domingo, 27 de abril de 2008

Aromas y recuerdos

Los olores de las personas, los animales y las cosas, los aromas, los perfumes tienen, como la música, un gran poder de evocación. Hay una memoria del olfato que no se pierde con los años.
¿No les ha pasado alguna vez a ustedes que en un autobús, o caminando por la calle, o al entrar o salir de la casa de un amigo les sorprendió un olor que automáticamente les despertó recuerdos que creían muertos y enterrados?
Uno tiene sus olores, no ya sus perfumes favoritos. Los tiene incluso clasificados, aunque no por fechas.
El olor a piso de madera encerada y manzanas asadas, por ejemplo, le recuerda a uno la casa de una apreciada familia vecina a la que iba de vez en cuando de niño a pedir libros prestados -que siempre devolvía, infrecuente costumbre adquirida entonces y conservada hasta ahora-.
El olor -un verdadero perfume- a la tierra mojada por la lluvia, después de una tormenta, caracteriza para uno las largas y melancólicas tardes de fines de setiembre en la madrileña sierra de Guadarrama o, más cerca, en la Dehesa de la Villa, al final de las vacaciones de verano y muy próximo ya el comienzo del nuevo curso escolar.
Terminados -y algunos sin terminar, ¡ay!- todos los cursos que uno ha hecho en su vida, el aroma de la tierra o la hierba húmedas revive en uno sensaciones alegres, casi todas con un toque erótico, qué le vamos a hacer.
El acre olor de las fogatas de campamento no es desagradable, en manera alguna.
El perfume “Je reviens”, de Worth, cuando nos sorprende en la calle al cruzarnos con la señora que lo lleva, nos recuerda amores juveniles, casi todos tempestuosos y con mal fin.
Hay olores como los del éter, el yodoformo y el espadol que son propios de nosocomios y nos traen recuerdos poco agradables de operaciones quirúrgicas y remiendos de urgencia en guardias hospitalarias y enfermerías.
Antes los aeropuertos olían a cuero, perfume francés, papel satinado de revista de lujo y, en las pistas, a esa gasolina roja y pesada, de elevado octanaje, que consumen los aviones.
Los aromas de los bares elegantes, a los que da gusto ir a la caída de la tarde con señoras estupendas, resucitarían a un muerto. Huele en esos bares soterrados, con barman de chaqueta negra y cruzada, y grabados ingleses de la caza del zorro en las paredes de madera noble, a vermú con ginebra, jugo de tomate, mantequilla caliente, loción de afeitar cara y limón.
Hay olores nada gratos, como el áspero y salobre de la sangre, el impreciso y un poco dulzón de la vejez y ese otro a cera y flores prematuramente marchitas por el calor de la calefacción de los velatorios. De ellos no vamos a hablar.



© José Luis Alvarez Fermosel

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Una vez,en una librería "de viejo",observé que mi nena,de cinco años,abría uno tras otro los libros apilados sobre una mesa y los olía.Al cabo de un rato de oler distintas páginas de uno,se acercó corriendo con él en la mano."Éste quiero ",me dijo.Era un Vademecum de 500 páginas.Se lo compré,claro.

Anónimo dijo...

¡Es verdad, los libros huelen, y muy bien, por cierto! Tu hija debe tener muy buen olfato, tan bueno como el tuyo. Esto de los libros, y los aromas... Cariños.

Natalia Barrios dijo...

¡Es verdad! yo soy de las que recuerdan las etapas de la vida por los olores: en la infancia la tierra mojada, la leña quemada, la flor de heliotropo y el gasoil. En la adolescencia, la madera, las témperas, las revistas nuevas y el jazmín. Hoy, el té de manzanilla y miel, los habanos, el café.

Anónimo dijo...

Hay, en efecto, una memoria del olfato, Natalia. A quienes la tenemos, nos enriquece sensorialmente. Celebro que tú también percibas y disfrutes de los olores. Gracias por tu mensaje y cordiales saludos.

Anónimo dijo...

¡Es verdad que los olores recuerdan cosas! Yo tuve un romance cuando viví en París y, hasta hoy, tengo presente el aroma de un parque donde nos encontrábamos. Muchas gracias por tus recuerdos. Karina.

Anónimo dijo...

Gracias, Karina, por tu correo. Pocos aromas tan hermosos como el de la primavera, no ya en uno -el tuyo- sino en todos los parques y plazas de París. Cariños.

lyliam dijo...

Estimado José Luis¨: Recuerdo el olor del café que entraba por la ventana abierta los días tibios de sol y se abrían las ventanas de mi clase en la escuela.
Es un gusto poder leerte. Soy escucha del programa de Hangling. Un abrazo desde Montevideo, Lyliam

Anónimo dijo...

Lyliam: me alegro mucho de que coincidamos en saber que hay una memoria del olfato, y también me alegro de que me escribas desde ese hermoso país tuyo que conozco muy bien y quiero y admiro mucho, entre otras cosas por la calidad humana y la dignidad de sus habitantes. Cariños.