sábado, 18 de septiembre de 2010

El cartero sigue llamando

El primer cartero de Buenos Aires empezó a repartir cartas el 14 de setiembre de 1771.
Hoy en día no se escriben cartas, cartas particulares. Para comunicarse a distancia están los correos electrónicos, los mensajes de texto y otras herramientas que provee la tecnología.
Cuando nuestros hijos nos toman el pelo cuando nos ven escribir con pluma estilográfica una carta en papel timbrado, les explicamos que en la época de nuestros bisabuelos existía el recado de escribir, que incluía pluma de ave, salvadera, papel de barba, arenilla para secar la tinta, lacre y sello para imprimirlo sobre el lacre derretido que cerraba el sobre. De ahí viene la sortija de sello con las iniciales.
La carta, o los pliegos, si eran reales, los llevaba un correo de gabinete a caballo.
Los diplomáticos todavía entregan sus cartas credenciales a los presidentes de los países ante los que se acreditan en una ceremonia con cierto boato que incluye su paso por la ciudad en carroza con caballos enjaezados.
Se escribían con mucha frecuencia cartas de amor. Los novios, que se veían poco, y las pocas veces que se veían lo hacían en la casa de los padres –cuando los novios ya “entraban en casa”-, eran sometidos a férrea vigilancia. Por eso se pasaban la vida escribiéndose cartas, que a veces llevaban flores dentro, o un rizo de los rubios, o negros cabellos de ella.
Esas cartas se conservaban guardadas en una caja que acaso había contenido un frasco de perfume, y se ataba el paquete con una cinta azul, o roja. Muchas aparecieron en una buhardilla y las encontraron los nietos.
Taquimecanógrafas de melena a lo “garçon”, faldas cortas y medias de seda tecleaban en épocas muy posteriores en máquinas de escribir Underwood. A la salida del trabajo se iban con sus novios a tomar el té al bar de un hotel elegante, donde bailaban el charleston.
“Altri tempi”... Cuando recibir una carta significaba una alegre sorpresa. No así un telegrama. El telegrama y su antecesor, el cablegrama, tenían algo de ominoso, de intranquilizador, porque casi siempre anunciaban malas noticias.
En cualquier caso, todavía en este siglo XXI se despacha correspondencia por correo y se recibe en el domicilio de uno. El cartero, por tanto, sigue vigente, aunque ya no es aquel hombre viejecito, con grandes mostachos blancos y gorra de plato, vencido por el peso de una enorme cartera llena de cartas que llevaba a la espalda y, de semejante guisa, se recorría la ciudad.
Ahora nos traen los folletos, las facturas, los resúmenes del banco y las también inquietantes cartas-documento, jóvenes de mosquita bajo el labio inferior y larga melena. Los que nos traen otro tipo de correspondencia, los mensajeros, suelen venir en moto y se los llama motoqueros.
Todo esto no es más que una reminiscencia nostálgica cuyo mensaje, si es que tiene que llevar algún mensaje, ya que hablamos de ellos y de quienes los traen, sería el totalmente obvio de que las cosas son ya de otra manera. Muchas de ellas implican rapidez y comodidad.
A la película El Cartero (1) no me voy a referir, como parecería obligado para elogiar a Neruda, porque nunca me gustó Neruda. Como persona, quiero decir.

(1) “Il postino”, El cartero (y Pablo Neruda), El cartero de Neruda o simplemente El cartero es una película en italiano dirigida en 1994 por Michael Redford que cuenta la historia real del poeta chileno Pablo Neruda y su relación con un cartero al que enseña a amar la poesía.


© José Luis Alvarez Fermosel


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