viernes, 14 de marzo de 2008

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

© César Vallejo (*)


(*) César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892 – París, 1938) es uno de los cuatro o cinco genios que la poesía hispanoamericana dio al mundo en el siglo XX.
Poeta modernista -como ya se ve claro en su primer libro, “Los Heraldos Negros” (1918)-, pronto introduce cambios importantes que lo aislan, por así decirlo, de las formas poéticas imperantes en su tiempo en el idioma español.
Para alguno de sus exégetas, este vuelco es solo comparable con el que impulsó Rubén Darío años atrás.
Poeta profundo, de lírica limpia y dimensión enorme, su raigambre es andina, mestiza, religiosa, modesta, moral…
Padeció dificultades económicas que le impidieron terminar sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Trabajó como ayudante de cajero en una hacienda azucarera, donde entró en contacto con el campesinado. Más tarde cursó estudios de Filosofía y Letras.
Tuvo una vida intensa y dura, que incluyó el ejercicio del periodismo y el profesorado. Fue a España durante la Guerra Civil.
“Trilce” es quizás su libro de versos más conocido y comentado. Anticipa en él gran parte del vanguardismo de los años 20 y 30. No le va a la zaga “Los Heraldos Negros”.
César Vallejo murió en París, con aguacero, pero un viernes, no un jueves, como dice en el poema que reproducimos arriba, que pertenece a su obra “Poemas humanos”, publicada por la esposa del poeta, Georgette Phillipart, después de su muerte.

domingo, 9 de marzo de 2008

El duelo

“El duelo” es una excelente novela de Joseph Conrad. Fue llevada al cine en 1977 con el título "Los duelistas", bajo la dirección de Ridley Scott y protagonizada por Harvey Keitel y Keith Carradine. Recibió varios premios internacionales.
Novela y película narran la historia de un duelo entre dos oficiales de distintos regimientos de húsares al servicio de Napoleón, que se repite –con singular ferocidad por parte de uno de los contendientes- a lo largo de todas las campañas de Bonaparte y termina cuando el Gran Corso ha sufrido la decisiva derrota de Waterloo y se encuentra desterrado en Santa Elena.
El duelo -a pie, a caballo, a espada, a sable, a pistola- se convierte en leyenda en el ejército napoleónico. Sobre los dos militares gravita una torva fatalidad que los marcará en sucesivos enfrentamientos en el campo del honor.
El mismo Conrad llevó una vida agitada y aventurera. Fue marinero y se le considera como un gran escritor de temas náuticos. Nació en Polonia, en 1857, pasó su infancia en el norte de Rusia y navegó en barcos mercantes por las Indias Occidentales, el Océano Indico y Australia. Su vida de acción concluyó en Gran Bretaña, donde se afincó en 1895.
Conrad escribió toda su obra en inglés, idioma que aprendió a la perfección y que hablaba, si bien con fuerte acento eslavo, con gran precisión y fluidez. Dominaba también el polaco, el ruso, el francés y el alemán. Fue autor de trece novelas, dos libros de memorias y veintiocho cuentos.
“Nadie como él ha transmitido la angustia de algunos parajes de la tierra”, señaló el escritor español Josep Pla.
Joseph Conrad sigue vigente y actual gracias a sus libros de aventuras exóticas y psicológicas.
La grandeza de su narrativa ha generado una influencia muy positiva en infinidad de autores… menos en Graham Greene, quien siempre soñó con escribir algo como “El corazón de las tinieblas”, una de las mejores obras de Conrad. Fracasó, y se tomó la absurda venganza de no leer a su autor favorito durante treinta años.
"El duelo" tiene 154 páginas. La edición aquí comentada es propiedad de Editorial Bruguera, que la sacó a la luz en 1979. Fue traducida por Gabriela Alvarez Insúa y el diseño de cubierta es de Neslé Soulé.


©José Luis Alvarez Fermosel

Quitapenas

Hay fotografías que, en realidad, son cuadros que pintan quienes están en ellos, sin saber que están dentro de un cuadro. Cuando salen, si antes no los ha dejado un fotógrafo convertidos en personajes para siempre, queda sólo el marco vacío. De ahí viene lo de la foto instantánea. Si no se captan los seres, el ambiente, las luces, las sombras y el color en un instante, no hay fotografía ni, mucho menos, cuadro.
La foto que comentamos es una instantánea plena de intemporalidad. Y un cuadro. Tiene todos los elementos de un cuadro (de Chardin, Wright of Derby, Spitzberg, Seurat…).
La paz en un rincón de la calle Postas, muy cerca de la Puerta del Sol, en Madrid, en una hora indefinida de la mañana, tal vez las once.
Una taberna con un nombre casi onomatopéyico, de puro expresivo: "Quitapenas".
En la mínima terraza, un señor con ropas deportivas que muy bien podría ser un turista, aunque también un madrileño castizo, lee un libro de lomo verde y portada roja. Se ve que el libro es interesante, pues su lector tiene una expresión absorta y se cubre el mentón con la mano izquierda, en un gesto propio del que medita, reflexiona o, como en este caso, está sumido en una lectura atrapante.
A la derecha del lector, unas señoras beben cerveza.
Hay una aspiradora, un pequeño cubo amarillo y dos cajas de cartón frente a la puerta del local, lo que llevaría a pensar que acaba de abrir y han sacado a la calle los útiles de limpieza, que alguien volverá a meter dentro enseguida.
La sensación de tranquilidad, de “dolce far niente”, de paz, la da el perro canela tendido en la calle cuan largo es, durmiendo a pata suelta el sueño de los justos. No lejos del can hay una pequeña bandeja de plástico blanco que contrasta, o hace juego con el rojo y blanco del calzado del señor calvo que está leyendo.
El recipiente podría haber contenido la pitanza del perro; si fue así, no quedó ni una miga y, ya se sabe, después de una buena comida nada hay mejor que una siesta.
Un hombre con camisa roja a pequeños cuadros y pantalón claro hace mutis por el foro.
Ya tenemos completo el cuadro: sencilla y tranquila alegoría de la paz y la convivencia en un tiempo que no registran los relojes porque lo ha detenido una cámara atenta y sabia.

Foto:
De la serie: En la calle
© Maite - 2007


© José Luis Alvarez Fermosel



sábado, 8 de marzo de 2008

Lluvia de hombres

A ningún otro pintor, sino al callado belga Magritte (1898-1967) se le hubiera ocurrido pintar una “lluvia” de hombres con gabanes oscuros y sombreros hongos, cayendo de un cielo azul grisáceo sobre casas de fachadas color tiza y tejados granate.
El cuadro, titulado Golconda, fue pintado en 1953, pertenece a la colección Menil y está en Houston (Tejas, Estados Unidos). Se ha dicho que simboliza la pérdida de la identidad individual y la monótona trivialidad del día a día.
Magritte, uno de los pintores más conocidos, reproducidos y queridos de todos los tiempos, trabajó en publicidad y fue cartelista -como Toulouse Lautrec-, lo cual se refleja en toda su producción.
Fue Giorgio de Chirico quien tuvo una influencia decisiva en su obra, y de ahí su estilo, en el que caben presencias enigmáticas y combinaciones “imposibles” de objetos, personas y paisajes que cuentan siempre con un dibujo sólido y nítido.
Vivió algún tiempo en París, como todos, y participó –un poco de pasada- en el surrealismo, conectándose principalmente con Salvador Dalí. Fue un gran observador y un aplicado estudioso de los maestros del pasado, como los pintores italianos del siglo XV. Empero, su ídolo fue Seurat.
A Magritte le fascinaban la inmovilidad y el silencio y se movía en un universo paralelo en el que nada es lo que parece.
Los hombres de negro figuran en su paleta como un tema recurrente. A alguno de ellos le puso alas, como si quisiera darle la posibilidad de huir volando de una realidad pesada y no exenta de cierta sordidez.
René Magritte, hombre culto y modesto, introvertido y con sentido del humor, escribió, además de pintar, artículos y ensayos.


© José Luis Alvarez Fermosel

viernes, 7 de marzo de 2008

Las tortas de Rosa Low-Tane

Conocí a Rosa Low-Tane -cuyo marido fue amigo de Freud- hace varios años. Tenía una heladería donde en invierno, claro, no vendía helados, sino una dulce, alegre y policroma variedad de tortas oriundas de Galitzia (1).
Doña Rosa, que en esa época debía tener unos 7O años, era delgada y coqueta. Se cuidaba mucho su hermoso cabello blanco, que llevaba siempre cuidadosamente peinado. En el fondo de sus ojos azules bailoteaba una pícardía luminosa que nunca se apagaba. Esgrimía delicadamente modales cortesanos.
Le gustaba la música a doña Rosa. No se perdía una función del Colón, al que estaba abonada y se compraba casetes –todavía no habían aparecido los compactos- de música clásica y valses vieneses.
La heladería estaba en Honorio Pueyrredón, en el límite entre Villa Crespo y Caballito. Doña Rosa preparaba con amor y humor sus tortas, entre las que destacaba la de miel, manzana, coco y limón.
Allí, en el mostrador, frente a la puerta flanqueada por bancos de sólida madera oscura, he comido el mejor strudel de manzana y nueces de mi vida.
Doña Rosa preparaba también los knishes de papa y los beigalej en forma de herradura, rellenos de queso blanco.
Doña Rosa tenía un hijo, Jacobo, que a veces se ocupaba de la heladería. Era un hombre corpulento, extravertido, de frondosa barba color sal y pimienta, un poco ampuloso, que había viajado por una buena parte de Europa y sabía lo suyo y lo del vecino de comidas, bebidas, música, mujeres, paisajes y violines y recordaba las teorías de Maimónides y Judá Halevy, éste último autor del más rotundo y sombrío madrigal que poeta alguno haya dedicado a una mujer:
"Oh, amada: a través de tu carne palparé tus huesos, para reconocerte el día de la resurrección".
Un vecino, bajito, socarrón, caía por la heladería casi todas las tardes y contaba chascarrillos, apoyado en un gran frigorífico antiguo y esmaltado.
Al atardecer, los gorriones revoloteaban sobre las copas de los árboles de la avenida Honorio Pueyrredón y salían mujeres de los mercados, empujando sus changuitos.
Se iba el sol y era hora de beberse en paz una ginebra.


(1) Región de Europa Central, al norte de los montes Cárpatos.



© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 6 de marzo de 2008

¡Segundos fuera!

Cuando de muchachos hacíamos boxeo a la sombra, y alguna otra práctica de pugilismo en el Cerro de los Locos de la Dehesa de la Villa, en Madrid –hace mucho tiempo-, no nos imaginábamos ni por lo más remoto que las chicas de nuestra edad, que leían novelas de Corín Tellado y aprendían a tejer a la vera de sus abuelas, iban, andando el tiempo, a pegarle también a la bolsa, hacer guantes, darle velozmente al “punching ball” y terminarían practicando el “rudo deporte de las doce cuerdas”, como todavía le llaman algunos cronistas deportivos al boxeo.
Uno se entrenaba en viejos gimnasios de piso de madera oscura, una lámpara de pantalla color verde inglés colgando del techo, que ocultaba una bombita que no daba mucha luz, y un olor penetrante a sudor, resina y linimento. El entrenador, Young Martin, era duro (y bondadoso). Había sido campeón de España de peso mosca.
Boxeábamos entre nosotros, los chicos del barrio. Un día, un muchacho que trabajaba en la pescadería del hermano de Indalecio, convirtiendo a mazazos enormes barras de hielo en pedacitos que se esparcían sobre los pescados, me mandó a la lona por la cuenta en el segundo asalto. Era muy bajo, muy fuerte y muy… bizco. No había manera de saber, mirándole a los ojos, por donde iba a venir el golpe.
Ahora boxean las mujeres, más duramente que nosotros, por cierto. No teníamos presente en aquella época, a pesar de que nos lo había recordado Enrique Jardiel Poncela en su comedia “El sexo débil ha hecho gimnasia”, que la hembra de todas las especies animales, incluída la humana, es la más fuerte y la más feroz. Recordemos, por poner sólo dos ejemplos, que la hembra del león es la que caza y la mantis religiosa devora al macho mientras éste la fecunda.
Las mujeres boxean, sí; hace ya bastante tiempo. Una de ellas estudia Derecho en México. Otras han pasado también por aulas universitarias. Otras son de humilde extracción.
¿Será bueno, será “cool” que las mujeres boxeen, será también cosa del modernismo? Uno cree que no, que no es bueno, sobre todo para nosotros, que en cualquier momento podemos recibir de una señorita un directo de izquierda a la mandíbula que nos deje, como a mí el bisojo, fuera de combate.


© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 2 de marzo de 2008

Besugo a la tinta

Desde que tuve uso de razón yo quise ser periodista, escribir en periódicos. Así que me pasaba la vida leyendo diarios. Y libros, también. Por eso, por tanto leer desde chico, tuve siempre facilidad para escribir. Por lo menos, eso: facilidad; excusado es decir que me pasaba la vida escribiendo.
Mi padre (1) era un pintor extraordinario y un hombre cultísimo. Me animó desde mi infancia a leer. A él le resultaba difícil escribir. Quiza fuera porque no escribía nunca, o casi nunca. No le gustaba.
Cuando llegaban las Navidades y había que escribir tarjetas de felicitación -en la época en que se escribían-, mi padre se ponía de muy mal humor. Retrasaba hasta que no podía más el momento de desenroscar la estilográfica. Porque entonces, y creo que ahora también, pero no lo sé a ciencia cierta porque ya no se escriben cartas ni felicitaciones de Navidad, era de buen tono escribir a mano; ahora están los correos electrónicos.
Entonces era cuando a mi padre le llegaba la hora de la verdad, como se le llama al momento en que el torero se enfrenta con el toro, espada en mano, para matarlo. Convertía la mesa redonda que teníamos en el cuarto de estar en un escritorio abarrotado de papel con membrete, tarjetas de visita, lapiceras, sobres, reglas y un largo etcétera. Y empezaba su calvario.
Indefectiblemente escribía felicidades Pascuas (de Navidad), en vez de felices Pascuas. Cuando releía la tarjeta, antes de firmarla, y descubría el error, se daba a todos los diablos, la rompía en mil pedazos y volvía a empezar. Mi madre, mi hermano y yo le rodeábamos, presos de una extraña fascinación. Terminábamos dándole una mano. Cuando se despachaban todas las felicitaciones, mi padre empuñaba de nuevo sus pinceles y volvía a ser un hombre feliz.
En cambio, yo me pasaba la vida escribiendo, y tenía mi armario y mi mesilla de noche abarrotados de papelotes escritos. De vez en cuando los releía y los rompía. Buena costumbre que he conservado hasta ahora
Cuando empecé a ir al colegio escribí en la revista "Juventud". Cursos después creé el periódico mural "Virtus" —título muy acorde con la España de aquel tiempo-. Mi amigo José María García Campos y yo fundamos una pomposa Sociedad de Escritores Noveles cuando ingresamos en la Universidad.
Mis padres querían que yo fuera abogado, como el noventa por ciento de los españoles. Pero yo estaba empeñado en ser periodista. Me pasaba la vida mandando artículos a los diarios que, sistemáticamente, no me los publicaban. Acuciaba a mi padre para que usara sus influencias a fin de que yo pudiera publicar algo. Pero mi padre me hacía poco caso. Quería que terminara mi carrera de Derecho. Y yo me desesperaba.
El diario vespertino "Madrid" convocó un buen día a un premio para el mejor artículo de todos los que publicaría durante un mes, seleccionados de los que recibiera durante ese lapso. Es decir, que durante veintiséis días —porque el diario no salía los domingos—, aparecería un artículo seleccionado. De entre ellos se elegiría uno, al que se otorgaría el premio.
Naturalmente, yo me presenté. Ni que decir tiene que en cuanto el diario "Madrid" aparecía en los quioscos, yo me precipitaba como un loco a comprarlo. Y nada. Pasaban los días y no salía mi artículo.
Cerca ya de fin de mes, yo me había casi olvidado del artículo en cuestión. Era época de exámenes y yo me pasaba las mañanas en la Facultad —que todavía estaba en la calle San Bernardo— y las tardes y una buena parte de la noche estudiando.
Venía a casa un mediodía, precisamente de la Facultad, en un trolebús, de pie. A mi lado viajaba una señora que, a todas luces, acababa de hacer las compras, puesto que llevaba una de esas bolsas de nylon de red, que permitían ver lo que había dentro. En la parada anterior a la mía, la señora, al bajarse, casi me metió la bolsa bajo la nariz. ¡Y allí estaba mi artículo, publicado en una página del diario "Madrid" —de formato sábana—, envolviendo un hermoso besugo, tan fresco que de sus rojas agallas manaba todavía un poco de sangre que, mezclada con la tinta del diario, emborronaba mi firma bajo el título: "El pájaro entre los coches!".
¡Besugos…, un besugo! ¡Al pájaro que le dieran dos duros!
He vuelto a escribir sobre pájaros, aunque le debo una a mi amigo Paco, el tucán del bar del hotel Tamanaco de Caracas. Pero siento especial simpatía por los besugos. De vez en cuando me como uno a la tinta.., ¡digo a la vasca!, eso sí.


1.- Faustino Alvarez Quintana, director artístico de la Real Fábrica de Tapices de Madrid durante muchos años, eximio acuarelista y restaurador de los famosos tapices de Pastrana.


© José Luis Alvarez Fermosel