sábado, 28 de enero de 2012

Los monos son demasiado buenos...

Los monos son demasiado buenos para que nosotros descendamos de ellos.
Esto no lo digo yo, claro, por más que me gusten los animales, incluídos los monos, como puede verse en la foto que ilustra estas líneas.
El autor de la frase fue Friedrich Nietzsche, que amaba a los animales, como lo demuestran las referencias simbólicas a ellos que hace en sus libros.
En cambio, despreciaba a la mayoría de los hombres, especialmente a sus contemporáneos.
Pedro González Calero nos recuerda que el filósofo de la idea del eterno retorno se abrazó llorando un día en la plaza Carlo Alberto de Turín al cuello de un caballo de tiro que estaba siendo azotado por el cochero.
No tiene nada de particular que en uno de sus aforismos se expidiera contra la teoría de Darwin, según la cual el hombre desciende del mono.
Nietzsche perdió la razón días después, no sin antes anunciar la decadencia de la filosofía y de la civilización occidental.
Así que el filósofo, poeta, músico y filólogo alemán, uno de los más radicales, ricos y sugerentes de la historia universal del pensamiento, resultó ser también un taumaturgo.
Su Übermensch (superhombre) no está. Es más, no se sabe si estuvo alguna vez. El mismo Nietzsche reconoció su ausencia.

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 26 de enero de 2012

Melones

En los veranos de Buenos Aires, cuando paso por una frutería y veo melones, me acuerdo de los veranos madrileños de cuando yo era chico, calurosos hasta el extremo de que a 47 grados centígrados sobre cero, a la sombra, no se podían tocar las barandillas de los balcones ni las rejas de las puertas de los chalés, porque se quemaba uno la mano.
Entre junio y los primeros días de agosto, cuando hacía más calor, algún chusco cascaba un par de huevos, los tiraba al asfalto reblandecido de la calzada y los huevos se freían en un dos por tres. La foto salía siempre en los diarios.

Madrid tachonado de melones

Las calles del Madrid de los años posteriores a la posguerra, cuando habíamos sacado la panza de mal año, pero todavía no nadábamos en la abundancia, se tachonaban de melones en verano.
Es que campesinos de pueblos cercanos venían a la capital con camiones cargados de melones y los vendían en puestos en las calles de los barrios populares.   
Era común, tenía mucho de ritual y llegó a convertirse en un hábito comprar un melón en la calle y llevárselo a casa bajo el brazo para comérselo en familia.
El modesto melón de Villaconejos –un pueblo de la provincia de Madrid que produjo siempre los mejores- era un manjar, en comparación con las “gachas” –una especie de puré de harina de almortas (1)-, las lentejas cocidas en agua, sin más y el musgo que crece en los tejados después de la lluvia, en ensalada aliñada con vinagre, porque no había aceite.
Esas delikatessen eran el menú diario de mis padres y abuelos en aquellos años terribles de la posguerra, según me contaron en varias ocasiones, mientras yo merendaba pan con mantequilla de Soria y café con leche condensada, muchos años después.
También me dijeron que los niños se subían a las copas de las acacias y se comían sus flores blancas, arracimadas. Las llamaban “pan y quesillo”, quizás porque se hacían la ilusión de que sabían a pan y queso. 

Las aguadoras de la Puerta del Sol

Los melones en las calles eran tan típicos en los veranos madrileños como las aguadoras de la Puerta del Sol, que te vendían un trago de agua fría que bebías a chorro de un botijo de barro blanco, o rojo, por unas monedas. Jamás hubiéramos imaginado entonces que algunos años después beberíamos agua mineral  Perrier en los cafés de París.
De los melones surcados por líneas más claras que la cáscara verde oscuro se decía que estaban “escritos”. A los redondos y amarillos colgados en las fruterías, que duraban todo el año, se los llamaba “de cuelga”. Eran bastante insípidos.
El melón ya se había aliado con el jamón serrano y se servía como primer plato en los comedores de los hoteles de lujo, en los restaurantes de cinco tenedores y en las casa de familias acomodadas. Lo más caro era el jamón, claro está.

EL melón en la historia

Javier Tomeo nos recuerda en su libro Los reyes del huerto que el melón es el fruto de una planta herbácea anual, de la familia de las cucurbitáceas, a la que pertenecen miembros tan distinguidos como la sandía, la calabaza y el pepino. Procede de Asia y, como atestigua la Biblia, ya se cultivaba en el Egipto de los faraones. Los romano los trajeron a Europa.
Los melones ocupan un lugar en la historia. El rey Maximiliano, padre de Felipe el Hermoso y, por tanto, suegro de Juana la Loca, se atiborró de ellos después de una partida de caza, mientras sudaba profusamente, y murió de una indigestión.
Los mejores melones –como dije- son los de Villaconejos, un simpático pueblecito situado a 57 kilómetros de Madrid.  
En Villaconejos hay un Museo del Melón, único en su género en el mundo, que muestra aperos de labranza utilizados desde siglos pasados hasta nuestros días y objetos del mundo y la vida de los meloneros, o cultivadores de melones.

La Bomba

Yo confundía siempre Villaconejos con Valdeconejos, un barrio cerca del mío y más allá de Peña Grande, donde estaba la Venta de la Peque, en la que  había juerga hasta la madrugada, se bebía jerez fino La Ina y whisky y se comía conejo al ajillo. Por ahí cerca debía estar también el Hotel del Negro, del que los mayores hablaban en voz baja cuando había niños alrededor.
Más cerca estaba, y era menos sicalíptico, el barrio de La Bomba, donde había un mercado al que solía llevarme mi madre cuando iba a hacer las compras. En las mañanas de verano olía a albahaca y a unas peras pequeñas que se llamaban peritas de San Juan, y eran muy duras.
En ese barrio, seguramente, cayó una bomba durante la guerra, de ahí el nombre.

(1) Chícharo, guija, pito, diente de muerto, tito… Especie perteneciente a la familia de las leguminosas (fabáceas), conocida en el ámbito mediterráneo y también en Asia y Africa.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 24 de enero de 2012

Jaque al rey

Casi todas, o bastantes monarquías europeas, que no son tan pocas, están bajo la lupa, por utilizar una expresión típica de estos casos, porque parece que se dedican a hacer negocios, y en ciertos casos no muy limpios, con el dinero que les dan sus gobiernos, que en otro orden se considera que es demasiado.
Dícese que ese dinero no es para hacer negocios, y mucho menos sucios, que para eso están los hombres de negocios.
Con una lupa de mucho aumento se observa a Iñaki Urdangarín, marido de la infanta Cristina, una de las dos hijas de los reyes de España. Iñaki habría metido la mano en la lata según los medios, que han informado y siguen informando exhaustivamente sobre el particular.
El Rey, Juan Carlos I de Borbón, se ha apresurado a poner las cartas, o sea, las cuentas, sus cuentas sobre la mesa. Se dice, también, que los cifras no dan, léase que el monarca recibiría más dinero del que afirma que recibe.
Así las cosas, se habla de imponer planes de ahorro a las casas reales, en tiempos de ajustes que aprietan casi hasta la asfixia a quienes no ciñen coronas reales.
Enterada del rumor, la reina Isabel II de Inglaterra, unas de las soberanas más ricas del mundo, por su casa, se ha puesto a ahorrar y deambula  de noche por las habitaciones del palacio de Buckingham, donde vive, apagando las luces que se han dejado encendidas; y aprovecha los sobres de las cartas que recibe para usarlos en las comunicaciones a sus empleados y personal de servicio.
Este sentido del ahorro, cuando se poseen cantidades astronómicas de dinero, a mí no deja de parecerme grotesco.
Recuerdo lo que me pasó con el millonario estadounidense Paul Getty, el rey del petróleo, a quien entrevisté hace muchos años en su residencia de Sutton Place, cerca de Guilford, Inglaterra, gracias a una gestión de Claus Von Bülow. Me cobró los cafés a los que me invitó, uno por cada día de los tres que me concedió para la entrevista (media hora por día).
No sólo los reyes y los millonarios, también otros seres destacados se distinguen por sus miseriucas.
Voy a traer aquí sólo dos de los ejemplos que recoge Francisco Umbral en su libro Las palabras de la tribu.
Miguel de Unamuno, el gran pensador español del siglo XX, junto con Ortega y Gasset, tras haberse dejado invitar continuamente por un amigo que lo visita en Salamanca, renuncia a que le pague el café de despedida en la estación:

- De ninguna manera, cada uno lo suyo.

Gerardo Diego, de quien Borges decía que en vez de tener un nombre y un apellido, como todo el mundo, tenía dos nombres, era cobarde y avariento, según Umbral, que relata el siguiente sucedido:

En el café dio siempre cincuenta céntimos de propina a Pedro, el camarero. Incluso para la época era poco. Un día se le cayeron las cinco monedas de diez céntimos al suelo y le dijo al mozo, al irse:

- Por ahí se ha caído la propina. Búsquela.

Diego mandaba a los concursos literarios la plica en sobre transparente, de modo que los jurados leían “Gerardo Diego” y le daban el premio, todos los premios.
Desilusiona conocer personalmente a muchas lumbreras de las letras y otras disciplinas relacionadas con el arte, la cultura, la ciencia, ni que hablar de la política, la diplomacia, la farándula, el deporte y un interminable etcétera.
Recomiendo la lectura del libro Egos revueltos, de Juan Cruz, acerca de los egos de los escritores. Y también las notas relacionadas sobre las travesuras regias.

© José Luis Alvarez Fermosel

Notas relacionadas:

Del autor:

viernes, 20 de enero de 2012

La obsesión del teléfono móvil

Un cable de la agencia española de noticias EFE, informó de cómo tuvo que interrumpirse un concierto de la Filarmónica de Nueva York porque un espectador hizo sonar su teléfono y se puso a hablar por él. La Agencia France Presse (AFP) publicó a su vez una nota que recoge una entrevista del The New York Times al infractor, que expresó su pesar e incluso dijo que pasó dos noches sin dormir, mortificado por su conciencia.
En una entrevista que me hizo en una oportunidad en la televisión Mora Furtado, a mí y a otras personas, la gentil y competente comunicadora se interesó al final del programa por lo que nos llevaríamos cada uno de nosotros a una isla desierta.
Una mexicana muy simpática contestó en el acto que ella se llevaría su teléfono móvil. Y remachó que no podía vivir sin él.
Un macho posmo fue más lejos. Le pregunté:
-¿Qué harías sin celular?
Se puso pálido, me miró de través y me contestó, con verdadero convencimiento:
-¡Me moriría!
Y añadió:
- No concibo la vida sin teléfono celular.

© J. L. A. F.

Notas relacionadas:

jueves, 19 de enero de 2012

El culto al feísmo

Estamos en la era de la fealdad, del feísmo. En todo y por todo.
El culto a la fealdad, a lo feo, constituye una peculiaridad de nuestros tiempos, como la obsesión por comunicarse cuando se tiene algo que comunicar y cuando no se tiene, el mal uso del idioma, la mala educación y otras lindezas,
Esto pasa en Argentina, en España, en Brasil, en Estados Unidos, en Madagascar…
Mi compatriota y colega Antonio Muñoz Molina, académico de la Española, se refiere “in extenso” a este asunto de tanta actualidad, centrándose en los edificios modernos, en la nota relacionada, publicada en el suplemento de cultura Babelia del diario El País de Madrid.
No sólo los edificios son feos. También los modos, maneras, atuendos, el habla, la moda, las costumbres…

© J. L. A. F.

Notas relacionadas:

Del autor:

martes, 17 de enero de 2012

La importancia de la anéctota

He sido criticado más de una vez por sabihondos en ejercicio de su infinita sabidurá por partir de la anécdota para elaborar una columna, o un comentario, cuando trabajaba en la radio.
- ¡Al grano, al grano; informeta, informeta!, me dijo más de un capataz del oficio, como si el programa no hubiera tenido un noticiero cada media hora, con locutores que informaban  rigurosamente de la actualidad.
Hoy me encuentro en el diario El País de Madrid con un trabajo muy bueno de Ferrán Ramón-Cortés -que relaciono con este post- en el que dice que “es mucho más fácil recordar una buena anécdota que una información precisa”.
Ramón-Cortés expresa conceptos del máximo interés en torno al axioma de que hablar no es siempre comunicar. Ese es, precisamente, el título de su artículo, que no tiene desperdicio. Es un poco largo, pero no habría que perderse ni una línea.

© J. L. A. F.

Nota relacionada:

sábado, 14 de enero de 2012

El "bric-à-brac" del puerto

Cerca del puerto hay un viejo baratillo colmado de heteróclitos objetos procedentes, casi en su totalidad, de la pacotilla marinera.
Un zorro disecado –y apolillado- al fondo, cómodas de madera oscura, espejos nublados, acuarelas que perdieron su alegría hace mil años, libros con las páginas amarillentas.
Tinteros de plata, renegridas tumbagas y un bastón estoque de caña de Malaca con puño de bronce en forma de cabeza de caballo; y debajo el escudo de España en oro y esmalte, como los gemelos del señor marqués, que va todas las tardes a tomarse unos whiskies al bar vasco, con cuadros de regatas, remos cruzados y redes de pesca en las paredes.
En el “bric–à–brac” del puerto se mezclan antiguas lámparas Davy de minero con cantimploras de campaña, cigarreras de oro con iniciales –alguna vendida, quizás, para pagar una deuda de juego o un turno en un “meublé” de lujo para una cita galante-, mapas polvorientos, sextantes. (“Tu negro piano, lleno de sextantes, solloza un vals entre los planisferios…”.)
De una percha de madera oscura pende un pequeño fanal oxidado; de otra, una chaqueta azul de almirante con botones dorados.
El dueño del tabuco quincallero es más bien bajo, tiene los ojos pequeños y azules, casi siempre semicerrados, como las personas acostumbradas a mirar a lo lejos: los marineros, los moros del Rif (1) y la gente de trueno, a ver si hay una buena pelea en la que meterse.

Loro monárquico

Todos llaman Maurice al baratillero de zarandajas y socaliñas, aunque saben que ese no es su verdadero nombre. Dicen que fue marino y que de noche repasa un viejo cuaderno de bitácora a la luz de un lámpara de cobre, como las de los camarotes de los antiguos galeones.
Faltan en la vieja almoneda el mirlo de alas rojas y la tanagra escarlata de Stendhal; pero hay un loro grande, un guacamayo hermoso de plumas bermejas, azules y verdes que grita cada tanto: ¡Viva el rey! –nadie sabe cuál- desde su jaula, ubicada en un rincón junto a un fusil de retrocarga tipo Hall (2).
Fuera, el mar y el horizonte lejano. Casi cada día se alternan el sol y la bruma. Mañanita de niebla, tarde de paseo.
Gabarras. Y las grúas, que parecen esqueletos de hierro.
El vetusto “bric-à-brac” extemporáneo tiene un aire enigmático y ligeramente sórdido, como casi todos los establecimientos de ese ramo, húmedos, con olor a óxido de hierro y a una especia difícil de identificar.
La luz del puerto es ambarina y amable, cuando el día está límpido. En las bodegas esperan a que se haga de noche para salir todos los gatos que de noche son pardos.
Una vela triangular, mediterránea. “Junto al mar latino te diré mi verdad…”.

(1) Comarca del Norte de Africa.
(2) Apellido de un armero inglés, autor de un proyecto de fusil patentado en 1818, del que se hizo un prototipo experimental en Nápoles.

© José Luis Alvarez Fermosel