viernes, 4 de octubre de 2013

El homenaje más merecido



Rindamos homenaje en el Día Mundial de los Animales a nuestros hermanos menores, los animalitos de Dios que nos acompañan como mascotas en el calor del hogar y donde quiera que estemos, que nos prestan una ayuda inapreciable en infinidad de tareas y labores y nos cuidan y nos defienden a ultranza.
No necesitan para estar a nuestro lado, brindándonos afecto y una lealtad ciega, más que una frugal pitanza, un cuidado elemental y, desde luego, nuestra presencia.
Sin embargo, son maltratados  en las cinco partes del mundo por muchos seres humanos: esos seres sombríos y esquinados, crueles, cobardes en extremo e ingratos.
No se concibe que se patée, porque sí, a un pobre gato perdido en la calle o se ahorque con un alambre a un viejo galgo –un galgo no vale una bala he oído decir, estremeciéndome- que ya no puede correr a la misma velocidad de la liebre que tiene que cazar a campo traviesa. Gente sin corazón, de alma negra.
Nada tan agradable como oir piar a los pájaros tempraneros en las mañanas luminosas de la primavera, o ver de pronto en la oscuridad del bosque los enormes y fosforescentes ojos amarillos de la lechuza, o el atlético salto de la rana al charco, o sentir en la mano el peso leve y acariciador de la ardilla que mora en el árbol del bulevar, y se ha acostumbrado a bajar a la calle y jugar con los niños, que les dan avellanas.
Yo las he visto en las inmediaciones de la Casa Blanca, en Washigton, en el parque de El Retiro de mi Madrid natal y en otros lugares de otras ciudades.
Mientras escribo estas líneas, mi perra Dolce, que ya está viejecita, pero sigue animosa y ágil de cuerpo y de espíritu, me mira desde mi sillón favorito, del que tomó posesión desde que lo trajeron con sus ojos redondos y negros como botones de azabache, que tienen una expresión aprobadora.
Para mí que sabe de lo que estoy escribiendo.

© José Luis Alvarez Fermosel

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