sábado, 27 de septiembre de 2008

Tapas y chatos

Fracasaron todos los intentos de imponer en Buenos Aires la moda gastronómica de los chatos y las tapas. Varios restaurantes y bares con pretensiones de españoles –que en realidad son “pastiches”- y algunos que sin ser españoles tienen dignidad y vergüenza torera trataron de imponer un sucedáneo, pero no les acompañó el éxito.
El objetivo parecía sim­ple: que los porteños se arrimaran al mostra­dor del bar y pidieran un chato, o sea, un vaso corto, grueso y chato de vino -por lo general, tinto- y una o varias tapas, cuando al porteño lo que le gusta es sentarse a la mesa y pedir un vermú, o una cerveza con unas aceitunas, un puñadito de maníes, una porción de salame cortado en cuadraditos y otra de queso. Si quiere vino pide que le manden a la mesa una botella chica, casi siempre de vino blanco.
Ahora bien, ¿qué son las ta­pas? Pues eso, unos boquerones macerados en vinagre, con un poquito de ajo y perejil arriba, un ta­co de jamón con huevo hilado, media alcachofa con una tira de pimiento rojo y mayonesa enci­ma, una cazuelita de champiño­nes al ajillo, o de albóndigas con salsa de tomate, unas sardinillas a la plancha y otras mínimas pero deliciosas "delikatessen" que conforman, en las barras, una alegre y multicolor teoría que invita a asumirla y consumirla.
Así, además, ingiriendo tapas, se ha­ce una base y el vino, el whisky o lo que sea cae mejor, se puede tomar más sin que el alcohol se suba a la cabeza.
Ni qué decir tiene que en toda España la costumbre de tapear, o de ir de una tasca (taberna) a otra a echarse al coleto uno o varios chatos acompañados de las tapas correspondientes, viene de lejos y es sagrada; más que costumbre es una tradición que... nunca prenderá en Argentina, seamos realistas.
El término tapa, -afir­man algunos estudiosos, entre ellos mi compatriota y amigo Manuel Corral Vide, dueño del restaurante “Morriña”-, empe­zó a utilizarse en España a raíz de un decreto del rey Alfonso X el Sabio, que estaba decidido a evi­tar las borracheras que se produ­cían en tabernas y posadas y oca­sionaban daños materiales y a veces pérdidas de vidas como consecuencia de peleas, espada o da­ga en mano.
El decreto establecía que debía servirse cierta cantidad de comida que acompa­ñara a la bebida, para no beber con el estómago vacío, razón por la cual se popularizó el hecho de tapar la jarra de vino con una lon­cha de jamón o una rodaja de pan, indicando así que debía co­merse antes de beber, o beber y comer al mismo tiempo.
Manolo Corral y yo podríamos contarles éstas y otras curiosidades, abundando en detalles, pero pre­ferimos solazarnos aunque más no sea que con una lata de sardinas en aceite de oli­va y un vaso de vino en el mostrador de alguno de los pocos (entrañables) restaurantes que quedan en la hispánica Ave­nida de Mayo de Buenos Aires, pensando con cierta melancolía que aquí no tendremos nunca chatos ni tapas y no nos quedará otro re­medio que seguir bebiendo cerveza y co­miendo maníes, sentados a una mesa de fórmica en un café con barroca proliferación de cuerina, plantas artificiales y luces de neón.


© José Luis Alvarez Fermosel



4 comentarios:

àngels miarnau dijo...

Querido amigo, ya sabes que lo que escribes me transporta con frecuencia a situaciones pasadas. Esta vez me has hecho recordar un día en que estaba con mi familia en un bar tomando un refresco y mi hijo, de siete u ocho años en aquel momento, contemplaba totalmente absorto cómo el señor de la mesa de al lado daba buena cuenta de un bocadillo de pan con tomate y jamón de proporciones más que interesantes. Cuando no quedó ni una miga en el plato, el nene me miró ansiosamente y me preguntó: "Mamá, ¿puedo comerme OTRO bocadillo?" A mí me ha pasado lo mismo con tu enumeración de tapas: me las acabo de comer todas y estaban buenísimas.
Otra versión que leí sobre su origen cuenta que en tabernas y mesones el cantinero ponía sobre el chato del parroquiano un platito con cualquier cosa para que no cayeran las moscas. La tapa.
Siempre es un gran placer leerte.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Querida Àngels: Si dicen -y yo creo que es cierto- que los olores y la música son catalizadores del recuerdo y la evocación, no menos lo son los sabores que acuden al paladar, sin comer, y activan los jugos gástricos y determinan, también, que a uno le entren unas ganas tremendas de comerse un buen bocata de jamón tomate y un chorrito de aceite en el pan, como le pasó a tu hijo. Yo ahora mismo, me comería un bacalao a la vizcaína. Mil gracias, una vez más por tus líneas, tan afectuosas, tan estimulantes. Un beso grande.

Anónimo dijo...

Estimado Caballero: ¿sería posible que ud. diera alguna vez en su blog unas recetas de tapas como lo hacía cuando estaba con Lany los sábados a la mañana en radio? Le agradezco mucho y lo felicito por todos sus trabajos. Lo sigo siempre porque lo admiro mucho. Un abrazo. Pancho.

Anónimo dijo...

Pancho: gracias por tu fidelidad. En mi libro "¡A comer con gusto! con el Caballero Español" doy varias recetas de tapas, si mal no recuerdo. De cualquier manera, algún día pondré algunas en mi blog. Un abrazo.