martes, 16 de octubre de 2012

Una firma sin carta



Esto de mandar al prójimo cartas anónimas -para insultarle, naturalmente-, tiene su miga; en realidad, quise decir su mala leche, y cuando dije cartas estaba pensando en las de antes, en las que se escribían con pluma estilográfica y en papel, que en el caso de algunas personas distinguidas era timbrado, es decir, que llevaba impreso en el angulo superior izquierdo, un poco más abajo, el nombre y apellidos del usuario, por lo general en letra inglesa. El papel y el sobre, ni que decir tiene, eran de muy buena calidad.
Insultar anónimamente al prójimo por correo electrónico no es común, porque el remitente podría ser descubierto, lo cual le atemorizaría. Los que mandan anónimos son siempre cobardes y procuran por todos los medios que no se los descubra, por si hay hostias.
Todo esto para terminar contando la anécdota de Bernard Shaw, que recibió un día una carta: un papel escrito a mano, metido en un sobre y pegado a éste, sobre la dirección del destinatario, uno o varios sellos de correos. Creo que ya hemos descrito con lujo de detalles lo que en tiempos remotos se llamaba carta, epistola, misiva o esquela.
La carta contenía una sola palabra: “¡Imbécil!”. Nada más, ni encabezamiento, ni texto, ni mucho menos firma, pues que era un anónimo.
El gran escritor irlandés, uno de los dramaturgos más sobresalientes de su época, magnífico ensayista, premio Nobel de literatura en 1925 y hombre ingenioso y con sentido del humor, dijo al abrir el sobre y leer la única palabra que contenía la supuesta misiva: “He recibido muchas cartas sin firma, pero ésta es la primera vez que recibo una firma sin carta.

© José Luis Alvarez Fermosel

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