martes, 11 de marzo de 2014

Un avión perdido en el misterio




Sigue el misterio de la desaparición, la madrugada del sábado, al parecer cerca del estrecho de Malacca, de un avión Boeing 777 de Malaysia Airline –vuelo 370- con 239 pasajeros a bordo, después de una hora de salir de Kuala Lumpur con destino a Beijin.
Surge, inevitable, el recuerdo de casos similares ocurridos en el ya casi olvidado Triángulo de la Bermudas.
El escritor estadounidense Larry Kusche, autor del libro “El misterio del Triángulo de las Bermudas desvelado”,  asegura que el misterio del esotérico triángulo no es más que una sucesión de casos con poca, o ninguna base y menos verosimilitud.
El “Misterio del Triángulo de las Bermudas desvelado” es un libro frío, impersonal, incluso un poco aburrido.
Kusche se limita a recoger los resultados de sus investigaciones, añadiendo sólo los comentarios imprescindibles para que el lector comprenda las implicaciones de todos los casos.
El Triángulo de las Bermudas, que hizo correr ríos de tinta, es una zona rodeada por una línea imaginaria que va desde la Península de la Florida a las islas Bermudas y Puerto Rico, y luego retrocede otra vez hacia Florida.
Parece ser que el enigmático triángulo se ha llamado a capítulo y la desaparición de barcos y aviones en esa zona se debió a causas fortuitas que nada tuvieron que ver con operaciones de extraterrestres, liberación de poderosa energía oculta y otras actividades más o menos encubiertas o misteriosas.
Muchos años antes del libro de Kusche, el escritor argentiono Alejandro Vignati, investigador de fenómenos paranormales, había publicado “El triángulo mortal de las Bermudas”. Se lo dedicó a Eduardo Azcuy y a mí… “perdidos en la noche”. 
Charles Berlitz escribió “El triángulo de las Bermudas”, un “best seller” que metió mucho ruido allá por los años 70.
Hemos volado varias veces en aviones pequeños sobre el Triángulo de las Bermudas. El piloto decía siempre antes de llegar, sonriendo: “¡Vamos a entrar en el Triángulo de las Bermudas!”. Pero se le notaba cierto nerviosismo.
Todo será cuestión de gases de metano, de burbujas o de lo que se quiera, pero es un lugar que no se parece a ningún otro de la zona. Ni siquiera el mar es lo mismo, ni tiene el mismo color.
El ambiente en esos vuelos era similar al del barco “Batavia Queen” minutos antes de la erupción del volcán Krakatoa, que se describe con tanto verismo en la película “Al este de Java”, dirigida por Bernard Kowalski en 1969 y protagonizada por Maximilian Shell, Diane Baker y Brian Keith.
Ante los fenómenos que desata la naturaleza hoy en día y las cosas que pasan,  no tiene nada de particular que al Triángulo de las Bermudas se le relacione ahora con cosas tan inocentes y tan bonitas como pompas, o burbujas, o con alguna de más feo olor, como el gas metano.

© José Luis Alvarez Fermosel

Notas relacionadas:

El reloj del espía



Al agente secreto Bernard Samson no le parecía estar mal presentado con su barato traje de fibra, su camisa arrugada y luciendo un reloj japonés de plástico en aquella reunión con varios de sus jefes, todos vestidos por sastres de Savile Row (1) y con caros y sofisticados relojes suizos o alemanes.
Nos lo cuenta en una de las novelas de sus -a veces confusas- trilogías el escritor británico Len Deighton.
El telón de fondo es el surgimiento de un neonazismo que deriva de la unión de los antiguos nazis y los nuevos nazis, que a veces son los mismos, en la Europa de los años 60.
Los alemanes, otra vez opulentos y orgullosos, piden cuentas a sus vencedores y tienen algún sueño de grandeza que trae malos recuerdos.
Además de Leighton tocan el tema los también escritores británicos John Le Carré con su Smiley, Frederick Forsyth en Odessa y la misma Agatha Christie- ya muy mayor- en Pasajero para Frankfurt, por no citar sino sólo a tres grandes maestros de la  intriga y el suspenso.
Eran los tiempos en que Gran Bretaña decaía a ojos vistas, sacándole todo el partido que podía a la exportación de los Beatles y la minifalda.
Se empecinaba en conservar un “look” de señorío, pero mendigaba  su ingreso en el Mercado Común.
Britannia rule the wawes, grita el famoso himno. Britania sólo tenía entonces poder y fuerzas para subsistir en la mediocridad.
Len Deighton, el creador de Bernard Samson, es un historiador militar, crítico gastronómico, publicitario, dibujante, productor de cine y escritor que se hizo famoso con su novela de espías Ipcress, llevada exitosamente al cine con Michael Caine como protagonista.
Su primera trilogía de Bernard Samson dio origen a una serie de televisión en 1988.
Me referí al principio a Samson y después me fui por otro camino, pues lo que yo quería en realidad era escribir algo sobre relojes y personas a partir del reloj japones de plástico del espía, después de haber visto a un señor en la avenida Córdoba de Buenos Aires que no tenía reloj, por lo cual tuvo que pedirle la hora a unas personas agrupadas en una parada de autobús.
La pidió poco menos que como Inglaterra pedía su entrada en el Mercado Común. Eso fue lo que me llamó la atención. Porque el señor tenía buen aspecto. Y, como Samson, vestía un traje de fibra que, no estaría hecho en Savile Row, pero arrugado y todo no se veía mal.
Todos tenían reloj. Muchos, quizás, uno japonés de plástico, que son los que más se llevan, porque son los más baratos.
Aquel señor no tenía reloj, ni de plástico, ni de ningún otro material, ni japonés ni de ninguna otra nacionalidad.
Ya no tengo tiempo de escribir algo sobre él.

(1) Calle de Mayfair –en el centro de Londres-, principalmente conocida por las tradicionales  y lujosas sastrerías a medida para caballeros.

© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 9 de marzo de 2014

Historia estúpida de la literatura



Enrique Gallud Jardiel, español, filólogo, escritor, especialista en India, es nieto de Enrique Jardiel Poncela, que fue un gran novelista y autor teatral del siglo pasado, expliquémosle a los más jóvenes y a los que nunca leyeron ni fueron al teatro.
Me da la impresión de que muchos de los que leen y van al teatro –sepan en realidad o no si el nieto tiene el mismo o parecido talento del abuelo-, le cuelgan el parentesco como un sambenito y les gustaría que escribiera algo como “Los ladrones somos gente honrada”, por ejemplo, que fue una de las obras más aplaudidas de Jardiel Poncela.
Enrique Gallud Jardiel hizo suya la sentencia de Carlyle: “El hombre debe trabajar tanto como asombrarse”. No se tiene el impresionante curriculo de este descendiente de Jardiel Poncela, heredero de su buena pluma, si no se trabaja de sol a sol.
Así que probablemente un día este filólogo que habla y escribe inglés e indio como el español, o casi, decidió tomarse un tiempo libre y se puso a escribir en su “sancta sanctorum” de Madrid –él es valenciano- un libro, no un libro más: “(…) el libro que pone en solfa a los autores pelmazos, a los clásicos soporíferos, a la preceptiva académica (1), a los estudios pedantes, a las investigaciones absurdas y a otros aspectos de ese negocio del que comen los libreros y al que muchos se empeñan tontamente en definir como arte literario”, dice el autor.
¡Bendito sea este Jardiel! Porque ha conseguido hacer todo eso con su libro “Historia estúpida de la literatura”; y además lo ha hecho muy bien, con un lenguaje fluido y con nervio, con gracia y humor.
Y con un desenfado y una inteligente comicidad que le hubieran encantado a su abuelo.
Algunos lo comparan con Mark Twain, Tom Sharp o Gómez de la Serna. Yo lo veo más en la línea de Pedro González Calero, o del Cioran que cuando Fernando Savater le dijo que en España creían que no existía pidió: “¡Por favor, no les desmienta!”.
El libro de Enrique Gallud Jardiel es, en suma, uno de esos libros que escribe un buen día un escritor que se lía la manta a la cabeza, escribe algo que no tiene nada que ver con su temática y estilo habituales y le sale algo nuevo, fresco y reconfortante como “El asesinato considerado como una de las Bellas Artes” de Thomas de Quincey, “El club de los negocios raros” de Chesterton o… “Historia estúpida de la literatura” de Enrique Gallud Jardiel.
Es que a veces “uno acaba hasta la coronilla de tanta erudición y tanta mandanga”, establece Gallud.
Eso es lo que le ha pasado a él. Y valió la pena que le pasara, porque ha escrito un libro hermoso.
No tendría nada de particular que Enrique Gallud Jardiel y yo nos tomáramos cualquier día un café a las seis en la esquina del bulevar.

(1) El discurso que leyó el académico Gregorio Salvador en respuesta al de ingreso de Arturo Pérez Reverte en la Real Academia Española está mal puntuado en algunos párrafos. En uno de ellos se incluye el latiguillo “de alguna manera”. Todo se hace de alguna manera, de lo contrario no se haría. Habla de “mover” los pulsos, en vez de acelerarlos, porque los pulsos se están moviendo  siempre y utiliza la palabra “deleznable” en lugar de detestable, que es lo correcto.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 8 de marzo de 2014

¡Feliz aniversario!



Este blog une sus felicitaciones a las que otras muchas gentes brindan en estas horas a las mujeres de todo el mundo en el Día Internacional de la Mujer.
Hace ya más de un siglo que se instituyó la igualdad y la emancipación de todas las mujeres, gracias a una idea de la militante socialista alemana Clara Zetkin.
Desde entonces, la mujer conquistó numerosos derechos cívicos, políticos, sociales y laborales.
Queda todavía mucho por hacer, porque en varios países las mujeres siguen sufriendo, en mayor o menor medida, discriminaciones de toda índole, cuando no situaciones de opresión.
Nuestro deseo ferviente es que esos desbarajustes cesen muy pronto y la mujer pueda ser libre en todos los sentidos y aspectos y ocupar el sitial que le corresponde.
Hace tiempo que se inició un proceso encaminado a conseguir la plena igualdad del hombre con la mujer, objetivo todavía no alcanzado completamente, repetimos, en muchos países del mundo.
Hacemos votos porque esa situación se revierta lo más pronto posible.

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 6 de marzo de 2014

El poder que mata



La película “Network” -que también se dio en español como “El poder que mata” y “Un mundo implacable”-, es una obra maestra de Sidney Lumet, considerada por muchos críticos como la mejor de su prolongada y brillante carrera.
A pesar de haberse filmado en 1976, se nos presenta más y más actual cada vez.
“Network” crítica acerbamente el mundo de la televisión y los “reality shows”, que se harían tan populares con el paso del tiempo.

Argumento

Un columnista de televisión se destaca diariamente denunciando en solitario ante las cámaras todo lo imperfecto y defectuoso de este mundo, así como la conducta del hombre de nuestro tiempo.
Su elocuencia es tan vívida que motiva una subida espectacular de la audiencia.
Al final de su parlamento se arroja al suelo, un día tras otro, y se queda inmóvil, como si hubiera muerto.
En una de sus actuaciones anuncia que suicidará próximamente… “en vivo y en directo”, lo que provoca una verdadera conmoción en la gente y origina un revulsivo en las principales cadenas de televisión.
Se pone a su servicio un programa de denuncia que le causará la muerte…frente a las cámaras.
Los trabajos de Lumet y el guionista, Paddy Chayesfsky son excepcionalmente buenos.
Quizás el film alcance su culminación absoluta con el  estremecedor monólogo sobre el dinero de uno de los personajes, que puede considerarse como el “leit motiv” de la película.

Ficha

Título original: “Network” (EE.UU.)
Año: 1976.
Dirección: Sidney Lumet.
Guión: Paddy Chayesfsky.
Fotografía: Owen Roizman.
Música: Elliot Lawrence.
Reparto: Faye Dunaway (Diana Christenson), Wlliam Holden (Max Schumacher), Peter Finch (Howar Beale),
Robert Duwall (Frank Hackett), Wesley Addy (Nelson Chaney).
Duración 121 minutos.

Premios

Oscars al mejor guión (Chayefsky), actriz (Dunaway), actor (Finch) y actriz de reparto (Straight).

© José Luis Alvarez Fermosel

Vídeo:

miércoles, 5 de marzo de 2014

Juego de cartas en cafetería



Dos veteranos juegan a las cartas en Cádiz.
No en esa hermosa ciudad del sur de España, tan bella y tan reluciente que se la conoce como  La Tacita de Plata.
Los veteranos juegan en una cafetería llamada Cádiz, que está cerca de aquí.
El establecimiento es largo y tiene forma de ele. Se lo ve un poco desangelado, como si su mejor época se hubiera perdido en el tiempo, como se dice vulgarmente.
Tiene la cafetería Cádiz amplios ventanales por los que entra el sol  –cuando hay sol, por supuesto- y varias mesas y sillas. Abundan el  plástico y las plantas.
Hay reproducciones de cuadros de Quinquela Martín en varias paredes.
Pintor de puertos y trabajadores, Quinquela fue un enamorado del barrio portuario de La Boca, donde fundó escuelas y museos. Autodidacta, expuso sus obras en Río de Janeiro, Nueva York, Roma y Londres.
Los veteranos se han ubicado, precisamente, bajo un cuadro de Quinquela Martín. Ocupan una mesa pequeña y están sentados uno frente a otro. Sobre sus cabezas hay un estante de madera con tres botellas de vino.

Deben pasar de los sesenta

Los dos son aproximadamente de la misma edad: sesenta y tantos. Desde donde yo estoy puedo ver que juegan con cartas de la baraja española, pero no sé a qué juegan.
El que está frente a mí es corpulento, tiene blanco el poco pelo que le queda y las manos grandes y nudosas, en las que los naipes apenas se ven. Son manos fuertes, propias de quien las ha usado mucho en trabajos rudos. Su rostro, ligeramente achatado, revela determinación, con la frente saliente y la boca apretada. Tiene una voz tan dura y tan áspera que en ella podría encenderse un fósforo. 
Viste, como su amigo, el uniforme de los barrios en verano: camisa barata a cuadros escoceses -de manga corta-, pantalón vaquero y zapatillas.
El otro es alto, tiene más pelo, también blanco y usa gafas, tras cuyos cristales brillan unos ojos claros y tristes, como si hubiera visto muchas cosas en su vida, algunas no muy gratas. Se lo ve serio, concentrado en el juego. Lleva una sortija de sello en el dedo meñique de la mano izquierda.

El pan

Colgada del respaldo de su silla hay una bolsita de plástico con unos pocos panes. Se ve que el hombre ha ido ha comprar el pan antes de reunirse con su amigo para echar la partida. Un tanto a su favor.
Porque ir a comprar el pan no es cualquier cosa: exige una personalidad determinada, y hasta un cierto estilo, diría yo. Además, es asunto de veteranos. Los años traen con ellos un cierto refinamiento: esa belleza del declinar que los puristas llaman intemporalidad.
Algo que permite ir por la calle con el pan en la mano, poniendo oro de pan en los gules del cielo, como un personaje de Magritte, el callado surrealista belga que pintaba panes voladores en el sol del mediodía.
Sobre la mesa de los veteranos hay dos tazas de café vacías y dos vasos de agua, uno medio lleno –que no se diga que soy pesimista- y el otro vacío.
Camareros con chaquetillas blancas sirven café, cerveza y más que cualquier otra cosa, pizza. Huele a aceite y a hierbas del sur.
En la calle, la tarde envejece a ojos vistas. Hay poco tránsito rodado, poca gente. Un perrito color café con leche, sentado junto a un semáforo, disfruta de los últimos rayos del sol.
Los árboles cabecean al impulso de un viento que se ha levantado de pronto y presagia lluvia.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 1 de marzo de 2014

Marzo y sus Idus



Ya se fue febrerillo el loco, renqueando con sus dos días de menos. Y ya tenemos aquí a marzo, un mes recio y completo en el que se inicia la primavera en el norte y el otoño en el sur, estaciones de transición pero cada una con su belleza.
Eso sí, hay que tener cuidado con los Idus de marzo.
Los Idus caían en el calendario romano el 15 del mes Martius (marzo), que correspondería al 14 de marzo actual.
¿Qué eran los Idus? Los días 15 de marzo, mayo, julio y octubre y el 13 del resto de los meses. Esos eran días de buenos augurios, en los que nada malo podía ocurrir. No así en otros.
Julio César murió cosido a puñaladas en el Senado de Roma, al pie de la estatua de Pompeyo, un día maléfico de los Idus de marzo del año 44 antes de Cristo. Según el escritor griego Plutarco –autor de Vidas paralelas-, César había sido advertido por un augur del peligro que corría su vida, pero hizo caso omiso de la admonición.
Julio César llegó, de triunfo en triunfo, a hacerse amo y señor del mundo mediterráneo. Su vida, fecunda y brillante, incluyó la escritura de los Comentarios a la Guerra de las Galias. Esta obra, escrita en un latín claro y purísimo, se considera como el primer informe especial del periodismo.
Era demasiado. Y no podía permitírsele. Tulio Címber y Casca urdieron una conspiración en su contra, en la que participó Bruto, ahijado de César, uno de los asesinos al que su víctima interpeló, interrogándole amargamente: “Tu quoque, fili?” (¿Tú también, hijo?). El desnaturalizado respondió: “Sic semper, tirannis” (¡Así siempre, tirano!).
La muerte de César provocó el estallido de otra guerra civil.
El calendario moderno reemplazó al romano alrededor del siglo III. La mención a los Idus de marzo siguió haciéndose coloquialmente durante los siglos siguientes, implicita la referencia a la muerte de César.
William Shakespeare clamaba en su obra Julio César: ¡Guárdate de los Idus de Marzo!

© José Luis Alvarez Fermosel