martes, 29 de noviembre de 2011

Plumas para plumíferos


Algunos de nosotros, los que escribimos –aunque sea, como aquél, cartas a algún familiar o amigo pidiéndole dinero- utilizamos plumas estilográficas para hacer también borradores, tomar notas, firmar escrituras, poderes, cheques y otros documentos.
Solemos tener varias plumas de distintos tamaños, formas y marcas, sin que ello nos convierta en coleccionistas: somos,  meramente, acopiadores compulsivos.
Recuerdo a Jorge Guinzburg, que se volvía loco por las plumas estilográficas. Siempre se le veía con una distinta.
Ciertos médicos -¡Santo cielo, con la letra que tienen!- escriben con pluma historias clínicas, diagnósticos, recetas, informes, órdenes de internación en clínicas y sanatorios y recetas.
Algunas personas que saben del tema nos han dicho que el mercado de la pluma fuente es importante; la prueba es la cantidad de comercios del ramo que hay por todas partes.

La pluma sin fin

Los nombres empleados para referirse al nuevo artilugio, maravillados sus inventores como estaban, eran exagerados, más que descriptivos: “pluma fuente”, “pluma eterna”, “pluma sin fin”…
Esos instrumentos estaban aureolados de retórica, a pesar de lo prácticos que eran y cómo evitaban la incomodidad que significaba mojar contínuamente la pluma en el tintero y afilar a cada minuto la punta, que se gastaba enseguida y se tornaba roma e inútil.
“La pluma sin fin” se refiere a un diseño de 1702 de Nicolas Bion (ilustración), un matemático e inventor que trabajaba al servicio de la corona francesa. El prototipo llegó hasta nuestros días por medio de la traducción que hizo en 1723 el británico Edmund Stone de la única obra de Bion, titulada “Sobre la construcción y uso principales de instrumentación matemática”.
Para Bian, uno de esos utensilios era la “pluma sin fin”, que a pesar de su ambicioso nombre sólo era capaz de almacenar la cantidad de tinta suficiente como para componer algunas frases seguidas.

Mentes poderosas

Corrían los primeros  años del siglo XVIII y Europa hervía de mentes poderosas que se dedicaban con fortuna a los quehaceres científicos, filosóficos y tecnológicos.
Galileo y Newton habían revolucionado el mundo de la física unos años antes, Pascal había dado ya a conocer la máquina calculadora y Fahrenheit trabajaba en su termómetro de mercurio.
Inglaterra fue pionera de los modernos métodos de producción, donde surgió la plumilla metálica; y concretamente Birminhgam, que a finales del siglo XVIII se convirtió en uno de los primeros centros industriales de Europa.
La verdadera historia de la pluma estilográfica empieza en 1884, cuando L. E. Waterman patenta un modelo que reúne lo que a partir de ese momento se considerarán requisitos imprescindibles de una pluma estilográfica.
Otros nombres ilustres como Conklin, Parker y Swan, Sheaffer o Montblanc, LeBoeuf o Dunhill, Omas o Eversharp aportaron su personal versión a la historia de la pluma estilográfica, contribuyendo con algo más que su granito de arena a convertir una herramienta en un objeto artístico que hoy como ayer sigue despertando pasiones.

© José Luis Alvarez Fermosel

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