sábado, 22 de agosto de 2009

Peores que las mulas

Hay que ser muy “malparit” -dicho así, en catalán, parece que suena menos mal-, para entrar en un ascensor, o en un consultorio médico, o en un bufete de abogados, o en una tienda, o en cualquier lugar en el que haya gente y no dar los buenos días, o las buenas tardes, o no contestar si son los demás quienes se los desean, o se las desean, según sean días o tardes.
Hay una señora francesa que tiene un kiosco de venta de diarios y revistas en una esquina de la calle Corrientes de Buenos Aires –naturalmente, no voy a decir cual-, que cuando ve que se aproxima alguien conocido y va a tener que responder a su saludo, o saludarle ella, baja la cabeza para no verlo. Lo he observado muy bien. ¡Sólo un francés, o en este caso una francesa puede ser capaz de tener un detalle de semejante exquisitez!
Con los saludos pasa lo mismo que con dar las gracias, pedir las cosas por favor o excusarse cuando corresponde. Muy poca gente lo hace.
Estas sencillas normas no son exclusivas del protocolo y ceremonial de ciertas fiestas complicadas, con grandes personajes y dignatarios que suelen ofrecerse en legaciones, cancillerías y “roof gardens” de hoteles de seis estrellas.
Saludar al entrar en el ascensor, o donde sea, es algo que las mulas no hacen porque no hablan, que si hablaran lo harían.
Simplificando un silogismo, cabría decir que determinadas personas son peores que las mulas, al menos en lo que se refiere a los buenos modales.
Las reglas más elementales de los manuales de urbanidad se refieren a los saludos. Se supone, además, que padres, abuelos, tíos, otros parientes y maestros y educadores es lo primero que enseñan a los niños en cuanto estos empiezan a hablar.
No es que esas reglas se aprendan con dificultad, como uno aprende el binomio de Newton, sino que se incorporan, se absorben, quedan ya impresas indeleblemente en un rincón del cerebro y saltan como reflejos condicionados en las ocasiones pertinentes. Es decir, tendría que ser así.
Pero, no: hay personas, y muchas, que no saludan, ni piden las cosas por favor, ni piden permiso, ni perdón, ni dan las gracias en los lugares públicos.
Si ni siquiera son capaces de observar esas normas, ¿cómo se manejarán en la oficina, cómo comerán, cómo se relacionarán con el prójimo, al que agreden de tal manera, negándoles el saludo, o rechazando el que el prójimo les ofrece con una sonrisa?
¿Cómo tratarán a sus novias, a sus mujeres, a sus padres? ¿Qué les enseñarán a sus hijos. ¿Cómo se comportarán en sociedad?
Que no me vengan con que saludar, como llevar corbata, es cosa de la derecha.
Es que son peores que las mulas.
© José Luis Alvarez Fermosel

Nota relacionada:

“De desaliños e ideologías”
(
http://elcaballeroespanol.blogspot.com/2009/07/de-desalinos-e-ideologias.html)

2 comentarios:

José T. dijo...

Hay mucho de verdad en esta nota. Una de las cosas que me llamó la atención cuando volví a España hace siete años, fue que al entrar en un ascensor, la gente me decía "buenos días" y al salir "adios" o "hasta luego". Ahora me acostumbré, me parece totalmente normal y no puedo obviar el saludo al ingresar y salir de los ascensores. Cuestión de modales y buena educación, así de simple. Y que los coches frenaran cuando me disponía a cruzar la calle, eso... eso todavía me deja boquiabierto. Un saludo.

Caballero Español dijo...

¡Qué suerte tienes, José! Me parece que, incomprensiblemente, la mala educación se centra en las grandes ciudades, o las capitales de los países, grandes o pequeños. No me fue a mí muy bien en ese sentido la última vez que estuve en Madrid. Pero, en fin, de todo hay en la viña del Señor. Un abrazo.