jueves, 2 de diciembre de 2010

Del dietario de un transeúnte

-“Cuatro- dijo el Jaguar”. Así empieza la novela “La ciudad y los perros”, de Mario Vargas Llosa. Creo que ya he recordado esto en algún post de este blog.
El ascensor estaba repleto de gente. Iba a cerrarse la puerta. En el último segundo entró un hombre bajo, espantosamente feo. Ni el pelo blanco, ni la barba al ras del mismo color lograban ennoblecer su fealdad: un fealdad avariciosa, totalitaria, intransigente.
“¡Trece!”, dijo con imperio. Ni buenas tardes, ni ¿cabrá otra persona?, ni ¿alguien, por favor, podría marcar el piso trece?
Arrancó el ascensor, bamboleándose. El pequeño estafermo se apretó contra el grupo humano. Olía. Olía como el indio de aquella novela de Raymond Chandler, cuyo título no recuerdo ahora. Podría ser “La hermana pequeña”, o “La ventana siniestra”.
Enrique Jardiel Poncela escribió unos (mini) “Cuentos para leer en el ascensor”. Yo creo que voy a empezar a escribir unas crónicas de ascensor.
El ascensor llegó al piso trece y el hombre feo, mal educado y que olía salió. Y luego llegamos al piso veintiséis y segundos después entraba yo en la sala de espera de mi abogado, bastante más lucida que la de la oficina de Phillip Marlowe (1).
Un señor de negro, calvo y con gafas, borraba ansiosamente algo escrito en un cuaderno con una goma de borrar. Claro, ¿con qué iba a borrar, si no?. Borraba y borraba sin tregua.
Cuando llegó su turno, se guardo la goma y el cuaderno en un bolsillo de la chaqueta y entró en el despacho del letrado con una sonrisa de triunfo. Tal vez había borrado un pasado infamante.
Despaché con mi abogado por espacio de una hora, más o menos, y volví a la calle.
Decidí hacer un alto en el camino al club y entré en un café a tomar algo. Había una chica de carita afilada y gafas montadas al aire, trabajando en su “notebook”.
Había otra gente, que bebía y charlaba. Llamó mi atención una señora de cierta edad, muy bien arreglada, con los labios pintados de un color entre coral y bermellón, que tenía en la mesa, ante sí, una taza vacía. Parecía esperar a alguien con cierta impaciencia, porque miraba frecuentemente su reloj.
Al cabo, llegó un señor como de unos ochenta años, con traje gris, corbata y un pañuelo que le salía del bolsillo superior de la chaqueta. Se sentó a la mesa de la señora que estaba sola y esperaba, versión femenina del hombre de Scalabrini Ortiz (2).
El recién llegado y la señora se saludaron efusivamente. Después él se sentó, extrajo unos papeles de un portafolios antiguo, muy usado, y se los mostró a la señora, que los fue leyendo. Luego los dejó sobre la mesa y ambos se tomaron de las manos y se miraron a los ojos.
Un ligue –pensé yo-, un “affaire”. Está bien, ¿por qué sólo van a tener romances los jóvenes? Entró un gigante como de dos metros. Alguien prendió un televisor. Estaban dando un noticiero. Las noticias no eran buenas.
Terminé mi cerveza y me fui. En la calle se estaba bien. Corría un vientecillo sabroso. La gente iba y venía con aire ausente. Pasó una señora con un simpático Schnauzer miniatura color sal y pimienta. Unos muchachos cruzaron la calle en patines, zigzagueando.
Tomé un taxi. El taxista era uruguayo, pero llevaba mucho tiempo viviendo en Argentina. Había tenido una fundición. El socio le estafó y él no tuvo más remedio que echarse al taxi como quien se echa al monte.
Llegué al club. El portero me saludó y se tocó la gorra. Dieron las siete de la tarde en un lejano reloj de carillón.


(1) El detective de Raymond Chandler, protagonista de todas sus novelas, que tiene una oficina de una sola habitación y sala de espera, no cochambrosa pero casi.
(2) Pensador, escritor e historiador argentino, fundador junto con Arturo Jauretche y Homero Manzi de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina). Su obra más divulgada fue “El hombre que está solo y espera”.

© José Luis Alvarez Fermosel

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