martes, 6 de octubre de 2009

A la sombra

El boxeo a la sombra, o “hacer sombra”, no consiste en boxear al resguardo del sol; es eso: boxear con la propia sombra, o para ser rigurosamente exactos, lanzar golpes al aire frente a uno, como si hubiera un oponente que, en realidad, es el aire, una sombra en sentido figurado, nada.
El cartel publicitario que ilustra estas líneas es magnífico en su factura, su concisión, su fantasía. El boxeador ejecuta, como un virtuoso del piano un concierto de Rachmaninov, un preciso y precioso directo de derecha al plexo solar de una sombra que no es la suya, sino la de alguien que trata de quitarle, o que ya lo ha hecho, su frasco de perfume.
La sombra acusa el golpe, se desmelena, se dobla y suelta el frasco. Todo en un salón, o parte de un salón vacío, con el suelo alfombrado por una moqueta verde. La estancia es amplia y ha de estar, fuera del primer plano, lujosamente amueblada; se trata, indudablemente, de una buena casa, a juzgar por la solidez de los muros de una de sus habitaciones, en la que transcurre la acción, por decirlo en lenguaje cinematográfico, y sus hermosas molduras.
Todo magistral. La idea del creativo (publicitario), la fotografía, el montaje y el boxeador envuelto en su toallón de la cintura para abajo; porque nadie sino un pugilista, y bueno, puede lanzar un golpe recto de derecha –podría haber sido de izquierda- de forma tan técnica, tan exacta, tan impecable.
El boxeador que funge de modelo ha sido captado en un escorzo soberbio, casi de paso de “ballet”.
Excepcional, también, la idea, el juego con la idea del egoísta –que es el nombre del perfume-, dispuesto a defender su propiedad con los puños: una propiedad cara en doble sentido, porque es querida y, en lo referente al precio no ha de ser precisamente barata.
Algún día se incluirá la Publicidad, así con “P” mayúscula, entre las bellas artes.



© José Luis Alvarez Fermosel

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