martes, 19 de febrero de 2008

Causas y efectos

A un amigo mío, periodista como yo y que como yo se toma todo muy a pecho, le han diagnosticado una úlcera de estómago. Y anda el hombre preocupado, además de dolorido, por eso del régimen.
- ¿Cómo voy a almorzar pescado hervido con limón, crema de leche y media pera asada con miel, si como en el buffet del diario y el tano apenas tiene otra cosa que tira de asado, milanesas y empanadas picantes?
Le digo que muy bien puede llevarse una vianda con lo que tenga que comer, pero mi amigo, que está separado -como todo el mundo, hoy día- y vive solo porque no ha rehecho su vida, o sea, que no se la ha vuelto a deshacer, se encrespa.
- Primero, no tengo tiempo ni ganas de andar cocinando. Además, ¿tú te crees que yo puedo ir y venir así como así, de casa al diario o del diario a la calle a cubrir un incendio, por ejemplo, o de la comisaría 27 al cóctel del Marriot Plaza o a cualquier embajada con una bolsita con queso fresco, un tazón de zanahoria rallada y una manzana en compota?, me dice casi a gritos.
No deja de tener razón, mi amigo y colega. Hay causas que producen efectos desastrosos.
Los hombres de acción, la gente que se pasa la vida en la calle como los periodistas, los taxistas, los policías, los vendedores de diarios, los chicos que entregan pizzas y otras cosas a domicilio y otras gentes no se pueden permitir el lujo de padecer ciertas dolencias que exigen cuidados y regímenes especíales. Y eso, a veces, no lo entienden los médicos, o determinados médicos, al menos.
¿Cómo puede arreglárselas para evitar el estrés el jefe de redacción de cualquier matutino sensacionalista, sometido día tras día a la presión del cierre y teniendo que lidiar con redactores con ínfulas, cronistas de calle, fotógrafos, correctores que descorrigen, computadoras que se cuelgan y altos funcionarios que se ponen como locos cuando alguien in­sinúa tímidamente que quizás no sean perfectos?
¿Y si a un peluquero le da el mal de Parkinson y le tiem­blan las manos? Cortará al menos un par de orejas por día. Y al mozo de bar o al policía de guardia, que se pasan todo el día a pie firme, ¿si les salen juanetes, con lo que duelen? Hay enfermedades que son para determinados profesionales. Las úlceras, el estrés, el ataque de pánico, la depresión, por ejemplo, son dolencias adecuadas para empleados de banco, oficinistas, conser­jes y, en general, gente que hace una vida metódica y se ajusta a un horario estricto.
Ellos pueden tomar sus pastillas con su vasito de agua -o de leche tibia- y a las horas que corresponde y cenar en casa temprano, de régimen, bien atendidos por sus santas esposas -estas buenas gentes están siempre casadas y, además, nunca se separan como uno, que es un atorrante-. Todo en sus departamentos ordenados, tranquilos, sin ruidos, con una clara luz tamizada y un aroma casero de tuco y cera para pisos.
Pero lo malo, es decir, lo bueno para ellos es que estas gentes organizadas, pacíficas, rutinarias, jamás se estresan ni, por consiguiente, padecen de úlcera o de problemas nerviosos, precisamente por la vida que llevan, tan regular, tan tranquila.
Es decir, que quienes por la actividad que desarrollan contraen cierto tipo de enfermedades como la úlcera gástrica, insistimos, son precisamente los que por la actividad que desarrollan están condenados a no curarse, o a curarse muy tarde -a veces demasiado tarde, ¡ay!...-.
En realidad, quienes pueden enfermarse -de lo que sea- son los millonarios, los únicos capaces de permitirse el lujo de irse a Suiza a internarse el tiempo que necesiten en una de esas clínicas, o spas, suntuarias, de cinco estrellas, y donde se los trata a cuerpo de rey.
Ellos sí que pueden trasegar sus pildoras rosáceas y sus tornasolados jarabes después del desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. Entre otras cosas porque desayunan, almuerzan, meriendan y cenan. Y, además, toman el aperitivo… -del verbo tomar el aperitivo: tú tomas el aperitivo, él toma el aperitivo, vosotros tomais el aperitivo...-.
Pero la pobre gente que no tiene un peso y apenas puede hacer un par de comidas más o menos formales al día, ¿cómo va a poder tomar una gragea, o la medicina que sea, después del desayuno y de la meríenda si ni desayuna ni merienda?
En resumen, que si uno es pobre o lleva una vida de perros -que es lo mismo- no se puede enfermar, ni de úlcera de estómago como mi amigo ni de nada.



©José Luis Alvarez Fermosel


2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Cómo me hiciste recordar a lo que me pasó hace unos años! Yo tenía que viajar por trabajo y tenía una úlcera fatal. Cada tanto va y viene, te aclaro. Fui al médico y me hizo tantas recomendaciones (no podía hacerme ningún análisis porque viajaba al día siguiente) y remedios que no podría haber dormido ni trabajado. Cada media hora tenía que comer algo específico y entre medio tomar unos comprimidos. En fin, me hiciste revivir un pasado desagradable pero a la vez me hiciste reir tanto que por eso te escribo. Me doy cuenta que a los médicos no hay que tomarlos tan en serio. Te felicito por el blog y por la radio donde estás bárbaro. Un gran abrazo. Ariel (Tandil)

Anónimo dijo...

Ariel: espero que estés mejor. No hay remedio como la risa. A mí también me han pasado cosas parecidas a las que me refiero en mi columna. Me alegro de que te gusten mi blog y mi actuación en la radio. Gracias y un fuerte abrazo.