domingo, 29 de noviembre de 2009

El dinero en la pareja

Un asunto de interés palpitante es hoy en día el dinero en la pareja, no ya el amor, ni el sexo, ni los hijos.
“¿Quién paga? El dinero en la pareja del siglo XXI” es un libro de la joven y brillante periodista argentina Leni González muy bien resuelto, mejor escrito y muy pormenorizado, en el que plantea interrogantes y, sobre todo, incluye casos, situaciones y testimonios que lo convierten en un documento de mucho valor sobre el tema.
Leni González opina, con la sensatez que le caracteriza, al final de una nota de Tamara Smerling que aparece en el diario Crítica de la Argentina sobre una cuestión que preocupa a parejas en particular y, en general, al hombre de la calle que se interesa por los signos distintivos de la sociedad en que vive.

Nota relacionada:

Cuentas claras conservan el matrimonio
http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=28495

Del folletín al blog

Las actuales series televisivas de policías, ladrones, fiscales de distrito, médicos forenses y algún clínico genial, como el doctor House, proceden del viejo folletín.
Los folletines de mediados y finales del siglo XIX se llamaban también novelas por entregas porque se pasaban cada semana, en cuadernillos de papel muy ordinario, mal impresos, por debajo de las puertas de las casas. Cada entrega era un capítulo.
En la España posterior a la Guerra Civil (1936/1939), las llamadas cariñosamente “chachas” por los niños –empleadas domésticas- eran apasionadas consumidoras de estos novelones dosificados, por cuya “suscripción” pagaban a un empleado de la “editorial” que pasaba por la casa a principios de cada mes, cuando las “chachas” cobraban sus sueldos.
Los folletines, que a veces se publicaban por capítulos en ciertas revistas, tocaban siempre temas complejos que incluían amores imposibles, intrigas, el difícil ir y venir por la vida de hermosas jóvenes, siempre víctimas de las maquinaciones de mujeres perversas y villanos de capa y puñal.
Había mansiones misteriosas con escaleras de caracol, hijos ilegítimos, pasadizos secretos, misterios de familias, bóvedas, testamentos impugnados, mujeres pobres que heredaban fortunas y gente que no era lo que parecía… ¡sino mucho peor!
Se mataba a trabucazos a personajes que iban en coche de caballos, en lúgubres noches de invierno. Así fue asesinado, en la realidad, el general Prim (1).
Gente que iba en coche mataba a tiros del recién inventado revólver Colt a otra que salía de palacios, o casas solariegas.
Los diálogos eran tremebundos: “¡Hazte amar, perra!” “Mi padre fue fusilado dos veces…”. “¡Tu amante morirá mañana de un tiro en el corazón al amanecer, detrás de la catedral!” ¡Y los títulos! “Genoveva de Brabante”, “La Savelli”, “Eva Lavaliére”, “El hijo de dos madres”, “La sangre es roja”…
Los orígenes del folletín son muy antiguos y constituyen una versión decimonónica de lo que fue la novela de caballería medieval, que contó con autores como Walter Scott, Elias Berthet, Chetrien de Troyes, Gottfried von Strassburg, Andreas Capellanus y otros…
Ese considerado sub género literario fue el precursor de novelas más armadas, mejor escritas pero con temática parecida, o igual que la del folletín.
Un maestro del folletín en España fue Manuel Fernández y González, autor entre otras novelas de “El pastelero de Madrigal”. La recientemente fallecida Corín Tellado, también española, publicó cientos de folletines de amor.
Otros autores fueron Juan Valera, que dio a conocer su obra “Pepita Jiménez” por entregas. Blasco Ibáñez hizo lo mismo con sus novelas valencianas “Arroz y tartana” y “La barraca”, publicadas en capítulos que terminaban con el inquietante “continuará” en una revista llamada “El pueblo”.
Obras que han pasado a la historia de la literatura universal fueron folletines, mejor o peor escritos con la ayuda de “ghost writers” o “negros” y con argumentos más o menos interesantes.
Ahí están, en Francia, novelas como “Los miserables”, de Vícor Hugo,“Los misterios de París”, de Eugène Sue -aparecida en “Journal des Débats”-, que fue el primer gran éxito folletinesco, o “Los tres mosqueteros” y “El conde de Montecristo”, del también francés Alexandre Dumas. De una y otra se han hecho infinidad de películas y adaptaciones para radio y televisión.
También se inscriben en el género folletinesco novelistas como Paul Féval, con “El jorobado de Notre Dame”, que replicó a Sue con su novela gótica “Los misterios de Londres”, curiosamente sin haber estado nunca en esa ciudad.
Precisamente en Inglaterra, pueden calificarse de folletines las aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle, y muchas novelas de Charles Dickens, Wilkie Collins y Robert L. Stevenson, entre otros muchos autores.
El folletín, actualizado en los llamados “culebrones” latinoamericanos de la televisión, fue también el antecedente de las “pulp fictions” que dieron origen a la novela negra estadounidense, cuyos más preclaros exponentes fueron Raymond Chandler y Dashiell Hammet.
En su largo recorrido, el folletín, que en francés es diminutivo de hoja, o página, llega al “blog”, llamado también bitácora, que es un sitio “web” que recopila cronológicamente textos de uno o varios autores -primero aparece el más reciente- donde el autor se reserva siempre la libertad de dejar publicado lo que crea conveniente.
El término inglés “blog”, o “weblog”, viene de las palabras “web” y “log” -ésta última palabra quiere decir diario, traducida del inglés-.
El nombre de bitácora está tomado de los antiguos cuadernos que se usaban en los barcos para consignar las incidencias del viaje.
El argentino Hernán Casciari, que colabora en el diario madrileño “El País”, está sindicado como el creador de la “blognovela”, también llamada “E-novela”, que recupera el folletín en el mundo hispanohablante. En inglés son varios los términos: “blognovel”, “blogel”, “blovel”.
Casciari divulgó en un blog su novela “Diario de una mujer gorda”, que más tarde fue publicada por la editorial Plaza & Janés con el título “Más respeto, que soy tu madre”.
El “blog” es una nueva herramienta, sobre todo por el medio tecnológico y la mayor llegada al público de autores anónimos. Pero no puede dejar de considerarse que la modalidad de la obra por entregas no es una novedad.

(1) Juan Prim (1814–1870). Militar y político español que se distinguió en una de las innumerables guerras que España mantuvo en Africa, derrochando valor en la Batalla de Castillejos. (Fue nombrado marqués de Castillejos.) Al triunfar la revolución de 1868, fue nombrado ministro de Guerra y presidente del Consejo de Ministros. Favoreció la candidatura de Amadeo de Saboya al trono de España. Fue asesinado una noche a tiros de trabuco naranjero en una céntrica calle de Madrid, cuando se dirigía a su casa en su berlina, con dos ayudantes, después de haber asistido a una sesión del Parlamento. El crimen jamás fue esclarecido.

© José Luis Alvarez Fermosel

sábado, 28 de noviembre de 2009

La sopa inglesa no es ordinaria

Es muy difícil encontrarla, ya desde hace mucho tiempo, en los restaurantes de Buenos Aires.
La sopa inglesa -que en realidad no es una sopa, sino un postre- fue considerada ordinaria por los irredentos esnobs de nuestras entretelas, que consiguieron hacerla desaparecer de las cartas de los restaurantes e incluso de las de las pizzerías, su último reducto.
Como los esnobs no suelen ser muy conocedores de nada, ni siquiera de gastronomía, ignoran que la sopa inglesa tiene prosapia y ringorrango, como se explica en la nota relacionada de Marco Ricipi, traducida por Rocío Murillo y publicada en la web cafebabel.

viernes, 27 de noviembre de 2009

"De a caballo"

El argentino -menos el porteño o habitante de Buenos Aires, o muchos de ellos, al menos- es “de a caballo”, lo cual equivale casi a una orden de nobleza.
Ser “de a caballo”, en toda la extensión del término criollo, significa ser un caballero.
El hombre y el caballo –uno de los animales más nobles- se compenetran a la perfección y conforman una bella estampa, ya sea galopando por valles, cañadas, praderas ardientes bajo el sol, al paso lento y ceremonioso de los desfiles o con el caracoleo de las exhibiciones, como las de la Escuela Española de Equitación de Viena.
A caballo se han hecho conquistas, batido récords, ganado y perdido –con honra- batallas y coronado cotas elevadas.
El jinete merece su caballo y éste su jinete. Si es verdad que a tal señor tal honor, a tal caballero tal caballo, y viceversa; así es ésta conjunción tan hermosa que trasciende lo deportivo y, ocasionalmente, comienza por lo deportivo.
En el último sentido, es notable cómo se ha extendido el deporte de la equitación en la gran Capital del Plata. La primera de las notas relacionadas –que firma Luciana Fava en el suplemento Countries del diario Clarín de Buenos Aires- informa con pelos y señales acerca de la proliferación de centros y clubes en los que se enseña la artística disciplina del salto a caballo.
En curioso paralelismo, en Madrid y sus alrededores hay ya muchos centros hípicos. Casi todos ellos están a cargo de jinetes argentinos que viajaron a España y sentaron allí sus reales.
Uno de los más completos y frecuentados es Tovarich (ver en Recomendados), que está en El Boalo, en la sierra de Madrid y regentan la pareja constituída por la belga Christel Kaberghs y el argentino-español Juan Ignacio Alvarez Fermosel, emparejada también en la vida real.
Ambos son “de a caballo”. Juan Ignacio ha ganado infinidad de premios en concursos de salto en Argentina y en España. Últimamente obtuvo la medalla de bronce en el Campeonato de la Comunidad de Madrid.


© José Luis Alvarez Fermosel


Notas relacionadas:

Los caballos, una pasión argentina
http://www.clarin.com/suplementos/countries/2009/11/21/y-02045355.htm

Del autor:

Crónicas de Madrid (IV)
Los argentinos en España
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2007/11/crnicas-de-madrid-iv.html

jueves, 26 de noviembre de 2009

Entrevista con Don Cristóbal

Como ya vimos en un post anterior (ver primera nota relacionada), a Cristóbal Colón le han hecho ahora espía portugués.
La siguiente… “entrevista” a Don Cristóbal, de Agustín de Foxá (1903/1959), conde de Foxá, se inscribe en el retablo hecho de “curiosidades” -por utilizar un suave eufemismo…- del Almirante.

Don Cristóbal ha caído en la manía de amueblar su cuar­to como el camarote de la Santa María, con una brújula, un mapa portugués, unos damascos rojos y una talla policro­mada, riojana, de Nuestra Señora de la Balbanera.
Naturalmente que en torno a su cuarto, en vez de olas sa­ladas, se anda sobre el algodón de unas nubes de bienaven­turados.
- Hoy se cumplen -le digo- cuatrocientos cincuenta y nueve años del descubrimiento.
Le saludo y le felicito en italiano.
- Hábleme en castellano -me responde-, el italiano ape­nas lo entiendo.
- ¿Luego es verdad la tesis de que usted es gallego?
Sonríe.
-No lo sé; estoy hecho un verdadero lío. Tengo dos o tres cunas: Génova, Cataluña, Galicia. Y dos esqueletos: uno en Sevilla y otro en Santo Domingo.
- ¿De modo que no nos aclara nada?
- ¿Para qué? ¿En qué iba a entretenerme si no existie­ran estas polémicas? Aquí nos aburrimos un poco.
“Como vivimos tan poco tiempo sobre la tierra y luego tenemos toda una eternidad por delante para contarnos lo que hicimos, nuestras tertulias resultan monótonas”.
“Al pobre Homero le huímos. Nos sabemos ya de memo­ria su famosa Ilíada. ¡Y no le quiero hablar a usted de Dan­te! Como escribió sobre todo esto cuando aún estaba en el mundo, se cree el cronista oficial del Más Allá. En cuanto a Sócrates, se ha puesto imposible. Lleva siglos queriendo demostrarnos que él, en el fondo, no era pagano”.
Luego, tras una pausa, me pregunta:
- ¿Por qué hablan todavía latín en el Continente que descubrí? ¿No resulta un poco pedante?
- No se habla latín, don Cristóbal, sino español.
- ¡Ah! Como no oigo más que hablar de Latino América. Ya me chocaba; porque el único documento que llevamos en latín era una carta de los Reyes Católicos para el Gran Khan, que no fue entregada por falta de destinatario.
- Se ha desfigurado tanto todo aquello -le replico-. ¿Sabe usted que hace un mes, en una representación de un colegio extranjero, salía el niño que le representaba a usted, entre unos cocoteros pintados, enarbolando la bandera fran­cesa?
- Sí, ya lo sé; me hizo mucha gracia. Me figuro a Rodri­go de Triana gritando ante la playa, al amanecer: “¡Terre, terre; la voila!”.
- Dicen que llevaba usted al nuevo Continente la libertad y la democracia.
- La demo... ¿qué?
- Es una fórmula política.
-¡Ah, sí, muy antigua! La inventaron los griegos.
“No sé, es posible. ¡Se me acusa de tantas cosas! Parece ser que soy uno de los últimos que llegaron al Nuevo Mun­do; que antes que yo estuvieron los normandos, los poline­sios y los chinos. Si lo llego a saber, no embarco. O hubiera venido más modestamente, en un vapor de la Trasatlántica, y ya con mi carnet del Centro Gallego.
“Menos mal que, por lo menos, las Indias llevan mi nom­bre: Colombia”.
- Bueno, no quiero desilusionarle, pero así se llama úni­camente una nación, ilustre y culta, pero sólo una. El resto se denomina América, en honor de Américo Vespucio.
- Sí, ahora lo recuerdo. ¡Qué descarado este Américo Vespucio! ¡Lo que hace la propaganda, amigo mío!
Y añade con triste ironía:
- Sobre mí han dicho tantas cosas en las fiestas de la Raza. Me han abrumado con discursos, y con coronas de flo­res, que creen que me gustan. Para unos soy judío; para otros, portugués. En mi estatua de Barcelona estoy señalan­do, con mi dedo de piedra, al Mediterráneo. En una película inglesa boxeo con el Rey Don Fernando, mi señor. Unos historiadores afirman que soy un gran navegante; otros, que sabía menos geografía que el peor estudiante del bachille­rato. Hay biógrafos que me llaman bíblico y místico; otros, ávido mercader.
“Para algunos descubrí América gracias a que seguí el vuelo de unos loros. No falta quienes quieren canonizarme”.
- Desearía que usted -le apremio-, que está en el se­creto, me dijese la verdad.
- ¡La verdad! Amigo mío, se necesita mucha fuerza mi­litar para poder decirla. Cada siglo tiene su verdad. Voy a decirle cuál será la verdad acomodaticia para el siglo xx.
-¿Cuál?
- Diga usted que nací en América; en la Florida, o en cualquier otro lugar de la zona del dólar.
- Pero ¿y las carabelas?
-De construcción francesa. Las velas, holandesas; la brú­jula, de Inglaterra, “made in England”.
- ¿Salió de Palos?
- No especifique; se molestaría el Havre.
- ¿Los tripulantes?
- De la Europa occidental. Europeos; blancos, algo vago. El grumete diga que era antepasado del Presidente Auriol; eso hará muy buen efecto entre los intelectuales.
- Pero ¿y la Reina Isabel?
- Silencio. ¡Una Reina! Y castellana, y reaccionaria, y católica. No; no hable de ella. ¡Ah si pudiéramos decir que los navíos fueron armados por una república laica, con cré­ditos votados en el Parlamento y ante una iniciativa de la minoría socialista! Le aseguro que no hemos tenido suerte.
“Constantemente vienen a mi camarote, entre las nubes, muertos ilustres del siglo pasado y de éste, y todos me des­ilusionan. América, me dicen, nació con el descubrimiento de las alambradas. El barón de Humboldt es el verdadero descubridor de América. Hay dos descubrimientos de Amé­rica; el segundo es el que vale. Comienza con la invención de los frigoríficos ingleses. Anoche mismo me aseguraba una sombra ilustre: América no nace el 12 de octubre de 1492, sino el año 1734, cuando la Academia de Ciencias de París envió a La Condamine para medir el arco de meridiano, en el Ecuador.
Hemos salido a pasear sobre las nubes. Se había apagado ya el sonido de las arpas y el cielo parecía la sala de un con­cierto después de una audición.
Don Cristóbal ha saludado a una sombra venerable.
- ¿Quién es?
- Noé.
Y añade con cierta envidia :
- Por lo menos, ése navegó solo, sobre una tierra inun­dada. Y nadie le discute. Lo peor en este mundo, amigo mío, es la competencia.

© Agustín de Foxá, Conde de Foxá

"¡Y nos dieron las diez...!"

¡Qué hermosa canción, ésta de Joaquín Sabina de “Y nos dieron las diez, y las once y las doce y la una…”
Yo creí siempre que esto le había pasado a él, tal como lo canta. Y no dejaba de darme cierta envidia, porque aunque a uno, como a cada quisque, le han pasado cosas parecidas -para qué nos vamos a andar con falsas modestias-, nunca le ocurrió nada igual, punto por punto y coma por coma.
Un día me enteré de que todo eso le pasó a un integrante de su grupo, quien se lo contó con pelos y señales a Sabina y éste compuso la canción, que es preciosa. Seguramente él añadió algo de su cosecha, o no, y se quedó corto. La realidad supera siempre a la ficción.
De cualquier manera, a mí me encanta Sabina. Es, a la luz de nuestro criterio de apreciación artística, un gran poeta popular y con lo de popular quiero decir que le gusta al pueblo, al que tanto y tan bien ha cantado siempre.
Yo escucho una canción de Joaquín Sabina y me parece estar viendo un cuadro de Antonio López -pintor que estoy seguro de que a Joaquín le gusta tanto como a mí-.
El mismo virtuosismo formal e intimismo nostálgico -casi siempre desgarrado-, basado en la observación de la vida cotidiana, de la huella que deja el tiempo en lo que va devastando.
Sabina no es madrileño, es de Úbeda (Jaén, Andalucía, sur de España). Pero yo creo que casi ningún autor y compositor madrileño le ha cantado a Madrid con tanta justeza y tanta justicia, con tanto sentimiento, con tanto lirismo, a veces con bronca pero siempre con el cariño de quien, sea de donde sea, vive en Madrid mucho tiempo y se enamora de una ciudad castiza por de más, variopinta, proteica y entrañable. No me pidan que sea objetivo: soy madrileño.
Muchas de las canciones de Sabina, por no decir todas, tienen un notable valor literario. Su talento ha estado presente en sus discos desde el principio.
Dice Benjamín Prado que las canciones de Sabina son el catecismo de un hombre extraordinariamente vital que aconseja al prójimo que disfrute, que acelere, que no se prive de nada y, sobre todo, que no permita que sus sueños se conviertan sólo en sueños.
“Yo me bajo en Atocha”, “Pongamos que hablo de Madrid”, “Cuando era más joven”, “Retazos de enero”, “Hotel, dulce hotel”, “19 Días y 500 noches”…
Joaquín Sabina, a mitad de camino entre el infierno y el cielo, decidió bajarse en Atocha y quedarse en Madrid con una guitarra, un whisky, un cigarrillo y un corazón, entonando … “La canción de los (buenos) borrachos”.
Qué mejor coda que los versos finales de su canción “Yo me bajo en Atocha”:

He llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan,
he crecido en La Habana, he sido un paria en París,
México me atormenta, Buenos Aires me mata,
pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid,
pero siempre hay un niño que envejece en Madrid,
pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid,
pero siempre hay un fuego que se enciende en Madrid,
pero siempre hay un barco que naufraga en Madrid,
pero siempre hay un sueño que despierta en Madrid,
pero siempre hay un vuelo de regreso a Madrid.

© José Luis Alvarez Fermosel

Los cuentos de Don Francisco

Algunos de los chistes de Don Francisco Vázquez, escribano y escritor argentino y hombre con sentido del humor, publicados en su libro Cuentos Brevísimos:

Convite
Le preguntaron a un personaje que había sido convidado a la casa quinta de los marqueses de Z, cómo lo había pasado. Respondió: “Si la sopa hubiera estado tan caliente como el vino, y el vino hubiese sido tan añejo como el pollo, y el pollo tan tierno como la sirvienta, y ésta tan accesible como la marquesa, lo hubiera pasado muy bien”.

El título más largo con el cuento más breve
La áspera respuesta que dio una noble dama mejicana a un petrolero norteamericano oriundo de Tejas, que una noche de verano, en un crucero por el Caribe, le propuso matrimonio: “¡No!”.

Ateísmo
Preguntaba un ateo a otro ateo si iría al Congreso de Ateísmo que se celebraba al día siguiente: “¡Como que hay Dios!”, respondió el otro.

Indignación
Érase que se era... un padre muy enfadado por las malas notas escolares de su hijo.
- ¡Es una vergüenza!: A tu edad, Sarmiento ya era maestro.
- Y a la tuya, Presidente.

Brevísimo cuento de locos
Iban en un tren, sentados frente a frente, dos locos. Uno, al ver al otro, pensaba: “Ése, por la cara, está para la camisa de fuerza”.
El otro, mirando al primero, a su vez discurría: “Ése, por la cuenta, está chalado”
De pronto, uno le pregunta a voz en cuello al otro:
-¡¿Qué hora es?!
El otro, muy alterado, saca un reloj del bolsillo, lo mira con ojos desorbitados, y le grita:
- ¡Jueves!
-¡Me pasé de estación!
-exclama el primero, y se arroja por la ventanilla-.


Nota relacionada:

“Las miniaturas de Francisco Vázquez”
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2009/11/las-miniaturas-de-don-francisco.html