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jueves, 28 de mayo de 2015

Palideces



La ciudad estaba pálida, hoy. No sin sol, ni con resolana, ni nublada, sino pálida. Con esa palidez cerúlea de los rostros de los artistas de circo, que se identifica con el pesado maquillaje que parece de yeso. Pálida como una mujer que sale sola por la mañana con ojeras de una casa en la que entró acompañada por la noche.
La ciudad parecía otra. Una ciudad conocida y desconocida al mismo tiempo, como las ciudades de los sueños.
Los árboles estaban blanquecinos, el cielo completamente blanco. Toda la gente parecía vestida de gris claro. Los edificios –bloques de hormigón- no encajaban en el paisaje urbano pálido; se diría que acababan de ser descargados de camiones conducidos por fantasmas.
No se veía gente joven, ni perros. No había alegría. Todo latía lentamente, por momentos.
No había humo de campos quemados cerca, como otras veces; ni nubes en el cielo blanco, ni bruma. La ciudad, pasado el mediodía, iba camino de convertirse en un dibujo de Chris Ware (ilustración).
La ciudad estaba pálida. Todo parecía hacer un esfuerzo para salir de una rara sordina diluída.
Venían recuerdos pálidos de otras ciudades, otras vivencias, otros olores.
Acaso fuera uno el que estaba pálido.

© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 29 de marzo de 2015

Lluvia III



He escrito aquí mismo contra la lluvia. Lo vuelvo a hacer, sin que me importen las críticas de los poetas y cronistas que la elogian constantemente, con estrofas de percal.
Todo eso de la caricia de la lluvia en el rostro acalorado, su  repiqueteo en los techos de hojalata, la fina lluvia del atardecr, esa lluvia que no moja… es una pamema y se dice y se escribe para hacer literatura de emergencia.
En primer lugar, todas las lluvias mojan, y si se deja uno estar empapan. La lluvia muy fina, casi imperceptible, se llama orballo en Galicia, chirimiri en la comunidad autónoma vasca, calabobos en Madrid y garúa en varios países latinoamericanos y en los tangos.
Suena muy bien, pero es esa lluvia especial que se anticipa al verdadero frío del invierno, y que tiene la propiedad de insinuarse por el cuello y a través de los zapatos; esa lluvia sucia y triste, pintiparada para los catarros de nariz; lluvia que te impulsa a quedarte en casa, y convierte a los transeúntes en fantasmas que acechan tras las vidrieras.
Ni que hablar de la lluvia torrencial que anega calles, barrios, cobra víctimas y siembra la ruina y la destrucción.  
La lluvia me ha perseguido sañudamente desde mi más tierna infancia.
Por eso no soy objetivo al hablar de ella. La lluvia me obligó a postergar citas, me chafó más de una excursión al campo, me convirtió trajes nuevos en informes masas de tela mojada y me provocó varios catarros, de chico y de grande.
Cuando viví en países lluviosos, como Inglaterra, me acostumbré a llevar siempre paraguas, como los ingleses; e hice con ellos –con los paraguas, no con los ingleses- lo que que hago siempre: perderlos.
Tuve uno precioso, con el mango de madera de ébano y una chapita dorada con mis iniciales. Después de perderlo empecé a comprarlos de a dos, y los más baratos que encontraba.
El fastidio, la incomodidad, la mortificación que te produce la lluvia cuando te cae encima, el paisaje turbio, el hecho de que no puedas hacer nada que requiera un tiempo seco es una futesa, en comparación con las desgracias y la destrucción que ocasiona la lluvia desatada, provocando con su acompañamiento, en muchas ocasiones, de desbordes de ríos, arroyos y otros cursos de agua.
Cuando los meteorólogos de la televisión informan que va a llover tres o cuatro días seguidos se te pone el pelo de punta, sólo de pensar en los desastres que puede causar la lluvia, que tan beneficiosa es para el campo, donde jamás cae.

© José Luis Alvarez Fermosel

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lunes, 16 de febrero de 2015

Desastre en Córdoba



Once muertos, un desaparecido, 1000 evacuados, 11 puentes cortados, un acueducto destruído, daños materiales de importancia y extensas zonas de Córdoba –a unos 700 kilómetros de la capital argentina- sin luz, agua ni teléfono son la consecuencia, hasta el momento de escribir, de la  caída en las últimas 12 horas de más de 320 milímetros cúbicos de agua, procedente de lluvias torrenciales que inundaron varios ríos, posteriormente desbordados.
El gobierno de Córdoba ha decretado tres días de duelo provincial. Así lo consignan las primeras informaciones de fuentes oficiales. Un nuevo desastre natural enluta a la República Argentina.
El hombre maltrata a la Naturaleza desde siempre. Ella, que como el dios bifronte Jano tiene dos rostros, muestra el más feo cuando se venga.

© J. L. A. F.

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viernes, 14 de noviembre de 2014

El 11 ligero, un coche de película



Aquel auto subía, bajaba, llaneaba por todas las rutas deslizándose, en vez de circular, como una pieza de satén  que se desenrollara sobre el asfalto.  
Sólido, flexible, funcional, cómodo, barato. El Citroën 11 ligero hizo historia.
La Citroën quiso lanzar al mercado un auto pequeño, no una catedral rodante. Y se lo encargó a André Lefébvre, que venía de la aviación. De la carrocería se encargó el escultor italiano Flaminio Bertoni.
El tándem Lefébvre-Bertoni crearía años más tarde el popular dos caballos, también para  Citroën. El 11 ligero entró en la historia el 25 de julio de 1957, después de fabricarse 759.123 unidades.
El chasis y la carrocería autoportante formaban un todo indivisible. Se reducía así el peso del vehículo y se hacía más estable, al bajarse la altura y, por tanto, el centro de gravedad.
El Citroën 11 ligero era un sedán de tracción delantera, carrocería monocasco, barras de torsión y motor con válvulas en cabeza y cuatro cilindros lubricados.
El modelo 11 tenía una potencia máxima de 46 caballos a 3.800 revoluciones por minuto y tres velocidades -la primera no sincronizada-, dirección de cremallera, frenos de tambor hidráulicos en las cuatro ruedas y neumáticos y ruedas Michelin Superconfort. Su velocidad máxima era de 136 kilómetros por hora, aproximadamente.

De película

El 11 ligero salió en el cine. Era el coche que utilizaba la policía secreta en varios países europeos, entre ellos España y Francia.
Detectives de traje oscuro y sombrero flexible los tripulaban en “Brigada Criminal”, una película española filmada bajo la dirección de Ignacio F. Iquino –precursor del cine policial barcelonés-, con José Suárez y Soledad Lance encabezando un reparto que incluía luminarias de la época como Maruchi Fresno, Isabel de Castro y Fernando Vallejo.
La película –un “thriller”-, que se estrenó en 1950, tiene características de documental. El crítico Felipe Cabrerizo la calificó de atrayente e innovadora y destacó que “(…) puso de moda  en España el rodaje en escenarios naturales, siguiendo la escuela ‘verista’ del policial norteamericano”.
En “To catch a thief” (“Para atrapar a un ladrón”), Hitchcock le dio a Grace Kelly otra oportunidad para lucirse, esta vez nada menos que con Cary Grant.
La película se estrenó en 1955. Ganó un Oscar a la mejor fotografía y fue seleccionada dos veces por la mejor dirección y el mejor vestuario.
Su rodaje en la Costa Azul francesa le dio a Grace Kelly la oportunidad de conocer al príncipe Rainiero de Mónaco y casarse con él, convirtiéndose así en princesa.
En una escena de la película un 11 ligero con policías de civil persigue por la serpenteante Grande Corniche a la “coupé” deportiva que lleva a John Robbie, “El Gato” (Grant), ex ladrón de joyas y la hermosa muchacha norteamericana que le conquistó (Kelly).
El 11 ligero transportó a policías -¿por qué no a algún ladrón, también?-, arrulló a recién casados y a matrimonios de toda la vida con su sinfonía de pistones y émbolos; llevó a gente madura y no tanto, a ricos y pobres, a ciertos golfos de poca fortuna, a universitarios hijos de papá…
En fin, “a tout le monde”.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 12 de agosto de 2014

El cuarto de gallina



El cuarto de gallina fue algo así como una panacea en España, en una de las hambrunas que nos flagelaron.
Los médicos se lo recetaban a las parturientas para que se repusieran, a los niños que convalecían de una bronquitis y a los ancianos caquécticos en el día de su cumpleaños, a fin de darles una última alegría gastronómica, antes de que se fueran al otro barrio.
Es posible que los galenos llegaran a creer que el cuarto de gallina tenía propiedades terapéuticas. A ellos se les regalaba una gallina por Navidades, en una suerte de agradecida reciprocidad subconsciente. La gente de menos posibles cumplía con un besugo envuelto en papel de plata.
El cuarto de gallina era carísimo. No había gallinas en Madrid, o había muy pocas.  Apenas se veía en alguna de las llamadas pollerías de las afueras un pollo tan caquéctico como los ancianos que citamos antes, colgado por las patas con la cresta para abajo.
El cuarto de gallina se asaba al horno con un poco de aceite, o mantequilla –es decir, margarina- un casco de cebolla y un chorrito de vino blanco, si es que había vino, blanco o tinto.  
Las autoridades gubernamentales exhortaban a la población suburbana y al campesinado a criar gallinas que mandar luego a los centros urbanos, a ver si por lo menos algunos de sus pobladores podían comerse un cuarto de gallina de vez en cuando, y no como un remedio, o elemento reconstituyente.
Pasaron los años, sacamos la panza de mal año y las gallinas y los pollos pudieron comprarse en todas partes: estos últimos, enteros y bien cebados, se comían en cualquier momento, sin ninguna prescripción, ni de médicos, ni de dietistas, ni de nadie.
Los ancianos ya no eran más ancianos, ni mucho menos caquécticos, sino orondos caballeros de cierta edad que llevaban a sus nietos a pasear al parque los domingos por la mañana. Luego se iban a tomar el aperitivo a un bar de moda y terminaban almorzando pantagruélicamente en casa de sus hijos.
Los pollos, más que el pavo yanqui, se servían en la Nochebuena, enormes, con la piel tirante y tostada, jugosos, con una guarnición de patatas a la española, o al horno.
No había cocido, o puchero, fuera donde fuera, que no tuviera incorporado su cuarto de gallina hervido, de carne prieta y blanca.

Las gallinas de Enrique IV

Parecidas preocupaciones relacionadas con las gallinas, sólo que mucho antes, tuvo Enrique IV, quizás el más popular de los reyes de Francia, hombre jovial y amante de los placeres de la buena mesa.
Preocupado por el destino de su pueblo, le dijo un día al duque de Saboya: “Si Dios me da vida, haré que no haya un solo campesino en mi reino que no tenga una gallina en su cacerola el domingo”.
¡Una gallina entera! Claro que entonces, en 1594, todos los corrales de Francia estaban repletos de gallinas. Pocas había en los corrales de España, bien entrado ya el siglo XX.
A Enrique IV se le debe, en otro orden, la realización de grandes obras arquitectónicas. Amplió el palacio del Louvre, construyó el Pont Neuf sobre el Sena, el primer puente de piedra de París. Su mejor logro fue la Place Royale, la actual Place des Vosgues.
Enrique IV construyó también el futuro al suscribir el tratado de Nantes en 1598. Ese texto capital y federativo marcó el fin de las guerras de religión y fue el símbolo de la tolerancia.
Como los gansos del Capitolio, aunque por otras razones, entró en la historia la doméstica y simpática gallina de blancas plumas y cresta roja, con sus ojillos vivaces, a la que vemos alguna vez al pasar en coche por una granja, picoteando sus granos de maíz: por menos o por más, escaseando fraccionada en cuartos en España y entera y verdadera en cacerola en Francia.

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 24 de julio de 2014

Se venderá el otro piano de "Casablanca"



Van a subastar el pianito en el que Sam (Dooley Wilson) tocaba en “Casablanca” la inmortal melodía “As time goes by”, título que se tradujo de muchas maneras al español –casi todas mal-, por lo cual dejaremos el original en inglés.
La noticia nos encoge el sentimental corazón cinematográfico. No es para menos. El otro piano, en el que Sam ejecutaba en París para Rick e Ilse varias melodías, entre ellas “Perfidia”, ya lo vendió la casa Bonhams en 602.000 dólares. Ambos instrumentos deberían estar, quizás, en un museo del cine o en otro lugar análogo, donde pudieran admirarse públicamente.
Nos informan también de que muebles, carteles, venerables restos como paneles de madera y cartón piedra y otros objetos y quisicosas de la figuración escenográfica de la película están vendiéndose por todas partes.
No es que a uno le parezca mal que la gente se gaste sus dólares en recuerdos. Uno mismo habría invertido –si los hubiera tenido- esos 602.000 dólares en el piano de “Casablanca” que sale en París en la película.
Lo que nos sobrecoge un poco es la sensación de descuartizamiento, de desguace; de que a partir de ahora el subconsciente, que es tan aficionado a las bromas pesadas, nos meta en la cabeza la imagen de una “Casablanca” que se desmorona en pedazos. Como si la perdurable  película de Michael Curtiz fuera una entidad, una sociedad anónima, algo real, en suma.
Algún ínclito representante de las nuevas generaciones la vio una vez en un cine club con su padre, o en la televisión, o en DVD, pero ya no se acuerda de nada. No hace mucho leí en una de esas revistas de espectáculos un comentario sobre “Casablanca” en el que su autor decía que Rick era un gángster. Creo que escribí algo sobre eso.

La posesión por la posesión

Hay quien atesora por atesorar. La Gioconda fue robada varias veces. Una de ellas, creo que la primera, Mona Lisa sonreía para adentro –como siempre- desde una pared en la casa del mismísimo Napoleón. Una sirvienta robó el cuadro y lo tuvo escondido durante tres años debajo de la cama. ¡Vaya una manera de disfrutarlo! El robo por el robo.
Queremos creer que el pianito de Sam -el de París- todavía funciona; y que si no es así, el que lo compró lo hizo arreglar y de vez en cuando, después de leer lo que escribió Louise Brooks sobre “Bogey” –si es que dispone de ese texto-, se pondra en seguida a tocar en él “As time goes by”, suponiendo que sepa tocar el piano. De cualquier manera, sería conveniente que se tomara unas copas de champán, para que se viera que no todo  está perdido.
El mundo está lleno de chamarileros, de gente que compra barato y vende caro, de oportunistas, revendedores, quincalleros, rematadores, bichos de subasta, “coleccionistas” entre comillas…
Pero, no. Está todo bien. No pasa nada. Es que uno es muy novelero, está muy apegado a sus recuerdos –¡muchos de ellos son tan hermosos…!- y a veces los dedos se le hacen huéspedes, es decir, que ve la sombra mezclada con violetas. No hay que hacerle a uno caso.   

© José Luis Alvarez Fermosel

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viernes, 4 de julio de 2014

Sombras



La sombra, las sombras…
Leí el otro día no sé donde que nadie ni nada puede asustarnos tanto como nuestra sombra
- Es verdad.
- Pues a mí me parece que las sombras de los demás pueden asustarnos tanto o más que la nuestra.
- No, porque del miedo que nos producen las sombras de otros podemos escapar, pero de nuestro miedo no: lo arrastramos con nuestra sombra.
- No entiendo muy bien eso de los miedos. La sombra es la proyección oscura (de un cuerpo opaco) que intercepta los rayos de un foco luminoso.
- Sí, pero es muchas cosas más, también; y algunas “non sanctas”: oscuridad, bruma, negación... Tener mala sombra, por ejemplo, es tener mala leche -como se dice en España-, o no tener ninguna gracia. Y estar a la sombra es un eufemismo pretendidamente humorístico por estar en la cárcel. Tampoco es grato que le hagan a uno sombra.
Lo reconozco, entonces: las sombras provocan temores –las circunstancias influyen- y tienen mala prensa.
Pero las sombras chinescas son simpáticas. Consisten en proyectar sombras de siluetas. En tiempos remotos, cuando se iba la luz eléctrica, se prendían velas, que se introducían en unos receptáculos verticales con asa, llamados palmatorias. A la luz de las velas se formaban con manos y dedos figuras que se proyectaban en la pared y aparecían como cabezas de animales o rostros. Había quienes hacían casi un arte de las sombras chinescas. Claro, no esperaban a que se produjera un apagón para mostrar su habilidad. Ellos mismos apagaban las luces y encendían las velas. Los niños disfrutaban de lo lindo.

Buenas sombras

Las sombras son literatura, siempre lo fueron. Los escritores las aman, o por lo menos se ocupan de ellas con frecuencia. Algunos las cantaron en versos apasionados: “Elogio de la sombra”, de Borges. Otros las relacionan con la meteorología: “La sombra del viento”, del español Carlos Ruiz Zafón, “La estación de la sombra”, de Léonora Miano, de Camerún.
¿Hay libertades sombrías? ¿Puede ensombrecerse la libertad? Francisco José Alfonso López habla de “Sombras de la libertad: una aproximación a la literatura brasileña”.
Las sombras dieron nombre a obras y personajes como “Don Segundo Sombra”, novela rural del escritor argentino Ricardo Güiraldes y, en nuestros días, a la saga de “Cincuenta sombras de Grey”, de la inglesa  E. L. James, un “boom” más o menos justificado.   
La Sombra, con s mayúscula, era el personaje central de una serie de novelas policiales del norteamericano Maxwell Grant que hicieron las delicias de nuestra niñez.
La umbraquinesis es una habilidad psíquica que permite manipular las sombras, y hasta usar la propia para fundirse con ellas.
En la novela “Jack of Shadows”, del estadounidense Roger Zelazny, el protagonista tiene una habilidad especial para utilizar mágicamente las sombras. Podría decirse que es umbraquinético.
“La sombra del ciprés es alargada”, reconoce el español Miguel Delibes. La chilena Isabel Allende escribe acerca “De amor y de sombras”.
Hasta en el tango hay sombras. Es decir, el tango está lleno de sombras, de claroscuros. (También de luz, aunque sea “Una luz de almacén…”).
Recordemos “Sombras, nada más” (1943), con letrá de José María Contursi y música de Francisco Lomuto.
Una frase inquietante: “Tus sombras te definen…”

© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 4 de junio de 2014

Fachada y trastienda



El hombre que escribe acerca de sí mismo y de su propia época es el único que escribe acerca de todas las épocas y de todos los tiempos.
(George Bernard Shaw)

No me acuerdo de qué escritor se dijo que era un cronista de la nostalgia y de las pequeñas cosas de la vida, pero vaya desde ahora mismo mi homenaje para él, por ocuparse de la fachada cuando nos ocupamos, e incluso nos preocupamos tanto de la trastienda.
Pocos en este medio –me refiero al periodismo- le damos la importancia que tiene a la penúltima hora. Todos estamos pendientes de la última hora, de la noticia de último momento. Por eso no abundan los escritores, los buenos escritores de artículos de tema ligero, que carguen sus escritos de subjetivismo y literatura.
Menudean las críticas a los usuarios del yo. Si uno habla de sí mismo o de sus opiniones lo hace para hacer constar que no se debe dar más valor a lo que se dice que el que procede de una posición personal ante las cosas.
En cuanto a los pequeños temas, éstos son preferibles a los grandes, siempre y cuando uno no tenga que escribir, de prisa y corriendo, de un asunto de suma trascendencia en una redacción periodística, o donde sea.
A propósito de la urgencia, las cosas importantes nunca son urgentes. Urgente es sinónimo de efímero y lo efímero jamás es importante.
Volviendo a las pequeñeces, como dice el escritor español Miguel Pardeza, hay que deleitarse con la bagatela y utilizar lo lírico como una mistura mágica que abrillante la realidad.
Ese gran cronista español del siglo XX que fue César González-Ruano se proponía siempre en sus trabajos captar un clima y dar una visión personal. Estaba seguro de que lo universal es lo personal. Esto es, para que un tema interese hay que partir de uno mismo.
Decía César: “Así como en la novela lo local puede ser exactamente lo universal, en el artículo o en la crónica dificulto que exista nada más general que lo personal, nada más objetivo que lo subjetivo”.
En contra de lo que mandan los capataces del oficio, lo que le ocurre al periodista puede ser lo más interesante para el lector.

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 10 de abril de 2014

Están cerrando todos los cines de España



¡Qué buena película aquélla: “Están matando a todos los ‘chefs’ de Europa!”
En España están cerrando todos los cines. He visto en Televisión Española a gente congregada ante el edificio del Palacio de la Música, en la Gran Vía, protestando por el sistemático cierre de salas.
De las 500 que había en Madrid en los años 70 sólo quedan 30.
Se dice que esta sarracina se debe a la crisis económico social de España, a la subida del IVA y los cambios sociales y de costumbres.
Entre las costumbres estaba la de ir al cine. Ahora se ve cine por cable, o se alquilan películas en un video club y se pasan por la pantalla de esos enormes televisores que se cuelgan en la pared como cuadros. Están, además, los video juegos y las redes sociales para entretenernos. Y el teléfono móvil.

Los cines de la Gran Vía

Me entero por la prensa española de que sólo en la Gran Vía desaparecieron los cines Azul, Avenida, Rex, Imperial, Coliseum, Pompeya…
Frecuenté todos y cada uno de ellos durante muchos años con mi familia, la novia de turno, mis amigos. Eran preciosos, con lujosas arañas con caireles, butacas comodísimas y amplios vestíbulos decorados con muy buen gusto en los que se lucían señoras y caballeros elegantes, que esperaban fumando y chismorreando que comenzará la sesión.
En el Palacio de la Música se proyectó –varios años después de estrenarse en los Estados Unidos- “Lo que el viento se llevó”.
Las señoras hablaban y no paraban de Clark Gable. Los caballeros, naturalmente, admiraron a Vivian Leigh. Los chicos nos quedamos sin ver la película hasta unos años después porque no era apta para menores, según la censura de la época.

Bajo dos banderas

También se cerró el cine Tívoli de la calle Alcalá, donde yo vi mi primera película, de niño, con mi madre y mi tía Mary: “Bajo dos banderas”, con Ronald Colman y Claudette Colbert. Igualmente cerró sus puertas el Real Cinema de la plaza Isabel II, a dos paso del Palacio de Oriente.
Antes habían caído el Colón y el Príncipe Alfonso de la calle Génova, donde está la sede del Partido Popular español (en el gobierno).
En el Príncipe Alfonso vi “Romanza de amor”, con Grace Moore, que interpretaba, en una de las escenas, bordándolo, el hermoso canto indio de amor “Siboney”, que es desde entonces una de mis canciones favoritas.
El cine Bilbao estaba en la calle Fuencarral, a dos pasos de mi colegio, al que también íbamos los sábados, mañana y tarde. Pero los Maristas nos daban libre la tarde del jueves
¡Si habremos ido esas tardes, y otras muchas al cine Bilbao!
En el corazón del castizo y simpático barrio de Chamberí, en la calle Luchana, estaba el cine del mismo nombre, que también frecuentamos. Ya, de muchachos universitarios, nos íbamos a la salida del cine a tomar una copa en el bar Ranea, que estaba muy cerca.
La “razzia” alcanzó a cines de barrio como el Lido, el Europa y el Cristal. Los tres en la calle Bravo Murillo.
Daban dos películas, el noticiario NODO y un corto en color de dibujos –de animación, se dice ahora- de Walt Disney.

Los cines de barrio

Aquellos cines de barrio…, con su olor a desinfectante Zotal y a brillantina, los vendedores de chocolatinas, bocadillos de jamón y helados; las palomitas, como llamábamos al “popcorn” –copos de maíz- norteamericano, parejas de novios en la última fila: “la fila de los mancos”…
El bar, llamado pretenciosamente ambigú, estaba en el entresuelo. Había en él herniados divanes de un pálido color granate y espejos nublados, en los que dejaron su huella varias generaciones de moscas.
El cine tenía su encanto, su magia –de la que se habla hoy tanto: la magia de la radio, la magia de la Internet, la magia del “WhatsApp”…-.
El cinematógrafo, o el cinema, como decían algunos afectadamente, fue una válvula de escape en tiempos difíciles, un breve pero encantador viaje a otros mundos: mundos con melodía.
¿Qué mundo nos espera? Por lo pronto, un mundo sin salas de cine, al menos en Madrid. Un mundo con más tecnología. ¿Un mundo feliz?

(1) Juego de palabras basado en la novela distópica “Un mundo feliz”, del escritor británico Aldous Huxley.

© José Luis Alvarez Fermosel

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martes, 1 de abril de 2014

Abril en otoño


Abril es el mes más cruel, dijo el poeta T. S. Eliot, norteamericano por nacimiento e inglés por adopción, en su poema “La tierra baldía”.
En “Marina”, otro de sus poemas, cita sin más a junio y setiembre.
No tengo yo a Thomas Stearns Eliot (1888/1965) en mi santoral. Pero que no se rasgue el intelectual de guardia en el día de hoy las vestiduras, que están muy caras.
Me gustan de Eliot su “Four Quarters” y su “The Dry Salvages”. Sobre este último poema el escritor español Manuel Vázquez Montalbán pone en boca de uno de los personajes de su novela “Galíndez” que Eliot le mete a uno el mar dentro, sin necesidad de describirlo.
 “The Waste Land” es a mi juicio una larga y oscura composición que oscila entre la sátira y la profecía y refleja la desilusión de la generación de la posguerra, la primera (1914/1918).
Su complejidad estructural es una de las razones por las cuales “The Waste Land”, escrita en 1922, si la memoria no me es infiel, se convirtió en la piedra de toque de la literatura moderna: un poético contrapunto del endiosado “Ulises” de Jame Joyce, escrito el mismo año.
Por ahí, por Joyce, por Ezra Pound andaba Eliot. Para mí Pound es superior, pero esa es otra historia.
No se sabe cuál es exactamente el origen de la palabra abril, que da nombre al cuarto mes del año. Hay varias versiones al respecto, pero yo me quedo con la que dice que abril viene del griego “aphros” (espuma) a través de la forma “aphrilis”, nombre parecido a “Aphrodita”, el nombre heleno de la diosa mitológica que los romanos llamaban Venus.
En el norte, de donde yo vengo, en abril se afirma la primavera que empezó el 21 de marzo y florecerá, lujuriante, en mayo. En el sur el otoño está en su apogeo durante el mes de abril y muestra toda su belleza multicolor y serena.
Abril suele ser un mes lluvioso. Se dice: “En abril, aguas mil”.
La piedra preciosa de abril es el diamante y su flor la margarita. Su música, naturalmente, es  “Otoño” de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi y “Abril en Portugal”.
Este mes calmo, color vino de Oporto, es ideal para comenzar un idilio o un libro de versos, en ninguno de los cuales se diga que abríl es el mes más cruel.

© José Luis Alvarez Fermosel

Vídeo:

martes, 11 de marzo de 2014

Un avión perdido en el misterio




Sigue el misterio de la desaparición, la madrugada del sábado, al parecer cerca del estrecho de Malacca, de un avión Boeing 777 de Malaysia Airline –vuelo 370- con 239 pasajeros a bordo, después de una hora de salir de Kuala Lumpur con destino a Beijin.
Surge, inevitable, el recuerdo de casos similares ocurridos en el ya casi olvidado Triángulo de la Bermudas.
El escritor estadounidense Larry Kusche, autor del libro “El misterio del Triángulo de las Bermudas desvelado”,  asegura que el misterio del esotérico triángulo no es más que una sucesión de casos con poca, o ninguna base y menos verosimilitud.
El “Misterio del Triángulo de las Bermudas desvelado” es un libro frío, impersonal, incluso un poco aburrido.
Kusche se limita a recoger los resultados de sus investigaciones, añadiendo sólo los comentarios imprescindibles para que el lector comprenda las implicaciones de todos los casos.
El Triángulo de las Bermudas, que hizo correr ríos de tinta, es una zona rodeada por una línea imaginaria que va desde la Península de la Florida a las islas Bermudas y Puerto Rico, y luego retrocede otra vez hacia Florida.
Parece ser que el enigmático triángulo se ha llamado a capítulo y la desaparición de barcos y aviones en esa zona se debió a causas fortuitas que nada tuvieron que ver con operaciones de extraterrestres, liberación de poderosa energía oculta y otras actividades más o menos encubiertas o misteriosas.
Muchos años antes del libro de Kusche, el escritor argentiono Alejandro Vignati, investigador de fenómenos paranormales, había publicado “El triángulo mortal de las Bermudas”. Se lo dedicó a Eduardo Azcuy y a mí… “perdidos en la noche”. 
Charles Berlitz escribió “El triángulo de las Bermudas”, un “best seller” que metió mucho ruido allá por los años 70.
Hemos volado varias veces en aviones pequeños sobre el Triángulo de las Bermudas. El piloto decía siempre antes de llegar, sonriendo: “¡Vamos a entrar en el Triángulo de las Bermudas!”. Pero se le notaba cierto nerviosismo.
Todo será cuestión de gases de metano, de burbujas o de lo que se quiera, pero es un lugar que no se parece a ningún otro de la zona. Ni siquiera el mar es lo mismo, ni tiene el mismo color.
El ambiente en esos vuelos era similar al del barco “Batavia Queen” minutos antes de la erupción del volcán Krakatoa, que se describe con tanto verismo en la película “Al este de Java”, dirigida por Bernard Kowalski en 1969 y protagonizada por Maximilian Shell, Diane Baker y Brian Keith.
Ante los fenómenos que desata la naturaleza hoy en día y las cosas que pasan,  no tiene nada de particular que al Triángulo de las Bermudas se le relacione ahora con cosas tan inocentes y tan bonitas como pompas, o burbujas, o con alguna de más feo olor, como el gas metano.

© José Luis Alvarez Fermosel

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El reloj del espía



Al agente secreto Bernard Samson no le parecía estar mal presentado con su barato traje de fibra, su camisa arrugada y luciendo un reloj japonés de plástico en aquella reunión con varios de sus jefes, todos vestidos por sastres de Savile Row (1) y con caros y sofisticados relojes suizos o alemanes.
Nos lo cuenta en una de las novelas de sus -a veces confusas- trilogías el escritor británico Len Deighton.
El telón de fondo es el surgimiento de un neonazismo que deriva de la unión de los antiguos nazis y los nuevos nazis, que a veces son los mismos, en la Europa de los años 60.
Los alemanes, otra vez opulentos y orgullosos, piden cuentas a sus vencedores y tienen algún sueño de grandeza que trae malos recuerdos.
Además de Leighton tocan el tema los también escritores británicos John Le Carré con su Smiley, Frederick Forsyth en Odessa y la misma Agatha Christie- ya muy mayor- en Pasajero para Frankfurt, por no citar sino sólo a tres grandes maestros de la  intriga y el suspenso.
Eran los tiempos en que Gran Bretaña decaía a ojos vistas, sacándole todo el partido que podía a la exportación de los Beatles y la minifalda.
Se empecinaba en conservar un “look” de señorío, pero mendigaba  su ingreso en el Mercado Común.
Britannia rule the wawes, grita el famoso himno. Britania sólo tenía entonces poder y fuerzas para subsistir en la mediocridad.
Len Deighton, el creador de Bernard Samson, es un historiador militar, crítico gastronómico, publicitario, dibujante, productor de cine y escritor que se hizo famoso con su novela de espías Ipcress, llevada exitosamente al cine con Michael Caine como protagonista.
Su primera trilogía de Bernard Samson dio origen a una serie de televisión en 1988.
Me referí al principio a Samson y después me fui por otro camino, pues lo que yo quería en realidad era escribir algo sobre relojes y personas a partir del reloj japones de plástico del espía, después de haber visto a un señor en la avenida Córdoba de Buenos Aires que no tenía reloj, por lo cual tuvo que pedirle la hora a unas personas agrupadas en una parada de autobús.
La pidió poco menos que como Inglaterra pedía su entrada en el Mercado Común. Eso fue lo que me llamó la atención. Porque el señor tenía buen aspecto. Y, como Samson, vestía un traje de fibra que, no estaría hecho en Savile Row, pero arrugado y todo no se veía mal.
Todos tenían reloj. Muchos, quizás, uno japonés de plástico, que son los que más se llevan, porque son los más baratos.
Aquel señor no tenía reloj, ni de plástico, ni de ningún otro material, ni japonés ni de ninguna otra nacionalidad.
Ya no tengo tiempo de escribir algo sobre él.

(1) Calle de Mayfair –en el centro de Londres-, principalmente conocida por las tradicionales  y lujosas sastrerías a medida para caballeros.

© José Luis Alvarez Fermosel

lunes, 2 de diciembre de 2013

El toro de la Dehesa de la Villa



Estaba sentado en una piedra, a la vera de un frondoso pino, más o menos a cierto recaudo del sol quemante del mediodía madrileño, en plena Dehesa de la Villa de Madrid.
Me entregaba a la tarea de sacarle punta a un palitroque con una navaja marinera.
La ocupación, y más que nada la navaja marinera, me hacían sentir como un personaje de Mark Twain, si bien el paisaje no tenía nada que ver con los de las obras del creador de Tom Sawyer y Huck Finn.
La Dehesa de la Villa es un pinar inmenso, con ciertas características de bosque en alguno de sus tramos.
La navaja me la había dado Chiqui, el hijo de Pepe, el del alquiler de bicicletas, a cambio de una colección de revistas infantiles de El Guerrero del Antifaz.
De ponto llegó mi hermano Manolo, corriendo a todo correr y balbuceando:
- ¡Un toro, un toro…!
- ¿Un toro?
- ¡Sí, sí, un toro negro, enorme, con unos cuernos así de grandes, y a no más de cien metros de aquí!
Conociendo la portentosa imaginación de mi hermano, y su irreprimido sentido del humor, pensé en principio que se trataba de una de sus bromas, y le tomé el pelo un rato.
Pero insistió e insistió, con tal convencimiento, que decidí escucharle, por lo menos.
- Bueno, ¿y dónde está ese toro? -le pregunté-. 
- No lejos de la carretera, cerca de la caseta de los guardias -me respondió-.

Los guardias

Los guardias eran una especie de somatenes de garabatillo que llevaban una casaca verde con insignia, cruzada por una bandolera de cuero y colgadas del hombro herrumbrosas carabinas cargadas con cartuchos llenos de granos de sal gruesa, que no penetraban en la piel como los perdigones de plomo de las escopetas de caza, si te alcanzaba un disparo, sino que dejaban roja y ligeramente dolorida la zona del impacto.
Los destinatarios de esos tiros -casi salvas-, eran arrapiezos que se subían a los pinos y los despojaban de sus frutos: grandes piñas verdes prietas de pulpa lechosa y piñones. Los depredadores arrojaban las piñas al suelo alfombrado por agujas de pino, donde las recogía el ”socio”, que había elegido el trabajo más fácil.
Esas piñas se vendían luego por unas pocas pesetas en las bocas del metro.
En aquella época de prohibiciones, arramblar con las piñas de los pinos constituía un robo y los guardabosques tenían la obligación de perseguir y detener a los…”ladrones”, aunque fuera a tiros de sal.

El “beau geste“ de Xavier Domingo

Hablando de la venta clandestina de piñas a los pasajeros del metro, recuerdo por una asociación de ideas el “beau geste” de Xavier Domingo.
Domingo y yo trabajamos en la France Presse (AFP), en París y en Buenos Aires.
Una mañana gris –tan frecuentes en la Ciudad Luz-, Xavier Domingo, que andaba cerca de la salida de una estación de metro, no recuerdo ahora cuál, observó que la gente salía con cara de sueño, con mala cara. ¡Naturalmente! ¿Quién sale riéndose del metro para ir a trabajar un día en que va a llover, después de haberse levantado muy temprano?
Xavier, ni corto ni perezoso, se fue a uno de los muchos bares de los Campos Elíseos de los que era cliente habitual, contrató a un camarero y se lo llevó al metro provisto de un cubo con hielo, una botella de champán y unas copas. A cada persona que salía le ofrecía una.
Pero volvamos al toro, el verdadero protagonista de esta historia.

El verdadero protagonista

Ni mi hermano ni yo habíamos visto más cornúpetas que los que nos mostraba la televisión cuando transmitía corridas de toros, que se veían del tamaño de conejos.
O sea, que sólo de pensar en ver un toro de cerca nos subía la adrenalina a niveles altísimos, por no decir que nos entraba un canguelo (1) de no te menées.
Pero había que hacer de tripas corazón y acercarse al toro. Sobre todo yo, que tenía que demostrar a mi hermano –seis años menor- que a mí no me asustaba nada ni nadie, como él creía.
De modo que abrí la marcha, camino del toro, apretando poco menos que convulsivamente en mi mano el palo que no había terminado de afilar.
El balsámico aroma de la resina de los pinos se mezclaba con el de las hojas de los eucaliptos –el manjar favorito de los kohalas-, que no faltaban en el gran parque.
El sol pegaba de firme. Un lagarto verde y naranja que dormía la siesta al lado de un árbol, se despertó bruscamente, al sentir que se acercaba alguien, y corrió a su madriguera.
Unos pasos más y el toro apareció ante nuestros ojos.

El toro era enorme

El toro era enorme –o al menos así nos pareció a nosotros-. Y negro, del mismo color negro de los cuervos, negro con reflejos azules. Tenía una estrella blanca en la frente.
Nos detuvimos en el acto. Y nos quedamos petrificados, como si una hada maléfica de alguno de los cuentos de los hermanos Grimm nos hubiera convertido en estatuas.
El toro tenía quietud, solemnidad y empaque de tótem. Parecía estar limpio y cuidado, eso sí. Su pelaje brillaba al sol, como bruñido. Daba una tremenda impresión de solidez, de imponencia.
Tenía la cabeza baja y se veían claramente sus cuernos grandísimos y agudos, de un color entre grisáceo y marfileño.
Mi hermano se recobró antes que yo:
- Bueno, ¿y ahora qué hacemos? –preguntó-.
- Pues acercarnos… y presentarnos –le respondí, extrayendo el sentido del humor de no sé dónde.

Avancé unos pasos…

Avancé unos pasos y mi hermano me siguió, siempre pegado a mí.
Ganamos terreno lentamente, hasta plantarnos muy cerca del toro, tan cerca que debió olfatearnos, porque levantó la cabeza, clavando su mirada en nosotros.  
Los ojos abultados, bajo cortas pestañas más claras que el pelo, eran ambarinos, a pesar de no darles la luz del sol, que aclara el color de los ojos, convirtiendo los negros en castaños oscuros. En realidad no hay ojos negros, sino color café más o menos cargado, a la luz del sol o de cualquier otra, siempre que sea intensa.
El toro que a nosotros nos parecía inmenso era en realidad un ejemplar de regular tamaño, más bien grande, pero nuestro miedo le agigantaba.
Se limitó a mirarnos y a mover la cola, lo cual podría haberse interpretado como un gesto de saludo… ¡o de impaciencia!
Permanecimos unos minutos frente a él. Lo mirábamos y nos miraba: él sin aparente animosidad, más bien con cierta displicencia.

Una manifestación de medalaganismo

Al cabo, el toro defecó mayestáticamente. El acto fue para mí una clara y rotunda manifestación de medalaganismo, de indiferencia total por cuanto le rodeaba, que no era mucho, incluidos mi hermano y yo. Como si pensara: Yo hago lo que quiero cuando quiero, como quiero y donde quiero; y el que venga detrás, que arrée.
El astado exhaló un suspiro de satisfacción, bajó otra vez la cabeza y empezó a mordisquear algunos hierbajos.
- Bueno, pues ya está. El toro, tenías razón. Ya lo hemos visto; se ha cagado en nosotros, al menos simbólicamente. Creo que ya podemos irnos –le dije a mi hermano, que había cambiado de posición y estaba ahora a mi derecha.
- Buenos, vámonos –dijo sin mucho entusiasmo, se ve que el toro le había caído bien.
Dimos media vuelta y nos fuimos.
A partir de ese momento, íbamos todos los días a hacerle una corta visita al toro, que parecía habernos tomado cierta simpatía que expresaba moviendo el rabo, resoplando y dejándonos que le acariciáramos.
Nos hicimos amigos después de la enésima visita.

Me armé de valor…

Un día me armé de valor y le rasqué la testuz, justamente donde tenía el mechón de pelo blanco en forma de estrella. El toro giró un poco la cabeza, sacó una enorme lengua gris y me dio tres o cuatro lametones en la mano.
Mi hermano fue más lejos: le tocó el hocico. El toro sacó otra vez la lengua y le lamió también la mano a mi hermano.
Así nos enteramos de que como los perros, los gatos y otros animales, los toros expresan también su simpatía y su afecto mediante lametazos, cosa que nunca hubieramos creído.
Como tampoco creímos que fueramos a hacernos un día amigos de un toro en la Dehesa de la Villa.
Un día el toro no estaba, se había ido. O, lo más seguro, se lo habían llevado. ¿Quiénes? Pues los que lo trajeron y lo dejaron ahí -como quien guarda un coche en un estacionamiento-, nunca supimos por qué ni para qué.
Y nosotros nos quedamos sin nuestro toro, el primer animal – y no un perro ni un gato-, con el que mi hermano y yo tuvimos contacto.

Una mascota a tiempo completo

Después vimos otros toros, más o menos cerca de nosotros. Pero ninguno fue como el nuestro –porque llegamos a considerarlo de nuestra propiedad-.
Hasta que no fuimos mayores, ni mi hermano ni yo tuvimos una mascota a tiempo completo.
A lo largo de nuestra adolescencia, pasada en el campo y en la sierra, nos familiarizamos con varias especies de animales, incluidos los saltamontes, las lagartijas, las mariposas y otros de mayor tamaño, como cabras, liebres, zorros y algún burrito de grandes orejas y ojos bondadosos que nos hacía evocar al Platero de Juan Ramón Giménez.
Ninguno nos impresionó tanto como nuestra primera mascota -porque fue nuestra mascota-, Aunque no pudiéramos tenerlo en casa ni jugar con él en el jardín, aquel toro grande y bonachón de la Dehesa de la Villa, que daba lengüetazos como los perros, fue el primer animal con el que nos topamos en nuestra infancia y por el que sentimos el respeto y el afecto que sentiríamos después por todos los calificados por San Francisco de Asís de nuestros hermanos menores.

(1) Miedo en el argot barriobajero madrileño.

© José Luis Alvarez Fermosel