martes, 15 de marzo de 2011

Camino a Ogden

El cochecito, tirado por un caballo blanco que parece brioso, se acerca a un edificio de sólida construcción española, rodeado de árboles.
Sólo se ve del auriga parte de un brazo que asoma por el pescante. La mano empuña un largo látigo.
Para mí que se dirige a Ogden –capital del condado de Weber, en Utah, uno de los Estados Unidos de América del Norte, cuya capital es Salt Lake City, la ciudad de los mormones-.
El tílbury ha tenido que atravesar parte de una comarca cuyo terreno está alfombrado por flores silvestres. El invierno fue lluvioso, pero llegó la primavera y el desierto recoge el premio.
Cactos gigantescos, saguaros de más de cinco metros de altura, nopales, chovas, biznagas, pitahayas semejantes a verdes tubos de trombones que sólo la naturaleza podría hacer sonar.
Todo florecido. Esas plantas fantasmales dan unas flores blancas y amarillas de una hermosura excepcional.
Las colinas ascienden hasta convertirse en montañas rocosas.
El cañón del Eco, un cúmulo de pirámides, riscos, montes, agujas y aislados torreones de piedra. Años después se levantaría allí el poblado de Eco, regado por manantiales de agua purísima.
Utah pasó a formar parte de México en 1821, como parte de la Alta California, al independizarse México de España.
California era todavía española durante el reinado de Carlos III, que habría de ayudar a George Washington en su Guerra de la Independencia contra los ingleses, hecho histórico que pocos de los actuales estadounidenses deben recordar.
El caso es que el cochecillo…
- Perdón, señor; estamos en el año 2011.
- ¿Cómo dice?
- Que ha pasado mucho tiempo de todas esas cosas que usted recuerda –y al mismo tiempo imagina-, comentando un dibujo. Estamos en el siglo XXI, en pleno apogeo de la Revolución Tecnológica y la Globalización.
Técnología de punta, homogeneización, colectivismo, panópticos…¡Pues es verdad, estamos en el siglo XXI!

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:
No sólo fue Lafayette

lunes, 14 de marzo de 2011

Civilización

Todo sea por la civilización. Todos los sacrificios que se hicieron por y para la civilización, bien hechos estuvieron.
Ahora, es decir, desde hace mucho tiempo, tenemos civilización.
¿La tenemos, realmente? ¿Campea la civilización en su estado más puro sobre el mundo entero? ¿Somos, estamos todos civilizados?
Lo que verdaderamente poseemos es tecnología; una tecnología que avanza tan rápidamente, que exige tantos conocimientos, tanta memoria y tanta paciencia que a los coetáneos de Gutenberg -o poco menos-, como nosotros, nos trae por la calle de la Amargura.
La civilización está encastrada ahora en la globalización: una marcha sin vuelta atrás hacia un mundo uniforme y deshumanizado.

Los indígenas vestidos

Hasta que se impuso, la civilización cobró muchas víctimas.
A una isla del Pacífico, o a un rincón escondido del sur del continente americano llegaron en cierta oportunidad unos agentes de la civilización, que se horrorizaron al ver al personal en cueros vivos.
Inmediatamente vistieron a todo el mundo con telas gruesas y pesadas.
Cuando los indígenas iban desnudos, el agua de la lluvia resbalaba por sus cuerpos, que en cuanto dejaba de llover se secaban.
Al vestirlos, las telas que los cubrían absorbían el agua y permanecían húmedas durante mucho tiempo, pegadas a los cuerpos, que no se secaban, y además se enfriaban.
En pocos años todos los indígenas murieron de pulmonía y otras afecciones similares, provocadas por aquellos atuendos destinados a hacer de ellos seres civilizados, o por lo menos vestidos.
Esa matanza fue un grano de anís, comparada con otras más directas, más drásticas y más numerosas.
Hoy, sin ir más lejos, civilizados como estamos seguimos matando gente por unas causas o por otras, por unos procedimientos o por otros.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 8 de marzo de 2011

Historia oriental

Conocí hace mucho tiempo, en Los Angeles, a un joyero y orfebre chino, cuyo establecimiento recordaba la bodega de Lugarn Sahib transformada en la cueva que vio Kim de la India.
El barón Von Katz y yo frecuentábamos la tienda de Ah Tsing, en la que había muebles laqueados, tapices de vivos colores, tejidos a mano; telas de seda con bordados de dragones y aves del paraíso, un volumen en cuarto de Li Tai Ming T’su T’ou P’u, de Hsiang Yuan – p’ien (1), aguamaniles, tallas de jade y “objets d’art” de diseño y confección orientales.

La daga china

A mí me gustaba mucho una daga, la más hermosa e interesante de todas las dagas chinas que he visto en mi vida. La hoja, cuadrada, con esquinas cóncavas, era de acero purísimo. Mediría poco más de quince centímetros. Su grosor disminuía aproximadamente un centímetro y medio o dos de la guarda a la punta, afiladísima.
La guarda era curva, de oro bruñido, y estaba grabada con el sello de su primer dueño. El mango, cilíndrico, forrado de seda roja, tenía el clásico cordón de nudos colgando de un lado. La daga estaba coronada por un diminuta efigie de Kuan Ti, la diosa china de la guerra, labrada en jade amarronado.
No hubiera podido comprarla, porque costaba una fortuna, y Tsing lo sabía. No la hubiera malvendido jamás.

Incienso

En el negocio de Ah Tsing nubecillas de incienso ascendían de los pebeteros de verdoso bronce en el que se quemaba lentamente. En una pecera retozaban extraños peces azules. Un perro Fox Terrier rondaba el pequeño feudo de Tsing, que cuando se sentaba a la puerta de su tienda tenía siempre al perrillo acurrucado a sus pies.
Ah Tsing era la viva imagen del chino que se ve en las ilustraciones de las novelas de aventuras y las películas: no muy alto, encorvado, de pelo escaso, blanco y muy fino y bigote y perilla largos, del mismo tono blanco mate del pelo. Representaba cien años, pero probablemente tenía algunos menos.
Fumaba en una pipa de marfil trabajada con primor, en forma de serpiente alada que sostenía con la boca la cazoleta donde se quemaba un tabaco aromático y dulzón.

El jarrón

En una de mis visitas observé en un rincón del tabuco abarrotado un jarrón oval de factura exquisita, que muy bien podría haber salido de las manos de los ceramistas Sung.
Se lo comenté a Tsing, que naturalmente no me dio ningún dato, pero me contó una historia que repito ahora, muy resumida. Acaso convenga explicar que yo no hablo chino y Tsing se manejaba muy bien con el inglés, así que hablábamos en ese idioma.
El jarrón era el resultado del trabajo de un artista que después de mil trescientos fracasos consiguió confeccionar la obra que estaba buscando. Con objeto de mantener vivo noche y día el fuego donde hervía la “pâte” quemó todos los árboles de sus bosques, las vallas de su jardín, su lecho, sus libros y cuanto poseía. Cuando el jarrón estuvo terminado se lo ofreció a la mujer cuya belleza había tomado como modelo.
Trémolo de batintín y fin de la historia.

(1) Descripción ilustrada de porcelanas famosas de distintas dinastías chinas. S. W. Bushell tradujo al inglés esta obra.

© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 6 de marzo de 2011

El pan en el refranero

Al pan, pan; y al vino, vino.
Dame pan y llámame tonto.
Si quieres que te siga el can, dale pan.
Pan con pan, comida de tontos.
A buen hambre no hay pan duro.
Pan de hoy, hambre para mañana.
Ni pan recalentado, ni enemigo reconciliado.
Por mucho pan, nunca es mal año.
Con vino añejo y pan tierno se pasa el invierno.
Bocado de pan, rajilla de queso y de la bota un beso.
Pan de centeno para tu enemigo es bueno.
Pan candeal, pan celestial.
El muerto a la mortaja y el vivo a la hogaza.
Quien no da migas, no tendrá amigas.
Pan rebanado sin vergüenza es masticado.
Pan y agua, vida hambrienta o vida sana.
Pan de ayer y vino de antaño mantienen al hombre sano.
Pan que sobre, carne que baste y vino que no falte.
Quien de mano ajena come pan, come a la hora que se lo dan.

© Por la transcripción: J. L. A. F.

sábado, 5 de marzo de 2011

Sincronía


viernes, 4 de marzo de 2011

Historia de perros

Los antepasados de don José de Ribera eran originarios de Hierbabuena, que después se llamó San Francisco, dejó de pertenecer a los españoles, pasó a manos de la República Mexicana y en 1848 a las de los norteamericanos.
Don José –a quien nadie llamaba Pepe- era muy alto y muy fuerte; a decir verdad, era enorme, aunque no más que un camión con acoplado.
Tenía mal genio. Siempre estaba rezongando. Pero su mirada, clara y directa, denotaba que era buena persona. Grándote, gruñón pero bueno.
Don José de Ribera tenía tierras y ganado en San Francisco, donde había hecho fortuna, pues no sólo tenía la mano fuerte, sino también la inteligencia muy despierta.
Su otro yo era su contable y apoderado Francisco Iniesta –a quien todo el mudo llamaba Paco-, que era un perro fiel.

Como un perro

Paco le dijo un día a don José:
- Me recuerdas a un perrazo que tuve, y no te ofendas porque te compare con un perro. Al fin y al cabo, es uno de los animales más nobles que existen. Más noble que el animal humano.
- Si me vas a endilgar una de tus historias, házlo ahora que no tengo nada que hacer.
Y don José se repantigó en un cómodo sillón Morris, encendió un puro y se dispuso a escuchar con una paciencia que no era, precisamente, el rasgo más saliente de su carácter
Paco se sirvió un whisky de un armario con botellas que tenía don José en su despacho, donde se encontraban los dos hombres, y siguió con su historia.
- Aquel perro era muy grande. Y siempre estaba de mal humor. Siempre gruñía. En todo momento parecía dispuesto a tirarse al cuello de todos sus semejantes, y de los hombres. Cualquier cosa le arrancaba un gruñido de mal genio. Un día…un día trajeron un perrillo de México, creo que un Chihuahua, o un Ratón Mexicano. Era un animalito muy nervioso, siempre estaba moviéndose. A mí me recordaba a una lagartija. Al otro perro no le cayó muy bien, que digamos. A cada momento le apartaba de su lado y parecía jurar que iba a comérselo; pero no se lo comió, y hasta le hizo un lugar en su caseta, y le daba lo mejor de su comida, porque creía que su delgadez y su pequeñez se debían a la falta de alimento. Siempre gruñía, eso sí; siempre estaba de un humor…de perros.

Sospechosos

Las personas a quienes no les gustan los animales son sospechosas. Les falta algo. No debieron tener nunca una mascota, ni jugaron con un gato joven –lo cual es una delicia-, ni nadie los llevó de niños, quizás, a un zoo. O acaso padezcan un complejo, o una frustración.
Los que maltratan, los que torturan, que de todo hay en la viña del Señor, a los animales son gente de avería, no cabe duda. Sufren de alguna distorsión mental, algo les falla, no son enteramente normales. Lo mejor es tenerlos lejos.
Un amigo mío catalán es más drástico. Dice que alguien que maltrata a un animal es un “mal parit”.
Sorprendidos “in fraganti”, deberían ser castigados; ¡hombre, no precisamente a cadena perpetua, tampoco hay que exagerar!
No estaría mal sancionarlos con una multa, o condenarlos a prestar servicios comunitarios durante un tiempo determinado.

© José Luis Alvarez Fermosel

N. del A.: Escribo México y mexicano con equis y no con jota porque a los mexicanos “les provoca”, como dicen ellos, la jota.

martes, 1 de marzo de 2011

Por el Madrid de los Austrias

Calle arriba, calle abajo…
Ya no está más el cine San Miguel, donde vimos una de nuestras primeras películas: El prisionero de Zenda, con Madeleine Carroll, Ronald Coldman y Douglas Fairbanks Jr.
Hay un nuevo mercado, super moderno, impresionante. Al viejo se lo llevó la trampa.
Una carpintería de la que sale un aroma agradable de madera y aserrín fresco. Faroles.
Se remansa el sol triste de la tarde.
Unos niños corren calle abajo, riendo y gritando. Calle abajo.
Yo voy calle arriba, reconociendo las fachadas y los portales, pisando las mismas piedras a la misma hora de la tarde, con su sol triste y su silencio.
Una niña con un delantal azul a cuadros. Calle de Puñonrostro. (¿Qué puño en qué rostro...?) Plaza del Cordón.
Allí iba yo a buscarla todas las tardes, cuando las sombras ganaban la plaza solitaria. Se llamaba Elisa. Tenía los ojos verdes y estrechos como los de Ella Raines, una actriz de la “belle époque”. Nuestros amores fueron tempestuosos, por no decir malditos.

Basílica de San Miguel

Basílica de San Miguel. Un ciprés, a la izquierda. En ese portal, en la misma silla de enea, la misma anciana de negro haciendo encaje de bolillos. Revuelo de vencejos empapados de azul.
A la derecha, en un balcón del primer piso, una muchacha morena mira la plaza sin verla, pegando la nariz a los cristales. Pasa un perro lobo, cachazudo. Una voz ronca grita a lo lejos: "¡Paco, Paco...!".
Las campanadas alegres de San Andrés, en la plaza de los Carros, y las del convento de las Carboneras. El tañido solemne y ceremonioso de la Nunciatura.
Puerta Cerrada. Tabernas de vinazo y moscas. Esquinas y zaguanes. Celosías.
Calles del Conde y del Cordón. Plaza de la Cruz Verde. Las cavas: La Cava Alta, la Cava Baja. Mesones.
Viejas posadas, las mismas de hace cuatro siglos. Pero ya sin posaderos cetrinos con patillas de boca de hacha y mozas garridas, sin arrieros cansados de capas negras. Sus mulas castañas cubiertas de polvo en el patio de piedra.
Más al fondo, el Viaducto, la catedral de la Almudena, con su cúpula verdosa; la taberna Ciriaco, a la que iba con frecuencia a comer con mis padres. Guisantes con jamón, picadillo de chorizo de cerdo, alubias con perdiz, arroz con leche, el vino leve de La Rioja…

El Madrid medieval

El Madrid medieval, el Madrid de los Austrias es el primer Madrid monumental y arquitectónico. Tiene su eje en la Plaza Mayor, la Plaza de la Villa y sus inmediaciones.
La Plaza Mayor hunde su origen en la Edad Media. Sus edificios más antiguos -como la Casa de la Panadería- datan del siglo XVI. Se elevan sobre los típicos soportales castellanos.
Nueve puentes dan acceso a este gran claustro laico, que encierra la historia del Madrid renacentista.
En la Plaza Mayor se lidiaron toros, se festejó la canonización simultánea de cinco santos: Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier, San Isidro y San Felipe Neri. También se celebraron autos de fe y se coronaron reyes, entre otros Felipe V, Fernando VI y Carlos IV.
En la Plaza de la Villa está la Municipalidad de Madrid, con la estatua de Alvaro de Bazán (1) en el centro.
Alrededor de estas plazas se encuentran las calles más encantadoras del Madrid de los Austrias. Algunas tienen nombres impresionantes: Calle del Sacramento, de la Amnistía, de la Independencia, de la Vida y la Muerte…
El Madrid viejo, silencioso al atardecer, con sus sombras, sus misterios, sus leyendas, cobra una prevalencia y una solemnidad que se prestan a la evocación de reyes, guerras, romances, intrigas, entrechocar de espadas en oscuros pasadizos y el “¡ténganse al Santo Oficio!” de las rondas de corchetes (2), linterna y lanza.
Y yo vengo con mi vino,
cinco estrellas
en mi sangre.
En las fachadas se hielan
yesos de nicho…

(1) Primer marqués de Santa Cruz. Marino de brillante carrera que se distinguió en la batalla naval de Lepanto contra los turcos (1571). Allí fue herido en un brazo, que le quedó inutilizado, Miguel de Cervantes Saavedra, a quien desde entonces se llamó El Manco de Lepanto.
(2) Ayudantes de los alguaciles del Santo Oficio.

Ilustración:
Acuarela de Pedro Barahona

© José Luis Alvarez Fermosel