
He
venido a la estación a recoger un paquete que me envían de una cercana ciudad
balnearia.
La
noche está en pañales, como quien dice. La estación bulle de gente. La luz es
amarillenta y escasa. Quizás sea la mala iluminación de las estaciones de tren
lo que les da un tono grisáceo y provoca ese leve malestar, esas ganas de irse,
esa especie de congoja que no tiene razón de ser ni fundamento. El pitido del
convoy que se va contribuye a acentuar esa sensación. Además, parece llevarse
algo de uno mismo, en venganza porque no viaja en él.
Los
trenes se enfadan cuando no se llenan de pasajeros. Saben que mucha gente se
desplaza en automóvil, en avión u otros vehículos que tienen menos tradición
que ellos y no han protagonizado películas ni libros “best seller”. Eso les da
mucha rabia.
Me
voy al bar, en pos de un café o un trago de un destilado honroso.
El
bar es pequeño, húmedo y huele a café, a mantequilla fundiéndose al fuego y a
moho. Hay algunas personas sentadas a las mesas de fórmica, frente a una barra
sin banquetas, con campanas de vidrio sobre “sandwiches” de un pálido fiambre
inidentificable.
Pido
una ginebra, que es bebida de bar de estación de ferrocarril. Me la sirve una
muchacha trigueña de ojos tristes. ¿Estará pensando en su novio, o en el tiempo
que aún ha de pasar hasta que llegue la hora de irse?
A
lo mejor vive en una localidad suburbana, o en un barrio alejado de la capital
y tiene que tomar un tren. Por lo menos ya está en la estación.
Esa grisura melancólica…
En
Madrid convirtieron la estación de Atocha (la del Mediodía, la del atentado) en
un hermoso jardín tropical -con plantas
gigantescas-, que incluye una cafetería amplia y moderna, con terraza.
Pero
esa grisura melancólica característica de las terminales de ferrocarril subyace
igualmente bajo la floresta; la tristeza de la estación que impregna el aire, que huele a gas oil y humedad, parece
que fluyera porque sólo viajara en tren gente que se fuera, que nos abandonara.
De ahí eso de que partir es morir un poco y despedidas de personas que sollozan
y flamean pañuelos blancos; y quizás la mala prensa que tiene el tren, que
aparece siempre en el cine como semillero de intrigas, en el que se cometen
crímenes o es asaltado por la banda de Jesse James.
Los
trenes de lujo como el Orient Express –que
dio el último pitido en 2009-, el Transiberiano, los de la India (hay muchos),
Colombia, Brasil, Australia (The Ghan),
El Bleu Coast y los rápidos como el
AVE español, el Tren Bala chino, los de Japón y el White Rose británico parece que estuvieran sólo para salir en el
cine y para que escritores como Agatha Christie, Graham Greene, Georges Simenon
y otros escribieran novelas sobre lo que pasa en ellos.
Hubo
poetas que dedicaron versos al tren, como Agustín de Foxá, a quien he citado en
algún otro artículo sobre este medio de transporte, que muchos consideran romántico
Tren del amanecer; con una
lámpara
De acetileno,
Donde muere ciega
La mariposa, azul de los
pinares,
Que perfumó la ventanilla
abierta.
Recojo
mi paquete y salgo de la estación. La noche está hecha una señorita.
© José Luis Alvarez Fermosel
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