viernes, 31 de enero de 2014

Puñetazo y tradición



Ya hemos hablado largo y tendido de la caída en desuso de la bofetada. Algunas hicieron historia. Casi todas fueron propinadas por mujeres, que son muy buenas para administrarlas.
Recordamos que un puñetazo es otra cosa. Como que se da con el puño cerrado –de ahí su nombre-. Una trompada lastima, atonta, puede llegar a romper, más si se sabe dar y se da con fuerza.
El puñetazo es cosa de hombres. O lo era, porque hay desde hace tiempo mujeres boxeadoras que largan –en el cuadrilatero, claro- unos puñetazos tremendos.
El uso del puño cerrado es ajeno a la mayoría de las culturas, con excepción de las pertenecientes a algunas regiones de Extremo Oriente.
Incluso al sur del Sahara el puño cerrado no es un arma habitual.
A los negros de Africa y sus descendientes les enseñaron a apretar el puño y dar golpes con él. Los afroamericanos aprendieron la lección y se convirtieron en los mejores del mundo en esa práctica.
El puñetazo es una tradición del Mediterráneo Occidental y, fundamentalmente, de la cultura anglosajona.
Cuando se da un puñetazo a un hombre no se hace uno de esos gestos ampulosos de Hollywood, que llenan la pantalla. Salvo que uno quiera ser el primero en besar el suelo.
Se tiran golpes cortos y directos con un acabado hacia atrás que recarga el brazo como un arma automática.
Abofetear es un arte diferente. Una bofetada sí acepta el arco largo, para reunir fuerzas.
He aquí la descripción de un puñetazo incluida en la novela “Adiós, muñeca”, de Raymond Chandler:

Un puño como una berenjena

“El grandote frunció el entrecejo. No estaba acostumbrado a que le trataran así. Retiró la mano de la camisa de Malloy y la cerró formando un puño del tamaño y color de una berenjena grande. Tenía que pensar en su trabajo, en su reputación de tipo duro, en el aprecio de su gente. Pensó en todo aquello en un segundo y cometió una equivocación. Movió el puño con fuerza mediante un breve y repentino movimiento del codo y golpeó al gigante en la mandíbula. Un blando suspiro recorrió el salón.
Fue un buen puñetazo. El hombro descendió y el cuerpo entero giró con él. Había mucha fuerza en aquel golpe y el individuo que lo propinó tenía toda la experiencia del mundo en esos menesteres. El gigante no se movió más allá de un par de centímetros. Tampoco trató de parar el golpe. Lo encajó, agitó un poco la cabeza. Su garganta emitió un sonido apenas audible…”
No se asusten, es una novela, un puñetazo de novela que no surtió efecto. Los franceses dicen: “A bon chat, bon rat”. Pues eso, a buen golpeador, buen encajador.

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

miércoles, 29 de enero de 2014

Pato ladronzuelo



¡Lo único que nos hacía falta, que los animales, que nos dan siempre el ejemplo, se volvieran como nosotros!
Ya lo sé: la foto, simpatiquísima, es una composición muy graciosa, obra de alguna de esas privilegiadas personas -¡benditas sean!- que gustan de hacernos el día a día un poco más alegre por la vía del humor y la alegría.

© J. L. A. F.

domingo, 26 de enero de 2014

Del lumpenaje esnob



Por tatuarse, la gente se tatúa ya hasta en la esclerótica, o blanco del ojo, hábito que comenzó en Oklahoma, (centro-sur de los Estados Unidos) y se extiende ya por todo el mundo, como una mancha de aceite en un papel de estraza. 
Un pequeño detalle: uno puede quedarse ciego.
El empeño turiferario que se aplica al tatuaje en los círculos políticos y sociales locales constituye actualmente casi un rito religioso al que acompañan, como una suerte de monaguillos, el boca a oreja y el marketing.
El rito se sigue con el frenesí propio de una pasión adolescente. El tatuaje se expande, casi podría decirse que se derrama a presión como el contenido de las botellas de agua mineral con gas –no cabe citar el champán hablando de estas cosas- cuando se abren mal.
O sea, una efervescencia ad hoc para una sociedad que busca sus ideales en el experimentalismo, el feismo, la autorrealización y el nacisismo hedonista.
Tatuarse es ahora algo así como gritar blandamente en colores,  revelando la vacuidad y la fatuidad del lumpenaje esnob, tan inseguro, después de todo.
La gente quiere experimentar algo más, ha dicho el legislador republicano estadounidense Cliff Brenan.
El tatuador Jason King, de la misma nacionalidad, sostiene que tatuarse es un modo de combatir el aburrimiento. La gente se aburre.
Para otros es un trazo de la personalidad marcado por la imperiosa necesidad de estar a la moda. El mal gusto consiste en confundir la moda que no vive más que de cambios con lo bello que perdura, dijo Stendhal.

Cuestión de identidad

Muchos buscan una identidad mediante el tatuaje.
Unas jóvenes tatuadoras me dijeron una vez en Amsterdam que el ser humano experimenta un impulso ancestral de identificarse con siglas, símbolos, apelativos, signos y marcas.
A uno le pidieron hace muchos años que se hiciera un tatuaje. Pero ya tenía identidad, a pesar de su juventud. De manera que se conformó desde entonces con observar tatuajes de otros: de otras, preferentemente, porque las mujeres se tatúan desde tiempo inmemorial.
Ahora se tatúan tanto como los hombres; en todas, o en casi todas las partes del cuerpo: pechos, espalda, brazos, piernas, manos, tobillos, el cuello y últimamente el pubis…
¡Ni que hablar de los glúteos, la identidad suprema!
Tuve ocasión de contemplar de cerca un pequeño jeroglífico rútilo tatuado en la negra piel del seno izquierdo de una señorita que conocí en Larache (puerto del norte de Africa, en la Costa Atlántica). No lo necesitaba para tener identidad.
El conde de Barcelona, Juan de Borbón (1913-1993), padre del rey de España, Juan Carlos I de Borbón, se hizo tatuar a su paso por la Armada, siguiendo la tradición de la romántica marinería de la época.
La tonadillera española Conchita Piquer interpretaba magistralmente una desgarradora canción de amor titulada Tatuaje: El vino en un barco, de nombre extranjero; lo encontré en el puerto, un amanecer… Tenía el pecho tatuado con un corazón.

Aventura y romance

El tatuaje tuvo en un pasado lejano una acepción aventurera y romancesca, que identificaba a legionarios, marineros, sujetos que vivían a la briba, habían estado en la cárcel, reñían en turbios puestos de aduana por mínimas alcábalas y luchaban a puño desnudo por dinero en tabernas de puerto.  
La gente del bronce se tatuaba antaño por machismo, por exhibicionismo, para impresionar al mujerío y por diferenciarse de los señoritos –como los llamaban-, que ahora son los que se tatúan, sin que de ninguna manera esté en su ánimo pelear a puño desnudo por dinero en cafetines de puerto. Nadie se pelea ahora por nadie ni por nada en ningún sitio, ni a puño desnudo ni a puño con guante.
El tatuaje denotó una especie de idioma críptico del submundo de la marginalidad.

Corazones atravesados por flechas

Los tatuajes salpicaban los cuerpos en colores, o en un azul petróleo un poco borroso, con nombres de mujeres a quienes se decía que se las amaba, corazones atravesados por flechas, serpientes, calaveras, espadas cruzadas, águilas, banderas, antorchas…; lemas tremendos que se relacionaban con el amor, la vida y la muerte.
Hasta hace poco se usaba para tatuar el mismo aparato que se utilizó siempre para la micropigmentación del pelo y las cejas. Pero ahora hay procedimientos más modernos. Las tintas son vegetales.
Los tatuajes pequeños se completan en una sola sesión. Los más difíciles requieren dos o tres sesiones, con un margen de tiempo entre una y otra para evitar la irritación de la piel.
Dicen que ya no duele tatuarse. Yo no me lo creo.

© José Luis Alvarez Fermosel

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miércoles, 22 de enero de 2014

Papelones



Hay cosas, en sociedad, que uno no quisiera hacer jamás y muy a su pesar las hace y le hacen mal, aunque más no sea que por la pesadumbre y el reconcomio subsiguientes a haber metido la pata en determinadas ocasiones, cuando más quería hacer buena letra, como se dice vulgarmente.
La mala suerte suele contribuir en estos casos, zancadilleándole a uno arteramente.
Uno tropieza en el momento más inoportuno, se cae, rompe una silla, o varias copas, se vuelca una casi llena de vino tinto e inunda la mesa. Todo el mundo le excusa, dice que estas cosas ocurren, que no se preocupe. Pero uno lo pasa muy mal.
Peor fue lo que le sucedió al torero español Luis Miguel Dominguín –casado con la actriz Lucía Bosé y padre de Miguel Bosé, como se sabe-.
El que se consideraba –no sin motivo pero con poca modestia- el número uno de la tauromaquia española allá por los años sesenta, ofreció cierto día una comida en su casa de Madrid a varios amigos y algunos conocidos. Entre estos últimos figuraba un embajador.
Antes de comer se tomaron unas copas de jerez y de otras bebidas espirituosas, que acompañaron unas exquisitas “delikatessen”, a modo de aperitivo.
Al cabo, el dueño de casa nos invitó a pasar al comedor, que estaba separado del salón donde habíamos permanecido por un gran arco flanqueado por dos grandes comillos de elefante.
Antes de entrar en el comedor, el diplomático se tambaleó, se aferró a uno de los colmillos y cayó sobre él. El colmillo se partió limpiamente en dos al chocar contra el suelo.
Todos nos precipitamos en su ayuda. El pobre hombre estaba desolado, como no podía ser de otra manera.
Dominguín restó importancia al incidente y no mostró durante el resto de la comida más que simpatía, amenidad, excelentes maneras, ingenio y una especial deferencia al amostazado embajador.
Cuando el mozo de comedor se disponía a cambiarle el plato, el torero le dijo algo en voz baja al oído.
Terminada la comida, que por cierto fue excelente, pasamos a otra habitación a tomar el café. El colmillo roto, y también el que aún permanecía incólume habían sido retirados por el personal de servicio.

¡Era la sopa…!

Las deficiencias de la vista y el oído constituyen siempre motivo de error, confusiones y pequeños, y aun grandes desastres.
José Ibáñez Martín, ministro español de Educación Nacional durante muchos años, era un poco sordo, recuerdan María José y Pedro Voltés en su libro “Deslices históricos”.
Pues bien, el ministro -cuando todavía lo era-, tuvo un día a su lado a un obispo en un banquete. El purpurado le preguntó por su esposa. El ministro entendió que le interrogaba acerca de la sopa que acababa de servirse y le respondió:
- Está muy buena y muy caliente. Pruébela usted, eminencia reverendísima.
El diplomático español José Antonio de Urbina, autor del libro “El arte de invitar”, asistió en cierta ocasión a una cena en la embajada de España en París. Tenía a su lado a un invitado que gesticulaba mucho.
Cuando se sirvió el helado el comensal en cuestión le dio sin querer un golpecito con la mano. Un trozo de helado voló por los aires y aterrizó dentro del pronunciado escote de una señora que estaba enfrente, cuyo lógico respingo se atribuyó a alguna actitud del caballero que estaba a su lado, con quien se rumoreaba que tenía una relación.   
Nunca es demasiada la precaución, el cuidado y el dominio de sí mismo que hay que tener en las recepciones.
Sobre todo en los cócteles y reuniones similares, donde el alcohol corre a mares.

© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 19 de enero de 2014

Implacable




“Pero el dedo implacable sigue y sigue escribiendo. Seducirlo no podrás, con tu virtud o tu ingenio, para lo escrito tachar, o con tus lágrimas borrar ni una coma ni un acento”. (Rubaiyat)

viernes, 17 de enero de 2014

Shane



La película “Shane”, que se dio en español con el título de “Raíces profundas”, “Shane, el desconocido” o “El desconocido” fue dirigida por George Stevens en 1953 y protagonizada por Alan Ladd, Jean Arthur (su última película) y Van Heflin.
Fue cinco veces candidata al Oscar –mejor película y mejor director incluídos-, pero sólo obtuvo la preciada estatuilla por la fotografía, en 1954.
También recibió el premio NBR (1953) al mejor director y en 1993 fue incorporada a la colección de films que preserva el “National Films Registry” (Registro Nacional del Films) de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos por considerarse una película cultural, histórica o estéticamente significativa.
Para muchos es una de las mejores películas del Oeste jamás filmadas.
Algunos críticos, como Marcos Celesia y Fabián Cepeda dijeron que “Shane” quizás hubiera podido competir en algún momento con otros dos clásicos, ambos también con gran énfasis puesto en la psicología de los personajes: “A la hora señalada” (1951), de Fred Zinnemann y “Más corazón que odio” (1956), de John Ford.
Pero al reestrenarse cuatro años después de su lanzamiento ya estaba “envejeciendo” y “(…) cada visión sucesiva se hacía más lenta”, estimaron Celesia y Cepeda.
 
Argumento

Shane, un hastiado “gun man” (pistolero) en proceso de redención llega a un hermoso rincón de Alabama y un matrimonio de granjeros con un niño (Joe) le dan alojamiento en principio y al poco tiempo le integran a la familia, en la que no falta un hermoso perro.
El forastero piensa enterrar el hacha de guerra y llevar una pacífica vida de granjero hasta el fin de su existencia.
Pero pronto surgen los inconvenientes –el menor de los cuales es que se da una atracción platónica entre la mujer del hacendado y el apuesto ya ex pistolero-.
Un terrateniente ambicioso y carente de todo escrúpulo y un grupo de malandrines que lo secundan pretenden quedarse con las tierras de los pequeños granjeros, a fin de convertirlas en pastizales para su ganado.
Se plantean los problemas y los Colts del 45 vuelven a dejar oir su ominosa voz.
Shane pone su revólver y la pericia que posee en su manejo al servicio de los indefensos agricultores que le acogieron en su hogar.
La película culmina con Shane enfrentándose con un pistolero alquilón tan hábil como él y parte de los sicarios del terrateniente expansionista en un duelo espectacular del que sale victorioso, pero herido –no se sabe si de muerte-.
Monta en su caballo y se aleja. El niño le sigue y le ruega que vuelva.

Comentario

Considerado como uno de los “westerns” emblemáticos de la historia del cine, según el teórico argentino Angel Faretta es la primera película autoreferencial en la que los personajes ya se saben parte de una mitología particular.
Clint Eastwood se inspiró en “Shane” para hacer “El jinete pálido”.
“Shane” es una película de autor, bellamente resuelta por George Stevens que con todo fundamento se convirtió en un clásico del género, al que no le falta ni una de sus características.
En “Shane” están presentes, además, personajes que en manera alguna son de cartón piedra. Son, por lo contrario, quintaesenciadamente humanos.
J. L. Llamazares destaca acertadamente dos secuencias importantes: la de la muerte en el barro del pequeño sudista a manos del desalmado forajido y la posterior de su entierro en la colina.
Cabría añadir el abandono de Shane del pequeño mundo en el que había encontrado el calor de un hogar. Momentos antes de comenzar a galopar hacia un destino, que se adivina cuando menos incierto, se despide del niño, a quien dice:
Me tengo que ir, Joey. Un hombre tiene que ser fiel a su naturaleza. No se puede romper el molde. Yo lo intenté, pero no funcionó.
La película refleja –con cierto barroquismo formal- una época dura y violenta, pero en la cual no estaban ausentes sentimientos tan nobles como el amor, el valor físico, la defensa al débil y desposeído y el sentido de la renuncia y el sacrificio.

Ficha técnica:

Dirección: George Stevens
Producción: Ivan Moffat, George Stevens
Guion: A. B. Guthrie Jr., Jack She, basado en una novela de Jack Schaefer
Música: Victor Young
Fotografía: Loyal Griggs
Reparto: Alan Ladd, Jean Arthur, Van Heflin, Brandon De Wilde, Jack Palance
Distribución: Paramount

© José Luis Alvarez Fermosel  

martes, 14 de enero de 2014

Callar es bueno



Hay que vivir lo más intensamente que se pueda, ver mucho, oir mucho….¡y callar mucho!
Y, a mayor abundamiento, recordar aquello de que “donde las dan las toman, y callar es bueno”.
Acordémonos también del hombre que entra en una taberna del Madrid viejo y se topa con un cartel, adosado a una pared, que recomienda: “Pide, bebe, calla, paga, vete”.

© J. L. A. F.

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