lunes, 18 de junio de 2012

En torno a la injusticia

Permitir una injusticia significa abrir el camino a todas las que seguirán. (Willy Brandt)

Nada peor, más aberrante, que haga más daño que la injusticia, tan antigua como Caín, que mató a su hermano por envidia, según la Biblia.
La injusticia determina crímenes y guerra. El resentimiento, la soberbia, la codicia, y, sobre todo la envidia, son sus principales catalizadores.
Tú eres mejor que yo en esto, lo otro o lo de más allá, tú tienes esto que me gusta. Pues ya me las voy a arreglar yo para herirte sin motivo ni fundamento, o para sacarte lo que quiero. Si no puedo por las buenas, por las malas.
Nada hay que le saque a uno tanto de quicio como la injusticia, lo injusto. Ni nada que le lleve a extremos que pueden llegar a ser muy lamentables.
Las personas como uno, llenas de defectos pero con un acendrado sentido de la justicia, con el que nacimos y que además nos remacharon parientes, maestros y amigos podemos equipararnos al Garcín de aquel cuento precioso de Rubén Darío, que tenía en el cerebro un pájaro azul.
Cuando se tiene en el cerebro un pájaro azul, o en el corazón la llama de la justicia, sufrimos la tristeza e incluso la desesperación cuando la hidra verdosa que sale del agua estancada de una cabeza que apenas tiene dentro más que eso se nos enrosca en el cuello y nos aprieta.
Ya sabemos, apenas somos víctimas de la primera injusticia que sufrimos, que nos esperan muchas más. Por eso quienes nos quieren nos aconsejan que nos acoracemos, cosa que no siempre es fácil.
Pero, ¡cuidado! A veces el justo –y hay muchos ejemplos en la historia- consigue sacar fuerzas de flaqueza y revuelca por tierra al injusto. Harto de poner la otra mejilla, decide medir con la vara que le miden. Y el injusto se va a otros pagos derrengado.
      
© José Luis Alvarez Fermosel

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