
Los coches, las motocicletas, las ambulancias, la gente que sale de las oficinas.
El sol se va de puntillas dejando una claridad amarillenta, dulzona. A uno le viene la imagen, no sabe por qué, de una mujer joven y hermosa que fuera por el campo comiendo uvas.
La luminosidad ambarina, clara como un vino blanco joven, se irá espesando y tomará enseguida cuerpo y olor. Surgirá, de pronto, la mágica luz de la tarde, que nos rozará el ánimo cansino con la caricia de su aliento, que huele siempre a miel temprana.
Contemplo la tarde por el ventanal de un café, buen mirador. Pasa un anciano con chaqueta de “tweed”. Lleva dos perros afganos, uno castaño, el otro rubio.
A la caída de la tarde, los automóviles son góndolas en el asfalto.
Alguien pide un “bitter”, a mi lado. Hay en el café, entre otra gente, un señor mayor muy bien vestido. Frente a él, una joven rubia con pantalón vaquero y blusa azul.
Entra un chico moreno y delgado y va dejando en las mesas billetes de lotería. La suerte en la tarde.
Sé que tengo que irme, pero me quedo un rato más. Quiero detener el tiempo. Recuerdo a Eduardo Tijeras y coincido una vez más con él: la luz de la tarde es de raíz poética; así que todos los intentos para precisar su diluida fascinación resultarán vanos, como vano resulta explicar el olor del otoño o el sabor de un beso.
Avanzan unas nubes plomizas en el cielo gris. Es posible que llueva. De momento, la magia de la tarde está incólume. O sea, que pasa un ángel, que se establece una tregua.
En la tarde lenta y proustiana, cuajada de tonos color membrillo, uno ha cometido las mayores locuras de su vida.
De mañana, no. Las mañanas carecen de magia; son concretas, pragmáticas. Las mañanas son para ir de compras y hacer tiempo hasta que llegue la hora del vermú. Hablamos, claro, de las mañanas que empiezan a las once. Las que comienzan antes no son mañanas, son martirios.
Las tardes son para firmar la paz, todas las paces, incluida la paz con uno mismo; para quedarse solo en un café y no pensar en nada; para ver cómo cae el sol lentamente, como herido por la pedrada de un niño; para pasear por un bulevar elegante con árboles añosos y bellos.
La tarde, sobre todo su final, cuando pían como locos los pájaros pasionales del crepúsculo, es acariciante, balsámica, distiende y perfuma.
La tarde tiene, además, el aliciente de ser un compás de espera; un puente para la noche: esa reina bellísima y altiva de ojos de lapislázuli y larga capa de terciopelo azul marino, cabellos negros como el carbón y corona de zafiros, de la que uno ha estado siempre locamente enamorado.
La tarde es serena, dulce como una amiga que nos quiere en silencio. La tarde es soñadora y poética.
Los versos de Federico:
Tarde lluviosa en gris cansado,
Y sigue el caminar. Los árboles marchitos
Mi cuarto, solitario.
Y los retratos viejos
Y el libro sin cortar...
Chorrea la tristeza por los muebles
Y por mi alma.
Quizá
No tenga para mi Naturaleza
El pecho de cristal.
Y me duele la carne del corazón
Y la carne del alma,
Y al hablar,
Se quedan mis palabras en el aire.
Como corchos sobre agua
Sólo por tus ojos
Sufro yo este mal,
Tristezas de antaño,
Y las que vendrán.
Tarde lluviosa en gris cansado
Y sigue el caminar.
© José Luis Alvarez Fermosel
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“Jocunda, casi dionisíaca…” (http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2008/05/jocunda-casi-dionisaca.html
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