martes 6 de marzo de 2012

No era un gángster

En la página 32 de la revista Miradas de Cablevisión, correspondiente a marzo de 2012, se anuncia el próximo reestreno  de la Película Casablanca, el clásico de Michael Curtiz filmado en 1942 con Ingrid Bergman (Ilsa Lund) y Humphrey Bogart (Richard Blaine) encabezando un formidable elenco.
Se ofrecerá una versión digital remasterizada que mejorará la imagen y el sonido.
Hasta ahí todo bien. Lo malo es que se dice que Rick, el personaje al que Bogey de vida magistralmente, es un gángster.
Nada tan lejos de la realidad. Rick era, en todo caso, un aventurero, un defensor de causas perdidas, un duro de buen corazón y romántico hasta el extremo de renunciar al amor reecontrado en un acto de sacrificio sublime.
Un gángster es un forajido –contrabandista de alcohol durante la Ley Seca, en Estados Unidos-, un hombre de avería y ametralladora que no tiene el menor empacho en robar y asesinar a mansalva.
Rick –que podría pasar por un héroe de Raymond Chandler- es un hombre ya de vuelta de todo, amargado, con un discurso cínico, como no podía ser de otro modo después de perder, sin saber por qué, al amor de su vida en París, de lo que se entera en una estación de tren bajo la lluvia que cae sin cesar y emborrona los renglones de una carta en la que su amada, con quien iba a escapar del París tomado por los nazis en la Segunda Guerra Mundial (1939 -1945) le dice que no se irá con él.
Tampoco se dice “…tócala de nuevo” en ningún momento de la película, como viene repitiéndose hasta la saciedad. Ilsa le pide a Sam (Dudley Wilson, el pianista): “Sing it, Sam”: “Cántala, Sam”.

© José Luis Alvarez Fermosel

viernes 2 de marzo de 2012

El parte del sufriente

He aquí el parte de hoy, que recoge las últimas pedradas al sufrido idioma español, que como el inglés las recibe con frecuencia y con fuerza. Así están quedando los dos. Y uno sufre, qué le va a hacer:
Encayado por encallado.
Hueco por agujero u orificio.
Igualismo por igualdad (se usa en una publicidad sobre cerveza).
Fuertísimo por fortísimo.
Nutrimental por nutricional.
Cónyugue por cónyuge.
Longetividad por longevidad.
Incendioso por incendiario.
Nutriólogo por nutricionista.
Veintiún persona por veintiuna personas.
Vuelos aéreos -¡como si hubiera otros!-.
Oído en la televisión, naturalmente, donde también se dijo que Mendoza es una provincia granicera, o sea, en la que suele caer granizo.
En cuanto al inglés, expertise se traduce como experticia; y la horrible palabra, que suena a Morticia, es legal; se puede usar con toda tranquilidad –y un repelús-. A mí me da pie para un versito, utilizando la palabra énclave, con acento en la e, cuya utilización también es correcta, dice la Real Academia Española (RAE), para la que todo “se igual”.

Morticia, tu experticia
Es la noticia,
Que me deja encayado
En el énclave soñado.

Vamos, que ni Rubén Diario, que dijo aquél refiriéndose a Rubén Darío, hubiera mejorado  esta cuarteta.
Un conocido mío, abogado, muy esnob, muy cursi, que la va de ilustrado, se ha hecho construir un estudio de un gusto espantoso, decorado por él con una serie de empastes de un violeta furioso aplicados a las paredes. En la puerta de cada despacho hay un versito, dentro de un óvalo. En la de los baños, por supuesto, quiso poner “toilettes”, que él cree que es más fino que servicios, aseos o la clásica imagen de un hombre o una mujer, o una variante al respecto según el baño sea para hombres o para mujeres. Y puso “toillettes”…¡con doble l!

- ¿Pero por qué no consultan el diccionario, si tienen dudas?
- Eso es lo malo, que no las tienen.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes 28 de febrero de 2012

Cuando los errores hacen callo

Leo novelas policíacas desde poco después de haber aprendido a leer -a muy temprana edad, según me dijeron siempre-.
Pues bien, no vi en ninguna, o en casi ninguna que el autor, y mucho menos el traductor supiera qué diferencia hay entre una pistola y un revólver (leer nota relacionada al pie).
No hace falta ser un experto en armas, ni siquiera un aficionado para saber qué es una pistola y qué un revólver. Quienes escriben, o traducen obras en las que campean policías y ladrones –por hacer una síntesis apretada- que usan entre otras armas pistolas y revólveres, no tienen más remedio que saber al menos que hay una diferencia notoria entre las dos armas. Tampoco deben ignorar otras cuestiones propias de ese género literario, que se supone que conocen a la perfección, ya que de lo contrario no lo cultivarían.

No hay caso

Si bien en inglés, por ejemplo, la palabra “gun” puede aplicarse a las dos armas –en realidad a cualquier arma de fuego corta-, apenas aparece ésta en el texto siguen datos que permiten saber de qué arma en particular se está hablando.
Pero no hay caso. Y es así como uno se topa con barbaridades como ésta: “Le quitó el seguro al revólver automático”, cuando ningún revólver es automático ni tiene seguro; eso queda para las pistolas mal llamadas automáticas, que en realidad son semiautomáticas, es decir, que disparan tiro por tiro en tanto se vaya apretando el gatillo, a diferencia de las armas automáticas, que disparan en ráfaga mientras se mantenga apretado el gatillo.
Una ametralladora es un arma de fuego automática.
En una novela de Rex Stout, de la serie de Nero Wolfe, se confunde precisamente una ametralladora…¡nada menos que con una tercerola, carabina corta de caballería en desuso desde hace muchos años!
En “El jardín secreto”, uno de los relatos del padre Brown, de Gilbert K. Chesterton, se le cuelga al cinto un pesado sable curvo de caballería a un comandante de la Legión Extranjera Francesa, cuando este cuerpo expedicionario es de Infantería, y lógicamente ninguno de sus integrantes puede usar un arma de caballería.

Una preciosa antología

En una primorosamente editada y cuidada “Antología del relato policial” de Aula de Literatura  (Vicens Vives) se dice como aclaración en una nota del traductor a pie de página, en el relato “Gas de Nevada” de Raymond Chandler: “Colt: revólver norteamericano de un calibre de 11’4 milímetros y un tambor de siete cartuchos”. Hay revólveres Colt; es más, fue el coronel Colt quien lo inventó; pero en este caso se trata de una pistola Colt –que también las hay-, calibre 11’25, con un cargador –no tambor- de siete balas.
Podíamos seguir así hasta mañana, sin conseguir ningún resultado positivo. Cuando el error se hace callo, o se pone de moda como el mito, no hay nada que hacer.
¿Por qué un cronista de boxeo sabe tanto de pugilismo como el propio boxeador y sus preparadores, y nunca comete un error al comentar la pelea en su diario, o en la televisión?
¿Acaso un crítico de cine confunde un primer plano con un medio plano, o un “travelling” con un “picado”?

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

lunes 27 de febrero de 2012

La noche del profesor

- Si está usted instalándose en un quehacer de recapitulación epilogal, que diría Eugenio D’Ors (1) -que era un poco cursi, el hombre-, no empiece a hacerlo en la casa de la sierra, usted solo, de noche, porque a lo mejor se desata una tormenta…
- ¿Y qué?
- Nada, nada, profesor.
- ¿Cree usted que a mí me va a dar miedo quedarme solo en una casa al pie de una montaña, de noche?
- Yo no creo nada, pero a veces pasan cosas que… Pero haga usted lo que le parezca; y que lo pase bien, querido profesor.
- Muchas gracias. Le advierto que voy a llevarme una novela policíaca para leer durante la noche.
- ¿Cuál?
- No mire atrás, de Fredric Brown (2).
- ¡Válgame Dios!
- ¿Qué pasa?
- Nada, nada…; ¿pero por qué no prueba con una de Chesterton: algún relato de la saga del padre Brown, que son tan divertidos, si es que le queda todavía alguno sin leer, por supuesto.
- Ya lo he decidido todo, y tengo todo preparado: la chimenea de leños, las bebidas, una caja de cigarros puros hondureños que me han regalado. Hay un jamón recién abierto en la cocina,  fiambres, latas de conservas, la nevera está llena. ¡Lo voy a pasar fenomenal!
- Pues que así sea, profesor; lo dicho: que tenga una buena noche; ya me contará.
----------

- ¿Quién es?
- Nadie, amigo. Sólo pasos en la noche.
- ¿Quién está ahí?
Silencio. Y en seguida, el primer trueno. Se viene la tormenta. A lo mejor vienen también las hadas malditas de los cuentos de Perrault (3); o alguna de ellas, por lo menos.
Un fuerte aguacero golpea toda la casa. Los relámpagos rayan de azul el cielo negro. La artillería del trueno.
Hay que recorrer toda la casa y cerrar puertas y asegurar ventanas, no vaya a quedarse una abierta y se cuele por ella Stavroghing (4).
En estos momentos es cuando uno lamenta que la escopeta esté en el granero –y uno no sepa en qué lugar exacto-; no tener a mano un revólver, aunque sea un antiguo Smith & Wesson de los más pequeños, calibre 38, de cachas de madera y cinco tiros.
“Eso era todo: tres muertos, una botella de ginebra rota, sangre…”: El sabueso del hotel, de Dashiell Hammett.
A lo lejos aúlla un lobo.
- ¿Hay lobos aquí? ¿O será un perro?
Sherlock Holmes notó que el perro no ladraba por la noche (5).
    - ¡Juraría que alguien quiere entrar…!
En el acto II, escena 2ª de Macbeth, antes de que éste y su mujer perpetren el asesinato del rey de Escocia, alguien llama a la puerta.
- ¿De dónde viene esa llamada –dice Macbeth- ¿Qué me pasa, que todos los ruidos me aterran?
Culmina la tormenta. Detonan los truenos en la montaña, más tétrica que nunca a la luz cárdena de las centellas. Una puerta que se ha quedado abierta golpea, y su cadencia entre retumbo y retumbo ataca los nervios.
El último párrafo de No mire atrás: “Siga pensando unos instantes que éste es sólo un relato más. Pero no mire atrás y no crea nada de lo que ha leído hasta que sienta el cuchillo en su piel”.
----------

-¡Hombre, profesor! ¿Qué cuenta usted? ¿Cómo lo pasó anoche? ¡Vaya tormenta! Allá arriba debio ser impresionante.
- Sí, claro, claro…; pero, bah, a mí no me perturbó demasiado, no vaya a creer…
- No, si yo no creo nada; pero la borrasca se las trajo, no me lo negará usted, querido profesor. A propósito, ¿durmió bien? Se lo ve un poco ojeroso.
- Bueno, yo…, sí… verá usted: el ruido de los truenos me desveló un poco. ¡Sonaban como cañonazos! Pero luego le di un tiento regular al brandy y por lo menos entré en calor, porque la chimenea se apagó y el frío se colaba por todas partes. La casa está un poco descuidada. No fue una noche espléndida, pero en fin…


(1) Escritor español, principal ideólogo del “noucentisme”, movimiento cultural con el que la burguesía catalana trató de impulsar sus proyectos de construcción nacional a comienzos del siglo XX.
(2) Novelista estadounidense, autor de varias novelas policiales, que se vale de un sutil análisis del comportamiento de sus personajes, a los que a menudo coloca en situaciones al borde de la pesadilla.
(3) Escritor francés creador de historias de hadas y cuentos clásicos infantiles, como Caperucita Roja y El Gato con Botas.
(4) Protagonista de Los endemoniados, de Dostoievski.
(5) Referencia a El sabueso de Baskerville, de Arthur Conan Doyle.  

© José Luis Alvarez Fermosel

martes 21 de febrero de 2012

Veteranos otra vez de moda


La aparición en las series televisivas de actores mayores (“viejos son los trapos”, se dice en Argentina), se debe a que faltan argumentos, los guiones cinematográficos son muy pobres, escasean y en la televisión hay historias que interesan y la oferta es amplia.
Así opina la actriz estadounidense Jessica Lange (protagonista de “remakes” como “King Kong” (ilustración), “El cartero llamó dos veces”, “El cabo del miedo” y forjadora de otros éxitos en versiones originales). Lange tiene 63 espléndidos años. Su experiencia en “American horror story” fue muy gratificante.
Actores de su misma nacionalidad y de la categoría de Dustin Hoffman, Anjelica Huston o Shirley MacLaine, todos de más de 60 años, encuentran en las series los papeles que el cine de Hollywood les niega por considerar que tienen una edad muy avanzada y ya no sirven para nada.
Al público le encanta ver en la pequeña pantalla, maduros, más sabios, a sus ídolos de la pantalla grande.
Algunos, como Christopher Plummer, de 82 años, ganan premios importantes e incluso son seleccionados para el Oscar.
La nota relacionada, escrita por Rocío Ayuso en Los Angeles y publicada por el diario madrileño El País con el título “La televisión, ese retiro dorado”, toca este tema con abundancia de datos.

© J. L. A. F.

Nota relacionada:

domingo 19 de febrero de 2012

El macho posmo y Lidia

El macho posmo sabe poco, o nada del negocio en el que trabaja, cuando trabaja.
Uno va a comprar cualquier cosa, poco complicada, a decir verdad, y el macho posmo, con su pelo de punta, duro por el gel y su cara de nada, no le puede atender; no entiende lo que se le pide, se hace un lío, no se aclara.
Después de un largo cabildeo, el macho posmo termina por llamar a su jefa –suele tener jefa, y no jefe-: Lidia.
Viene Lidia –para nosotros siempre es Lidia, ya le hemos puesto ese nombre y asi la llamaremos siempre-. Es una chica joven, que llega con presteza y sus ojos, casi siempre hermosos, unas veces con gafas, otras sin ellas, rebosan de vida y de ganas de ser útil.
Naturalmente, Lidia le saca las castañas del fuego al macho posmo y gracias a ella uno termina por llevarse lo que quería y se va encantado por la eficiencia, la buena disposición y la simpatía de Lidia.
¡Ah, las mujeres, cuánto más listas, cuánto más eficientes son ahora que los hombres en el comercio y en todos los rubros! ¡Da gusto verlas en verano por las calles (rotas) de Buenos Aires, con las piernas al aire y escotes profundos! ¡No se ve una fea!

Se lo dan todo hecho

El macho posmo se dejó estar, se acostumbró a depender de Lidia, Sonia, Gabriela o Isabel, que le facilitan todo, que se lo dan todo hecho. En la casa familiar –en la que vive con sus padres hasta los 40 años- le resuelve todo su  madre, sus hermanas, sus tías, la abuela…
En el mundo le cuida una novia, que no lo es mucho porque el macho posmo aborrece los compromisos; él es el inventor del término amigovia, más ambiguo que amiga y más ambiguo que novia.
En cuanto al sexo, le fastidia o, por lo menos no le hace mucha gracia. Cuando no tiene más remedio que practicarlo con su pareja, que ya tiene la piel arrugada de tanta ducha fría y jadea por las noches sin poder dormir, mientras él ronca como un angelito, acude a esas pastillas afrodisíacas que antes usaban los señores mayores, que ahora son lo que se llevan el gato al agua.
Lidia le dice a este reportero que “los chicos son un desastre, sobre todo en lo referente a la limpieza. Estuve unos días en otra sucursal y cuando volvi la vidriera estaba llena de telarañas y el baño, con el inodoro atrancado, poblado de cucarachas. Vamos, un desastre”.

Lateral

Nuestra Lidia regenta con mano maestra una céntrica tienda de ropa para hombre, con inclusión de camisetas, pijamas, batines y otros artículos de otros materiales.
En un extremo del local, un macho posmo  de cara  gris y ojos muy pequeños, que no traslucen una vida intensa. Reclinado en una pared, mira a la gente que entra a comprar, y el desempeño excelente de su jefa, desde un posición psicofísica lateral, por no decir esquinada, que subyace bajo una indiferencia-negligencia incrustada de estolidez. De tanto en tanto mira al suelo, sin dejar de jugar con una bolita de cartón que se ha fabricado con la etiqueta de unos calcetines blancos para zapatillas deportivas.
El macho posmo puede ser casi analfabeto o contar con cierta instrucción, no pasa por ahí la cosa. Es su manera de ser.
Fuimos a comprar repuestos para una pluma estilográfica. Casi no se usan, pero  tampoco son objetos rarísimos, de esos que no se ven nunca en ningún sitio. Se venden.
Atendía un macho posmo rubianco, con el pelo cortado escalonadamente y una mosquita bajo el labio inferior, ligeramente colgante. Parecía estar rumiando, o quizás es que masticaba chicle.
- ¿Estilográfica? –musitó.
- Lapicera fuente, si lo prefieres; es un canuto para escribir a mano, parecida a un bolígrafo.
- ¿Fuente? Yo…, no sé, no… ¡Lidiaaa!
Vino la Lidia de ese negocio, pimpante, dinámica, sabiendo todo lo que había  que saber de la mercancía que tiene que vender; y todo fue alegre y placentero. Llevamos más cartuchos de los que habíamos pensado comprar.
En mi camino a la salida pude ver de través que el macho posmo seguía rumiando.

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

sábado 18 de febrero de 2012

Calabaza Express

En la confluencia de dos calles muy transitadas de la zona de Retiro de Buenos Aires, no lejos de la Cancillería Argentina, hay un bar con un nombre, Calabaza Express,  original, desde luego, pero poco apropiado para un establecimiento de expendio de bebidas, una buena parte de ellas espirituosas. A no ser, claro, que haya una historia detrás, lo cual le daría interés a un bar poco, o nada conspicuo.
Más que un bar propiamente dicho, pues no tiene barra, el Calabaza Express es un café, o una cafetería, mejor, al paso, que carece de adornos y perifollos; ni siquiera tiene cuadros o carteles en las paredes, que yo me haya fijado. Es pequeño, caben algunas mesas con sus correspondientes sillas, unas y otras de madera clara y entra a raudales la luz del día por dos vidrieras de gran  tamaño.
Salvo el nombre, el local no tiene nada de particular, ya dije. Lo regenta un señor alto y fuerte, de edad indefinida y muy buenas maneras, amable y servicial. Hay dos empleados jóvenes, del mismo estilo.
En dos o tres oportunidades en las que he pasado por ahí, cansado, o con hambre y sed, el Calabaza Express ha practicado tres obras de misericordia conmigo: dar de comer al hambriento, de beber al sediento y posada al peregrino: un penitente del asfalto en este caso, azacaneado por el trajín de la urbe tumultuosa y afiebrada.
Uno es más bien de bar que de cafetería, o de confitería, como dicen en Argentina –confitería en España es pastelería-. El bar es como un cenobio en medio de la ciudad, y por eso allí se debe guardar silencio y meditar. Un bar ruidoso no es un bar que se precie; el ruido y las voces son para las tabernas.

En el bar nos encontramos como entre dos viajes

No recuerdo ahora mismo qué escritor español de mis tiempos dijo que en el bar nos encontramos como entre dos viajes, como en un andén perpetuo. Quizás  por eso los bares huelen a mar, a estación, a aduana y aeropuerto, que son aromas excelentes.
Las etiquetas de las botellas recuerdan a aquellas, casi siempre  con nombres de hoteles o ciudades, que se pegaban antes en las maletas y en los baúles. Ahora ya nadie viaja con baúles, sino con una cabinera con ruedas y, ¡por Dios!, con la notebook en su correspondiente estuche, terciada en bandolera como la carabina de un guardajurado.
Rafael García Serrano, escritor, hombre de bar, solía recordar, vodka sauer en mano, que en el mostrador del bar corren los dados, que es un juego de campamento, de caravana del Far West y para que las delicias de las combinaciones de nobles alcoholes que nos sirven no nos hagan olvidar que somos jinetes, las altas banquetas nos invitan a cabalgar.
La barra es también como el espigón de un puerto, como el muelle más seguro y allí nos amarramos entre singladura y singladura entre los mares urbanos.
Volviendo al Calabaza Express, cuyo logo es, como no podía ser de otra manera,  una calabaza, he de regresar para convencer a su dueño, o sus dueños, de que pongan barra, que es lo único que le falta.
Naturalmente, preguntaré que por qué se llama Calabaza Express el establecimiento. A lo mejor es que una de sus especialidades culinarias es la calabaza… express, que no sabemos cómo se prepara.
Ah, para terminar con el tema de los bares: nada de exageraciones, como la de aquel que dijo: ¡El bar o la Biblia!

© José Luis Alvarez Fermosel