miércoles, 30 de enero de 2008

Otras historias de frontera


Jorge R. Servent vuelve con sus “Otras Historias de Frontera” a tocar un tema que le es familiar y querido, al que se refirió in extenso en sus “Historias de Frontera”, que obtuvo en 2002 La Faja de Honor de la Sociedad de Escritores de la provincia de Buenos Aires.
Historias de fogatas de campaña, de vida de guarnición, de selva, de montaña, de mar…
No en vano Servent, nacido en Tinogasta, provincia de Catamarca, se desempeñó durante 33 años en la Gendarmería Nacional Argentina como oficial superior, retirándose con el grado de comandante mayor.
La palabra frontera y todo cuanto se relaciona con ella tiene magia, romance, intriga. La gente de la frontera es muy particular, tiene algo de vivencial y enigmático y ese no sé qué viril, duro, de la gente que ha estado en peligro.
Este nuevo libro de Servent sobre las fronteras cuenta historias de gentes congregadas alrededor del fogón, junto a la rueda de mate, al pie de la inmensidad de la cordillera o a la orilla de los lagos del sur. Hay emoción y hay anécdota.
Servent compatibilizó su carrera de gendarme con la de escritor. Le fue bien en ambas.
De este libro que comentamos hoy se ha dicho que en sus páginas late la plenitud de la memoria y del sentimiento repartido entre el cielo y la tierra, cuando los hombres se sienten más unidos y abiertos para compartir sus vivencias y sus sentimientos.
“Otras Historias de Frontera” fue editado por Vinciguerra en 2005. Tiene 167 páginas y los dibujos de la tapa e interiores son de Néstor Olivera.
Otro jefe de la gendarmería, Luis Gasulla Fernández, con cuya amistad nos honramos, ganó el prestigioso premio español de novela Nadal, en su edición de 1974, con “Culminación de Montoya”, que editó Destino.


© José Luis Alvarez Fermosel

domingo, 27 de enero de 2008

Rubaía 22

—¿El día que pasó?
¡Olvídalo!
—¿El día que no ha llegado?
¡No le temas!
¡Amigo!
No tortures el corazón
en la expectativa del día por nacer,
no quieras vivir
lo que todavía no sucedió,
y no busques lamentar
el día que ya se fue.

Sosiega,
y no corrompas la vida
con temores y quimeras.

Entre los pliegues del pasado
y el dintel del porvenir,
en esa maraña de creencias,
en medio de los engaños del mundo
y los terrores del más allá,
mantente libre
y sé feliz.


© Omar Khayyam

Omar Khayyam, o Khaiame, Kheyyám, Jayyam o de otra manera, nació en 1040 en Nisapur, en la antigua Persia. Fue un poeta excelso, vital por sobre todas las cosas, amante de la naturaleza, el vino, las mujeres, las flores, los niños, los pájaros...
Se calcula que murió en su ciudad natal a los 85 años, lúcido y sabio.
Fue también matemático, físico, astrónomo y filósofo. Vivió atribulado por la incógnita del ser.
Se refugiaba a veces en la taberna, donde el vino color rubí quizás consiguiera hacerle sentir menos apretado el dogal con que le apretaba la estolidez de los contemporáneos.
Así nacieron, probablemente, las rubaiatas –rubaía en singular-, concisas composiciones sentenciosas pero impregnadas de una sutil poesía sobre la brevedad de la vida y el destino humano, pero en clave optimista: deslumbrantes acuarelas de naturaleza, ardientes efusiones de amor, sabiduría auténtica totalmente desprovista de solemnidad, fatuidad y yoísmo. Corrían épocas con más vigor intelectual y físico que “glamour” y la moda era esquemática.
La rubaía 22, reproducida en persa sobre estas líneas, está incluída en una excelente edición de “Las rubaiatas”, traducida y prologada por el portugués Cristovam de Camargo.
La editorial Losada dio a la luz esta edición, incorporada a la Biblioteca Clásica y Contemporánea.
El diario La Nación de Buenos Aires dijo: “Camargo renunció a una traducción que siguiera la estructura rimada del original, a favor de un texto muy ajustado al pensamiento de Khayyam y su riqueza de expresión lírica. Este propósito derivó en un material de intensa belleza”.

Un hombre bajo y probablemente rico y poderoso

La casilla de “paddock” está situada en un extremo de la pista. Desde ahí se ven los caballos –de carreras, a las que va la gente a jugarse el dinero y lo pierde, como uno, o de salto de vallas y otros obstáculos-.
Erigimos aquí nuestra casilla de “paddock” a modo de garita de centinela, de ventanal que da a la calle, de esquina para ver pasar la gente y la vida.
Pues bien, iba uno ayer por la calle Florida –buen mirador-, camino del sotabanco de un zapatero remendón que le arregla a uno los zapatos, cosa ésta de llevar los zapatos a que les pongan medias suelas, o tacones, que no es propia de gente paqueta “cool”. Uno no lo es, no es paquete “cool” y lo confiesa a los cuatro vientos y a son de trompeta.
De pronto, destacándose entre la gente que iba en dirección contraria a la de uno, venía un hombre muy bajo, de espaldas anchas como las que suelen tener algunos hombre bajos, a quienes pareciera que la Naturaleza hubiera querido compensar.
El transeúnte en cuestión era feo, la verdad. Tenía la cara ancha, la nariz roma, la mandíbula enorme y la boca muy grande, que mantenía entreabierta. Mascaba chicle, se las arreglaba para mascar chicle teniendo la boca semicerrada. La goma de mascar iba y venía de un lado a otro entre los dientes, grandes y amarillos.
El hombre bajo, que representaba poco más de 50 años, tenía ese desenfado, ese caminar seguro y ese aire un poco desafiante de muchos bajitos. La expresión de sus pequeños ojos oscuros era la de alguien que no hace mucho que se ha topado con la riqueza y, por tanto, con el poder, con una cierta cuota de poder, al menos.
Era la imagen viva de la pujanza y la potencia, casi de la prepotencia. Pasó al lado de uno rozándole. Si uno le hubiera estorbado en su caminar rápido y seguro, quizás le hubiera empujado.
El hombre bajo, de tez rosácea y pelo entrecano, iba vestido de cualquier manera, con un trajo pardo, barato y arrugado y no tenía, desde luego, el aire casual y distinguido de un “chargé d’affaires”, o el aspecto relajado de quien practica judo. No alcanzaba un nivel estético ni siquiera mediano en la escala de Mercalli.
Si es verdad que los hombres de menguada estatura tienden a sobrecompensar, éste sobrecompensaba a conciencia, dueño de sí mismo y Dios sabe de cuántas personas más. Caminaba a grandes trancos, manoteando, tan derecho que parecía incapaz de doblarse, y mucho menos aún de doblegarse. Daba la impresión de ser uno de esos hombres que le espetan a uno cada dos por tres:
“Yo siempre digo…”.
Hay hombres altos, delgados, apuestos, que van por la vida con sordina, con sus dudas, su esplín y su nostalgia, sin poder y sin gloria, diremos parafraseando el título de aquella novela de Graham Greene (1).
La pinta es lo de menos, decía una cancioncilla muy popular en los años 70. Es verdad. “La belleza es una carta de recomendación que de antemano gana los corazones”, dijo Schopenhauer (2). ¡Bah, cosas de filósofos!
Los versos de Joaquín Sabina (3):

La belleza es un rabo de nube
que sube de dos en dos las escaleras,
un carné exclusivo de socio
del pingüe negocio de la primavera…

(1) Escritor inglés, autor entre otras obras de la novela “El poder y la gloria”.
(2) Filósofo alemán que afirmó que sólo el arte supera parcialmente el dolor asociado con la carencia y el deseo.
(3) Cantautor español, buen poeta de lo callejero y popular.

© José Luis Alvarez Fermosel


jueves, 24 de enero de 2008

Pilates

Entre tantas otras cosas que desde hace ya tiempo están de última moda se encuentra la gimnasia, es decir, ir al gimnasio. Si se quiere ser paquete “cool” hay que…hacer pilates y, sobre todo, seguir la filosofía de los pilates. La mayoría de los aspirantes a paquetes “cool” piensa que los pilates son palotes, pivotes, pilotes, petates, pelotas o algo así. No son nada de eso ni tienen que ver nada con Pilatos –el que se lavó las manos-.
La técnica de pilates –tal es el nombre correcto- se debe a Joseph Pilates (1880-1967), nacido en Dusseldorf (Alemania) y exiliado en los Estados Unidos, que no podía practicar deportes en su niñez y en su adolescencia por su mala salud y su débil constitución física.
Detenido en 1914 –al estallar la Primera Guerra Mundial-, como tantos alemanes residentes en Inglaterra en aquel entonces, desarrolló una técnica gimnástica que practicaron sus compañeros de prisión y él mismo, mejorando así su condición física.
La técnica en cuestión consiste en hacer determinados ejercicios en el suelo –sobre colchonetas, o con la ayuda de máquinas especiales-.
El objetivo es tonificar los músculos y mejorar la estabilidad del cuerpo. Así de fácil. No hay filosofía alguna que seguir, ni milagros que esperar, ni hacer este tipo de gimnasia eleva la posición social de quien la practica ni le da a nadie una categoría especial o significativa..
Lo positivo, lo bueno y, sobre todo, lo real es que moverse, hacer ejercicio en un gimnasio, o en la calle o en un parque, correr o caminar al menos día de por medio 40 cuadras a buen paso es muy saludable y puede resultar incluso placentero, una vez que se adquiere el hábito y uno se desenvuelve bien.
Es imprescindible, antes de empezar, hacerse una revisión médica completa y averiguar si uno está en buenas condiciones de salud.
La clave, en el gimnasio, está en la forma de trabajar. Casi nunca se hace lo que se tiene que hacer, la mayoría de las veces por ignorancia y por la soberbia que ésta genera, que suele determinar que los asistentes, sobre todo los de mayor edad -¡parece mentira!, se nieguen a seguir las instrucciones de los profesores o monitores, aduciendo que ya saben ellos muy bien lo que tienen que hacer. No lo saben.
Quienes frecuentamos regularmente gimnasios –comunes y especializados- estamos hartos de ver a esas personas matándose en las cintas o en las bicicletas durante horas, o levantando cargas demasiado pesadas con gran esfuerzo.
Así se originan los esguinces, las tendinitis, los desgarros de fibras y otras lesiones y trastornos de la salud, incluídos los infartos. La gimnasia que se hace mal, además, no sirve para nada.
Está muy bien que la gente haga pilates, o “fitness” -como se dice ahora para presumir de fino y de culto-, pero para estar mejor, no para seguir la moda o bajar la panza, que no se baja levantando pesadas mancuernas sino practicando ejercicios aeróbicos moderados y siguiendo una dieta de adelgazamiento, todo bajo la prescripción y la supervisión de profesionales de la medicina y de la cultura física.
Para hacer ejercicio hay que hidratarse bebiendo una cierta cantidad de agua antes, durante y después de la práctica, que debe ser siempre moderada. Esto deber hacerse para compensar el agua que se pierde con la transpiración.
Cuando se trabaja con máquinas con carga el arranque, o sea, el primer movimiento, también llamado la fase positiva, ha de hacerse con fuerza, contrayendo los músculos y tomando aire. La fase negativa, o el descanso, tiene que ser lenta y durante su ejecución se suelta el aire.
Es mejor repetir varias veces un ejercicio con un peso moderado -3 series de 12 ó 15 repeticiones, 3 de 20 ó 4 de 15- que manejar mucho peso en series de pocos movimientos.
Es imprescindible elongar –estirar los músculos- después de cada ejercicio, antes de pasar al siguiente, así como mantener alineado el hombro con el codo y la muñeca.
Si uno practica en su casa, lo ideal es hacerlo 40 minutos todos los días, 20 por la mañana y 20 por la tarde. Así se queman más calorías.
También es bueno caminar rápidamente. Cuanto más cortos y más rápidos sean los pasos, mayor será el ritmo cardíaco y más intenso el ejercicio.
Se debe ir al gimnasio, o hacer ejercicio, no porque esté de moda o porque se considere “chic”, o “cool”, sino para mejorar la calidad de vida –frase que se repite tanto- y alcanzar una armonía perfecta, o la mejor que se pueda, entre el cuerpo y el espíritu.

© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 22 de enero de 2008

Fotos al canasto

¿Pero, chica, qué haces? ¿Estás condenando al fuego, diablesa rubia de dedos largos, a tantas fotos de bellezas que podían adornar cabinas de camiones, dormitorios de jóvenes muchachos, oficinas de representantes de modelos, paredes de peluquerías y otros muchos lugares?
Las fotos de las mujeres guapas no se tiran, nena. Bajo ningún concepto. Porque alegran la vista, traen recuerdos y yo creo que hasta dan suerte.
¿Acaso lo tuyo es un acto de desesperación tranquila, oculta bajo esa sonrisa un poco forzada, porque piensas que esas imágenes coaguladas en celuloide te hacen la competencia e incluso alguna te puede ganar?
Pero, muchacha, considera, piensa, date cuenta, reflexiona: ¡son fotos, papel; las personas cuyos rostros están impresos en él no laten, no vibran, no viven, en una palabra!
Y aunque tú seas menos bonita que las chicas de las fotos, o que alguna de ellas, que a lo mejor no es así, esas imágenes merecen perdurar.
Es posible que trabajes en publicidad y estés desechando material que no sirva para la campaña que tu agencia está preparando. Así y todo, tendrías que haber tenido un poco más de tino, y no proceder al descarte a pública subasta, como quien dice.
De cualquier manera, rubiales, lo importante es que tú, que tampoco estás mal, apareces en una foto que ha inspirado unas líneas, aunque sea a un escriba de tres al cuarto.
Y, lo más importante, tu imagen no ha sido descartada en esta oficina desde la cual escribimos.
Bah, nada es importante, no sobredimensionemos las cosas. Tú eres una foto. Estás ahí, no estás, todo es ficticio, es una foto, son unas fotos, es una digresión.
Ojalá, chiquilla rubia de la foto, con la que nos hemos ido reconciliando al correr de la pluma, estés en la realidad en un lugar que te guste, tengas un trabajo que te dé satisfacciones y un buen dinero y que seas feliz. Tal como parece ser, a juzgar por la foto, tu foto.
Pero las fotografías de las chicas guapas no se tiran, niña, ni se las mira así, como diciendo: ¡hala, al canasto, qué diantre, que aquí la que manda soy yo!



© José Luis Alvarez Fermosel






domingo, 20 de enero de 2008

A vueltas con el idioma

La falta de la cultura más elemental, hoy en día, verdaderamente da miedo, afirma el escritor español Javier Marías, para quien infinidad de profesores, pedagogos, escritores, traductores, editores, periodistas, políticos, locutores y otros distribuidores del idioma saben muy poco, por no decir nada. Hay honrosas excepciones que confirman la regla, claro está.
Marías lamenta en el diario madrileño El País que, por ejemplo, se confunda a Jean Calvino (1) con John Calvin (2), o que se traduzca literalmente “stained horse” por caballo manchado, en vez de por caballo pinto o tobiano –el mal desempeño de los traductores en la actualidad merece capítulo aparte-.

Javier Marías añade que ha leído últimamente cosas como ésta: encontramos un cadáver bañándose en su propia sangre –cadáver peculiar, dotado de movimiento y dado a raras costumbres, ironiza con humor negro Marías-.
Pero hay más: las puertas se cerraron de par en par, le propició -en vez de le propinó- una serie de bofetadas; cuando ella le dio el sí, la esposó –es decir, que le puso unas esposas para que no se escapase-,
todos estaban al pendiente de lo que se decía, ella sostenía sus ojos abiertos, le vio dar manotazos con el puño cerrado, sin previo aviso comenzó a granizar….
“Leer se ha convertido ya en un suplicio”, dice Marías. ¿Y escuchar lo que dicen los medios electrónicos?
En las últimas 48 horas hemos oído decir por televisión: perá, por esperá, cuchame por escuchame, mu bueno, primiciar por dar una primicia, intencionalidad por intención, concesonario por concesionario, obsesividad por obsesión, uniformizar por uniformar, librario por libresco, cartelizar por fijar carteles, delictual por delictivo, gravitorias por gravitantes, ingestar por ingerir, exotista por exótico, botanista por botánico, concretizar por concretar, desatornillar por destornillar.
Bueno, un premio Nobel –no de literatura, claro- nacido en estas latitudes dice culturación en lugar de cultura o culturización y un cocinero que supuestamente es culto y cosmopolita, y escribe después de cocinar una suerte de poemas en prosa, por así llamarlos, al amor de la lumbre, dice mucho hambre en vez de mucha hambre, crostón por costrón, primer papa por primera papa, pinche por pincho y licúo por licuo.
No nos cansaremos de repetirlo: la sistemática y rapidísima corrupción del idioma español –y del inglés- corre a cargo de los analfabetos ilustrados, los ignorantes pretenciosos y, en vanguardia, naturalmente, los esnobs, para quienes la moda es más importante que la cultura. Y la moda ahora es retorcer palabras y expresiones castizas e inventar otras que parezcan más “cool”.


(1) Nacido en 1509 y muerto en 1564. Difusor de la Reforma Protestante en Francia y Suiza en el siglo XVI. Creó una república protestante en Ginebra. Su sistema religioso, llamado calvinismo, se distingue de las otras doctrinas protestantes por el origen democrático que atribuye a la autoridad religiosa.
(2) Nacido en 1872 y muerto en 1933. Fue el trigésimo presidente de los Estados Unidos.



© José Luis Alvarez Fermosel

El poeta pobre

Carl Spitzweg (1808-1885) nació cerca de Munich en el seno de una familia acomodada. Estudió farmacia, carrera que no ejerció nunca.
Celebérrimas en Alemania –en la acertada opinión de Stefano Zuffi-, sus imágenes suelen ser caricaturas amables de la sociedad de su época.
Totalmente autodidacta, Spitzweg fue uno de los más reconocidos pintores del romanticismo alemán. Comenzó a pintar en la convalecencia de una enfermedad, copiando los trabajos de los maestros flamencos.
Se hizo un nombre en muy poco tiempo, en una buena medida gracias al éxito de sus dibujos –era un buen dibujante- publicados en revistas satíricas.
Posteriormente, Spìtzweg visitó los más importantes centros artísticos de París, Londres, Venecia, Praga y Bélgica y refinó su técnica y estilo.
Está considerado como uno de los más conspicuos representantes del período Biedermeir –apellido ficticio de un tradicional profesor de Suabia, personaje de los diarios que daban acogida a caricaturas en sus páginas-.
Spitzweg, como otros pintores de ese movimiento, reflejó con justeza y arte una sociedad complacida y complaciente, sin muchas fantasías, con horizontes bien definidos.
“El poeta pobre” -sobre estas líneas- es una de las más conocidas obras de Spitzweg. En sus últimos cuadros campea una medida excentricidad iluminada por un humor bondadoso.
También fue autor, entre otras obras, de “Ratón de biblioteca”, “Carta de amor interceptada”, “Dos ermitaños” y “Serenata”.


© José Luis Alvarez Fermosel