”: “Memorias de un farsante” y “Caminos del mundo”.
Así que lo suyo no era superficial. Tenía talento, ingenio, sabía vivir y estar donde fuera con indudable buen gusto.
Algo oscuro que tal vez nunca se sabrá le llevó a suicidarse el 25 de abríl de 1972 en el Hotel Rey Don Jaime de Castelldefells –cerca de Barcelona- ingiriendo una dosis excesiva de barbitúricos.
Dejó dicho en una nota: “Querido mundo: He vivido demasiado tiempo, prolongarlo sería un aburrimiento. Os dejo con vuestros conflictos, vuestra basura y vuestras heces fertilizantes”. Tenía 66 años. 

Maldición gitana
 
Nadie como los gitanos andaluces con tanta gracia para echar maldiciones. Una cosa buena de esas maldiciones es que nunca se cumplen. Quizá eso contribuyó a hacerlas tan simpáticas, y a que corrieran de boca en boca, como los chistes.
Pues bien, iban un día por la calle Las Sierpes, en Sevilla, un forastero acompañado por un amigo que era natural de esas cálidas y salerosas tierras y se desvivía por mostrarle todo cuanto tienen de bueno, así como la idiosincrasia de sus pobladores.
El visitante estaba fascinado: salía de una tasca, tras embaularse una cerveza, y entraba en un bar para tomarse un chato de vino tinto, acompañándolo con alguna tapa, como unas aceitunas verdes rellenas de anchoas, unos boquerones en vinagre o fritos, una tablita de ahumados, unas rabas o unas virutas de jamón ibérico.
Calentaba el sol de lo lindo y la calle Las Sierpes, como siempre, estaba muy animada, con profusión de mujeres bonitas, también como siempre. Al fondo se divisaba un gitano: sin burro, desde luego; posiblemente con un teléfono móvil o una tableta –no de chocolate, claro-.
El sevillano se detuvo, como presa de una súbita inspiración y agarró a su amigo de un brazo:
- ¡Hombre, un gitano! Le voy a llamar para que nos eche una maldición.
- Pero, ¿qué dices?
- No te preocupes, que eso de las maldiciones de los gitanos es puramente folklórico. No se sabe de ninguna que se haya cumplido. Verás como nos divertimos.
Y el buen hombre llamó al gitano y después de cambiar unas palabras con él, le pidió que les echara una maldición, a lo que el gitano se negó... hasta que salieron a relucir algunos billetes de cien pesetas –todavía no habían sido cambiadas por los euros-.
El gitano pensó un poco, se rascó la cabeza y al final dijo:
- Pues ná, que Dios les de a ustedes mucho dinero y a mi mucha sarna.
Sorprendidos, los dos amigos interrogaron al gitano:
- ¿Y… ?
- Y que nos dure poco, respondió el gitano.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 8 de julio de 2014

Los políticos, la clase más corrupta



La corrupción avanza en una cantidad considerable de países de todos los mundos, del primero al enésimo; y se ha constituído en una característica, una condición, algo que forma parte de la urdimbre, del entramado de los gobiernos.
El soborno, el quedarse con vueltos, las… “comisiones”, la acumulación fraudulenta, en fin, de bienes de todo tipo y, en el colmo de la desvergüenza de grandes cantidades de billetes de banco metidos en maletas, es ya moneda corriente en el mundo político, lo mismo que el subsiguiente blanqueo, o lavado de dinero.
Se roba con gran soltura, sin la menor intranquilidad, como algo normal, entre otras cosas porque una vez que el gobernante y su legión de turiferarios se han enriquecido se les blinda, o se blindan ellos de modo tal que no pueda juzgárseles por ladrones y metérselos en la cárcel después de habérseles expropiado el dinero mal habido, como sería lo normal.
La palabra blindar ha adquirido, pues, un nuevo significado y se cita constantemente en los medios.
Adjúntase información que certifica y amplía estas líneas. Que se vea que la nuestra no es una voz clamante en el desierto, que ya no hay modo de tapar estos latrocinios y que la gente honrada de todo el mundo habla y se lamenta inútilmente de que la corrupción esté a la orden del día y a pleno sol, sin que los corruptos se molesten ya en ocultar sus turbios manejos, conducentes a su enriquecimiento ilícito.

© José Luis Alvarez Fermosel

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