sábado, 12 de julio de 2008

El decálogo de Spock

Las barbaridades que hacen ahora los chicos -y no tan chicos- en los colegios, entre ellas pegar a las profesoras, ingresar en las aulas con revólver y apuñalar a compañeros, por no citar más que unas pocas, ha originado, como no podía ser de otra manera, un debate en la sociedad que hasta ahora no ha producido resultado positivo alguno, en el sentido de revertir tales desafueros.
Se habla, entre otras cosas, de que la culpa de estos desmanes se gesta en los hogares donde los padres no educan a sus hijos como Dios manda.
Recordemos el conocido decálogo del brillante médico estadounidense Benjamin Spock, padre de la pediatría y la pedagogía mo­dernas, universalmente fa­moso por su manual para el cuidado de los niños, "Tu hijo", el libro más ven­dido de todos los tiempos después de la Biblia: 40 mi­llones de ejemplares en 39 idiomas. Todavía se venden 500.000 al año.
He aquí el decálogo de Spock, aplicable a los padres en este desquiciado mundo de 2008:

1- Respetar al niño.
2- Hacerse respetar por él.
3- Mantenerlo alejado de la televisión y los videos.
4- No impulsarlo a ser demasiado com­petitivo.
5- Pensar menos en su ca­rrera y más en él.
6- Atención a su dieta: la grasa no es bella.
7– Escuchar y atender sus necesidades emotivas.
8- No humillarlo jamás.
9– Recordar siempre que él observa: el ejemplo que se le dé será siempre fundamental.
10- No escatimar cariño.

Spock fue candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Otro de sus libros, “Un mundo mejor para nuestros hijos”, constituyó también un “boom”.


© José Luis Alvarez Fermosel


La leyenda del "bleistift"

Un carpintero alemán, Kaspar Fa­ber, inventó el lápiz en 1761.
Es­te pequeño y alargado utensilio para escribir y dibujar, hecho de madera con el ánima de grafito, mereció ensegui­da los elogios de cuantos lo usaron, entre ellos Vincent Van Gogh, Peter von Cornelius, Wilhelm von Kaulbach, Jean Dominique Ingres y Gustavo Doré.
Fa­ber, a cuyo apellido se agregó el del con­de Alexander zu Castell-Rüdenhausen, creó el legendario imperio germano del lápiz Faber-Castell, cuyo glorioso pasado se conserva en el castillo que la familia posee en Stein, cerca de Nüremberg.
Kaspar Faber (1730/1784) comenzó a producir sus primeros y sencillos “bleistifte” (lápices) antes de la Revolución Francesa.
Lothar Faber (1817/1896), tres generaciones después, sacó adelante la producción y la venta con un esfuerzo que le valió el tí­tulo de barón y a su familia la noble de­nominación de Consejo Imperial Heredi­tario de la Corona de Baviera.
La suerte del hombre trabajador se completó con el descubrimien­to y la posterior adquisición de una mina en Siberia, cuyo grafito era mejor que el entonces famoso de Cumberland (Cana­dá).
Faber se hacía traer los bloques de grafito a lomos de reno o por barco has­ta Stein. Al promulgar el Parlamento del Imperio Alemán en 1875 una ley de protección de marcas, el lápiz Faber-Castell se convirtió en el primer ar­tículo patentado en Alemania.
Se le había añadido el nombre de Castell porque Wilhelm von Faber (1851-1893), hijo del primer barón de la familia, casó a su única hija, Otilie con el conde Alexander zu Castell-Rüdenhausen (1866/1928).
En vir­tud de un edicto del príncipe regente Luitpoldo se autorizó a la pareja y sus descendientes a usar el nombre com­puesto de Faber-Castell.
El lápiz obtuvo medallas de oro y plata en las exposiciones de París, Lon­dres, Berlín, Munich y Nueva York.
Antón Wolfgang, conde de Faber-Castell (foto), es el actual director de la empresa. Naci­do el 7 de junio de 1941, estudió econo­mía en el Crédit Suisse White & Weld en Nueva York y Londres y Derecho en Zurich.
El conde Toni, como le llama afec­tuosamente todo el mundo, fundó junto con Curt Heigl la Institución de Dibujantes de la Ciudad de Nüremberg, que desde 1980 otorga todos los años una beca a dibujantes con talento, quie­nes pueden residir en esa ciudad alema­na y desenvolverse en ella con una generosa asignación para sus gastos durante seis meses.
Entre los be­cados hasta ahora están figuras tan nota­bles como el polaco Mariusz Lukasik, el británico lan McKeever, la alemana-lu­xemburguesa Annad Recker, el austríaco Alois Köchl y la japonesa Leiko Ikemura. Todo un imperio descansa en la punta de un lápiz.
Desde mediados de la década del 80, la compañía opera un proyecto de forestación sustentable en Brasil. Bosques de coníferas constituyen la materia prima para los lápices de madera de Faber-Castell y, además, son un hábitat de numerosas plantas y animales, entre ellos 178 especies de aves, 40 de reptiles y 36 de mamíferos.
La empresa ha contribuído durante varios años a mantener la biodiversidad y a educar a los habitantes de la zona para que vivan en armonía con la naturaleza.
El conde Toni ha dicho:
“No se necesita ser un visionario para darse cuenta de lo importantes que son los recursos naturales para las generaciones venideras. La responsabilidad social y ecológica forman parte de nuestros valores centrales y se aplican no sólo a nuestra marca, sino también a toda la organización”.



© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 9 de julio de 2008

¿Por qué hay personas inteligentes que hacen estupideces?

La estupidez inteligente puede atacarle a cualquiera y en cualquier parte. Las erupciones de in­teligencia autodestructiva abarcan una amplia gama, desde las situaciones embarazo­sas hasta los desastres.
El libro “¿Por qué hay personas inteligentes que cometen estupideces?”, de Mortimer Feinberg y John J. Tarrant, incluye algunas. Tomamos dos.
Un veterano ejecutivo de cuenta arruina una gran promoción al insistir en obtener un privilegio que no necesita ni siquiera desea. AI recibir un nombramiento que puede promover o arruinar su carre­ra, una analista financiera selecciona a los integrantes de un equipo, pero deja fuera a personas talentosas que podrían ayudarla, formando un equipo ineficiente que le hace fracasar.
El libro añade que esas personas tenían algo en común. Eran demasiado inteligentes como para haber cometido la estupidez que tanto daño les causó. De todos modos la hicieron, como también hi­cieron las suyas Douglas Mc Arthur, Richard Nixon, Margaret Thatcher, John Scully y otros muchos individuos competentes que, en situacio­nes críticas, dejaron de lado el sentido co­mún y actuaron como tontos, con lo cual se infligieron graves daños a ellos mismos.
Se dan a conocer, a renglón seguido, los cuatro pilares de la estupidez, que según el libro son la soberbia, la arrogancia, el narcisismo y el deseo inconsciente de fracasar. Los autores dan numerosos ejem­plos de gente inteligente que, por sober­bia, arrogancia, narcisismo y deseo in­consciente de fracasar ha cometido enor­mes estupideces.
Tomemos uno solo de los cuatro pila­res sobre los que suele descansar la personalidad de muchos de quienes los norteamericanos llaman hacedores de decisio­nes.
El libro dice: "La soberbia que con­duce a una arrogancia excesiva puede llevar a un individuo a cometer actos dis­paratados y destructivos. La arrogancia puede acabar con una ca­rrera”.
Gordon J. Curphy, de Personnel Decisions Inc. de Minneapolis, dice que muchos gerentes trabajadores, brillantes, ambiciosos y técnicamente competentes, fracasan porque son vistos como arrogantes, vengativos, poco confiables, egoístas, compulsivos, dominantes, insensibles, distantes, de­masiado ambiciosos e incapaces de dele­gar. Por tanto, aun­que el soberbio evite el repentino desastre, puede estar acumulando gradualmente una reputa­ción de arrogancia que al final le lleve a la ruina.
Para Feinberg y Tarrant es justificable que uno esté orgulloso de sus logros. Pe­ro el orgullo tiende a la soberbia y és­ta lo lanza a uno a los confines de las fantasías peligrosas. La soberbia es la compañera oscura de la brillantez personal.
Cuando las personas no tienen mucho de que enorgullecerse, ob­serva Stanislas Lazaras (estudioso del estrés y la emoción), tienden a identificar­se con un grupo famoso, ya sea religioso (una secta, por ejemplo), deportivo, étnico o nacional.
A veces se produce una mezcla de ingenuidad y arrogancia que en principio parecería imposible, pues una y otra son tan incompatibles como el agua y el aceite. Pero se da. Y equivale a un cóctel Molotov que a veces le estalla a uno en las manos. Lo malo es que el estallido suele alcanzar a muchos que, sin comerlo ni beberlo, pagan los vidrios rotos.
Hay casos de profesionales con una prolongada trayectoria que un día aciago, pese a su experiencia en administración de grupos y relaciones humanas y públicas, recomiendan a su empresa a un "bright boy", o muchacho brillante que luego resulta ser un vivillo bueno para nada.
Otras personas que ocupan cargos importantes se ene­mistan con sus homólogos y subordinados por tomar decisiones poco meditadas en virtud de las cuales sus émulos y em­pleados resultan decepcionados, cuando no dañados. La influencia de ciertos... "consejeros" puede ser nefasta en muchas ocasiones. Porque a estos picaros, por lo general, sólo les interesa hacer su negocio a costa de los demás.
Transcribimos al pie de la letra el final de “¿Por qué hay personas inteligentes que hacen estupideces?”: "En ciertas oportunidades las personas inteligentes cometen estupideces porque son traicio­nadas por su intelecto. Sea bondadoso con su inteligencia. Manténgala en forma y podrá confiar en ella, porque hará lo que usted necesite sin tenderle ninguna trampa. Cuando lo logre, ¡encontrará que ser in­teligente no tiene ninguna desventaja!".

(1) Ediciones Granica. Buenos Aires, Barcelona, México. Edición origi­nal: Fireside of Simon and Schuster Inc. Tra­ductora: Adriana Oklander. 302 páginas.
© José Luis Alvarez Fermosel


lunes, 7 de julio de 2008

Azul

El azul del cielo. El cambiante azul del mar. Los azules y blancos de “El Rapto de Europa”, de Tiépolo. El azul total, fluido, sólido y líquido a la vez de “Las bañistas”, de Cézanne.
El azul eléctrico, levemente tornasolado del cuello de los patos salvajes. El duro azul mate del lapislázuli. El azul de una sonrisa. Unos ojos azules.
Azul la primavera, el relámpago, los zafiros, las alas de las libélulas; los turbantes de los saharahuis, los hombres azules del desierto.
La hierba turquí del poema “La flor, tú”, de Juan Ramón Jiménez.
Los versos de Mallarmé: “… Ou fuir dan le révolte inutile et perverse? Je suis hanté. L’Azur, L’Azur, L’Azur!”.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 5 de julio de 2008

Oro y Cándido

No se asusten, que este blog no se ha plegado a la costumbre, tan extendida en los medios de comunicación social, de decir palabrotas a troche y moche y sin ninguna justificación.
Decir palabrotas no es tan grave, si bien se mira. También las palabras del lenguaje familiar y las de la calle están en el diccionario y no hay por qué no decirlas.
Las llamadas malas palabras pueden usarse a discreción, aunque por lo general se utilizan sin ninguna discreción. El adjetivo se lo pusimos nosotros y en ese sentido evocamos al inolvidable Roberto Fontanarrosa y sus consideraciones al respecto en aquel congreso de la lengua. Ninguna palabra, sobre todo ninguna interjección es mala. Malas son las intenciones de quienes las dicen para insultar o denigrar.
Carajo no es, a mi juicio, un vocablo inconveniente, ni maldiciente ni malsonante; es una expresión rotunda, que se dice mucho en el campo, consecuencia directa de un estado de ánimo.
Uno encuentra al término cierta eufonía popular y, desde luego, lo prefiere a otros característicos de la cursilería, la pedantería y la vaciedad posmodernistas, todos en inglés, claro, como “groovy” (genial), “cool” (muy de onda), “trendy” (moderno) y varios más propios de los “cool hunters”, o detectores de fenómenos “cool”.
Carajo, además –digámoslo de una vez- es el nombre de una grapa añeja de Catamarca hecha a partir de la destilación de orujos(1) frescos de uvas moscatel. Este noble aguardiente está elaborado y puesto en botella por Bodegas Nanini SRL en Sijan (Poman, Catamarca) y desarrollado y comercializado por Sabores de la Argentina, que tiene en sociedad Marcelo Epstein.
Carajo puede tomarse voluptuosamente en vasitos “ad hoc” una de esas tardes grises de invierno, en grata compañía o “alone, alone with sky of romance” (2) en “Oro&Cándido”- Mercado Contemporáneo (*), en el barrio de Palermo.
“Oro&Cándido” es un simpático y acogedor reducto, mezcla de “colmao” español, pulpería argentina, almacén de campo, bar sin barra, tienda “gourmet” y pequeño restaurante de carta reducida que incluye, empero, carnes de caza, ahumados, quesos de cabra y oveja, fiambres y dulces regionales como el cayote, el mamón, los arropes y los borrachitos salteños.
Todas esas “delikatessen”, asi como varios tipos de panes artesanales y conservas, escabeches, mermeladas, aderezos y salsas en frascos y latas se ofrecen en estanterías, refrigeradores y alacenas a la vista del público.
Un lugar nuevo y muy ameno, ideal para paladares negros. Mobiliario sencillo. Reproducciones en color de viejos avisos comerciales en las paredes encaladas. Antiguas bolsas de la compra colgando de algunos muebles. Los diarios del día. Inés atiende las mesas con simpatía y eficacia y hay otras bellas gentes que la secundan. El servicio es muy bueno y los precios razonables. De momento, no tienen tarjetas de crédito. Abren de 10 a 22 de lunes a jueves y de 10 a 24 los viernes y los sábados. Cierran los domingos.
¡Carajo!, y esto es un brindis.


(1) El residuo que deja el procesado de la uva.
(2) Solo, sólo con cielo de romance.


(*) Oro&Cándido – Mercado Contemporáneo
Oro y Guatemala. Teléfono: (54) 11-4772-0656
http://www.oroycandido.com.ar/


© José Luis Alvarez Fermosel

martes, 1 de julio de 2008

De cuplés y coplas

En el panorama de la música española de los años veinte se inscribieron con letras de oro canciones populares llamadas “couplets” y luego, españolizadas, cuplés. Las letras se centraban sobre todo en el amor y el romance y las músicas eran cascabeleras –algunas no tanto- y pegadizas.
A finales de la década del cincuenta se produjo en Madrid un “revival” del cuplé, a partir de un programa cara al público de Radio Madrid, titulado “Aquellos tiempos del cuplé”, en el que la hermosa cantante pelirroja Lilián de Celis interpretaba magistralmente aquellas inefables canciones que deleitaron a nuestros abuelos.
Temas como “El polichinela”, “La violetera” –que Raquel Meller, con su voz delgadita, convirtió en un “hit”-, “Fumando espero”, “Las tardes del Ritz” y otros se escuchaban por todas partes.
Sara Montiel dio el espaldarazo al resucitado cuplé en la película “La violetera”, de Juan de Orduña, que catapultó al estrellato a la retrechera “Saritísima”, como la llamaban sus admiradores.
El gran cronista del Madrid de los años cincuenta y sesenta, César González-Ruano, dedicó una tercera página del diario monárquico ABC al cuplé. Evocaba
“(…) un Madrid más pequeño en el que todos nos conocíamos. Una Viena vista con gemelos de teatro al revés. Barbas de Cabriñana. Teresita Saavedra de frac…”Había una rosa, o sea, varias. Entre ellas "Rosita de Capuchinos", que era tan bonita que ni "pintá" por los pinceles de Murillo. Otra rosa era la "Rosa de Madrid", un cuplé de Soriano y Barta. Su primera intérprete fue Mercedes Seros, canzonetista de larga y brillante trayectoria discográfica. Margarita Sánchez cantó "Rosa de Madrid" con una voz fina y delicada. Quienes mejor la cantaron después fueron, por este orden, Lilián de Celis, Conchita Piquer y Sara Montiel.
La canción es un ejemplo de una tendencia muy marcada en la alocada y burbujeante década del veinte por la utilización del melodrama como referencia argumental casi exclusiva. "Rosa de Madrid" sobrevivió y se hizo intemporal.
Transcribimos parte de su letra:
"Un día que de gira nos marchamos,/mientras mi novio se hallaba ausente,/algunas sin querer nos alegramos,/y yo sin culpa, fui de un teniente./Buscando amparo para el hijo mío,/con Miguel y Enrique me encontré un buen día,/y vi que el novio que sufrió el desvío, era el más amigo del que yo maldecía./Y decían contemplando mi amargura: es Rosa de Madrid, pobrecita madrileña sin ventura,/la flor de Chamberí, la flor de Chamberí, la mocita todo amor, todo ternura,/de labios de rubí, de labios de rubí,/la que un día fue lozana, bella y pura,/la primorosa bella Rosa de Madrid...".La flor de Chamberí, según se desprende de la letra, debió ser, además de modistilla, una artista -probablemente de varieté- que una vez se fue de gira por provincias dejando a su novio en Madrid. Un día se alegró junto con otras muchachas –seguramente con champán- y…"fue" de un teniente. Se quedó encinta y alumbró un hijo, fruto de su pecado -¡qué delicuescente e inefable era el lenguaje de entonces!-. Rosa de Madrid no volvió a ver más a su novio. Pero un día, tal vez en las Vistillas o en la calle del Sacramento, se topó con él, que iba con su mejor amigo: el teniente seductor. Lo que no se explica es si el novio era Miguel y el teniente Enrique, o viceversa.
Hay otras versiones de la letra, como se escucha en la interpretación, magistral, de Lilian de Celis.
"Rosa de Madrid" es un chotis precioso que se incluye en todas las antologías y compilaciones de la música popular del viejo Madrid tan recordado por González-Ruano.



© José Luis Alvarez Fermosel Nota relacionada:

Nuevas normas, nuevas formas

El tiempo corre cada vez más aprisa. Los segundos tienen ya tanto valor en los salones como para las marcas de los atletas, en los estadios.
Un día, en cualquier recepción de embajada, un consejero o un secretario se acercará en un momento dado a vuestro grupo y os dirá sonriendo, eso sí:
"¡Oye, que os vayáis!”
Quizá falte media hora para el momento de irse, tal vez sean las diecinueve y el limite de permanencia marcado en la tarjeta de invitación sean las veinte; pero ese día hay muchos colados, o el embajador tiene otro compromiso y quiere hacer un descansito entre la copa en su casa y la copa en la ajena y manda a un propio a despejar el salón. Y aquí paz y después gloria.
Ya resuena en los elegantes salones con “boisserie” y gobelinos de las embajadas el clarinazo que anuncia a la neodiplomacia. Nuevas normas, nuevas formas.
Los neodiplomáticos, los altos funcionarios internacionales, los capitanes de empresa, los… "intelectuales" y otras personalidades encumbradas de gran relevancia y mucha gravitación son ahora fundamentalmente pragmáticos -algunos son pragmáticamente fundamentalistas, también-. ¡Han cambiado tanto los tiempos!
Pero lo valiente no quita lo cortés. Las buenas maneras y la cortesía no estorban, ni la elegancia, ni el buen decir, ni el sentido del humor.
Tampoco están de más la cultura, la discreción, la sencillez y el conocimiento, cuando uno viaja mucho, de una o varias lenguas extranjeras –el inglés, por lo menos, que se ha convertido en el idioma del mundo-, y no dominan casi ninguno de los estadistas y grandes prohombres de la América Latina.
Uno ha sido asombrado testigo de hechos que consideró al menos insólitos, en su azacaneo durante muchos años por legaciones, consulados y agregadurias. Ha visto, por ejemplo, a diplomáticos de ringorrango meterse el dedo en la nariz en recepciones. Delicadamente, ¡pero se lo metieron!
Tampoco se le escaparon a uno las narices de ciertos diplomáticos, que no eran narices sino mascarones de proa: erisipeladas, con grandes costras rojizas; narices bulbosas, llenas de pelos, estriadas, surcadas por venillas rojizas; narices afiladas y pálidas, casi cortantes y otras muy breves y respingonas, talmente como hociquitos levantados despectivamente hacia arriba que ventearan un aire impregnado de malos olores.
¡Pero narices con erisipela...! Un diplomático “comme il faut” no puede padecer de erisipela. Ni de halitosis, hongos -los únicos hongos apropiados para los diplomáticos son los champiñones-, pie de atleta, hemorroides, flato, alopecia seborréica, orzuelos, diarrea, conjuntivitis y culebrilla.
A los diplomáticos que se precien de tales no se les puede permitir, en conciencia, que sufran más que de esplín, estrés, “caffard” (contenido), gota, “surmenage” y fastidio.
Tienen, además, que saber envejecer con dignidad y no usar bisoñé cuando pierden el pelo –conservando las mañas-, sino lucir airosamente gallardas calvas pulidas, brillantes -como la de Albino Gómez o la de Fuad Boulaix, que fue ministro consejero en la embajada de Siria en Londres hace muchos años-, o distinguidas cabelleras plateadas, no teñidas color mesa de comedor.
El embajador español Enrique Pérez Hernández, que era un pragmático pero también un caballero, le vendió en una operación magistral al entonces presidente de Chile, Salvador Allende una importante partida de camiones españoles Pegaso. El mandatario y el embajador se tomaban en esos momentos unos “whiskies” y hablaban de Montaigne. Eso se llama estilo. Y ya se sabe, el estilo es el hombre.
La otra cara de la moneda: el norteamericano Paul Wolfowitz (ver foto), presidente del Banco Mundial, viajó recientemente a Turquía. Allí fue invitado a visitar la mezquita de Selimiya, en Estambul. Al descalzarse para entrar, según el ritual musulmán, se vio que… ¡tenía ambos calcetines agujereados y, al parecer, no muy limpios! Así fue retratado y las fotos dieron la vuelta al mundo.
Los calcetines, o el estado en que se encuentren, también tienen importancia.


© José Luis Alvarez Fermosel
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