domingo, 7 de octubre de 2007

A buen hambre no hay pan duro

“… Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos...”.
Esta era la dieta de don Quijote. ¡Cuánto más y mejor comemos hoy! Y cuánto peor escribimos. No creo que Cervantes comiera más ni mejor que su personaje. Habría que pensar entonces que el hambre aguza el ingenio.
En España pasamos hasta hace relativamente poco tiempo más hambre que el perro de un ciego; creo que este dicho no está en el Quijote.
Para satisfacer ese hambre los españoles comimos cosas tan bizarras, como se dice ahora, como el musgo que crece en los tejados con la humedad después de la lluvia. Se comía aliñado con vinagre y, si había, con un poco de sal. ¡Ni qué hablar de aceite, ni de oliva ni de nada! También era muy popular el arroz con gorgojos, que iban a parar al estómago no precisamente por descuido. Se veía al gorgojo con claridad. Es más, cada comensal se proponía trincar el más gordo. Se hacía uno la ilusión de comer arroz con carne.
El hambre ha sido siempre una constante, una característica de España y de los españoles desde que el país existe más o menos unificado y con signos distintivos de tal. El hambre nos formó a los españoles, nos endureció; nos dio una concepción, un sentido de la vida, una resistencia física y moral que pocos pueblos tienen por haber nadado siempre en la abundancia, dicho sea esto sin querer ofender a nadie.
Los españoles nos forjamos en la necesidad, en el hambre, insisto. Nos echamos al campo -¡carretera y manta!- a la lucha para conseguir el condumio elemental, la pitanza mínima. En España se come y se bebe ahora de lo lindo. Muchos de nosotros comemos y bebemos como si no estuviéramos seguros de volver a hacerlo decentemente la próxima vez. ¿No dicen que los nietos de los judíos sueñan con los horrores que padecieron sus abuelos en los campos de concentración, horrores que ellos no sufrieron porque no habían nacido entonces?
A algunos españoles nos pasa lo mismo con la comida. Un botón de muestra: la revista Hola trajo a sus páginas recientemente a la popular y bellísima modelo Silvia Jato, presentadora de Televisión Española. Hola la entrevista en su casa de Benalmádena, muy cerca de Málaga: una hermosísima casa balinesa, es decir, estilo Bali, una isla de Indonesia. Pues con toda esta sofisticación, Silvia Jato si bien dice que es feliz porque tiene salud, familia y hogar, asegura con un énfasis especial que lo es todavía más porque tiene “comida para llevarse a la boca”. Preocupación del subconsciente se llama esta figura. O atávica gratitud consciente por llevarse algo a la boca, lo más importante.
Comida para llevarse a la boca es lo que no le sobraba al bueno de don Alonso Quijano, tan magro de carnes y con la cabeza a pájaros. Aunque más no fuera que comida aderezada con la salsa del hambre. Ya lo dice Teresa, la mujer de Sancho Panza, el fiel y socarrón escudero de don Quijote: “La mejor salsa del mundo es el hambre, y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto”.
Lástima que la escasez de dientes y muelas le impidiera al pobre caballero darle unos buenos mordiscos al queso manchego y al pan que Sancho llevaba siempre en sus alforjas, “tan duros que podrían descalabrar a un gigante” –decía don Quijote-. Lástima porque, como decía el Caballero de la Triste Figura, “los duelos con pan son menos” . También, lógicamente en su caso, sentenciaba: “come y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago”.
Lo que nos sacó a los españoles la tripa de mal año desde tiempo inmemorial fue ese ingenio que aguza el hambre. El Quijote da sobrados ejemplos de esto y es también un compendio de recetas –hay más de 2.000 referencias a la gastronomía del Siglo de Oro español, incluída esa pasta negra llamada caviar, hecha de huevas de pescado, tan salada que despierta una sed que tiene que saciarse con varios tragos de la bota de vino-. Sancho tiene oportunidad de comer caviar en un encuentro con Ricoto el Morisco, un peregrino árabe converso con quien se topa al volver en busca de su señor, después de haber abandonado su cargo de gobernador de la Insula Barataria.
El ingenio nos llevó a los españoles a combinar diversos productos alimenticios para conjurar la monotonía. La gente se habrá cansado de comer huevos fritos con patatas fritas. Alguien pensó un día que si las patatas se cortaban de otra manera, se mezclaban con huevos batidos y se les añadía un poco de cebolla, chorizo o lo que hubiera a mano saldría algo por lo menos diferente. Así surgió la tortilla de patatas conocida hoy en todo el mundo. Algo parecido debió pasar con la paella.
También hemos tirado de gatillo, porque donde menos se piensa salta la liebre. Liebres, conejos y perdices no faltan en el recetario cervantino, correspondiente a una región de Castilla, La Mancha, donde no faltan la caza de pelo y de pluma.
El ingenio y un poco de dinero nos llevó los españoles a desplegar recursos tales como la adquisición –por toda una familia, cotizando todos- de un pequeño cerdo al que se alojaba en una no menos pequeña cochiquera, en un patio o en los fondos de la casa y se engordaba a lo largo del año. Luego, cuando el pobre animal parecía más un novillo que un cochino propiamente dicho, se lo mataba y se lo carneaba. El cerdo se convertía en jamón, tocino, morcilla y “ainda mais”. Y daba, mal que bien, para alimentar a la familia durante todo el año, o una buena parte de él. Al marrano se lo alimentaba con lo poco que sobraba de la comida diaria. Como los cerdos son omnívoros devoraban todo lo que se les echaba, incluídos espinazos y cabezas de pescado. De ahí que muchos de esos jamones supieran a sardinas. Ahora los cerdos se crían con bellotas, como Dios manda y los jamones –que ya tienen su Denominación de Origen (DO)- son exquisitos. Y bastante caros, por cierto.
(El jamón serrano, uno de los referentes gastronómicos más característicos de España, acaba de ser distinguido por la Unión Europea con el sello Especialidad Tradicional Garantizada (ETG), convirtiéndose así en el primer producto alimenticio español que obtiene esta importante etiqueta de calidad. Este sello, que distinguirá al jamón serrano de otros, podrá ser usado en aquellas piezas que cumplan los requisitos de calidad y autenticidad exigidos y formará parte de la contramarca de la Fundación del Jamón Serrano. Esta institución, adscripta al Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, se encargará de velar por la escrupulosa utilización de este marchamo de calidad, con el objetivo de fomentar la producción y el consumo de jamón serrano. Se distinguirán dos calidades diferentes: plata, para aquellos jamones serranos cuya curación dure de ocho a once meses, y oro para los que se curen durante más de once meses.)
El caso es que, ayudado por su ingenio y por el de Sancho, ambos, caballero y escudero disfrutaron ocasionalmente de platos tan sabrosos como el pisto, las gachas, los gazpachos de pastor (galianos), las patatas con conejo, el ajopringue de la sierra de Alcaraz y perdices escabechadas, arropes y natillas que con el pan, el vino y el queso, básicamente el manchego, son los productos alimenticios más nombrados en esta primera novela moderna de la literatura universal. Todos ellos, y muchos más que no nombramos por falta de espacio ocupan hoy en día puestos de honor en las mesas de los caballeros, manchegos en particular y los españoles en general.
Con don Quijote y Sancho recorremos un mundo de aventuras mil, constelado por situaciones muy simpáticas provocadas por 669 personajes con características propias y, naturalmente, Dulcinea del Toboso. (“Para sola Dulcinea soy de masa y alfeñique y para todas las demás soy de pedernal”.)
Nada nos dice Cervantes de la familia y origen de don Quijote. Se limita a presentarlo en el ambiente de reposo y pobreza de un hidalgo campesino. La genealogía de don Quijote empieza con él. Es capaz de tener sueños disparatados y magníficas virtudes. Y de dar la nobleza a su estirpe. Ya lo dijo Unamuno: “Su linaje empieza con él; es de los que son y no fueron”.
Cuando ya nos habíamos encariñado con él, don Quijote muere no sin habernos dejado infinidad de esas muestras de sabiduría popular que son los refranes. He aquí algunos: “Un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado”, “Cada uno es artífice de su ventura”, “Buen servicio, mal galardón”, “A dineros pagados, brazos quebrados…”.
Tres días antes de morir don Quijote dice: “Vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. De nada sirve la melancólica exhortación de Sancho: “No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir”.
“Dichosa edad y tiempos aquellos a los que los antiguos dieron el nombre de dorados…”.
Hoy corren otros tiempos y soplan otros vientos. Y se comen otras cosas: salpicón de flores de acacia, pistilos de azafrán, maracuyá y corteza de abedul; gratinado de percebes con sabayón al vino Malbec; trillas con sofrito de grosellas; cordero patagónico con mojo verde y yuca en almíbar de melocotón.
“O tempora, o mores”.

Ilustración: El Quijote de Picasso

© José Luis Alvarez Fermosel

Duelos y quebrantos

Foto: Spaingourmetour
ICEX (Instituto Español de Comercio Exterior)


Ingredientes

100 gramos de jamón crudo cortado en dados o picado
150 gramos de panceta salada cortada en dados pequeños
2 chorizos colorados (tipo Cantimpalo) pelados y cortados en dados
6 huevos ligeramente batidos
Sal (sólo si es necesario)
Aceite
Racimos de uvas (opcional)

Preparación


Freír con poco aceite el jamón, la panceta y los chorizos en una gran cazuela de barro. Cuando todo haya cobrado un hermoso color dorado-ro­jizo, verter los huevos sobre la fritada. Remover continua­mente los ingredientes con una cuchara de madera, manteniendo el fuego medio, hasta que cuajen los huevos.
Servir caliente con una guarnición de rebanadas de pan frito. Si se quiere, más como decoración que como otra cosa, acompañar con pequeños racimos de uvas en plato aparte.

Un plato cervantino

Alonso Quijano, al que llamaban el Bueno, satisfacía su apetito con las sen­cillas minutas que enumera Cervantes (1547/1616): "Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los vier­nes y algún palomino de añadidura !os domingos consumían las tres partes de su hacienda".
Los "Duelos y Quebrantos" han constituido la manzana de la discordia de muchos eruditos cervantistas. Unos afirman que, según la costumbre de Castilla, los pastores traían a las casas de sus amos las reses que se morían o desgraciaban, de cuya carne deshuesada se hacían estofados. De los huesos quebrantados se componía olla en tiempo en que no se permitía en el reino de Castilla comer los sábados de las demás partes de las vacas, ni mucho me­nos su grasa, costumbre que derogó el Papa Benedicto XIV (1675/1758). Esta comi­da se denominaba "Duelos y Quebrantos", en alusión al sentimiento y duelo que causaba a los dueños el menoscabo de su ganado y el quebrantamiento de los huesos de las reses. Otros eruditos, como Francisco Rodríguez Marín (1855/1943), consideran que los "duelos y quebrantos" eran sencillamente hue­vos fritos con jamón o tocino.
“Antes de probar este plato habría que hacer testamento”, dijo, tremendista, Rómulo Berruti cuando leyó la receta en mi libro “¡A comer con gusto! con el Caballero Español”. Es muy fuerte. El comentario de Rómulo… y el plato, que recomiendo sólo a hombres de pelo en pecho, mujeres de rompe y rasga -cada vez hay menos de los unos y de las otras- y a todos los bienaventurados que tienen buen diente, mejor digestión, el colesterol normal y un hígado blindado. Machos posmo, etéreas señoritas de té con limón y torta de ruibarbo, muchachos “trendy” y gente paqueta “cool” abstenerse. Por su bien se lo decimos.


© José Luis Alvarez Fermosel
Otra receta:

17-09-2007: “Estofado de rabo de buey"
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2007/09/estofado-de-rabo-de-buey.html

viernes, 5 de octubre de 2007

Bostezo de leona

Abajo, al hablar del bostezo del león, decíamos que la leona seguramente había salido a hacer compras… Pues bien, se ve que volvió, trajo la comida, almorzó opiparamente con el león, le entró esa galbana que suele seguir a una buena comida y bosteza ella también. Cuando dos se quieren bien, y comen bien, y les da sueño, bostezan a duo bajo el mismo techo, en este caso bajo el mismo cielo, que no es otro que el de la sabana de árboles achaparrados del Africa soñada.
La leona bosteza, ha cerrado los ojos. Su pelo pardo grisáceo está lustroso. Impresionan sus largos colmillos, más largos y más afilados que los del león –la hembra es siempre más peligrosa-. Uno contempla esa poderosa dentición y piensa con tristeza en las tiernas yugulares de las gacelas Thompson y los cervatillos de dibujo de Walt Disney, presas favoritas de los grandes felinos.
De momento, hay paz. Y un poco de modorra. Se ha saciado el hambre. Brilla el sol. Hace calor. Mejor así.
La leona, estampada en el paisaje en calma, bosteza. Su hermosura de fiera de lujo se concentra en un escorzo estatuario.
© José Luis Alvarez Fermosel

Bostezo de león

El león bosteza. Abre su bocaza enorme y muestra una lengua larguísima y rosada y unos grandes colmillos afilados como puñales. No tiene aspecto amenazador. Nadie, ni siquiera un león lo tiene cuando bosteza.
A pesar de haber sido capturado por el objetivo de una cámara fotográfica en un momento poco serio para un león, al que uno acostumbra ver en los zoos y presentando las películas de la Metro en “poses” mayestáticas, no deja de impresionar la potencia contenida, la tremenda fuerza y el imperio de este gran felino al que siempre se sindicó como el rey de la selva, aunque el verdadero monarca sea el elefante.
El color del león, dorado, es el mismo del fondo contra el que se ha fijado su gesto de gran señor, al que francamente le importa todo un bledo: es el color de la tarde naciente en la sabana del Africa remota y atractiva, el reino del “Felix leo”, hermoso y subyugante en su imponencia.
La foto no pudo haber sido más oportuna. Es una ilustración, un cuadro. Nos habla de selvas lejanas, de animales bellísimos en libertad, sujetos, eso sí, a las leyes inmisericordes de esos parajes en los que la vida relampaguea y se extingue en un dos por tres. Nadie la toma porque sí: no por bronca, ni por envidia, ni por ideología, ni por dinero, como se hace entre nosotros, en la civilización, con el “homo sapiens” que pontifica, discursea, se sube al podio y en cuanto le contradicen aprieta un botón o da una orden a media voz y ruedan cabezas. Pero no nos pongamos trascendentes ni catilinarios.
El león se aburre, el león bosteza. La leona está de compras.
© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 3 de octubre de 2007

El hotel Raffles

Fundado en 1887 por sir Stamford Raffles en Singapur (en la península de Malaca, en Malasia), el Raffles Hotel sigue siendo hoy el más legendario de Asia y uno de los más lujosos del mundo.
Reyes, magnates, políticos, artistas y encumbrados perso­najes de la “jet set” internacional dejaron su impronta durante más de cien años en el hotel Raffles.
El primer ministro del Reino Unido Winston Churchill (1874/1965) pasó largas temporadas en él; los escritores Somerset Maugham (nacido co­mo Churchill en 1874 y muerto como él en 1965, qué coinciden­cia) y Noel Coward (1899/1973) escribieron en el Raffles Hotel algunas de sus obras más leí­das.
El hotel se cita en una película titulada precisamente "Malaca", protagonizada por Spencer Tracy, James Stewart, Gilbert Rolland y Rosemary Clooney.
Esta última cantaba de no­che, mirando al mar, en una de las escenas más románticas del film, una canción que después se haría muy popular, e incluso Frank Sinatra incluiría en su repertorio: "Blue moon", que no quiere decir luna azul, sino luna triste porque “blue”, ade­más de azul, significa triste o, mejor, melancólico para los in­gleses.
© José Luis Alvarez Fermosel
Anterior:

Ladrón de guante blanco

Raffles, quizás el ladrón más famoso de las historias de policías y ladrones, fue una creación del escritor inglés Ernest William Hornung (1866/1921).
Sus hazañas –en realidad habría que decir sus fechorías, pero ya se sabe que la literatura es benévola con los bandidos románticos- están recogidas en cuatro libros de relatos: Ladrón de guante blanco (1899), La máscara negra (1901), Un ladrón en la noche (1905) y El justiciero Raffles (1909).
Hornung estaba casado con una hermana de Arthur Conan Doyle. Al parecer, recreó a Sherlock Holmes y al doctor Watson en el lado opuesto de la ley en los personajes de Raffles y Bunny, quienes robaban con una lógica tan aristotélica como la de Holmes, cuyo padre literario dijo en su autobiografía: “Creo que hay muy pocos relatos escritos en un lenguaje coloquial tan brillantes como los de Raffles y su cómplice Bunny Manders”.
Raffles, al igual que su émulo francés Arsène Lupin, es un “gentleman cambrioleur”, elegante, excelente jugador de críquet, que vive en el Albany: un complejo de apartamentos próximo a Picadilly Circus, residencia favorita de personajes muy consustanciados con las letras y las artes y de solteros ricos.
Hornung desarrolla en poco más de dos años la saga de su héroe, que coexiste con el Jubileo de Diamantes de la reina Victoria, celebrado en 1897, y termina después de la llamada Guerra Bóer: el conflicto entre Gran Bretaña y las dos repúblicas del Transval y el Estado Libre de Orange.

En colaboración con Eugene W. Presbrey, Ernest William Hornung escribió dos obras de teatro: Raffles, el salteador amateur y Una visita de Raffles que tuvieron un moderado éxito.
Los relatos de Hornung son ajustadas sátiras de los modos y la moral del último tramo de la era victoriana, destaca Alberto Laurent. Harold Bloom señala que
"cuando leemos estas historias gozamos el regusto de lo ilícito y el secreto deseo de mantener la respetabilidad, lo cual convierte a Raffles en el último héroe victoriano y el primer antihéroe moderno: empresario, caballero y ladrón”.
De Raffles se ocuparon escritores como George Orwell –el inventor de Gran Hermano- en su ensayo Raffles and Miss Blandish (1), publicado en la revista Horizon (1944), con el seudónimo de Eric Blair y, posteriormente, Fereydum Hoveyda en su Historia de la novela policíaca (Editorial Alianza, Madrid).
El Daily Telegraph dijo que
“Raffles debe ser considerado como una de las figuras míticas más poderosas de la literatura popular”.
El Santo (Simon Templar) de Leslie Charteris siguió los pasos de Raffles en la década del 20. El personaje, al igual que Raffles, fue llevado al cine y la televisión encarnado por Roger Moore.
John Barrymore –que filmó tantas películas con Greta Garbo en los años 30- fue el actor que personificó mejor al distinguido “sportman”, frecuentador de salones elegantes y amigo de lo ajeno creado por Hornung, uno de cuyos antecesores fue Dick Turpin, aunque éste podría ser calificado de bandido generoso de los que robaba a los ricos para socorrer a los pobres quedándose, claro, con una comisión por sus servicios. La generosidad de Raffles se limita a compartir su botín con su compañero de universidad y factotum, el fiel Bunny.
El ejemplar aquí presentado de El ladrón de guante blanco, el primer tomo de relatos de las andanzas de Raffles, es de Ediciones Abraxas, Serie Aventuras (Barcelona, España), tiene 188 páginas y cuesta $ 20.

(1) El secreto de Miss Blandish es una novela escrita en 1938 por el autor inglés René Raymond, que utilizó el seudónico de James Hadley Chase y ambientó la mayoría de sus narraciones en los Estados Unidos, país que no conocía pero sobre el que se documentaba con mapas y diccionarios de la jerga del hampa norteamericana. Escribió cerca de cien novelas, algunas de las cuales fueron adaptadas al cine.



© José Luis Alvarez Fermosel




martes, 2 de octubre de 2007

El macho posmo péndex


Se cuelga…

“¡Yo soy un péndex...!”, me dijo el pibe –así se autodefinió-. Lucía una especie de hopalanda color ala de mosca muy usada, como las sotanas de los curas de pueblo hace mil años. Calzaba unos borcegos calibre 44 magnum, ajustados a las flacas y lampiñas piernas por cordones de poco más de un metro de longitud cada uno. Mordisqueaba una barrita de cereales.

-- ¿Qué haces, qué dices?- le pregunté
-- Nada, eso...; estoy a lo que venga, a lo que salga; si me gusta algo, por ahí lo veo, a ver si me va. Es que estoy tratando de encontrarme a mí mismo.
--Ah.

El... pibe me reveló que estaba a punto de cumplir 39 años, que vivía en la casa de sus padres y tenía una hermana diez años menor, casada, llamada Lidia y subgerente de una empresa multinacional. El marido, o sea, el cuñado del macho posmo no trabaja: sólo tiene 37 años.

--Pá me inscribió el año pasado en un curso de análisis de sistemas, porque se me da muy bien la computación, pero me colgué y ni siquiera lo empecé.
--¿Te cuelgas con frecuencia?
--Sí.
--¿Ahora tienes pensado hacer algo?
--La semana que viene me voy con Rodri a la isla Holbox, al norte de la Península de Yucatán.
-- Rodri es…
-- Un amigo de Mono’s
-- ¿Qué es eso?
-- ¿Qué?
-- Mono’s
-- Un espacio
-- Ah.

Mi interlocutor era un macho posmo conocido: el hijo de un vecino con el que me encuentro a veces en el ascensor y en la calle y que parece sumido en un estado de desesperación tranquila. Había salido un momento a la calle a comprar cómida para su cotorrita.
Al macho posmo le gustan las mascotas... raras -no tenemos más remedio que decirlo así para hablar con propiedad-: los sapos -¿recuerdan “Sapito Limón”, aquella pegadiza guaracha de César Caminero?-, las arañas pollito, los lagartos overos, las tortugas, las iguanas, los chanchitos de Indias, los hamsters, los grillos, las musarañas –lástima que las musarañas sean difíciles de conseguir, ahora- y los escarabajos dorados.
El macho posmo tiene una gran capacidad lúdica. Juega constantemente, le encanta jugar. Por eso pide siempre que le regalen juguetes. Le fascinan los animalitos de peluche, como esos monos de extremidades larguísimas que suele llevar sobre los hombros, con los brazos (del mono) colgándole sobre el escueto pecho.
Juega en la casa de pá y má donde vive, ya se dijo, en incluso en plena calle con algún amigo, tirándola al aire y recogiéndola a media altura, una vez uno y otra vez otro, con una pelotita amarilla que nada tiene qué ver con las de golf o las de tenis, ni siquiera con las de ping pong. Son de un plástico muy suave y muy blando.
Esas pelotas tienen dibujada, o impresa, una carita con puntos negros que figuran los ojos y una línea curvada hacia arriba, como si la pelota se estuviera sonriendo. Son una reproducción exacta de los emoticones de la computación, usados en los chateos. Están saliendo ya al mercado en tamaños más chicos, más suaves, más blandas y en formas de corazón, estrellas de mar y otras.
¡Qué rico es el macho posmo! ¡Si es que es para comérselo!

© José Luis Alvarez Fermosel