lunes, 31 de enero de 2011

De lo individual a lo universal

El hombre que escribe acerca de sí mismo y de su propia época es el único que escribe acerca de todas las épocas y de todos los tiempos. (George Bernard Shaw)

No me acuerdo del nombre del escritor de quien se dijo que era un cronista de la nostalgia y de las pequeñas cosas de la vida, pero vaya desde ahora mismo mi homenaje para él, por ocuparse de la fachada cuando nos ocupamos, e incluso nos preocupamos tanto de la trastienda.
Pocos en este medio –me refiero al periodismo, claro- le damos la importancia que tiene a la penúltima hora. Todos estamos pendientes de la última hora, de la noticia de último momento. Por eso no abundan los escritores, los buenos escritores de artículos de tema ligero, que carguen sus escritos de subjetivismo y literatura.
Menudean las críticas a los usuarios del yo. Si uno habla de sí mismo o de sus opiniones lo hace para hacer constar que no se debe dar más valor a lo que se dice que el que procede de una posición personal ante las cosas.
En cuanto a los pequeños temas, éstos son preferibles a los grandes, siempre y cuando uno no tenga que escribir, de prisa y corriendo, de un asunto de suma trascendencia en una redacción.
Como dice el escritor español Miguel Pardeza, hay que deleitarse con la bagatela y utilizar lo lírico como una mixtura mágica que abrillante la realidad.
Ese gran cronista español del siglo XX que fue César González-Ruano se proponía siempre en sus trabajos captar un clima y dar una visión personal. Estaba seguro de que lo universal era lo personal. Esto es, para que un tema interese hay que partir de uno mismo.
Decía César: “Así como en la novela lo local puede ser exactamente lo universal, en el artículo o en la crónica dificulto que exista nada más general que lo personal, nada más objetivo que lo subjetivo”.
En contra de lo que mandan los capataces del oficio, lo que le ocurre al periodista puede ser lo más interesante para el lector.

© Jose Luis Alvarez Fermosel

domingo, 30 de enero de 2011

¡Bendita vaca!

El joven cura vino a Madrid de su pueblo a hacer unos trámites. Los sacerdotes vestían aún ropa talar (sotana negra abotonada hasta los pies), llevaban una pequeña Biblia con tapas de cuero en la mano y algunos un rosario bendecido por el Papa.
Eran piadosos y sobrios: no fumaban, no bebían más que un sorbo de vino de consagrar en la misa, aunque sacristanes y monaguillos sostuvieron siempre que en la sacristía le daban al tinto que era una gloria; pero sabido es que hasta en recintos sagrados como las iglesias hay gente que levanta falsos testimonios y miente.
Los curas de antaño eran castos, ¡pues no faltaba más! Sin embargo, hubo quienes… “se entendían” con sus amas de llaves (las de su corazón…), con falsas sobrinas y alguna viuda alegre (1).

Ciertos golfos del pueblo…

Ciertos golfos del pueblo le dijeron al presbítero de nuestra historia que ya que iba a estar unos días en Madrid, no dejara de darse una vuelta por el bar de Pedro “Perico” Chicote, en la Gran Vía.
“Perico” (foto) había sido barman del Congreso de los Diputados y de Pidoux, el bar más elegante de los años 20 en Madrid, el primero que sirvió whisky. Estaban también Coq, La Ballena Alegre y el bar vasco Orkompon, en cuyo sótano compusieron el himno de la Falange Española José Antonio Primo de Rivera y su escuadra de poetas.
Pedro abrió su propio bar en 1930 e inauguró en él, con una botella de aguardiente que le regaló un embajador de Brasil, su museo de bebidas, que llegó a tener 15.000 botellas.
Chicote fue “el primer bar eléctrico de Madrid”, recuerda Cristina de Alzaga citando a César González-Ruano. Se hizo tan famoso que su nombre figura en el inmortal chotis “Madrid” del compositor mexicano Agustín Lara. Todavía está, pero ya no es el mismo, dicen los que lo frecuentaron antes.
Durante la posguerra española, es decir, en los años cuarenta acogió a espías, estraperlistas (contrabandistas al menudeo de alimentos, penicilina, tabaco y quisicosas) y a las inefables señoritas del “alterne”, que en el bar de Pedro y en el de enfrente, El Abra, “alternaban”… y algo más con panzudos banqueros y señores de Bilbao, los únicos que tenían dinero.

Las señoritas de Chicote eran muy discretas

Algunos las convirtieron en sus amantes, les pusieron piso y les compraron coche: casi siempre el minúsculo y simpático Fiat llamado Topolino, antecesor del “Seiscientos” de la década posterior.
Las señoritas de Chicote eran muy discretas. Llevaban vestidos negros con grandes escotes, eso sí; collares de perlas falsas y se empolvaban la nariz con polvos de arroz Tokalon.
Aparece entonces en ese Chicote nuestro joven cura, que mira atónito el ambiente del bar, elegante, sofisticado, mundano a más no poder. Una vez dentro, no se atreve a salir. Se ajusta las gafas, se acerca a la barra y le pide con voz vacilante al barman, que no era Pedro, que estaba cenando con unos señores en un restaurante de las inmediaciones: “Un vaso de leche, por favor”.
En la bulliciosa barra se hace inmediatamente un silencio que se puede cortar con cuchillo. El bartender, con gran flema, no dice nada, sonríe imperceptiblemente, vierte leche en su coctelera niquelada, le añade un chorro de brandy, un poco de azúcar, unas gotas de angostura, otro poco de vaya uno a saber qué, lo agita todo y sirve la mezcla al curita en un vaso largo.
El cura toma el vaso y se echa un trago. Se estremece de gusto. ¡Qué leche tan deliciosa!
Eleva los ojos al cielo y exclama, arrobado: “¡Bendita vaca…!”
Pedro Chicote le contó esta anécdota a mi padre y mi padre me la contó a mí en una corrida de toros.

(1) La incursión de los curas en el pecado de la carne no es nueva. Por poner un solo ejemplo, Lope de Vega, vistiendo ya los hábitos sacerdotales, tuvo varias amantes. Su última “liaison”, la más intensa, la más ardiente, fue la que mantuvo con Marta de Nevares.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 29 de enero de 2011

Días de radio y rosas

He hecho de todo en mi larga carrera periodística, incluso radio, gracias a Rolando Hanglin. Estuve con él en dos emisoras de Buenos Aires por espacio de casi dos décadas. Afortunadamente, gocé de la atención, la simpatía y el afecto de la audiencia, que al día de hoy sigue recordándome, lo mismo que todas las reflexiones, comentarios y dicharachos que decía por el micrófono. Uno también se convirtió en un “animal de radio”, que diría Lalo Mir.
Jamás pensé que culminaría mi carrera periodística en un programa de radio conducido por uno de los pesos pesados de los medios audiovisuales. Ni soñé que como las figuras de la radio española que admiraba tanto de niño, me haría popular, los taxistas me reconocerían y la gente me pediría autógrafos por la calle.
Nadie que no sea español y de cierta edad puede imaginarse lo que fue la radio para los españoles cuando eramos… “pobretes pero alegretes”, que dijo Vázquez Montalbán.
La radio nos enseño, nos educó, nos entretuvo y nos informó del advenimiento de la II República, la victoria de Franco, su muerte, la entronización de Juan Carlos I de Borbón como rey de España y el fracaso del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, entre otros acontecimientos importantes.
La revista de los domingos del diario El País de Madrid recordó hace algún tiempo la historia de la radio española desde sus comienzos. El dominical se refería a los aparatos Iberia –aquellos inolvidables receptores en forma de capilla- y a Radio Ibérica, “(…) que inició las primeras emisiones de forma experimental con actuaciones en directo de grupos flamencos e insufribles peroratas de tribunos de la patria”.
La señal se captaba en Madrid –de donde se emitía-, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Bilbao, San Sebastián, Sevilla… También se podía escuchar en Francia e Inglaterra, por onda corta.
La radio española comenzó a levantar vuelo cuando la compraron los norteamericanos, quienes enviaron a Roberto Kieve, un profesional muy competente que en su programa “Tu carrera en la radio” formó un brillante plantel de locutores, actores, guionistas, productores y técnicos entre los que sobresalieron los libretistas Luisa Alberca y Guillermo Sautier Casaseca, la montadora musical Remedios de la Peña, los locutores Antonio Calderón, Julita Calleja, José Hernández Franch, José Luis Pécker y Luisa Fernanda Martí -los dos últimos posteriormente- y una compañía de actores en la que se destacaron Maribel Alonso, Pedro Pablo Ayuso, Julio Varela, Matilde Conesa, Eduardo Lacueva, Matilde Vilariño, Juana Ginzo, Teófilo Martínez, Eduardo Ruíz de Velasco, Manolo Bermúdez… Todos los nombrados trabajaban en Radio Madrid, emisora Central de la Sociedad Española de Radiodifusión, o cadena SER.

Los seriales

Lejos en el tiempo, y siempre en el recuerdo, están aquellos radioteatros que en España se llamaban seriales y eran en principio muy folletinescos -“Eva Lavaliere”, “La sangre es roja”, “Genoveva de Brabante”- y las adaptaciones de obras de escritores consagrados y de otros que empezaban, como Juan Luis Calleja, que firmaba sus novelas con el seudónimo de John Louis Cromwell, autor de “Serás hombre”; “El Conde de Montecristo”, “Los peregrinos de Baälbek”, “El círculo rojo”…
Ruíz de Velasco y Manolo Bermúdez –siempre en Radio Madrid- crearon un dúo, “Pototo” y “Boliche”, que divirtió durante muchos años a los niños españoles.
Luis Sánchez Polack y Joaquín Portillo –éste último, cantante de zarzuela- eran “Tip” y “Top” y hacían un humor surrealista, a lo Miura. Sánchez Polack formó luego otro dúo con José Luis Coll: “Tip” y Coll.
Nuestros hermanos del otro lado del mar tuvieron una gran importancia en el desarrollo y perfeccionamiento de la radio española. Uno de los primeros locutores latinoamericanos fue el argentino Iván Caseros.
Años después llegaría el también argentino Pepe Iglesias, “El Zorro”, que tuvo un éxito espectacular. Todo el mundo, en el metro, el trolebús, la calle, las oficinas –cuando el jefe se iba al bar- tarareaba sus canciones y repetía sus chistes. El uruguayo Juan Carlos Mareco, “Pinocho”, tomó su antorcha y la mantuvo durante mucho tiempo encendida y en alto.
El “disc jockey” número uno era el chileno Raúl Matas. El cantante argentino Carlos Acuña personalizó a Carlos Gardel, también en Radio Madrid, interpretando sus tangos en una serie sobre el inmortal “Morocho del Abasto” que escribió José Mallorquí.
Otro argentino, apellidado Vázquez Vigo, llegó a Madrid con una maleta abarrotada de manuscritos de folletines, que muy pronto salieron al aire.

El arquitecto de la radiodifusión española

Pero el gran arquitecto de la radiodifusión española –como se le ha denominado con toda justicia- fue Bobby Deglané, que merece capítulo aparte.
De padre francés y madre chilena de origen andaluz, nacido en Iquique (Chile), hombre inquieto, vital y aventurero, estudió periodismo en Estados Unidos, fue boxeador, promotor y narrador de peleas de lucha libre y fundador de revistas deportivas.
Pero por encima de todo fue él también un “animal de radio” que dejó su sello personalísimo e imborrable en la radiofonía ibérica a la que llevó los programas cara al público y otros con características monumentales, como “Cabalgata fin de semana” y “Carrusel Deportivo”. Siempre desde la SER.
El querido e inolvidable “Bobby”, achaparrado, moreno, extraordinariamente simpático, que animaba vestido de esmoquin sus programas con público, practicó en España el toreo de vaquillas y el rejoneo y se hizo querer por una audiencia multitudinaria y leal que lo aclamó y lo encumbró como pocas veces ha hecho con un comunicador.
“Configuró un estilo popular que contrastaba con el lenguaje reposado, político, cultural y de tertulia prevalenciente entre los adinerados propietarios de receptores de radio y el alto nivel cultural de los lectores de prensa de la época”, se dice textualmente en un acertado perfil de Bobby Deglané que firma Jesús Castañón Rodríguez.
Deglané no fue sólo un brillante animador de radio y un innovador, sino un icono, como se dice ahora, un símbolo, un hito no ya de la historia de la radiofonía española, sino de la propia vida de España en una época en la que se avizoraban la libertad, el desarrollo y el progreso y descollaban profesionales de primera línea, sobre todo en los medios informativos.
Tuve la suerte de conocer personalmente a Bobby Deglané cuando ya estaba semi retirado. Pasaba de los 60, pero seguía garboso y dicharachero. No le había ido bien en la televisión y eso le mortificaba. Regresó a la gráfica y de vez en cuando escribía algo para el diario Pueblo. Nos veíamos de cuando en cuando en el Café Gijón de Madrid. Yo, que lo escuchaba siempre y lo admiraba tanto, no soñé jamás con que llegaría a conocerle, y lo que es más, hablar con él de tú a tú en un café frecuentado por celebridades en el que yo también tuve mi tertulia.
También batían el cobre otras emisoras y otros locutores y animadores, entre ellos Angel Soler en Radio España, infalible factótum que hacía de todo, y todo lo hacía bien; Angel de Echenique en Radio Intercontinental y los un poco afectados “speakers” –como muchos decían entonces- de Radio Nacional de España.

La gran compañera

La radio fue la gran compañera de todos los españoles en una época difícil, del mismo modo que el cine fue nuestro sueño clandestino, nuestra válvula de escape: un modo formidable de evadirnos a mundos con melodía.
Los niños volvíamos del colegio cuando ya se había ido la tarde y la luz de los faroles del alumbrado público le daba un reflejo verdoso a los rostros cansados de los hombres y las mujeres que salían del metro y emprendían el regreso al hogar después del trabajo.
Llegábamos a casa, conectábamos la radio –aquellas Telefunken de negra bakelita, con ojo mágico de verde guiño-. La voz ligeramente cascada del narrador Julio Varela, del cuadro artístico de Radio Madrid, nos contaba en el enésimo capítulo de “Los tres hombres buenos”, una novela del “Far West” de José Mallorquí, que a Diego de Abriles le habían metido una bala del 44 en un hombro y suspiraba, abrazado a su rifle Winchester, por Marisol Benavente en su catre de campaña, en un campamento de las afueras de Cedar Springs.
Días de radio y rosas…

© José Luis Alvarez Fermosel

viernes, 28 de enero de 2011

La almoneda del puerto

Cerca del puerto hay una vieja almoneda colmada de pacotilla marinera y mil y un objetos gastados e inútiles, que se venden caros porque la pátina del pasado les da un raro valor misterioso y melancólico.
Ponchos que se posaron sobre los hombros oscuros de alguna india brava, un zorro disecado –y apolillado- al fondo, cómodas de madera clara, espejos nublados, acuarelas que perdieron hace tiempo su alegría, libros desencuadernados; tinteros de plata y un bastón estoque de caña de Malaca con puño de bronce en forma de cabeza de caballo, y debajo el escudo de España en oro y esmalte, como los gemelos del señor marqués, que va todas las tardes a tomarse unos whiskies al bar vasco, con cuadros de regatas, remos cruzados y redes de pesca en las paredes.

Un revólver Lafauchex

En la vieja almoneda del puerto se mezclan antiguas lámparas Davy de minero con cantimploras de campaña, algún viejo sifón de percutor, cigarreras de oro con iniciales –probablemente vendidas para pagar una deuda de juego o un “meublé” para una cita galante-, cartas marinas, sextantes, paños recamados e, inevitablemente, un revólver Lafauchex.
De una percha de madera oscura pende un pequeño farol; de otra, una chaqueta azul de almirante con botones dorados.
El dueño de la vieja almoneda es alto y cenceño, tiene los ojos rasgados y grises como la bruma, casi siempre semicerrados, como las personas acostumbradas a mirar a lo lejos: los marineros, los moros del Rif (1) y la gente de trueno, a ver si hay una buena pelea en la que meterse.

Viva la gente de trueno,
viva la gente torera,
iviva todo aquel que dice:
¡Salga el sol por dónde quiera…!

Todos le llaman Maurice…

Nadie sabe el verdadero nombre del dueño de la vieja almoneda, pero todos le llaman Maurice. Dicen que fue marino, y que todas las noches repasa viejos mapas y planisferios amarillentos de antigüedad a la luz de un fanal, como los de los camarotes de los barcos antiguos .
Hay un loro grande, un guacamayo hermoso de plumas rojas, azules y verdes que grita cada tanto: ¡Viva el rey! –nadie sabe cuál-.
Fuera de la vieja almoneda, el mar y el horizonte que no se distingue más que a golpe de catalejo, las tardes de niebla. Algunas mañanas el sol riela sobre el agua verde. Gabarras y los esqueletos de hierro de las grúas.
La vieja almoneda del puerto, “bric-a-brac” polvoriento y antiquísimo, tiene un aire enigmático y ligeramente sórdido, como casi todos los establecimientos de ese ramo, húmedos, con olor a óxido y una especia difícil de identificar.

Tu timón huele a clavo y a canela
y en la noche del trópico estrellada
visitas –un farol bajo las velas-
al marinero enfermo de escorbuto.

La luz del puerto es ambarina y amable, cuando cae la tarde. En las bodegas esperan a que se haga de noche para salir todos los gatos que de noche son pardos.
Una vela triangular, mediterránea.
“Junto al mar latino te diré mi verdad…”.

(1) Comarca del Norte de Africa

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 27 de enero de 2011

Nuestro Pedrito

Hace unos días tuve el gusto de almorzar con nuestro Pedrito, a quien no veía desde la última vez que estuve en Madrid. Poco después, él regresó a Buenos Aires.
Lo de nuestro tiene en este caso un sentido afectuoso, porque se basa en muchos años de andar Pedrito y nosotros por la vida, en Argentina y en España, unidos por una entrañable amistad.
Pedrito empezó a pertenecer a mi familia cuando era muy chico y acompañaba a mis hijos a todas partes. Fue creciendo con ellos, y uno también… adquiriendo experiencia.
Es un amigo noble y leal, un fiel compañero de fatigas, siempre humilde, prudente y dotado de un gran sentido común y una buena dosis de gramática parda: sabe más que el lápiz.
Este es nuestro Pedrito: Pedro Benedit, que ya pasa de los 30 y sigue un camino recto sin mirar atrás. No tiene cuentas pendientes ni remordimientos.

Es de nuestra propiedad absoluta

Pedrito cuenta también con el afecto de mucha gente, que va a nuestra zaga intentando adquirirlo; pero él es de nuestra propiedad absoluta y no estamos dispuestos a compartirlo con nadie.
Creo que fue mi hijo Juan Ignacio quien primero se atribuyó la propiedad de Pedrito. Con el tiempo se convirtió en nuestro Pedrito.
Hay infinitos recuerdos y anécdotas de tantos años de amistad.
Lo evoco conduciendo, antes de los 20 años, un viejo y enorme Valiant con un agujero en el piso. Tenía ya un mechón de pelo blanco. Ahora tiene todo el pelo gris.
Es de talla media y fuerte contextura. Tiene la risa fácil, como toda persona limpia de corazón. Le gustan los animales.
Transporta caballos de un lugar a otro del país. No recuerdo si en Madrid, donde nos hemos visto varias veces, desplegaba alguna actividad relacionada con los caballos, pero estando con Juan Ignacio y María Soledad doy por sentado que sí.
De cualquier modo, tuvo mil y un trabajos, como todos nosotros. Y todos los hizo bien. Es serio y honrado a carta cabal, y siempre está dispuesto a hacer un favor.

Veladas inolvidables

Tiene un excelente sentido del humor. Yo no le he visto nunca enfadado. Hemos pasado mis hijos, él, otros amigos y yo veladas inolvidables, recordando venturas y aventuras de otros tiempos que todavía se alojan en la planta noble de la memoria.
Hombre reservado, de pocas palabras, tiene siempre “le mot juste”.
Nuestro Pedrito es afortunado poseedor de las cualidades morales de aquellos a quienes desdeñan los sumos sacerdotes de la “high”.
Personaje de los que no abundan, de los que no se ven muchos, nuestro Pedrito se merece salir en los papeles, diríamos antes.
Ahora sale en Facebook.

© José Luis Alvarez Fermosel


miércoles, 26 de enero de 2011

¡Adiós, don Manuel!

Se subió el cuello de la gabardina, se bajó el ala del sombrero flexible y se caló las gafas negras. De semejante guisa salió de su casa, situada en la zona más céntrica de la pequeña ciudad provinciana, inundada de sol aquella mañana radiante.
Su mano derecha asía la fría culata de la pistola en el bolsillo del impermeable.
Empezó a caminar lentamente, mirando a un lado y a otro. Sólo cuando se percató de que no le seguían, aceleró el paso, tomando una calle muy concurrida, con tiendas de comestibles, verdulerías, el chiscón de un sastrecillo ceutí (1), una imprenta y una academia de corte y confección.
- ¡Adiós, don Manuel! -le saludó un tratante de ganado muy conocido en la provincia.
El se tocó apenas el ala del chambergo y siguió su camino a grandes trancos hasta la avenida, donde tomó un taxi.
- ¿Qué dice de bueno, don Manuel? –le dijo el taxista, jovial.
El carraspeó y dio una dirección en voz baja. A mitad de camino hizo parar el taxi, se bajó y entró en una taberna de vinazo y moscas, saliendo por la puerta trasera. El tabernero, jordo y jocundo, con su mandil a rayas negras y verdes, le gritó con voz jerezana, caliente:
- ¡Don Manuel, cuánto tiempo hace que no se le ve por ésta su casa! Véngase un día por aquí a eso de las ocho y echaremos un trago.
Pero el hombre ya había salido del local y no le oyó. De nuevo en la calle, se detuvo unos segundos para dejar pasar a dos muchachos que cargaban un enorme cristal. Le saludaron a dúo:
- ¡Con Dios, don Manuel!
El, impertérrito, siguió su caminata. De pronto, se dio de manos a boca con un grupo de comadres que venían del mercado, con sus bolsas de la compra. Todas le jalearon de lo lindo. La más guapa, una morenaza de ojos verdes, le piropeó:
- ¡Eso no es andar, don Manuel, eso es ir por la calle bailando un pasodoble! ¡Qué garbo que tiene usted, madre mía!
El se tocó otra vez el ala del sombrero con la mano libre –la otra seguía apretando la pistola en el bolsillo-.
Al pasar por la parroquia, Cosme, el mendigo, le imploró:
- ¡Una limosnita, don Manuel: una limosnita, por amor de Dios!
El forastero, que había seguido más o menos el mismo camino de don Manuel, le preguntó al farmacéutico, en cuya compañía se dirigía al casino:
- ¿Pero quién es ese señor al que todos conocen y todos saludan?
El boticario se detuvo y miró fijamente a los ojos al forastero, como no dando crédito a lo que acababa de oir:
- ¡Coño!, ¿quién va a ser?: ¡el jefe de la policía secreta!, exclamó con un dejo de irritación.

(1) De Ceuta, ciudad autónoma española del Norte de Africa

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 25 de enero de 2011

Los pianistas de hotel

Todavía se encuentra uno en un bar elegante, o en un salón de un hotel de cinco estrellas, con un pianista maduro y melancólico que recorre el teclado con dedos fáciles –como en los versos de El Caballero de la Rosa-, desgranando un repertorio que suele incluir el tango Caminito, alguna canción napolitana, el tema de la película Casablanca, un vals vienés, Garota de Ipanema y un par de boleros: Perfidia y Vereda tropical, casi siempre. ¡De ayer es la fecha!
Yo siempre he sido muy considerado con los pianistas de hotel. Quizás por recordar el cartel colgado en la pared sobre la pianola desvencijada que había en todos los “saloons” del Viejo Oeste, como se ve en las películas, en el que se leía: “Se ruega no disparar sobre el pianista: el hombre hace lo que puede”.
Los pocos pianistas de hotel que quedan son, como sus antecesores –a los que citó alguna vez Paul Morand-, serios, con una seriedad casi como la que mostraba siempre en sus films Buster Keaton. Se les marcan profundas ojeras, tienen poco pelo, a veces teñido, siempre blanco en las sienes, lo que les da una aspecto distinguido y un ríctus amargo en la boca que empieza a sumirse, a veces bajo un fino bigote recortado, a lo Robert Taylor.
Visten, o parecen vestir siempre el mismo traje gris oscuro, no de última moda pero de buen corte, ligeramente brilloso por el uso prolongado; la camisa no está hecha a medida ni es de seda, pero siempre se ve impecable, y desde luego usan gemelos.
En el hotel les piden de cuando en cuando que se vistan de esmoquin, pero ellos se resisten, no sea que al cruzar el salón para ir a la barra a echar un trago -la casa no les cobra- los tomen por camareros.

Conocieron tiempos mejores

Casi todos conocieron tiempos mejores antes de alquilarse por horas en un bar, o en un hotel, para interpretar al piano las mismas canciones a cuyo compas bailaron ellos a la luz de la luna en Copacabana, Venecia, Madrid, El Cairo o Bruselas con sus amantes, que terminaron dejándolos por millonarios norteamericanos.
Todos recuerdan esos amores contrariados y sus tiempos de bonanza económica, que los tuvieron, como lo atestiguan el anillo con un rubí o un zafiro tallado en cabujón en el dedo medio de su mano izquierda, o el reloj de oro ya “demodé”, que se supo de memoria el camino a varias casas de empeño y ahora no lo aceptan en ningún sitio.
Todos tocan del mismo modo, sin sacar el pie del pedal derecho, con ínfulas de virtuosos; y a veces tropiezan, pero enseguida vuelven a la carga y el sonido sale, mal que bien.
Agradecen, con una sonrisa cansada, que uno les diga, cuando se va: “Muy buen repertorio y muy buena ejecución”. Lo que no hay que hacer jamás es darles propina, porque se ofenderían. Lo suyo no es un servicio: es… arte.
Ya casi no se ven pianistas en los bares, ni en los hoteles. Vi uno en mi último viaje a Nueva York, e incluso un arpista en Punta del Este.
A mí me agradan, pero me ponen un poco melancólico. Ellos, no las piezas que tocan, que tampoco son alegres. Forman parte de un pasado que tuvo sus luces y sus alegrías. Está cerrado, pero no con llave, por lo cual la puerta suele abrirse al impulso de un viento misterioso y salen máscaras de Carnaval.
Ellos también brindaron con champán Pommery –ahora beben whisky-, viajaron en barco, recorrieron costas y estaciones de esquí y se hospedaron en hoteles como en los que trabajan ahora tocando el piano, que es el piano del pobre..
Desaparecen, de pronto. No son reemplazados. Uno no pregunta nada. Ya no queda casi ninguno.

© José Luis Alvarez Fermosel