miércoles, 15 de mayo de 2013

Días envueltos en papel para regalo



Más que antecesor del invierno, el otoño parece haberse convertido estos días en su heraldo, anticipándonos un frío que no es normal en estas fechas.
Antes nos regaló unos días templados, luminosos, cumplida ya una buena parte de su mandato.
Tendió sobre la ciudad atrafagada y ruidosa una lámina finísima de celofán color de ámbar viejo, miel nueva o resina fresca. Y transfiguró a personas y paisajes, envolviendo a unas y otros en una capa sutil, como de seda china, e imprimiéndoles una serenidad y un sosiego tendentes a que la gente deponga su frenesí habitual, sustituyéndolo por un deseo de captar cosas bellas, llevarse bien con el prójimo, tratar bien a los animales y disfrutar de cuanto bueno tenemos alrededor.
Los árboles, ahora estremecidos, no parecían sufrir la pérdida de sus hojas, que crujían y crujen bajo las suelas de nuestros zapatos. Pero no era el de las hojas caídas un quejido en dìas como los pasados, cuando pareció que se había firmado un armisticio en la lucha con la vida y uno podía verlo todo sin anteojeras.

Amables estaciones de transición

Días de otoño, de primavera, amables estaciones de transición –con su carga poética-, en los que está bien, o mejor, es pertinente, por no decir indispensable pasear por un bulevar, o sentarse en alguna de las pocas terrazas que van quedando; porque por la tarde la brisa trae ya un presentimiento de invierno: una estación poco o nada amable pero que cuando quiere da una tregua, a diferencia del verano, que es implacable.
La bebida ideal, sea la hora que sea, es un Bloody Mary acompañado por unas aceitunas negras, porque las verdes son más bien saladas y el Bloody Mary tiene su propìa  sal.
Pasará a nuestro lado una señora madura de buen ver, con un Fox Terrier blanco y gris de ojos vivaces; una pareja de jóvenes que se ve que no son pareja, ella y él con sus mochilas al hombro, como los soldados en los cuadros antiguos; y un muchacho con gafas y unos libros bajo el brazo que está empezando a quedarse calvo, pero no le importa,  y hace bien.
La música para días como estos, que vienen envueltos en papel para regalo, ha de ser la rapsodia España, de Chabrier, que no era español, sino francés.
Si a la caída de la tarde se escucha desde lejos el toque de oración, no tendremos más remedio que agradecer, con voluntad al menos de jaculatoria al otoño o la primavera, según la estación, por estos “(…) días azules y este sol de la infancia de Antonio Machado (1).

(1) Los últimos versos del poeta. Se le encontraron escritos en un papel cualquiera en un bolsillo de la chaqueta, inmediatamente después de morir.

© José Luis Alvarez Fermosel         

lunes, 13 de mayo de 2013

Ventana

Entrar por una ventana suele ser mejor que salir por ella. Depende, como todo, de las circunstancias.
Por esta ventana –que como puede apreciarse en la fotografía no es una ventana, sino una puerta que parece una ventana- se accede a uno de esos lugares con los que sueñan los aficionados al comercio y el bebercio, lugares que no tienen, por lo general, sofisticación alguna.
Como este recinto lujoso en su esquematismo de nobles materiales comestibles y bebestibles, enmarcado por unas no menos nobles y venerables piedra y madera.
Verduras, varias latas que han de contener condumios más sabrosos, vinos, licores…
¡Qué mejor tributo puede rendirse a la naturaleza, y a tan espléndida muestra como es ésta piedra dura y gris, que se asemeja al turrón de almendra en el interior, que abriendo unas latas y unas botellas y mandándose un homenaje!
Degustación, se lee en pequeñas letras amarillas en un cartel a la izquierda. ¡Espléndida palabra! Degustar es un verbo sensual que le alegra a uno las pajarillas del alma.
Este lugar es ideal para degustar. Aunque parece un cuadro pintado en la roca. Es una ventana abierta generosamente al manducante, quizás un peregrino, quizás un catador. Se llama, ¡miren ustedes lo que son las cosas del comercio y el bebercio!, “La Manduca”.
El manducante es una persona que se incorpora a uno de estos sitios donde se manduca y tropieza con un trozo de humanidad afanosamente manducante, dijo el sabio.
“La  Manduca” está en Las Palmas, capital de la provincia de Gran Canaria, la más oriental de las Islas Canarias.
Las llaman las Islas Afortunadas. Con razón. 

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 11 de mayo de 2013

Again



Las notas del melancólico fox lento Again (de Cochran y Newman) salían del parador y se incrustaban en la noche nublada, que convertía el lago en un manchón gris.
Dos hombres la amaban y uno perdía la cabeza por su amor. (En otra canción, muchos años después, alguien confesaba: “¡Voy a perder la cabeza por tu amor…!”).
Esto pasaba en un motel de carretera cuyo dueño, Lefty, a pesar de la oposición del gerente del establecimiento y amigo suyo, Pete, contrata no precisamente a una torch singer, sino todo lo contrario: una vocalista de tan poca voz que casi recita, en vez de cantar, lo cual no es óbice para que despliegue un encanto soterrado que la torna muy seductora, piernas –al menos una en primer plano- por delante.
La cantante, Lily Stevens, desencadena la tragedia sin dejar de entonar. Uno de los temas, Again (otra vez), dio la vuelta al mundo.
Lefty y Pete, ambos a dos, se enamoran de Lily, que a pesar de que Lefty le ofrece matrimonio decide quedarse con Pete.
De la película, pues que de una película se trata, se dijo que es “una explosiva mezcla de elementos y personas arquetípicas del cine noir”.
Bien dicho estuvo. El parador del camino (Road House) constituyó un florón más en la corona del rumano Jean Negulesco, que convirtió el típico triángulo amoroso propio del melodrama en una refulgente joya del cine negro.
La película fue la primera que Negulesco dirigió para la 20th -después de hacer una brillante carrera en la Warner- y la tercera de Richard Widmark (Lefty)-. Ida Lupino (Stevens) y Corner Wilde (Pete) completaban el trío protagónico, formando un cuarteto con Celeste Holm (Susie).
La película arranca con cierta lentitud para convertirse enseguida en una obra maestra en la que se ponen de relieve con precisión de relojero las pasiones que agitan a sus personajes, en las afueras de una ciudad cualquiera del oeste de Chicago, a 15 kilómetros de Canadá.
Aprisionados en una espiral de violencia que desata Lefty, los amores de Lily y Pete llegarán a buen puerto, no sin pasar por su purgatorio. Negulesco agita hábilmente su coctelera, de modo que se mezclen armónicamente el amor, los celos, el odio y la renuncia (de Susie) y elabora con pulso firme una excelente  película de un género muy popular en la literatura y el cine de los años 40.
He aquí la ficha técnica de la película:
Título original: Road House
Año: 1948
Duración: 95 min.
País: Estados Unidos
Director: Jean Negulesco
Guión: Edward Chodorov (Historia: Margaret Gruen & Oscar Saul)
Música: Cyril Mockridge
Fotografía: Joseph LaShelle (B&W)
Reparto: Ida Lupino, Cornel Wilde, Celeste Holm, Richard Widmark, O.Z. Whitehead, Robert Karnes, George Beranger, Ian MacDonald, Grandon Rhodes.
Productora: 20th Century Fox
Género: Drama. Cine negro

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 9 de mayo de 2013

El Rastro, la magia de mil y un milagros menores (y II)

El Rastro, otra reminiscencia más del Madrid de los Austrias, como el viejo barrio que bulle a la vera de la Plaza Mayor, no lejos del centro geográfico de la Villa del Oso y el Madroño, es algo tan típico, tan madrileño como Las Vistillas, el parque del Retiro, el río Manzanares, la Cibeles, el Puente de Toledo o el Paseo del Prado. Inmutable al paso de los años y los regímenes políticos, más que por su pragmatismo comercial es popular, incluso famoso por su aire tan especial, tan característico, distinto al de los otros mercados y ferias; por su tipismo tan peculiar y ese constante vocerío que curiosamente no le ensordece a uno.
En la Ribera de Curtidores están los mejores anticuarios del Rastro. Cuando se baja desde la Plaza de Cascorro por la Ribera, en el lado izquierdo, están las Galerías Piquer, que llevan el nombre de su promotora, la popular tonadillera valenciana Conchita Piquer.
Las Galerías Piquer se inauguraron en 1950. Ocupan un edificio dominado por una torre, por cuya entrada se accede a un patio central. Los tejados son de pizarra. En su interior hay 70 tiendas de antigüedades.
Suelen verse en el Rastro personajes madrileños típicos, como el vendedor de barquillos, o un payaso vestido de colores, con su roja narizota, para la diversión de los niños. También pueden hallarse músicos desconocidos tocando sus instrumentos, rodeados de aficionados a la música en vivo.
A mitad de camino se abre la plaza General Vara de Rey, plagada de ropas y muebles. De ahí sale la calle de Rodas, con puestos con objetos antiguos: instrumentos musicales, artículos de cuero, herramientas, libros de segunda mano y revistas viejas. Hablando de libros, donde los hay a mogollón es en las cercanas calles del Carnero y Carlos Arniches.

La leyenda de las perlas

El Rastro es pródigo en leyendas, como la de la señora que compró a un vendedor, que dijo ser un marinero de Córcega, un par de muñecas de porcelana vestidas con ropas deslucidas y manchadas. La señora se fue a su casa con sus muñecas y empezó a lavarlas. Una de ellas se le escurrió de las manos y se cayó al suelo, haciéndose pedazos. Y, ¡oh, milagro!, entre éstos había un puñado de perlas legítimas y bellísimas.
La señora en cuestión fue al Rastro el domingo siguiente para entregarle las perlas al vendedor, pero éste había desaparecido misteriosamente y nadie supo darle su paradero.
El Rastro ocupa un lugar en la literatura, y hasta en un diccionario: el de Madoz, de 1847. Ramón de Mesonero Romanos lo cita en varias de sus obras, en las postrimerías del siglo XIX. Otro autor de esa época que describe el Rastro y su incipiente mercado es Fernández de los Ríos, en su primera edición de Guía de Madrid de 1876, denominándolo “mercado de objetos viejos”. Ramón Gómez de la Serna le dedicó en 1914 una obra monográfica.
El Rastro ha sido citado en canciones, entre ellas una de Joaquín Sabina en la que también menciona al barrio San Telmo de Buenos Aires. Se titula “Con la frente marchita”.
También fue llevado al cine. Se filmaron cinco películas. Las mejores fueron Domingo de Carnaval (1945), de Edgar Neville; Día tras día (1951), dirigida por José María Forqué y Laberinto de pasiones, de Pedro Almodóvar (1984).
Después de un largo recorrido por la Ribera de Curtidores es lógico que tengamos hambre y sed. En cualquiera de los restaurantes, tabernas, tascas, bares y cafés que circundan el Rastro podemos tomar unas cañas -vasos de cerveza tirada a presión-, con su correspondiente aperitivo, o café cortao, o solo. Y carajillos: café con coñac, o con anís.
Se echa en el vaso –porque el carajillo se toma en vaso- el café muy caliente, se añaden dos terrones de azúcar y se vierte sobre ellos un chorrito de coñac, o de anís. E inmediatamente se prende la mezcla.
Da gusto ver salir del vaso unas pequeñas lenguas de fuego azul, que se apagan enseguida. Pero ahora también ha cambiado la manera de hacer el carajillo, que se limita a echarle al café el chorrete de coñac o de anís y una cucharadita de azúcar, porque tampoco hay ya terrones de azúcar ni se practica el ritual del flambeado. Los vendedores del Rastro suelen beber cazalla –un aguardiente anisado muy fuerte- y vino tinto.
En verano la estrella es el tinto de verano: vino tinto, un poco de gaseosa dulce o zumo de lima-limón, unos cuantos cubitos de hielo y una rodaja de naranja. Es muy refrescante, muy rico, que es lo más importante, y quita la sed.
¿Y para comer? Nada como el cocido de Malacatín, que está ahí al lado, en la calle de la Ruda. En Malacatín y en La Bola se comen unos cocidos formidables, que llevan todo lo que se le echa a este condumio tan nuestro, tan madrileño.
Hay otros restaurantes y tabernas muy cerca, en las que pueden degustarse platos típicos madrileños como los callos, la tortilla de patata, el bacalao a la vizcaína, la paella, las gambas al ajillo, las judías con chorizo, y, naturalmente el jamón pata negra, cortado con hacha, si es posible; el lomo embuchado y el queso manchego, sin despreciar las sardinas en aceite y los boquerones en vinagre.
Los madrileños llevamos el Rastro en nuestro corazoncito. Y quién más, quién menos, tiene alguna anécdota que contar, o un recuerdo que guardar in mente, aunque sea tan mínimo como las notas de un chotis interpretado al organillo por una viejecita con un pañuelo negro a la cabeza; o quizás la música sea un viejo pasacalle zarzuelero: el de La Calesera, por ejemplo, que se nos queda en la cabeza durante algunos días, mientras soñamos con viejos y queridos tiempos.
Hasta que alguna mala noticia nos devuelve brúscamente a la realidad: nos dejamos olvidado el celular en una farmacia, nos han pagado un artículo con un cheque sin fondos, o se nos tilda la computadora, que se queda como muerta y nuestro técnico se ha ido a hacer un curso a Copenhague.
Y dejamos de ser el Garcín que tenía en el cerebro un pájaro azul del cuento de Rubén Darío.

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:
El Rastro de Madrid, la magia de mil y un milagros menores

miércoles, 8 de mayo de 2013

El Rastro de Madrid, la magia de mil y un milagros menores


 
Madrid. Estación de metro Tirso de Molina, abierta al público el 26 de diciembre de 1921 con el nombre de Progreso. El 10 de julio de 1939 se le cambió ese nombre por el de Tirso de Molina, en honor del fraile mercedario llamado en realidad Gabriel Téllez, autor de varias obras de teatro. Se le atribuyó la creación del mito de Don Juan Tenorio, pero fue más conocido por su Don Gil de las calzas verdes.
Se sale del metro, se camina un poco por la calle Duque de Alba y se llega a la plaza de Cascorro, presidida por la estatua de Eloy Gonzalo, un soldado español que incendió él solo un fortín enemigo en la guerra de Cuba, sabiendo que de esa acción no iba a salir vivo.
El rey Alfonso XIII mandó erigir la estatua que perpetúa la memoria del héroe, que también da su nombre a una calle que va de la glorieta de Quevedo a la de Iglesia.
Antes de empezar a recorrer la amplia zona triangular que ocupa el Rastro, delimitada por las calles de Toledo y Embajadores y la Ronda de Toledo, podemos hacer los honores a unos deliciosos pastelillos y un vaso de leche con canela en la cercana pastelería de la calle La Encomienda.
Así confortados, iniciaremos el recorrido del lugar que se llamaba Rastro porque allí se mataban reses para la venta de carne y, hasta hace poco también existían mataderos de cerdos. Los animales sacrificados dejaban un rastro de sangre. El humor negro español no encontró otro nombre más apropiado para este gran mercado al aire libre, que se fue configurando con el tiempo.
En las inmediaciones estaban las tenerías, o curtiembres en las que se trabajaban las pieles. Otra acepción de la palabra rastro es la del radio en que se extiende la jurisdicción de un lugar. La antigua plaza del Rastro constituía la comunicación del centro de Madrid y de la calle Toledo con el barrio de Embajadores.
Fue parada de ociosos, pícaros y lugar donde se pudo comprar y vender de todo. El tío Carcoma se hizo rico gracias al comerció de utensilios viejos. Poseía veinte casas en el barrio. Desayunaba una cebolla y un pedazo de pan, y en el almuerzo sólo comía un plato de verdura cocida. Vivió hasta los 98 años, en pleno uso de todas sus facultades mentales.
El Rastro de Madrid surgió aproximadamente en el año 1740, en las cercanías del Matadero de la Villa. Mercado de pulgas al aire libre, similar al Waterlooplein de Amsterdam, el Port Portesse de Roma o Portobello Road, en Londres, despliega su magia multicolor por la castiza Ribera de Curtidores.
Es quizás menos abigarrado, quiero decir, menos colorido que El Mercado de las Pulgas de París, o que los zocos marroquíes de Tánger, Casablanca y Fez, la ciudad blanca, -huele mucho mejor...-, pero no pierde tipismo en la comparación.

La cueva de Kim de la India

Mercado de los mil y un milagros menores, el Rastro madrileño es, en cierto modo, una suerte de cueva moderna del Kim de la India de Kipling, pero en barato. Todo es, todo significa, en teoría, una... "oportunidad".
Es el paraíso de la ganga, también teóricamente. Porque a veces la ganga resulta no serlo, razón por la cual es, o mejor dicho, era fundamental saber comprar.
El regateo, que no dejaba de tener su enjundia, y además había que saber practicarlo pertenece al pasado, como tantas otras cosas. Ya no se regatea, por lo menos en todos los tenderetes del Rastro.
La última vez que fui quise comprar un paraguas de esos enormes, que parecen hongos gigantescos cuando se despliegan. El vendedor, un hombre joven, cetrino y enjuto, con cara de pocos amigos, me dio un precio. Empecé a regatear con una media sonrisa, como respondiendo a un juego tácito, y el muchacho me arrancó de las manos el paraguas que estaba examinando; y me dijo, destempladamente: "¡No hay rebaja, el precio es fijo! ¡Paga lo que le pido y se lleva la mercancía o la deja!".
Me fui, antes de que enrollara el paraguas y me midiera las costillas con él. Han cambiado muchas cosas en Madrid, algunas no precisamente para mejor.
En el Rastro proliferaron antaño algunas galerías que conservan el estilo de ese zoco tan peculiar. Pero lo verdaderamente genuino son los puestos -que en número de 3.500, y visitados por unas 100.000 personas cada domingo-, se alinean uno al lado del otro y están regentados por personajes que parecen salidos de caricaturas de viejos periódicos.
Ahora también hay muchachas bonitas -ya sin una flor pelo-, con pantalones vaqueros y parkas de símil cuero, o jóvenes con tatuajes y una mosquita bajo el mentón. E inmigrantes de varios países latinoamericanos, incluso de Europa.
Todavía pueden encontrarse en el rastro gitanos, alguna matrona robusta y morena o un hombre con boina negra y el rostro atezado, que sonríe y se ve que le faltan algunos dientes, lo cual no le impide hablar con ese acento madrileño castizo que uno ha perdido ya.
El Rastro fue declarado Patrimonio Cultural del pueblo de Madrid en 2002. El mejor día, y la mejor hora para visitarlo es el domingo por la mañana, entre las 9 y las 15. A partir de las 11 o las 12 es cuando está en su salsa. Hay que recorrerlo despaciosamente, desde la llamada Cabecera del Rastro, o Cascorro, hasta el final, primero por una acera y una vez que se llega al final, por la otra, hasta volver al punto de partida.
Todo un mundo policromo y variado, típico pero sin "typical", capta al viandante con su indefinible encanto, fuerte como el aroma de un vino viejo. Todo lo imaginable, incluso lo no imaginable, está en el Rastro, así llamado también porque puede seguirse el rastro de cualquier cosa... ¡y encontrarla!
El Rastro tiene su público y sus compradores, como la Plaza Mayor tiene los suyos -la  mayoría de los cuales son filatélicos que aprovechan las ofertas de sellos los domingos por la mañana-.
Es un verdadero recreo para la vista contemplar la amalgama de las variadas y heterogéneas mercancías que se apilan en las veredas, a veces sobre mantas extendidas, otras en las añosas vidrieras de comercios heredados de padres a hijos, otras en puestos minúsculos donde se entremezclan relojes de todos los modelos y las épocas con antiguas cigarreras de plata, desvaídas acuarelas japonesas, lámparas de pie, pipas de espuma de mar, culatas damasquinadas de viejas espingardas, cajas de música, gorros cuarteleros, camafeos polvorientos, algún zapato sin pareja y hasta coloridos y locuelos vestidos de una tía de la época en que se bailaba el fox trot.
También hay clavos, que casi siempre van a parar a las manos de los incautos, o de los turistas. Pero son más las oportunidades que los chascos.
Algún descuidero, algún carterista se cuela de tanto en tanto entre la gente para terminar, casi siempre, en manos de la policía, porque agentes de la secreta se mezclan con el público.
En el Rastro huele a todo: a los calamares que se fríen en las tascas aledañas, al cuero de las talabarterías, el barniz de los cuadros, las castañas asadas, en invierno. No falta el aroma de un viejo perfume, Maderas de Oriente, procedente de una señora mayor y que le retrotrae a uno a épocas pasadas, porque su abuela usaba a veces esa esencia. En primavera huele a flor de naranjo.

© José Luis Alvarez Fermosel

Sigue…

sábado, 4 de mayo de 2013

¡Contener, contener...!



“¡Conténgalo, conténgalo, que me mata…”.
“Los apaches de París”. (Louis La Ferté)

“La contención es ahora una cualidad inconveniente”.
“En la recova de Álzaga”. (Gil Retz)

Contener es encerrar. La caja de Pandora contenía todos los males, que estaban encerrados en ella.
También se llaman ahora contenidos, en lenguaje periodístico, a lo que antes se denominaba noticias, con la intención de darle más importancia. Ya se sabe: una noticia no es lo mismo que un contenido, es menos. Por ende, se supone que un gerente de contenidos es más que un jefe de redacción, o de noticias. ¡Ah, los gerentes…!
En la calle contener fue siempre sinónimo de refrenar, moderar, calmar. Hoy el término se usa como equivalente a una virtud cuyo significado no parece muy claro, y en ciertas ocasiones quiere decir lo contrario de lo que desea uno expresar en realidad.
Le preguntan –con gran ingenuidad, por cierto- a una de esas modelos impresionantes que aparecen en la televisión –que no pasan modelos-:
- Oye, ¿y qué, tienes novio?
- ¡Sí!, -contesta ella, agitando las manos con un gesto infantil que no condice en absoluto con su adultez, y sobre todo con su rotunda dimensión corpórea.
- ¿Y qué tal, estás contenta? –sigue diciendo el entrevistador con la misma gilipollez.
Y la modelo –que nunca pasó un modelo en su vida-, asegura:
- ¡Ay, contentísima, estoy contentísima! Remigio es sensacional, tan buen mozo, tan gracioso… Y lo principal: ¡me contiene tanto…!
O sea, que ahora a las mujeres les gusta que los hombres las contengan, en vez de que las animen, las estimulen, las impulsen, las hagan vibrar… O a lo mejor es que no se sabe lo que  quiere decir contener.
Uno, y como uno muchos, no pretendió nunca contener a ninguna mujer. Al contrario, quería que se lanzara en picado, que prescindiera de toda contención, que se sintiera con ganas de precipitarse contra uno, de abrazarle…
Ahora los hombres posmodernos contienen a las mujeres, las tienen a raya; si se les ocurre tener un momento de efusión, son rápidamente contenidas, no vayan a salirse de madre.
Y ellas, tan contentas.
¡Cosas vederes…!

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 2 de mayo de 2013

Mayo, un mes pródigo en aniversarios



A mayo, el quinto mes del año, se le llamaba maius en la antigua Roma. El nombre proviene de MaiusMaximus-, Júpiter.
El mes de mayo se dedica en el orbe católico a la Virgen María.
El primero de mayo se celebra el Día Internacional del Trabajo, en memoria de los cinco obreros condenados a muerte- uno de ellos se suicidó- y los tres recluídos después de la revuelta de Haymarket en Chicago, el 1 de mayo de 1886, que sucedió a una huelga general en demanda de la jornada laboral de ocho horas.
El 2 de mayo de 1808 se levantó el pueblo en Madrid contra las tropas francesas que habían invadido España. Comenzó entonces la llamada Guerra de la Independencia, que duró seis años y obligó a Napoleón a salir de la Península a uña de caballo por Chamartín de la Rosa, y tras él lo que restaba de su vencido y maltrecho ejército  Esa fue la primera derrota en batalla campal de la historia sufrida por las tropas del Gran Corso.

San Martín

En el transcurso de esa guerra, en la batalla de Bailén, para ser exactos, participó por el lado español, como ayudante del marqués de Coupigny, José de San Martín, futuro líder de la independencia de Argentina, Chile y Perú. Por su desempeño en combate fue ascendido a coronel a los 31 años.
Napoleón había pactado con Manuel Godoy, valido de Carlos IV, el reparto de Portugal mediante el Tratado de Fontainebleau y mandó a España una gran parte de su ejército.
Bonaparte fomentaba bajo cuerda las discordias e intrigas de la corte de Carlos IV, que había abdicado en su hijo Fernando VII, a quien Napoleón hizo renunciar, instalando en el trono de España a su hermano José Bonaparte.
El 18 de mayo se conmemora en Uruguay, especialmente en la Ciudad de las Piedras, la Batalla de las Piedras, reñida allí en 1811 y esencial en el proceso de independencia del país.
El 25 de mayo de 1810 tuvo lugar en Argentina la Revolución de Mayo, que fundó el país, y la creación del primer gobierno patrio.

El mayo francés

En mayo y junio de 1968, grupos de estudiantes de izquierda protagonizaron una protesta de extraordinaria magnitud en las calles de París contra la sociedad de consumo. Siguió la mayor huelga general de la historia de Francia y posiblemente de Europa Occidental.
Esos sucesos, protagonizados por estudiantes, a los que se unieron  sindicatos y obreros, formaron parte de una ola de reclamaciones vinculadas con el movimiento hippy, que se extendió por la República Federal Alemana, Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos y Checoslovaquia.
La piedra de mayo es la esmeralda y su flor el lirio.
En mayo, en el hemisferio norte, llega a su punto culminante la primavera. Por eso se le llama el mes de las flores.

© José Luis Alvarez Fermosel