martes, 25 de junio de 2013

Un pasado de valses en saraos y salones



Sólo la palabra vals, por más que se diga casualmente, despierta hoy en día reacciones, si no adversas –como se dice en los prospectos de las medicinas que vienen en cajas-, cuando menos extrañeza, por no decir perplejidad, o en el extremo, cierta chacota.

- ¡Pero, por Dios! ¿Vals? ¿Un vals? ¿Valses? ¿Dónde estás parado? ¿Qué te propones?

Es verdad. Desde que la Viena de los valses dejó de ser la Viena de los valses, los valses de Viena se zambulleron para no emerger en el Danubio azul –que, en todo caso, sólo era azul para los enamorados-.
Sólo nombrarlos es sentar patente de “tiguoan” (antiguo), perteneciente a un pasado de saraos y salones con candelabros y cortinones de moaré; coraceros de uniforme de gala y caballeros de frac con condecoraciones bailando el vals con damiselas con largos vestidos de shangtun y zapatos de baile de tisú de plata.
La orquesta interpretaba, entre otros, el vals que tocaba siempre que el viejo portero se paseaba ante la entrada del hotel, cubierto el pecho de medallas.
La escena –a la que se refiere Raymond Chandler en El largo adiós-, pertenece a  La última risa, o The last laugh, los dos títulos traducidos al español y al inglés del original, que en alemán es Der retze Mann y corresponde a una película de Murnau (Friedrich Wilhelm Plumpe) filmada en 1924. La música era de Giuseppe Becce.

Lehar y Strauss

En casa éramos todos muy valseros. Cada uno tenía sus preferencias, pero a todos nos gustaba el vals de la opereta La viuda alegre, de Franz Lehar, de la que se hicieron varias películas, o por lo menos dos, que yo recuerde: una con Jeanette MacDonald y Maurice Chevalier y la otra con Lana Turner y Fernando Lamas, que fue la que menos me gustó a mí, qué vergüenza, pobre Fernando, con lo amigos que éramos.
Había otros valses, claro. Todos los de Strauss: El Danubio Azul, Cuentos de los Bosques de Viena, Vida de artista, Vino, mujeres y canto, del que yo hice una especie de lema…
El vals de las velas es muy triste, más aún que el de Sibelius; el Vals de las flores, de Cascanueces, de Tchaikovsky; el Vals del minuto”, de  Chopin; el Vals de Praga, de Dvorak; Los patinadores, de Emile Waldteufel.
El vals entró en los salones europeos, según parece, a partir de 1760. Venía de Viena: del Tirol, por más señas.
Su popularidad se extendió porque de lento pasó a rápido. Ahora, ya se sabe, vuelven los lentos.
El vals es una forma musical que admite cualquier estilo, como por ejemplo la ranchera. El ritmo más adecuado es el swing. Recordemos el Waltz in swing de Fred y Ginger.

El vals Boston

Rodolfo –nombre que le va bien al vals-, el fotógrafo de Morocco, nos decía a los  frecuentadores de ese cabaré de Madrid, el reino de la bella bailarina marroquí Naïma Cherky, que él era un as bailando el vals Boston, o vals inglés (versión lenta, tempo de 60 a 80). Quizá fuera cierto, o no; porque en las cabarés suele mentirse.
El vals sentó sus reales en la América hispano hablante. ¿Quién no tiene un CD con algún valsecito peruano?
Recordemos ¡Contigo, Perú!, homenaje póstumo a Arturo “Zambo” Cavero de Augusto Polo Campos y José Antonio, de Isabel “Chabuca” Granda, en tributo al chalán peruano.
Hay valses mexicanos preciosos, bordados por Pedro Infante, como Dolores, Luna de octubre y Corazón, corazón.
El Vals de medianoche es obra del compositor costarricense José María Chaverri, que también compuso Vals de España.
Se denomina vals venezolano a la variación, adaptación e interpretación de este género musical a los estándares musicales y culturales de Venezuela.
Los compositores venezolanos de valses más conocidos del siglo XIX fueron Manuel Azpúrua, Rafael Isaza y Rogelio Caraballo.
En pleno siglo XX se destacó Antonio Lauro, notable compositor de valses para guitarra clásica.
Valses venezolanos célebres fueron Adiós a Ocumaré, Sombra en los médanos y Las bellas noches de Maiquetía.
Federico García Lorca puso un vals en verso: su Pequeño vals vienés:

Este vals, este vals, este vals,
De sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

© José Luis Alvarez Fermosel

Vídeo:

No hay comentarios: