jueves, 4 de julio de 2013

Los principios del hombre sabio



“Es propio del hombre sabio alimentarse moderadamente de agradable comida y bebida, y obtener placer de los perfumes, de la belleza, de las plantas vivas, del vestido, de la música, de deportes y teatros, y otros lugares de esta índole que puede el hombre usar sin inferir daño a sus congéneres”.
Esto dijo el pensador holandés Baruch Spinoza en su obra Etica, escrita en 1765 y publicada después de su muerte, ocurrida en 1677. Había nacido en 1632.
Spinoza definió la codicia como (…) una especie de locura, aunque no enumerada entre las enfermedades.
Heredero crítico del cartesianismo, Baruch Spinoza está considerado como uno de los tres grandes racionalistas del pensamiento del siglo XVIII, junto con el francés René Descartes y el alemán Gottfried Leibniz.
Compartió con Thomas Hobbes el pensamiento determinista.
En lo político se le considera precursor de Jean-Jacques Rousseau.
Spinoza publicó sólo dos libros en su vida: Principios de la filosofía de Descartes  y Tratado teológico político, obra ésta última que causó un gran revuelo por su crítica racionalista de la religión.
El resto de sus obras, incluída Etica, vio la luz después de su muerte, publicada por sus amigos.
No vendría mal, con los tiempos que corren, añadir a las citas de Spinoza ésta del Sexto Canto del Inferno, de Dante: La soberbia, la envidia y la codicia son las tres chispas que han prendido fuego a los corazones de todos. De rigurosa actualidad.
Poca ética y menos estética, si cabe, caracterizan el posmodernismo en que nos debatimos.
Volviendo a Spinoza y a otros tiempos, cuando abundaba la ética –que trata de la moral y los deberes del hombre--, y la estética se centraba en el estudio de la esencia del arte y de las relaciones de ésta con la belleza, recuerdo a mi abuelo paterno hojeando una edición de la Etica de Spinoza encuadernado en cuero azul e impreso en Londres, poco después del año 1700. Siempre que lo veía me leía un párrafo.
La primera edición de la Etica de Spinoza apareció en 1677.
Es un libro que merece la pena leer y que lo relean aquellos que ya lo leyeron una vez. Hay ediciones baratas.

© José Luis Alvarez Fermosel

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