sábado, 31 de mayo de 2008

Café con barquito

Uno nunca supo hacer avioncitos, ni barquitos de papel, pero siempre le fascinaron unos y otros, sobre todo los últimos. Y, por encima de todo, cuando los veía navegar por un charco o en el agua retenida en un trecho largo de calle, o en una fuente grande.
Nunca hasta hoy uno vio un barquito de papel en una taza de café, varado, para ser exactos, en una taza de café, lo cual le sorprende e incluso le inquieta un poco. ¿Quién habrá hecho el barquito? ¿Por qué lo habrá depositado en la taza, sobre el café que no quiso beber? Seguramente porque se enfadó con alguien y decidió no tomarse la taza del aromático brebaje.
Mejor gesto que el de dar un puñetazo en la mesa. Buen pretexto, también, para ese fotógrafo que siempre está allí y en esta oportunidad captó una composición nada común: una taza de café sin azúcar, o con ella en el fondo, con un barquito de papel flotando en su oscura superficie. ¿Algo se anula? ¿Algo se adorna?

- ¿Café, señor, solo, con leche o cortado?
- No, con un barquito de papel.
- ¡Pero…!
- Está bien, tráigame un papel que yo haré el barquito.
- ¿Y…?
- Después puede usted hacer lo que quiera con la taza de café y el barquito.
- Señor, es usted un original.
- No, es que estoy aburrido de todo.
- ¿No será que ella…?
- ¡Calle, calle usted, hombre de Dios…!

El barquito naufragará en cuanto se empape de café. Pero ya nada será igual.
Y pensar que todo empezó porque a alguien se le ocurrió hacer un barquito de papel y meterlo en una taza de café…



© José Luis Alvarez Fermosel




Demasiados ingleses

Antes había un solo inglés. Un sólo idioma inglés, quiero decir. Era el que nos enseñaba una profesora particular (inglesa, por supuesto), alta, delgada, angulosa, seca, de rostro cuadrado y enérgico y antiparras de carey. En invierno lucía –es un decir…- trajes sastre de "tweed" y en verano vestidos floreados. Parecía un personaje de la deliciosa novela "Los cuadernos del mayor Thompson", del escritor francés Pierre Daninos.
La "teacher" en cuestión nos enseñaba el inglés de Charles Dickens (1), Samuel Johnson (2) u Oliver Goldsmith (3), que aprendíamos a regañadientes pues nos gustaba más el francés que oíamos hablar a nuestra madre y nuestra abuela.
Luego, cuando empezamos a leer los diarios nos enteramos de que había otros ‘ingleses’ que se hablaban en Canadá, la Península Escandinava, la India, Sudáfrica, Australia, Gibraltar, las islas Malvinas y, naturalmente, Estados Unidos, donde se filmaban las películas del Oeste que tanto nos gustaban.
El "Spanglish", o mezcla de español e inglés, sentó patente de corso cuando los cubanos empezaron a irse a Miami. Hasta ahí todo estaba más o menos bien. Uno hablaba inglés británico o inglés norteamericano y podía viajar por todo el mundo y entenderse con la gente, porque cuando uno empezó a viajar por todo el mundo ya se hablaba inglés en todo el mundo.
Luego vinieron los otros ‘ingleses’...
El primer ‘inglés… raro’ fue el de los manuales que acompañaban -y siguen acompañando- a los aparatos electrónicos, los del hogar y los otros. A ese ‘inglés’ se le denominó ‘técnico’ y la denominación es muy buena porque lo escriben técnicos de muy alto nivel. Tan alto es su nivel -y ellos lo saben- que el inglés en el que escriben las instrucciones para el uso de toda clase de artefactos que vienen de Japón, China, Hong Kong, Corea y Malasia no está destinado a los usuarios sino a técnicos de nivel inferior al de los que escribieron las (supuestas) explicaciones.
Otro ‘inglés’ es el de la computación, en el cual "save" no es ahorrar sino salvar (un texto) en una "folder" -que milagrosamente sigue queriendo decir carpeta en español-; el "mouse" no es un ratón -o sea, sí, pero un ratón distinto a los de toda la vida, a los que les gusta el queso- y si se cuelga el "server" no hay que preocuparse porque nadie toma la trágica determinación de ahorcarse, sino que el sistema o la red electrónica se viene abajo -casi siempre por razones desconocidas o sin ninguna razón-, y lo que uno ha escrito laboriosa y prolijamente en la pantalla desaparece y casi siempre no vuelve más, a no ser que se haya guardado en un “pendrive”.
Pero quizá el ‘inglés’ más... peculiar, por llamarlo de algún modo, sea el de la Internet, poderoso tótem de la “New Age”. El ‘inglés’ de la Internet incluye términos rusos, como iconos o imágenes pintadas que representan a la Virgen o a los Santos en la Iglesia Ortodoxa Rusa.
Los iconos que pueblan ahora todos los programas de computación tienen su origen en el “Apple Macintosh”, el primer sistema que creó una interfaz gráfica.
Los iconos mandan órdenes a los programas, operaciones o informaciones que ofrecer al usuario. Algunos de ellos son fijos, estándares, pero la persona que utiliza los programas puede usar iconos nuevos según sus preferencias y disponer, además, de una vasta biblioteca de signos.
La Internet propone el lenguaje de los ideogramas y los pictogramas. Algunos lingüistas sostienen que la escritura en forma de pictograma es anterior al lenguaje hablado y habría surgido como un intento de fijar en imágenes un idioma de gestos.
La dislexia o dificultad de adquisición de la lectura, tan común entre nosotros, apenas existía en culturas con escritura ideográfica (China, Japón).
El nuevo idioma pictográfico fue ideado por el diseñador austríaco Otto Neurath, a quien se considera el padre de las señales de tráfico.
Cuántos ‘ingleses’, cuántas complicaciones, ¡coño!, digo... ¡cono!


(1) Escritor inglés nacido en Landport en 1812 y muerto en 1870. Tuvo una infancia marcada negativamente por los problemas económicos de sus padres, lo cual influyó en su obra. Entre 1838 y 1842 publicó “Oliver Twist" y "Nicholas Nicklebey". También fue periodista y fundó el periódico "Daily News”. En 1849 editó su novela favorita: "David Coperfield".
(2) Ensayista y lexicógrafo inglés. Nació en Lichfield (1709) y murió en Londres (1784). De su obra literaria se destaca "Vida de los poetas ingleses". También escribió un diccionario.
(3) Escritor británico nacido en Kilkenny West en 1730 y muerto en Londres en 1774. Autor de comedias, obras de historia y poemas. Su mayor logro literario fue la novela “El vicario de Wakefield”.


© José Luis Alvarez Fermosel




Decisión irrevocable

Ya no voy a los desayunos de trabajo. Lo pregono así, a son de trompeta y a los cuatro vientos, para que se entere todo el mundo, pues no faltaba más.
Uno está en la edad de la madurez, de la reflexión, de la creación. Uno está entero, bien, pero no para tantos trotes como a los 25 años, para qué nos vamos a engañar.
Porque he decidido vivir lo mejor que pueda, ya no voy a los desayunos de trabajo. De vez en vez hay que darse algún gusto, como quedarse un día en la cama hasta las once de la mañana.
Nada hay tan contrario a la sana costumbre de dormir ocho horas -y de quedarse un día en la cama hasta las once- como los desayunos de trabajo, que se realizan a hora tan intempestiva como a las ocho, lo que significa que hay que levantarse a las seis o seis y media, para no llegar tarde.
Uno llega al hotel -los desayunos de trabajo suelen llevarse a cabo en hoteles- con un sueño espantoso y sin ganas de nada. Mucho menos de trabajar desayunando, o de desayunar mientras trabaja.
Esto de los desayunos de trabajo es cosa de los yanquis, que como si no hubieran tenido bastante con los almuerzos, se sacaron de la manga los desayunos, de modo que uno no pueda disfrutar de su café y sus medialunas y de que empiece a trabajar más temprano. No se sabe que es peor.
Los desayunos de trabajo, además, son para gente ordenada y metódica, de vida regular, no para nosotros, los periodistas, que vamos siempre a contramarcha.
A las seis de la mañana, sobre todo si la noche anterior nos hemos tomado unas copas y nos hemos acostado tarde, como suele ocurrir, estamos para el arrastre, con la lengua seca como papel de lija, dolor de cabeza, los ojos irritados, los nervios a flor de piel y una mala leche de aquí te espero, Baldomero.
En esas condiciones hay que ducharse, afeitarse, ponerse un colirio en los ojos, tomarse un par de aspirinas, beber un vaso de agua mineral, vestirse y, fundamentalmente, juntar fuerzas para lanzarse a la calle todavía de noche, o poco menos, con el fin de asistir a un desayuno de trabajo y escuchar en su transcurso a unos señores que, casi siempre, no tienen nada interesante que decir.
Los desayunos de trabajo no son para nosotros, que preferimos la hora del martini, las “happy hours”, las cenas con modelos o los tés con señoras que juegan a ser misteriosas y nos piden que las llevemos, para contarnos algo picante, a bares soterrados y elegantes con “barmen” de esmóquin y una luz indirecta y opalina de lámparas de cobre.
Fui a mi último desayuno de trabajo hace un par de meses. La mañana estaba gris, desangelada. Circulaba cansina la gente por las calles charoladas por la garúa, con los ojos hinchados y la cara hosca. Pasaban los autobuses atestados de pasajeros. Llegué al hotel. El conserje dormitaba en la recepción. Bajaba por unas escaleras un señor maduro, ligeramente obeso. Tenía la cara verdosa y bolsas bajo los ojos aguachentos.
Tragué saliva, cuadré los hombros y avancé. Fui el primero en llegar. En el Salón Dorado había una mesa redonda como para una decena de personas. Loza fina y cucharitas de alpaca. Las medialunas no parecían estar recién hechas. En unas copas languidecían trozos de unas frutas pálidas y lacias. Ni un alma. Al fondo, un camarero encorvado, de pelo gris, juntaba servilletas. El silencio era atroz.
Giré sobre mis talones y me precipité escaleras abajo. Gané la puerta giratoria y salí a la calle. Aspiré una bocanada de aire fresco, que tenia ese sabor polvoriento de la neblina. Dos cuadras más allá paré un taxi.
Comprendí que para mí había llegado la hora de no ir más a desayunos de trabajo.
Ahora soy feliz. Desayuno -muy tarde- en mi casa o en el café. Sigo acostándome tardísimo. Algunos días me permito el lujo de levantarme a las once de la mañana.
De vez en cuando recibo alguna invitación para asistir a un desayuno de trabajo. Se la paso inmediatamente al trepador que tenga más cerca. Enseguida llamo a alguien por teléfono -preferentemente a una mujer- para invitarla a cenar. Y enciendo un habano.
No me cansaré de repetirlo: ya no voy a los desayunos de trabajo. Que conste en acta.


© José Luis Alvarez Fermosel


Elogio de la gordura

Si Erasmo hizo el elogio de la locura, ¿por qué no podemos hacer nosotros el elogio de la gordu­ra, que en definitiva es más sana que la insania?
Vivimos en un mundo de fla­cos -no ya de flacas- que viven una vida que no es vida.
Hay que ser flaco, no ya delgado. Y, claro, estar de mal humor siempre; porque está comprobado que el régimen a base de galletas de sal­vado, zapallo (con perdón...) y ensalada de remolacha y nabos (perdón, otra vez) hervidos no contribuye, precisamente, a crear un estado físico y espiritual proclive a la constante sonrisa de oreja a oreja o a la broma desenfadada cada dos por tres.
Está probado históricamente que el gordo, el hombre bien comido y bien bebido, es jovial y bonachón y tiende a no crear problemas -lo cual es bueno, en principio- y a resolver los suyos sin complicar a nadie. Estamos hablando, naturalmente, de gordos sanos, cuya salud no esté en peligro, no de obesos mórbidos o de enfermos, pobre gente, que esa sí que no tiene motivos para estar de buen humor.
Recordemos a gordos inefables y simpáticos como Falstaff, Gargantúa o Porthos, el mosquetero de insaciable apetito de Alejandro Dumas, gran escritor y mayor "gourmand"; y, lógicamente, gordo.
Otro gordo de ficción era el epicúreo detective Nero Wolfe, creado por el autor norteamericano de novelas policiales Rex Stout. Wolfe tenía como cocinero a un cordón "bleu", o poco menos, llamado Fritz, que le preparaba platos exquisitos. Wolfe, además, bebía ingentes cantidades de cerveza embotellada "Old Corcoran". No le iba a la zaga Alexandre Benoit-Bérurier, uno de los monstruosos héroes de la serie policial francesa "San Antonio", de Frédéric Dard, que cita el escritor francés Francois Coupry en su delicioso libro "El elogio del gordo".
Bérurier es simple, bueno, corajudo, feo, le encanta hacer el amor, es desordenado, rústico y desa­foradamente glotón: una suerte de Sancho Panza "aggiornado", en una palabra.
Quizás el gordo más entrañable para uno -viejo lector de novelas policíacas- sea el comisario Maigret del belga recriado en Francia, Georges Simenon.
Maigret, más que gordo, es corpulento, macizo. Se nota menos que es gordo porque es muy alto. Cuando se zambulle de cabeza en un caso -casi siempre de homicidio- no va nunca a almorzar a su casa, a pesar de que su mujer es una excelente cocinera. Come siempre, acompañado por el inspector que le ayuda en la investiga­ción, en "bistros" de tres al cuarto del Barrio Latino o del bulevar Montparnasse en los que, sin embargo, se come estupendamente.
También la figura, o la imagen del gordo es agradable en la vida real, pese a que algunos se empeñen en asociar la gordura con la impotencia, la humillación o la infelicidad.
Gordas hoy pocas. Se ven muy pocas gordas hoy día, salvo en los cuadros y las esculturas del colombiano Fernando Botero.
La actriz alemana Marianne Sägebrecht reivindicó a las gordas a partir de la deliciosa película "Bagdad café”. Claro que Marianne es una gorda tan hermosa y tan bien proporcionada que quizá no responda fielmente al patrón de las gordas en general, por lo común no tan bien hechas.
Otra que está magníficamente constituída es la también actriz, ésta norteamericana, Queen Latifah, una mulata que entra en el rubro de las gordas esculturales.
De cualquier manera, que Dios bendiga también a las gordas menos perfectas que Marianne Sägebrecht y Queen Latifah, que suelen ser bondadosas, tiernas, simpáticas y se ríen a carcajadas que hacen bambolear sus rotundas zonas pectorales, a las que no ha sido necesario implantar silicona. Las gordas asumidas, sin complejos, felices, jocundas, fellinianas, son de natural tranquilo -como dijo el clásico- hacendosas, buenas amigas y suelen tener mucha paciencia con los niños.
Las gordas por decisión propia, porque pueden, quieren y les da la gana jamás tendrán problemas derivados de la lipoaspiración y otros tratamientos, ni padecerán del síndrome de abstinencia de esos guisotes tan ricos, especiales para invierno, monumentales tortas con mucha crema y vermús con polícromas y barrocas picadas de las que dar buena cuenta en confiterías elegantes. Sus amigas las adoran, son proclives a la confidencia y suelen guardar los secretos.
Si padecen males de amor los llevan bien, no como esas flacas resecas, amargadas, con el duro rostro cuarteado y la boca apretada que se destaca como una fina y pálida cicatriz. Esas flacas son inaguantables y algunas terminan por hacerse crueles.
Cada día se ven menos menos gordas. ¡Qué lástima!

Ilustración:
“Cuatro gordas”, de
Fernando Botero

© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:
28-05-2008: “Jocunda, casi dionisíaca…”
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/05/jocunda-casi-dionisaca.html

viernes, 30 de mayo de 2008

Sopa castellana

Hace frío en estos días, lo cual es lógico si se considera que estamos a muy pocos días del invierno. Pero no hay que preocuparse. Todo es cuestión de confortase con un condumio apropiado para hacer frente, con todas las posibilidades de alcanzar la victoria, al frío, el viento, las heladas, la nieve y demás armas del general Invierno que derrotó a las invencibles huestes de Napoleón en Rusia y a estas playas arriba con pocas ínfulas, casi siempre.
Si aumenta su poder y hace bajar la columna del termómetro más de lo que acostumbra, he aquí un buen elemento para neutralizar sus ataques: la sopa de Maite –excelente cocinera, entre paréntesis-, que es una variante de la sopa de ajo castellana y, además de reconfortante, es riquísima.


Sopa castellana
(2 porciones)

Ingredientes:

100 gramos de jamón serrano picado no muy pequeño
6 tomates peritas maduros (o sea, para salsa) pelados y picados
1/2 cabeza de ajos (fileteados)
2 huevos
3/4 minibaguette cortada en rodajas de 1 centímetro de grosor
1/2 vaso de vino blanco seco
1/4 ó 1/2 litro de caldo (preferentemente de verdura)
1 cucharadita (de las de té) de azúcar
Pimentón dulce y/o picante
Sal (si es necesario)
Aceite

Preparación:

Dorar en aceite caliente las rodajas de pan (1). Retirar y reservar sobre papel absorbente.
En el mismo aceite echar los ajos y el jamón. Revolver rápidamente y poner los tomates, el pimentón, el azúcar y el vino. Mezclar y dejar cocinar un par de minutos. Luego, verter el caldo. Cocinar unos 10 minutos con la cazuela destapada y a fuego medio. Apagar y dejar reposar. Se sirve en cazuelas de barro individuales.

Antes de servir la sopa:

Cubrir el fondo de cada cazuela con algunas rodajas de pan. Verter la sopa y, encima, el huevo. Poner a fuego medio/alto o a horno precalentado y retirar cuando la clara haya cuajado.
Se toma bien caliente.

(1)Puede ser tostado.

© José Luis Alvarez Fermosel

jueves, 29 de mayo de 2008

Tango, jade y champán

Bailan un tango, en el momento en que la porteña melodía arrabalera está por empezar a desgranar sus primeros compases.
Da gusto verlos tan bien conjuntados, tan elegantes.
Ella toda de gris, él de frac –¿se imaginan? ¡De frac…!-. Ella es rubia y grácil. Se adivina que el frac de su pareja está muy bien cortado. El parece lucirlo a las mil maravillas. El escorzo define y remarca. ¡Si hasta casi se ve la música!
El lleva una sortija con una pequeña piedra negra en un dedo de la mano que tiene voluntad de deslizamiento…
Una pareja de otros tiempos, quizás de los adecuadamente llamados “los locos veintes”, años de jade y champán, cigarrillos “Gold Flakes”, cabarés de lujo, automóviles con estribo y, algunos, con tapicería de terciopelo; señoras con pamelas, como la que se ve borrosamente al fondo de esta imagen, sentada a una mesa con mantel blanco y en denodada actitud de aburrimiento.
Es París, indudablemente, esto es París. El lugar bien podría ser Maxim. El año, 1926. Todo el “charme” del París de esa época y los amores locos.
Ese mundo burbujeante y un poco delicuescente de las novelas de Elinor Glyn, Colette y Gertrude Stein, con un Hemingway que empezaba. Drieu La Rochelle, Francis Carco, putangas, efebos y golfantes.
Eternas noches de “jazz”, muselina, Mandarine Napoleón, mansardas y sexo dulce. Madrugadas con resaca y sopa de cebolla en Les Halles.
Y la alegría descocada, y las violetas en primavera, y el Sena gris, y la lluvia, y los toldos relucientes de las terrazas de los cafés de la orilla izquierda.
¡Qué hermosa postal de tiempos idos, en los que uno no existía y por eso no pudo bailar de frac con ella una noche azul e inolvidable!

Ilustración:

“Bailadores de Tango”, de
Rafael De Penagos Zalabardo



© José Luis Alvarez Fermosel

miércoles, 28 de mayo de 2008

La luz de la tarde es de raíz poética

Se fuga la tarde con cierta sordina pícara, como un estudiante que se fumara la clase para irse al cine.
Los coches, las motocicletas, las ambulancias, la gente que sale de las oficinas.
El sol se va de puntillas dejando una claridad amarillenta, dulzona. A uno le viene la imagen, no sabe por qué, de una mujer joven y hermosa que fuera por el campo comiendo uvas.
La luminosidad ambarina, clara como un vino blanco joven, se irá espesando y tomará enseguida cuerpo y olor. Surgirá, de pronto, la mágica luz de la tarde, que nos rozará el ánimo cansino con la caricia de su aliento, que huele siempre a miel temprana.
Contemplo la tarde por el ventanal de un café, buen mirador. Pasa un anciano con chaqueta de “tweed”. Lleva dos perros afganos, uno cas­taño, el otro rubio.
A la caída de la tarde, los automóviles son góndolas en el asfalto.
Alguien pide un “bitter”, a mi lado. Hay en el café, entre otra gente, un señor mayor muy bien vestido. Frente a él, una joven rubia con pantalón vaquero y blusa azul.
Entra un chico moreno y delgado y va dejando en las mesas billetes de lotería. La suerte en la tarde.
Sé que tengo que irme, pero me quedo un rato más. Quiero detener el tiempo. Recuerdo a Eduardo Tije­ras y coincido una vez más con él: la luz de la tarde es de raíz poética; así que todos los intentos para precisar su diluida fascinación resultarán va­nos, como vano resulta explicar el olor del otoño o el sabor de un beso.
Avanzan unas nubes plomizas en el cielo gris. Es posible que llueva. De momento, la magia de la tarde está incólume. O sea, que pasa un ángel, que se establece una tregua.
En la tarde lenta y proustiana, cuajada de tonos color membrillo, uno ha cometido las mayores locuras de su vida.
De mañana, no. Las mañanas ca­recen de magia; son concretas, prag­máticas. Las mañanas son para ir de compras y hacer tiempo hasta que llegue la hora del vermú. Hablamos, claro, de las mañanas que empiezan a las once. Las que comienzan antes no son mañanas, son martirios.
Las tardes son para firmar la paz, todas las paces, incluida la paz con uno mismo; para quedarse solo en un café y no pensar en nada; para ver cómo cae el sol lentamente, como herido por la pedrada de un niño; para pasear por un bulevar elegante con árboles añosos y bellos.
La tarde, sobre todo su final, cuando pían como locos los pá­jaros pasionales del crepúsculo, es acariciante, balsámica, distiende y perfuma.
La tarde tiene, además, el aliciente de ser un compás de espera; un puente para la noche: esa reina bellísima y altiva de ojos de lapislá­zuli y larga capa de terciopelo azul marino, cabellos negros como el car­bón y corona de zafiros, de la que uno ha estado siempre locamente enamorado.
La tarde es serena, dulce como una amiga que nos quiere en silencio. La tarde es soñadora y poética.

Los versos de Federico:



Tarde lluviosa en gris cansado,
Y sigue el caminar. Los árboles marchitos
Mi cuarto, solitario.
Y los retratos viejos
Y el libro sin cortar...
Chorrea la tristeza por los muebles
Y por mi alma.
Quizá
No tenga para mi Naturaleza
El pecho de cristal.
Y me duele la carne del corazón
Y la carne del alma,
Y al hablar,
Se quedan mis palabras en el aire.
Como corchos sobre agua
Sólo por tus ojos
Sufro yo este mal,
Tristezas de antaño,
Y las que vendrán.
Tarde lluviosa en gris cansado
Y sigue el caminar.



© José Luis Alvarez Fermosel

Anterior:

“Jocunda, casi dionisíaca…” (http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/05/jocunda-casi-dionisaca.html