jueves, 8 de diciembre de 2011

El dolor de las cosas que pasaron... (y VI)

Juanito, que no necesitaba que le animaran, prosiguió su relato, después de encender un cigarrillo.
- Según el inspector Teixeira, Portela se recompuso como pudo, volvió a dirigirse hacia la cama, la alcanzó y se tiró sobre ella, es decir, sobre sus ocupantes. La cama se partió en dos, la escultora fue a parar a un lado y la mulata al otro.
- ¿Y él?
- Se quedó encajado entre las dos partes en que se dividió el catre, pero enseguida se incorporó y se abalanzó contra las dos mujeres, hecho una furia y tirando y rompiendo a su paso varios objetos y “bibelots”. Agarró a la mulata por una muñeca y le imprimió un meneo más que regular de derecha a izquierda, mientras gritaba como un energúmeno: “¡Cerdas, putas, tortilleras, cerdas, más que cerdas…!”.
- Eso lo habrás leído en el expediente…
- ¡Efectivamente, señor! Pero sigamos. Mientras la mulata oscilaba de un extremo a otro de la habitación, como si pendiera de un artefacto de parque de atracciones, Augusta llamaba a la policía por teléfono. Cuando colgó, se enfrentó con el bodeguero y le dijo, hecha una furia: “¡El domingo, imbécil, el domingo, te dije que el domingo y hoy es sábado…!”
El hombre soltó a la mulata, que salió disparada al otro lado de la estancia como una bala, rompiendo por el camino un jarrón que, según Teixeira, podría ser chino y valer una fortuna y avanzó hacia Augusta.
La estatuaria le madrugó, con técnica de pugilista, y le propinó un fuerte puñetazo en la nariz, rompiéndosela y lanzándole contra un bargueño. La sangre empezó a brotar a borbotones, manchándole la camisa y su impecable chaqueta “Black Watch”. Semi inconsciente, Portela se dejó caer sobre la cama rota, sin dejar de insultar a las dos mujeres. Así lo encontró la policía.
- ¿Y que pasó, al final? ¿Cómo termina el cuento?
- Teixeira mandó a las dos mujeres a cubrirse, porque continuaban como Dios las trajo al mundo. Cuando reaparecieron, vestidas, se llevó a los tres a la comisaría, donde prestaron declaración. A Portela, que se apretaba la nariz rota con un pañuelo ensangrentado, no se le entendía nada de lo que decía. Augusta le acusó de allanamiento de morada, destrucción de bienes, insultos graves, amenazas de muerte y la intemerata. El alegó que ella le partió la nariz, que tendría que operarse, y la broma le costaría un dinero; que le atrajo a su casa para hacerle participar en un “ménage à trois” –sin decírselo antes…- y no sé cuántas cosas más. Pero todo quedó en la nada, porque el supuesto intruso, que evidentemente es un caballero, retiró todos los cargos. En cuanto a los destrozos, firmó un cheque por una cantidad que Teixeira calificó de abultada. En fin, que se responsabilizó de todo y, ¡señores, aquí no ha pasado nada!
- Un caballero, Juanito, es cierto; un poco despistado. Si no se hubiera equivocado de día… 
- Habría pasado un buen rato, en vez de llevarse el sofocón que se llevó, pobre hombre, sin contar con la fractura de su apéndice nasal –como se dice en los partes policiales- y el dinero que tuvo que pagar por los vidrios rotos, nunca mejor empleada la expresión, mientras que ella se fue de rositas. ¡Qué cosas pasan en estos tiempos, señor!
- Han pasado siempre, Juanito,  pasaron toda la vida. Y no dejarán de pasar.
Salimos del restaurante. Había dejado de llover. La noche estaba tranquila y agradable. Caminamos unos minutos en silencio y al cabo Juanito paró un taxi y se ofreció a llevarme al Village, o a donde yo quisiera ir, pero le di las gracias y le dije que tenía ganas de pasear un rato. Me despedí de él hasta pronto, pues pensaba verlo en el Majestic durante el fin de semana, y siempre que volviera a Oporto.
Iba recordando la historia. La escultora y la mulata, ¿serían pareja, o el suyo se trataría de un asuntillo transitorio? El desafortunado Casanova tal vez recordara, andando el tiempo, el verso de Camöens, el gran poeta del siglo XVI portugués: “El dolor de las cosas que pasaron…”. Camöens también era un donjuán, como que sufrió exilio debido a una desafortunada aventura amorosa.
No pude evitar una ligera sonrisa, aunque me daba un poco de pena el muchacho Portela, conquistador frustrado, ¡y de qué manera! Nos puede pasar a todos.
Se había levantado una ligera brisa. El inevitable fado venía de no sé dónde, melancólico y lejano, como siempre.
El Majestic seguiría burbujeando, con sus grandes cristaleras azules, su aroma de café, Mandarine Napoleón y sus secretos.

(1) Rudolf Steiner (1861–1925). Filósofo austríaco, erudito literario, educador, artista, autor teatral, pensador social; creador de la antroposofia, la educación Waldorf, la agricultura dinámica, la medicina antroposófica y la nueva forma artística de la euritmia.

Nota: La acción de este relato transcurre en un Portugal ligeramente pacato y de hace algunos años, cuando todavía se podía fumar en los restaurantes, los cafés y otros lugares. Hoy en dia los tres personajes principales se hubieran… “arreglado”, por decirlo de alguna manera, a las primeras de cambio.
“O tempora, o mores!”.
FIN.

© José Luis Alvarez Fermosel

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